Sobre el cristal zarco de los cielos ni una nube pasaba.
La tarde, en su lenta caída, se desmayaba en el horizonte, como si el
mirífico celaje la detuviese con un largo beso de despedida...
Gracián aparentaba dejarse llevar por Lali, que le tiraba del brazo con
impaciencia, repitiendo:
--Es por aquí, anda; si tardamos un poco más se habrán marchado.
Sonreía el caballero, y tarareaba en voz queda una liviana canción
aprendida entre los bastidores de un teatrillo.
Dieron la vuelta al estanque, tomaron hacia la derecha, y en el más
adoselado y fragante rincón del Retiro, vieron á una señora y á un
nene, sentados en un banco.
Ella parecía leer alguna cosa insulsa en un periódico, mientras que el
nene parecía descifrar algún misterio tenebroso en la arena fina del
camino, tanto sus ojos se fijaban en el suelo, inquisitivos y asustados.
Dos movimientos de distintos afanes se produjeron en el banco, cuando
se detuvieron ante él, la niña y el caballero.
Maravillado y feliz, Tristán dijo únicamente:
--¡Lali!
Y tendió los brazos hacia su amiguita con un impulso de fascinación.
Eva exclamó con sincero asombro:
--¡Ah!...
Y se quedó confusa y risueña ante el rendido saludo de Gracián. El
cual, á guisa de explicación, dijo con un acento insinuante:
--La niña me ha contado que usted viene todas las tardes á este sitio,
y hoy he querido que ella me guiase hasta el lugar dichoso donde usted
se esconde, cada día más bella y más esquiva...
Los dos pequeños, cogidos del brazo, se alejaban alegres, y su infantil
confidencia se trenzaba en el dulce silencio de la fronda, con el
perlado rumor de una fontana vecina...
Tardaba la señora en recobrarse de su sorpresa, y parecía indecisa en
la manera que debía adoptar para responder al gentil caballero.
Era verdad que Eva, entonces, no se mostraba siempre halagadora y
afable con sus amigos, como cuando Gracián la conoció. La natural
dureza de su semblante hermoso habíase acentuado con un gesto arisco,
y por la noche huraña de sus ojos pasaban con frecuencia relámpagos
de amenazadora tempestad. Ponía la mirada como un puñal sobre todas
las mujeres á quienes consideraba felices, y en los hombres que la
admiraban vengábase con furioso desdén de aquellos otros galanes que
siendo ella soltera y bonita, la habían dejado olvidada á un lado del
camino, sola y pobre, arrojándola, al pasar, la limosna de una flor
galante.
Y el rencor ardiente que la sociedad le inspiraba, iba defendiéndola,
mejor que su escasa virtud, del acecho de algunos cortejantes,
codiciosos de sus encantos.
Desamorada y ambiciosa, su alma pequeña se llenó de tentaciones y de
iras, sin que á su honor le quedase más amparo que el escudo frío
de la soberbia. Detrás de una defensa tan endeble, Eva pensó que
entre aquellos que la deseaban, sólo uno merecía el sacrificio de su
reputación; acaso el que menos la perseguía. Era Gracián.
La conquista de aquel hombre significaba para ella el triunfo, el
poder y la venganza... Tres grandes ansias para un mezquino corazón.