Arrancándose el recuerdo de tan medroso lance, dijo Isabel á su hermana:
--De aquel año feliz que memoramos, sólo una amiga encontraremos en la
costa: Luisa Ramírez...
--Y un amigo, López--repuso Benigna sonriendo.
--Sí; queda López «todavía», y... ¿quién sabe?...--murmuró Isabel con
singular acento. Cambiando de expresión, exclamó después:
--¿Sabes que Rafaelito acabará por casarse con Luisa?
--Así lo temo.
--Estoy pasmada de la duración de ese cariño.
--Es que el amor sentimental dicen que puede hacerse crónico...
--¡Ay, qué miedo, hija!...
--¿Pero tú creías á Rafael capaz de una constancia semejante?
--¡Qué había de creer yo, criatura!
--Ese amor es un milagro.
--Es una majadería. Rafael puede hacer una boda brillante; puede
escoger entre la flor y nata de los buenos partidos; sin ir más lejos,
Casilda Manrique, condesa y millonaria, está loquita por él.
--Y por Gracián...
--Calla, mujer, eso es aparte...
Hubo un silencio malicioso y risueño; luego, Benigna reanudó el palique.
--Oye; á mí se me figura que Rafael, á ratos, también se enamora un
poco de María.
--Lo que has notado es lástima, no es amor.
--¿Lástima? ¿Y de qué?
--Cosas raras de ese chico. ¿No sabes que resulta romántico y
piadoso?... Se le antoja que María es desgraciada.
--¡Si dijera que es boba!... Podía ser hoy «la primera» mujer de Madrid.
--Ya lo creo... Mira que ha tenido perseguidores...
--Y los que tiene.
--Pero es inabordable.
--Así lo afirma Rafael, que la admira mucho; pero no hay que fiarse de
las apariencias. Esas señoras que al parecer no han roto un plato en su
vida, no me inspiran simpatías ni confianza.
--También Eva es una virtud incorruptible.
--Tampoco es santo de mi devoción; la encuentro demasiado orgullosa y
demasiado bonita.
--Y tiene un marido insoportable de poesía y sentimentalismo.
--Dicen que Diego se embarca...
--Y el chiquillo se les muere...
--Han sido desgraciados.
--Pues á ella no le faltarían consuelos si quisiera; á Gracián le gusta
mucho...
--Todas le gustan á Gracián.
--Pero ahora la predilecta es Casilda Manrique.
Quedáronse un punto calladas las dos señoritas, y de pronto Benigna
exclamó triunfante:
--Tengo una magnífica idea.
--A ver...
--Si Casilda viniera con nosotros á la Montaña, teníamos ya seguras
las visitas y las diversiones. Ella serviría de gran reclamo á nuestra
_tournée_; tal vez Rafaelito cayera en la tentación de pretenderla
formalmente y al fin quedase roto su pertinaz idilio con Luisa, esa
extraña afición con amenaza de boda, que á todas nos disgusta.
Dijo Isabel pesimista:
--La Manrique no irá á _Las Palmeras_, hija mía; tiene un plan de
veraneo «que quita el sentido»...
Maliciosa y porfiada, Benigna insinuó:
--Si sabe que Gracián va por allí, irá contenta, de seguro.
--Pero él va solamente á dejar á María en su casa del valle.
--Si Casilda está en la playa, Gracián nos hará una visita.
--Tienes razón; eres maga.
Una risa pícara y sagaz comentarió el coloquio.