Cuando hubo meditado unos instantes, Eva, mirando de hito en hito á
Gracián, se echó á reir entre irónica y burlesca.
Pero él, sin desconcertarse, muy gozoso y complacido, sentóse en el
banco, mira que te mira á la señora.
Pasó el jocundo proceso de la risa, prevaleció el de las miradas, y
las frases de una plática, ingeniosa y difícil, tendieron el vuelo con
recato en el propicio rincón del parque.
Sutilizando mañosamente la intención de sus palabras con la habilidad
de quien conociese á fondo las flaquezas de aquella mujer, Gracián
desplegó ante ella todo un plan de conquista, cimentándole en una
supuesta simpatía de muchos años y en una constante admiración.
Justificó el silencio que hasta entonces se impusiera con el profundo
respeto profesado á la amiga y á la dama; y rellenó este párrafo
sentimental con una porción de vulgaridades, que hallaron eco de
novedad y de emoción, en su voz conqueridora y regalada.
Se lamentó de que la juventud fuera tan breve, de que las buenas horas
amigas de la belleza y del amor tuviesen una duración fugaz... y de que
hubiera tantos maridos indignos de tener mujeres hermosas, remisos y
torpes para colmarlas de halagos y de placeres.
Tales maridos, á juicio de Gracián, no merecían fidelidad ni
consideración ninguna.
Y al hablar así, con expresión mensurada y pía, el libertino caballero
se mostraba ecuánime y razonador, como si pudiera escupir al cielo
impunemente, y ejemplarizar con su vida el tipo admirable de un
_perfecto casado_.
Quedó el discurso redondito y brillante, hinchado como un globo; y
arrollada por él, se debatía Eva débilmente en las trincheras de su
vanidad. Callada en los toques pasionales de la oración, asintió con
amargura cuando las frases de Gracián iban contra Diego, ó contra la
infelicidad de que ella se creía colmada.
Y engolfados en el malabarismo de aquel juego peligroso, vieron con
extrañeza que la tarde se había muerto y que había nacido la noche.
Temerosos de la oscuridad creciente, volvían ya los niños, juntos y
callados, despacito, porque Tristán se fatigaba mucho.
Eva, asombrada de su descuido, se levantó con presteza, y corrió á
tocar la frente de su hijo, que ardía y se doblaba.
La crisis fatal del enfermo señalaba su hora cruel, y era preciso
volver á casa en seguida.
Gracián propuso salir por el paseo del _Angel Caído_, que estaba
próximo, y tomar un coche para que el niño fuése con reposo.
Al paso lento de Tristán, avanzando por la sombra del parque entre
la desbandada de los paseantes rezagados, todavía el caballero halló
manera de avizorar señales de su buena ó mala ventura en el comienzo de
aquella andanza.
Presa en el embaimiento de tan finas redes, Eva no supo mostrarse
impervia en aquella tentadora ocasión, y entre deslumbrada y satisfecha
dejó caer una esperanza en los anhelos de su amigo...
Iba Lali muy pensativa y un poco pesarosa. Tristán tropezaba á cada
instante, sin tino y sin fuerzas, y por los azules senderos de la noche
paseaba su luz purísima el astro amoroso del silencio.