En casa de los marqueses de Coronado se discutían las ventajas de
veranear aquel año en la quinta de _Las Palmeras_.
Había opiniones diversas y empate en la votación del proyecto, porque
la marquesa y su hijo abogaban por la conveniencia de una temporada de
reposo en la saludable y hermosa playa norteña, mientras que Isabel y
Benigna, torciendo el gesto, preferían adolecer públicamente de alguno
de los achaques de moda cuya curación se inicia en Vichy, avanza en
Carlsbad, se consolida en Baden, y luego se reproduce al año siguiente
como pretexto de una nueva peregrinación por los balnearios preferidos
entre los incurables enfermos que el ocio y la abundancia producen.
Como no llegasen los de Coronado á una avenencia en sus discusiones,
Benigna propuso con aire retozón:
--Podemos consultarle á papá el caso...
Todos, sin disimulo, rieron la gracia, y fué cierto que don Agustín
recibió la consulta. Tomó en serio su intervención en las decisiones
familiares, y galantemente votó en favor de la marquesa, que apoyaba
sus deseos en el motivo poderoso de hallarse muy cansada y abatida para
emprender un veraneo de lujo.
Era verdad que la dama había perdido su proverbial buen humor;
mostrábase desmedrada y triste, y hasta un poco devota.
Decíase que, últimamente, desconfiando ya del poder de su hermosura,
que iba en declinación, su íntima existencia licenciosa tenía horas de
tormento desesperado.
Decíase que Luis Galán, después de haberla consagrado algunos años de
constancia, había cortado traidoramente sus relaciones con ella, apenas
logrado un importante favor en dinero de la «amorosa» incorregible, que
no se llamaba en vano Generosa de la Dádiva.
Pero ¡suelen «decirse» tantas cosas!...
Sólo se sabía con seguridad que la marquesa rezaba mucho y estaba
alicaída; y que Luis Galán había desaparecido del círculo elegante
llamado la «buena sociedad madrileña», donde la sonrisa inalterable de
aquel buen mozo mereciera privilegio de patente exclusiva.
Ya decidido el viaje á la Montaña, hubieron de resignarse á él las
señoritas de Coronado y hasta trataron filosóficamente de buscarle
atractivos.
Evocaron las risueñas jornadas de la quinta, que hacía siete años se
habían deslizado como un sueño en la juventud inquieta y turbia de las
dos hermanas.
Del tumulto de sus memorias surgía con extrañeza y singularidad
aquel recuerdo de un solo estío, de playa modesta, entre jardines
melancólicos y brava costa, y desfilaban con un penetrante aroma de
juventud alegre las imágenes de todo aquel verano tranquilo y dulce,
sin grandes cotillones, sin aventuras sonadas, meses raros y fugitivos
que brindaron á la agitada vida de estas dos mujeres un alto apacible
y una ráfaga bienhechora de salud y poesía. Desdoblando pensamientos y
membranzas con una vaga tristeza y una remota ilusión, Isabel y Benigna
quisieron á todo trance adornar de promesas el porvenir, y se miraron
una á otra desconfiadas y marchitas, sin brillo los ojos y sin risa los
labios.
Con el presentimiento de un fracaso, lentamente formaron las dos
hermanas un plan de invitaciones y un programita de fiestas. Era
preciso atraer hacia el arenal cantábrico un buen plantel de amigos
alegres, y prepararse una agradable temporada en _Las Palmeras_.
El recuento de amistades disponibles para este caso suscitó
desconsoladoras memorias y arrojó un total de nombres nuevos en nuestra
narración. Ni uno solo de aquellos que en la hospitalaria quinta hemos
conocido estaba al propicio alcance del iniciado convite.
Clara Infante, casada con un banquero catalán y separada de su
marido al mes de la boda, viajaba á la sazón por el extranjero, bien
acompañada, según decían procaces lenguas.
Pizarro, el famoso descontentadizo, había vuelto, desilusionado como
nunca, de un largo viaje á las Américas y, en protesta bizarra á sus
reniegos contra todos los países y todas las civilizaciones, trataba
de tomar parte en una expedición al Polo Norte, y vivía encerrado
en el cuarto de una fonda, sosteniendo fantástica correspondencia
con unos señores noruegos y una dama rusa, que eran de la partida en
proyecto. La sinrazón de sus antojos hacíale olvidar que tiritaba en el
estío cantábrico y que hasta los más dulces climas eran hostiles á su
intemperancia.
El poeta de ocasión, _Nenúfar_, no había logrado salir á flote de su
reciente naufragio social y con prudente discreción se había eclipsado
en el horizonte luminoso de sus amistades aristocráticas.
Las señoritas de Coronado no ornamentarían su salón montañés con la
belleza rubia de María Ensalmo, ni con la morena hermosura de Eva
Guerrero, y tampoco Teresita Vidal llevaría á _Las Palmeras_ la nota
extraña de su juventud aburrida y achacosa. ¡Pobre Teresita!...
Cuando las hojas cayeron, dos años hacía, su entierro blanco y pomposo
bajó lentamente por la calle de Alcalá buscando el cementerio de
Nuestra Señora de la Almudena... Piando inquieta y saltarina como un
pajarito, había dado el salto mortal una tarde de otoño, quedándose
repentinamente inmóvil en el sofá donde se rebullía fastidiada y
quejosa.
La trágica quietud dejó en su rostro aniñado una mueca de hastío, y en
sus labios irónicos unas gotas de sangre descolorida.
Con más vanidad que misericordia la vistieron un traje de gala,
espléndido en encajes y flores, tan escaso en el escote y en las
mangas como sobrado en la cola... Encajes, flores y telas, junto con
la carne mísera, todo ello se acomodó con desahogo en un metro de
ataúd, porque el cuerpo de Teresita, que siempre fué endeble y menudo,
entre las garras de la muerte quedóse tan pequeño y mermado, que era
casi imposible suponerle veinticinco años de edad. Las amigas de la
joven recordaban con terror aquella postrera visita que le hicieron
al borde de la gran _cama imperial_, bajo la macilenta luz de los
cirios crepitantes. Sobre el engalanado cadáver de Teresita, la mundana
adulación, que ni á los muertos respeta, lanzó una frase en son de
halago: «parece una novia»... Aquella lisonja servil sonó á comparación
impía y burlesca, con crueldad de sátira, allí donde la muerte,
abrazada á una miserable figurilla de mujer, ponía espanto y atrición
en los más insensibles corazones. Isabel y Benigna no pudieron olvidar
su pavor y su asombro al cerciorarse de que aquella muñequita de cera,
encogida y helada, insensible y dura á la sérica delicia del vestido
admirable, era la vivaracha y mimosa Teresita Vidal. Y al pensar en las
invitaciones para un nuevo veraneo en _Las Palmeras_, en la memoria
triste de las antiguas amistades quedó flotando la visión de aquel
metro de ataúd lujoso, de aquel entierro blanco que en la dulce tarde
otoñal pasó por la vida hacia el lívido misterio del sepulcro.