XII

En casa de los marqueses de Coronado se discutían las ventajas de

veranear aquel año en la quinta de _Las Palmeras_.

Había opiniones diversas y empate en la votación del proyecto, porque

la marquesa y su hijo abogaban por la conveniencia de una temporada de

reposo en la saludable y hermosa playa norteña, mientras que Isabel y

Benigna, torciendo el gesto, preferían adolecer públicamente de alguno

de los achaques de moda cuya curación se inicia en Vichy, avanza en

Carlsbad, se consolida en Baden, y luego se reproduce al año siguiente

como pretexto de una nueva peregrinación por los balnearios preferidos

entre los incurables enfermos que el ocio y la abundancia producen.

Como no llegasen los de Coronado á una avenencia en sus discusiones,

Benigna propuso con aire retozón:

--Podemos consultarle á papá el caso...

Todos, sin disimulo, rieron la gracia, y fué cierto que don Agustín

recibió la consulta. Tomó en serio su intervención en las decisiones

familiares, y galantemente votó en favor de la marquesa, que apoyaba

sus deseos en el motivo poderoso de hallarse muy cansada y abatida para

emprender un veraneo de lujo.

Era verdad que la dama había perdido su proverbial buen humor;

mostrábase desmedrada y triste, y hasta un poco devota.

Decíase que, últimamente, desconfiando ya del poder de su hermosura,

que iba en declinación, su íntima existencia licenciosa tenía horas de

tormento desesperado.

Decíase que Luis Galán, después de haberla consagrado algunos años de

constancia, había cortado traidoramente sus relaciones con ella, apenas

logrado un importante favor en dinero de la «amorosa» incorregible, que

no se llamaba en vano Generosa de la Dádiva.

Pero ¡suelen «decirse» tantas cosas!...

Sólo se sabía con seguridad que la marquesa rezaba mucho y estaba

alicaída; y que Luis Galán había desaparecido del círculo elegante

llamado la «buena sociedad madrileña», donde la sonrisa inalterable de

aquel buen mozo mereciera privilegio de patente exclusiva.

Ya decidido el viaje á la Montaña, hubieron de resignarse á él las

señoritas de Coronado y hasta trataron filosóficamente de buscarle

atractivos.

Evocaron las risueñas jornadas de la quinta, que hacía siete años se

habían deslizado como un sueño en la juventud inquieta y turbia de las

dos hermanas.

Del tumulto de sus memorias surgía con extrañeza y singularidad

aquel recuerdo de un solo estío, de playa modesta, entre jardines

melancólicos y brava costa, y desfilaban con un penetrante aroma de

juventud alegre las imágenes de todo aquel verano tranquilo y dulce,

sin grandes cotillones, sin aventuras sonadas, meses raros y fugitivos

que brindaron á la agitada vida de estas dos mujeres un alto apacible

y una ráfaga bienhechora de salud y poesía. Desdoblando pensamientos y

membranzas con una vaga tristeza y una remota ilusión, Isabel y Benigna

quisieron á todo trance adornar de promesas el porvenir, y se miraron

una á otra desconfiadas y marchitas, sin brillo los ojos y sin risa los

labios.

Con el presentimiento de un fracaso, lentamente formaron las dos

hermanas un plan de invitaciones y un programita de fiestas. Era

preciso atraer hacia el arenal cantábrico un buen plantel de amigos

alegres, y prepararse una agradable temporada en _Las Palmeras_.

El recuento de amistades disponibles para este caso suscitó

desconsoladoras memorias y arrojó un total de nombres nuevos en nuestra

narración. Ni uno solo de aquellos que en la hospitalaria quinta hemos

conocido estaba al propicio alcance del iniciado convite.

Clara Infante, casada con un banquero catalán y separada de su

marido al mes de la boda, viajaba á la sazón por el extranjero, bien

acompañada, según decían procaces lenguas.

Pizarro, el famoso descontentadizo, había vuelto, desilusionado como

nunca, de un largo viaje á las Américas y, en protesta bizarra á sus

reniegos contra todos los países y todas las civilizaciones, trataba

de tomar parte en una expedición al Polo Norte, y vivía encerrado

en el cuarto de una fonda, sosteniendo fantástica correspondencia

con unos señores noruegos y una dama rusa, que eran de la partida en

proyecto. La sinrazón de sus antojos hacíale olvidar que tiritaba en el

estío cantábrico y que hasta los más dulces climas eran hostiles á su

intemperancia.

El poeta de ocasión, _Nenúfar_, no había logrado salir á flote de su

reciente naufragio social y con prudente discreción se había eclipsado

en el horizonte luminoso de sus amistades aristocráticas.

Las señoritas de Coronado no ornamentarían su salón montañés con la

belleza rubia de María Ensalmo, ni con la morena hermosura de Eva

Guerrero, y tampoco Teresita Vidal llevaría á _Las Palmeras_ la nota

extraña de su juventud aburrida y achacosa. ¡Pobre Teresita!...

Cuando las hojas cayeron, dos años hacía, su entierro blanco y pomposo

bajó lentamente por la calle de Alcalá buscando el cementerio de

Nuestra Señora de la Almudena... Piando inquieta y saltarina como un

pajarito, había dado el salto mortal una tarde de otoño, quedándose

repentinamente inmóvil en el sofá donde se rebullía fastidiada y

quejosa.

La trágica quietud dejó en su rostro aniñado una mueca de hastío, y en

sus labios irónicos unas gotas de sangre descolorida.

Con más vanidad que misericordia la vistieron un traje de gala,

espléndido en encajes y flores, tan escaso en el escote y en las

mangas como sobrado en la cola... Encajes, flores y telas, junto con

la carne mísera, todo ello se acomodó con desahogo en un metro de

ataúd, porque el cuerpo de Teresita, que siempre fué endeble y menudo,

entre las garras de la muerte quedóse tan pequeño y mermado, que era

casi imposible suponerle veinticinco años de edad. Las amigas de la

joven recordaban con terror aquella postrera visita que le hicieron

al borde de la gran _cama imperial_, bajo la macilenta luz de los

cirios crepitantes. Sobre el engalanado cadáver de Teresita, la mundana

adulación, que ni á los muertos respeta, lanzó una frase en son de

halago: «parece una novia»... Aquella lisonja servil sonó á comparación

impía y burlesca, con crueldad de sátira, allí donde la muerte,

abrazada á una miserable figurilla de mujer, ponía espanto y atrición

en los más insensibles corazones. Isabel y Benigna no pudieron olvidar

su pavor y su asombro al cerciorarse de que aquella muñequita de cera,

encogida y helada, insensible y dura á la sérica delicia del vestido

admirable, era la vivaracha y mimosa Teresita Vidal. Y al pensar en las

invitaciones para un nuevo veraneo en _Las Palmeras_, en la memoria

triste de las antiguas amistades quedó flotando la visión de aquel

metro de ataúd lujoso, de aquel entierro blanco que en la dulce tarde

otoñal pasó por la vida hacia el lívido misterio del sepulcro.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 34 / 69 题