En las constantes vigilias de aquel corazón, un rayo de luz brillaba
misericordioso y alegre. Era el sol de los ojos de Lali, de la nena
reidora y charlatana, ave graciosa que poblaba de trinos y vuelos, el
bosque sombrío de los pensamientos de María.
Era Lali una encantadora criatura de seis años, hermosa como sus
padres, traviesa y juguetona, dueña de un corazoncito angelical.
Rubios tenía los cabellos y dorados los ojos, llenos de luz temblorosa
y riente, de cálida luz fulgurante como un gajo de sol.
Horas enteras se pasaba María arrullando sus ensueños tristes con la
placentera vocecilla de Lali, que hablaba con su muñeca y con doña
Cándida, indistintamente, en garla gentil.
Una dócil cortina de damasco separaba la habitación de la niña del
saloncito donde su madre tenía siempre una labor interrumpida y un
libro abierto y un búcaro con flores nuevas...
Aquella tarde llovía, y la nena, que no había podido hacer su habitual
paseo, traveseaba incansable entre dos butacas próximas al balcón.
En una estaba sentada doña Cándida, meditabunda y suspirante, tejiendo
una calceta erizada de agresivas agujas; en otra se recostaba el gran
_bebé_ de celuloide, con los inmóviles ojos de turquesa muy espantados,
y los bracitos extendidos, hirsuta la cabellera de lino pálido, y un
poco chafada la seda rosa del traje. Sin duda estaba asustado de la
riña que Lali dirigía sobre su inanimada persona.
Con la más sincera indignación, sermoneaba la niña:
--Si no me obedeces, te castigaré sin merienda... En ti mando yo, y no
se me replica... Ya sabes que no tienes papá...
Cambió de tono, y comentarió rencorosa:
--Ni falta que te hace... Los papás son unos señores muy malos... muy
tontos... muy feos...
Una voz varonil protestó á la puerta del gabinete, con risueña
jactancia.
--¿Cómo es eso, mentirosilla? ¿somos feos todos los papás?
Se volvió la niña hacia el reproche insinuante; y saltando al cuello de
Gracián, le respondió dentro de un beso mimoso:
--Tú eres guapo.
--Pues, ¿entonces?...
--Lo decía en broma, para engañar á _Mimí_.
--¿Cuánto me quieres?... A ver...
--Te quiero cientos... miles...
La acarició el padre con ufanía, orgulloso de la proceridad de aquella
criatura, que era un alarde vivo de la existencia de él; y salió de la
estancia engreído y jovial, tirándole besos á la nena, que le decía:
--Ven temprano... ninguna noche te veo... ¡Por las noches no tengo
papá!...
Apenas se extinguieron en el corredor los firmes pasos de Gracián,
fuése la niña á levantar el tapiz medianero con el saloncito de su
madre, y hallóla con el bordado caído sobre las rodillas y los ojos
errantes y distraídos, embebecida en una meditación tenaz.
Corrió Lali hacia ella con los brazos abiertos, trepó á su regazo, y le
dijo en un «escucho» ingenuo y fervoroso:
--A ti te quiero millones... mucho más que _á él_... montones de veces
más... ¡Te quiero mundos y mares y cielos de cariño!...
Y nerviosa, vibrante, la besaba en los párpados sumisos, en la dulce
boca enmudecida y en la aureola de los cabellos.
Cuando Lali se cansaba de hablárselo todo sola, cuando se aburría de la
mudez de doña Cándida y de la inmovilidad de _Mimí_, solía preguntar á
su madre:
--¿Dejas á Rosita jugar conmigo?
Siempre María contestaba que sí, y Rosita, aquella niña aldeana
y hermosa que hemos conocido hace siete años en la quinta de _Las
Palmeras_, convertida ahora en mujer garrida y lozana, hacíase pequeña
y revoltosa como Lali, á fuerza de fingir que lo era, y de remedar con
infantil regocijo llantos de nena castigada, acentos y mimos de nena
mañosa.
En los días inclementes del invierno, cuando no llegaba muy arropada
y valiente alguna amiguita á jugar con Lali, Rosa representaba á las
mil maravillas su papel de muñeca viva y mimosa, en el gabinetito
confortable, cerca de los vigilantes espejuelos de doña Cándida, que,
entre uno y otro suspiro, sonreía con beatitud contemplando á su niña
tan divertida y alegre.
Dos años llevaba Rosa al inmediato servicio de Lali, en descansada
labor, que consistía únicamente en arreglar las habitaciones de la
minúscula señorita, coser y planchar su ropa, y aun la de _Mimí_;
ordenar sus armarios y sus juguetes; vestirla, desnudarla, y, en
determinadas ocasiones, oficiar, como ya hemos dicho, de muñeca de
carne, llorona y traviesa, á quien indefectiblemente había que encerrar
en el cuarto oscuro.
Con tal acierto y adhesión cumplía la muchacha estos menesteres, que
sus cuidados y compañía llegaron á hacerse indispensables cerca de la
pequeña, y María cobró singular afecto á esta mocita hábil y donosa,
que sabía con tan buena gracia complacer á Lali, obedecer á doña
Cándida y poner en los más vulgares detalles de su obligación una nota
de condescendencia y de dulzura, llena de solicitud, para la señora de
la casa.