VIII

En las constantes vigilias de aquel corazón, un rayo de luz brillaba

misericordioso y alegre. Era el sol de los ojos de Lali, de la nena

reidora y charlatana, ave graciosa que poblaba de trinos y vuelos, el

bosque sombrío de los pensamientos de María.

Era Lali una encantadora criatura de seis años, hermosa como sus

padres, traviesa y juguetona, dueña de un corazoncito angelical.

Rubios tenía los cabellos y dorados los ojos, llenos de luz temblorosa

y riente, de cálida luz fulgurante como un gajo de sol.

Horas enteras se pasaba María arrullando sus ensueños tristes con la

placentera vocecilla de Lali, que hablaba con su muñeca y con doña

Cándida, indistintamente, en garla gentil.

Una dócil cortina de damasco separaba la habitación de la niña del

saloncito donde su madre tenía siempre una labor interrumpida y un

libro abierto y un búcaro con flores nuevas...

Aquella tarde llovía, y la nena, que no había podido hacer su habitual

paseo, traveseaba incansable entre dos butacas próximas al balcón.

En una estaba sentada doña Cándida, meditabunda y suspirante, tejiendo

una calceta erizada de agresivas agujas; en otra se recostaba el gran

_bebé_ de celuloide, con los inmóviles ojos de turquesa muy espantados,

y los bracitos extendidos, hirsuta la cabellera de lino pálido, y un

poco chafada la seda rosa del traje. Sin duda estaba asustado de la

riña que Lali dirigía sobre su inanimada persona.

Con la más sincera indignación, sermoneaba la niña:

--Si no me obedeces, te castigaré sin merienda... En ti mando yo, y no

se me replica... Ya sabes que no tienes papá...

Cambió de tono, y comentarió rencorosa:

--Ni falta que te hace... Los papás son unos señores muy malos... muy

tontos... muy feos...

Una voz varonil protestó á la puerta del gabinete, con risueña

jactancia.

--¿Cómo es eso, mentirosilla? ¿somos feos todos los papás?

Se volvió la niña hacia el reproche insinuante; y saltando al cuello de

Gracián, le respondió dentro de un beso mimoso:

--Tú eres guapo.

--Pues, ¿entonces?...

--Lo decía en broma, para engañar á _Mimí_.

--¿Cuánto me quieres?... A ver...

--Te quiero cientos... miles...

La acarició el padre con ufanía, orgulloso de la proceridad de aquella

criatura, que era un alarde vivo de la existencia de él; y salió de la

estancia engreído y jovial, tirándole besos á la nena, que le decía:

--Ven temprano... ninguna noche te veo... ¡Por las noches no tengo

papá!...

Apenas se extinguieron en el corredor los firmes pasos de Gracián,

fuése la niña á levantar el tapiz medianero con el saloncito de su

madre, y hallóla con el bordado caído sobre las rodillas y los ojos

errantes y distraídos, embebecida en una meditación tenaz.

Corrió Lali hacia ella con los brazos abiertos, trepó á su regazo, y le

dijo en un «escucho» ingenuo y fervoroso:

--A ti te quiero millones... mucho más que _á él_... montones de veces

más... ¡Te quiero mundos y mares y cielos de cariño!...

Y nerviosa, vibrante, la besaba en los párpados sumisos, en la dulce

boca enmudecida y en la aureola de los cabellos.

Cuando Lali se cansaba de hablárselo todo sola, cuando se aburría de la

mudez de doña Cándida y de la inmovilidad de _Mimí_, solía preguntar á

su madre:

--¿Dejas á Rosita jugar conmigo?

Siempre María contestaba que sí, y Rosita, aquella niña aldeana

y hermosa que hemos conocido hace siete años en la quinta de _Las

Palmeras_, convertida ahora en mujer garrida y lozana, hacíase pequeña

y revoltosa como Lali, á fuerza de fingir que lo era, y de remedar con

infantil regocijo llantos de nena castigada, acentos y mimos de nena

mañosa.

En los días inclementes del invierno, cuando no llegaba muy arropada

y valiente alguna amiguita á jugar con Lali, Rosa representaba á las

mil maravillas su papel de muñeca viva y mimosa, en el gabinetito

confortable, cerca de los vigilantes espejuelos de doña Cándida, que,

entre uno y otro suspiro, sonreía con beatitud contemplando á su niña

tan divertida y alegre.

Dos años llevaba Rosa al inmediato servicio de Lali, en descansada

labor, que consistía únicamente en arreglar las habitaciones de la

minúscula señorita, coser y planchar su ropa, y aun la de _Mimí_;

ordenar sus armarios y sus juguetes; vestirla, desnudarla, y, en

determinadas ocasiones, oficiar, como ya hemos dicho, de muñeca de

carne, llorona y traviesa, á quien indefectiblemente había que encerrar

en el cuarto oscuro.

Con tal acierto y adhesión cumplía la muchacha estos menesteres, que

sus cuidados y compañía llegaron á hacerse indispensables cerca de la

pequeña, y María cobró singular afecto á esta mocita hábil y donosa,

que sabía con tan buena gracia complacer á Lali, obedecer á doña

Cándida y poner en los más vulgares detalles de su obligación una nota

de condescendencia y de dulzura, llena de solicitud, para la señora de

la casa.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 31 / 69 题