Placíase Gracián en la buena suerte que le había deparado aquella boda
afortunada con mujer encumbrada y rica, tan sumisa y complaciente.
Él también, como el vulgo, consideraba á María desde el punto de vista
de una criatura pasivamente bondadosa, una esposa de lujo, inofensiva y
bella.
Mirábala con cierto compasivo agrado y con una superioridad protectora
que tenía mucho de humillante y despectiva.
La trataba con una cortesanía chabacana, entre galante y
desdeñosa, algo irónica siempre y siempre glacial. A menudo la
llamaba _pobrecilla_ y le acariciaba las mejillas como á una nena,
paternalmente. Era con ella indiferente y rumboso, y no se tomaba el
trabajo de ocultarle sus más escandalosos devaneos. Aquel gran cómico,
ciego de soberbia, no podía suponer que _la pobrecilla_ le profesaba
un absoluto desprecio y que, con una clarividencia extraordinaria,
había profundizado todo el vacío de la fantástica existencia, ruidosa y
deslumbrante, que tanto le envanecía.
Pocos meses de matrimonio le bastaron á la joven para conocer
dolorosamente la fatuidad de su marido y descubrir, bajo aquella
exterioridad fascinadora, un fondo de bastardas pasiones y un huero
corazón. Tan cierta quedó la triste de su grave desventura, que ni
siquiera soñó con hallarle algún remedio. Sumióse en ella con valentía
y, siendo tan inmerecida y traidora, la supo disimular entunicada como
una contrariedad cualquiera, de esas que ruedan sobre una florida
juventud sin entorpecer el camino de la dicha.
Y cuando más engreído con sus triunfos huecos y falsos, Gracián se
dignaba hacer á su esposa la merced de una caricia ó de una atención,
celaba ella en sus encalmados ojos todo el desdén que le inspiraba
aquel baratero de la vida, y con una disciplinada sonrisa hacía guardia
á los pesares de su corazón abandonado.