IX

Años atrás, cuando el poeta bohemio de nuestra historia dió impunemente

un sablazo al bolsillo y al corazón de Rosita, quedóse la muchacha por

algún tiempo alicaída y tristona y hasta un poco intercadente de salud.

Amustiáronse los colores ufanos de sus mejillas, y con aciaga nube se

amortiguó en sus ojos gitanos el brillo rutilante.

Andaba taciturna por la aldea y desoía con creciente desdén los amantes

requerimientos de los mozos que bien la querían.

Llegaron sus padres á preocuparse del aspecto adolecido de la joven,

hablaron de llevársela al médico, y en voz baja se lamentaron:--¡Ay, la

nuestra hija..., si nos la habrán dañado en la ciudad!

Más de cuatro mozas, envidiosas de la belleza de Rosita, subrayaron

con sonrisa perversa el sentimiento con que se comentaba en el pueblo

que á la muchacha le hubiese probado tan mal la buena vida entre

señores.

Pero en cuanto una de estas sonrisas perniciosas hirió á la moza en

pleno rostro, se le encendieron en las mejillas dos ruborosos claveles

y se levantó su orgullo por encima de los achaquillos de su corazón.

Ya Rosa no hurtó á las romerías su gentil presencia, ni dejó de asistir

por la noche á las deshojas, y los domingos al «corro».

Con vanidad nueva y vengativa se prendió sus galas finas de la ciudad,

y era cosa admirable en los festivos días verla caminito de la

parroquia, á la hora solemne de la misa mayor, con su falda oscura y

ceñida, su mantilla de blonda, entoldando la cara morena, y su blusa

plisada y elegante, como la de una señorita.

La diversidad de sonrisas que la persiguieron entonces ya no la hacían

enrojecer, eran síntomas patentes de admiración en los mozos y de celos

en las muchachas.

Halló Rosa un placer desconocido en la ostentación altiva con que

se impuso en la aldea, y se distrajeron mucho sus pesares con aquel

triunfante juego de femenil vanidad.

Como no era cosa grave el mal de su corazón, con aquellos estimulantes

y aquellas diversiones fuése mejorando hasta sanar casi del todo, sin

que le quedase otro daño, acaso incurable, que el de un aborrecimiento

mortal á las toscas labores de la aldea y una afición fuerte y decidida

á las cosas delicadas y bellas que había conocido en la opulenta casa

de Coronado.

Aguda y espabilada, como buena montañesa, apenas se libertó del arrullo

falaz con que _Nenúfar_ la había encantusado, reconoció que el bohemio

era un contrabandista de amor, explotador profesional de mujeres

crédulas.

Gozóse de haber sido con él cauta y previsora, y ni siquiera se dolió

del timo rastrero de los cinco duros.

Pero de aquella exótica aventura de amores con «un poeta», le quedó á

la pobre aldeana una exaltación sentimental que la despegaba con hastío

profundo de su miserable existencia campesina.

A la vez que se le ajaban sus vestidos señoriles, veía con desconsuelo

cómo las ásperas herramientas del campo encallecían otra vez sus manos

menudas y aspaban su cuerpo floreciente.

Un rebelde sentimiento de protesta se alzó en su espíritu inquieto y

ansioso. Miraba con terror á las mujeres, jóvenes de años, acabadas ya

y envejecidas, segada en flor su belleza por los duros azares de la

vida labradora. Con espanto volvía los ojos en torno suyo, y notaba

que, de repente, se le había entenebrecido el camino antes risueño de

su juventud. Antaño le parecía benigno y grato su mísero hogar, y, de

pronto, hallóle todo negro por el humo de las paredes, todo tiznado de

fealdad y de tristeza...

Y el sendero del monte, ¿no era antes azul?... Ella lo hubiera jurado

así; pero ved cómo se le aparecía bruno y miedoso, serpenteando sin

rumbo ni esperanza entre crueles malezas que desgarraban á tirones de

bárbaro esfuerzo la gracia juvenil de las leñadoras.

Pues, ¿y las mieses?... Rosa las había conocido llenas de encantos;

prometedoras en la primavera, granadas en el estío, pródigas en el

otoño... Y se le volvieron otras; se le volvieron inhumanas y feroces,

tendidas en el valle como implacable maldición que la obligase á vivir

en acecho sobre la tierra; á vivir encorvada, sudorosa, jadeante,

marchita sin haber florecido en toda su hermosura...

Ya Rosa no tuvo sosiego ni alegría.

El deseo de grandeza, sembrado en su alma, creció con la privación

absoluta de los dones apetecidos, y determinó en aquel espíritu inculto

y delicado un verdadero delirio, ambicioso de cosas bellas y sutiles,

una loca pasión de arte que la enardecía y la martirizaba.

Mucho tiempo luchó la moza con aquella constante fascinación.

Quiso vencerla, y buscándole un remedio heroico, dió palabra de

casamiento á un guijarreño mozalbete de las cercanías que andaba por

ella perdido de amores. Era un bravo trabajador y tenía su poco de

hacienda y su fama de «buen partido».

Gran contento causó á los padres de Rosa aquel suceso inesperado

que rompía la terca obstinación con que la joven rechazaba todos

los proyectos de boda que se le habían ofrecido; y aunque la vieron

sobresaltada y ansiosa, achacáronlo á emociones propias del noviazgo.

Se aproximaba la boda rápidamente, cuando en una trágica hora de

cobardía Rosa cayó en los brazos de su madre hecha un mar de lágrimas,

confesándole que su novio le inspiraba una invencible repulsión, y

afirmando entre sollozos:

--No me caso con él, madre, no me puedo casar... es imposible.

Se sucedieron lamentables escenas de dolor y despecho entre las

familias de los apalabrados mozos; anduvieron sueltos por las callejas

los chismes y los comentarios, y la bella Rosita, desesperada y

confusa, intentó salir de la aldea, huyendo de una vida que se le había

hecho insoportable y de un ambiente que le era contrario.

X

La montaraz aldehuela de Rosa colgaba en la serranía, en las

inmediaciones del valle donde radicaba el noble solar de la familia de

Ensalmo; y era, precisamente, la actual dueña del palacio quien llevó

á la linda zagala en años anteriores á la quinta de _Las Palmeras_,

durante un veraneo de los marqueses.

A despecho de las hablillas de los vecinos lugarejos, donde Rosa

había cobrado fama de necia y de inconstante, agradábale á María

aquella labradora despierta y agraciada, de finos ademanes y rápida

comprensión, hábil y paciente para las prolijas labores de doncella.

Cuando al romper bruscamente su concertado casamiento, la muchacha

acudió á María buscando su favor para salir del pueblo, halló á la

señora fácil de conquistar y gustosa para otorgarle protección.

Finalizaba el verano, y admitida Rosa al servicio de Lali, bajo las

órdenes inmediatas de doña Cándida, fuése la aldeanita aventurera muy

alegre á Madrid con sus nuevos señores.

En un par de meses cortesanos volvió á ser Rosita la primorosa

criatura que enamoró á _Nenúfar_ en el norteño arenal; su tez morena,

artísticamente soleada, se suavizó con el buen trato y brilló sedosa

en las manos chiquitinas y en el peregrino rostro; se le animó en los

ojos y en la sonrisa el gozo de la libertad soñada, y, con el peinado

moderno y el vestido elegante, toda su armoniosa figura quedó detallada

y perfecta, seduciendo con una insinuante nota de frescura campesina,

aroma sugestivo de silvestre flor.

Muchos golosos tuvo en la Corte aquel palmito gentil, y galanes de

varias categorías cortejaron con rendimiento á la niña montañesa; pero,

advertida por su señora con prudente discreción, y aleccionada por el

desengaño, á ninguno consintió ella con palabras ni actitudes, y en la

ronda de sus pretendientes cobró pronto renombre de arisca y orgullosa.

Lo que á Rosita le entusiasmaba en aquella existencia blanda y amable

que tanto ambicionó, no era, por cierto, el despertar pasiones

amorosas, sino el saber que las merecía y el sentir en su mimada

hermosura el seductor halago de la lisonja.

Ella quería, sobre todo, verse linda y adornada en el espejo; tocar y

mirar cosas bonitas, gustar manjares finos, aspirar olores delicados.

Sentíase dichosa con dormir en albo lecho, con pisar fonjes tapices,

con escuchar un lenguaje escogido y galano.

Padecía una obsesión aguda de belleza, y donde quiera que la

hallase--mejor ó peor definida, según su intuición artística se

la hacía sentir--, allí posaba los ojos en recreo sutilísimo, tan

largamente, que el objeto acariciado por sus admiraciones persistía en

la ausencia del mismo, por mucho tiempo, surgiendo en el vacío, amorfo

y tentador, á recibir el idólatra culto de la obsesa.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 32 / 69 题