Ya no era María la niña tímida y curiosa que ávidamente secreteara con
los celestes horizontes.
Los desengaños sufridos abrieron para ella á lo largo del camino, por
encima del mismo cielo, alto y codicioso rumbo al vuelo de la fantasía.
A la inocente paloma del valle le habían nacido, por un milagro de
penas, potentes y soberanas alas de condor...
El fracaso moral de su boda, aquel tremendo error de su inexperiencia,
que la esclavizaba á una cadena perpetua de dolores, halló á María
dotada de viriles energías, de arrestos portentosos, en aquella
naturaleza tan femenina y dulce.
Era el vergel de su alma, donde las brisas de la ilusión entraron
triunfalmente, un terreno feraz que las lágrimas habían fecundizado.
Se hizo fuerte en las trincheras de sus virtudes íntimas, y su mirada,
pensativa y serena, no se posaba ilusa, como otras veces, en el mudable
encanto del firmamento, avizorando señales de pasajeros goces, sino
que, valiente y firme, caía al otro lado del celaje, más allá de la
vida, detrás del secreto oscuro de la muerte, esperanzada con la
suprema ambición de una felicidad desconocida, imperecedera.
Soñaba siempre María, soñaba mucho, altiva y divinamente... ¿qué alma
descollante no sueña y delira en la humana prisión?...
Hizo el dolor descubrimientos prodigiosos en aquel temperamento
esquisito; hirió cuerdas de callados sentimientos, y toda el alma
excepcional de aquella mujer vibró en acorde infinito de sobrehumanos
anhelos.
Entonces fué María santa, con una santidad romántica y secreta, que por
adelantado le ofrecía el excelso placer de la inmortalidad. Fué artista
con la sublime inspiración de un arte nativo, de superior linaje.
Su corazón, sediento de inextinguibles amores, ebrio de pesares,
fabricóse una vida interior de refinada hermosura; una vida tocada
con la púrpura gallarda del sacrificio, aureolada con rojas flores de
pasión divina; rosas de calvario, galas inmarchitables del _eterno
jardín_.
Vertidos en la inmensidad sus sentimientos, derramados en lo infinito,
como incienso del mundo, escogido para Dios; descendían sobre los seres
y las cosas en vórtice generoso, y se prodigaban á todo lo bello, á
todo lo noble y triste del camino.
María amaba mucho, amaba insaciablemente los graves y sombríos
misterios de la eternidad, los peregrinos secretos de la naturaleza...
las humanas bellezas... los humanos dolores.
Había hecho de su intensa desventura un culto ferviente y extraño, y
se entregaba á él con amarga voluptuosidad, con ese morboso placer,
delirante y aciago, que se ha llamado muchas veces «la coquetería del
dolor».
Y esta singular criatura, toda amor y tristeza, abrasada en oculta
llama de ardientes sentimientos, divinizada en una interior obra de
arte espiritual, pasaba por el mundo en traza gentil de mujer dichosa,
escondiendo con rubores de alma púdica el doble fondo de su martirizada
existencia.
Ocupaba con bizarría su puesto de honor en los salones madrileños, y
se la veía con frecuencia en sociedad, donairosa y risueña, elegante y
encantadora, muy bien avenida, al parecer, con los achaques de la vida
mundana.
Era su aspecto el de una de esas mujeres infantiles, dispuestas siempre
á perdonar y á sonreir, crédulas y sencillas; una discreta mujercita
sin malicias ni pasiones, muy devota del bienestar exterior; buena y
prudente, que sacrificaba su amor propio y hasta su dignidad de esposa
á las dulzuras de la paz doméstica, y se conformaba con una felicidad
decorativa.
Sólo una perspicaz observación, una ciencia maestra en desdoblar
corazones, lograse descubrir detrás de aquella apariencia jovial y
apacible otra segunda vida artística y doliente.
Ahora, en los celestiales ojos de María, la imperturbable mirada azul
parecía llegar de muy lejos, de remoto paraje de maravilla, donde
hubiese tomado un misterioso baño de emoción.
Fulgía la luz de aquellos ojos con encanto inefable y nuevo, y donde
se posaba iba dejando el don de una gracia pura y triste, el jirón
impalpable de una nostalgia divina, que pudiera llamarse «el mal del
cielo»...