IV

Tenía Tristán una amiguita, una niña parlera y alegre que, cierta

tarde, le fué á visitar acompañando á una señora joven y rubia, muy

hermosa, que se llamaba María.

Cuando la dama y la nena entraron en el modesto gabinete de la calle

de Vicálvaro, un sugestivo perfume de vida elegante se expandió en

la estancia, y Eva se ruborizó con el bochorno de su pobre ajuar...

Mirando en torno, quedó confusa y disgustada, sin agradecer la visita.

Abrazáronse las señoras con mutua cortedad, mientras los dos niños se

amistaban con la mirada y la sonrisa, y se eclipsaban, cogidos de la

mano, por la casa adelante...

Con alguna precipitación, dijo, al sentarse, María:

--He venido porque me dijeron que estábais preocupados por la salud

del pequeño... como ya sé lo que es apenarse por los hijos, me acordaba

mucho de vosotros y deseaba veros... quise traer á Lali para que jugase

un rato con Tristán... pero le encuentro animadito... eso no será cosa

de cuidado...

La timidez cariñosa y simpática de aquel exordio, suscitó en la

conciencia de Eva un involuntario remordimiento; casi conquistada por

la cordialidad de María, respondió:

--Pero va siendo muy larga esta dolencia y me inspira mucho recelo...

Cada día está el niño más flojo... A las horas del recargo da pena

mirarle...

--Un poquito de anemia... en cuanto avance la primavera ya verás cómo

se repone...

--Al contrario, el verano de Madrid le daña mucho...

Quedaron silenciosas, como si ambas temiesen avanzar en la

conversación. Al fin María, indecisa, observó:

--Tampoco este año podréis ir á la Montaña, si Diego no tiene

vacaciones...

--Aunque las tuviera, no iríamos--dijo Eva, amargado el acento, fijos

con tenacidad los ojos en la mezquina estera del piso.

Arriesgándose con precauciones en la dificultad de aquel diálogo,

propuso María:

--En ese caso me podías confiar al nene; yo le llevaría con mucho gusto

y le cuidaría como si fuera hijo mío...

Alzáronse vivamente los negros ojos y, puestos con asombro sincero en

los azules, Eva contestó, conmovida á su pesar:

--Gracias..., gracias..., te lo agradezco...

--Y aceptas, ¿no es verdad?

--Tú no has pensado lo que me ofreces...; un niño enfermo y triste da

mucho que hacer..., perturba y molesta en todas partes...

--Pues te aseguro que en mi casa no molestaría. Para mí sería un

entretenimiento...; para Lali, un encanto...

--¿Y para tu marido?

--Gracián apenas estará con nosotras este verano..., tiene proyectado

un largo viaje... Además, los niños le gustan, y él nunca interviene en

las cosas que yo dispongo.

--Sí..., tú tienes libertad para todo..., tienes placeres y

caprichos..., haces bien en aprovecharte de la felicidad...

--¡La felicidad!--suspiró María con una sonrisa indefinible.

--Yo--añadió Eva sordamente--no la conozco más que de nombre..., para

mí sólo ha tenido una mueca burlona...

--Para muchos la tiene, hija mía..., no hables así, por Dios..., en tu

casa hay un tesoro raro y envidiable...

--¿Un tesoro, dices?

--Sí..., tenéis amor...

--¿Amor?..., ¡qué inocente eres!..., ¿lo has creído de veras?...

Amor... ¡no conozco á ese caballero!...

--Calla, calla, mujer, Diego te adora...

--Nada me importa de él.

--¿Qué estás diciendo, Eva?

--Me atormenta... Me hace desgraciada...

--Sufres y deliras... Diego es bueno...

Precipitada Eva en aquella insólita confidencia, irascible y

desmesurada, arguyó:

--_¡Diego es bueno!..._ Esas mismas palabras las dijiste una noche

en _Las Palmeras_, hace ya siete años..., las dos éramos solteras,

¿te acuerdas bien?... Entonces pude creerte; conocías á Diego mejor

que yo... Hoy le conozco yo mejor que nadie y no me convence tu

benevolencia...

Aterraba María la frente, angustiada y sorprendida.

Siempre creyó que Eva no amaba mucho á su marido, pero estaba muy lejos

de suponer que le aborreciera.

Se repuso de aquella sorpresa en un triste silencio, mientras Eva

deshilachaba, nerviosa, el fleco de su pelerina de punto.

Después, con paciencia y con dolor, habló María suavemente.

Su voz cristalina y dulce no encalmó el ánimo en borrasca de su amiga,

pero fué tan discreta y tan afable que apaciguó, al menos, la adustez

amenazadora del moreno rostro.

Sugestionada Eva por el fluyente caudal de aquella noble palabra,

dejóse llevar por extraño sentimiento de confianza, único en la

vidriosa amistad que profesaba á María.

Confesó la penosa estrechez en que se hallaban, y en los arranques de

aquella impulsiva franqueza sintió un placer satánico en acumular sobre

Diego quejas y culpas.

Tendióle María su mano pródiga en beneficios, y con exquisita

delicadeza le ofreció en aquel trance el buen auxilio de su fortuna.

Soberbia la menesterosa, nada quiso aceptar, y aun sintiera, al cabo,

un pesar repentino de haber confiado su lamentable secreto á la oculta

rival de sus ambiciones.

El matiz velado y profundo de los consuelos que le brindaban, las

inflexiones sentimentales de la voz hialina y triste, nada íntimo y

personal revelaron á Eva, ignorante para descubrir pudorosos achaques

de corazón, incapaz de leer duelos ocultos en una mirada empañecida ó

en una sonrisa punzadora.

Muy hábil á la sazón María para adivinar cuitas ajenas, advirtió

la turbación creciente de su amiga y apresuróse á enveredar la

conversación por menos escabroso camino, tomándola otra vez en el punto

donde había quedado rota y porfiando en invitar á Tristán para veranear

en el Norte.

--Muchas gracias--repetía Eva--, pero no puede ser...

--¿Por qué te niegas?... Te lo ofrezco con toda mi alma. Y si Diego

se embarcase pronto, como dices, tú también podías venirte con el

niño..., me harías un gran favor. Voy á pasar el verano sola con Lali

y doña Cándida... Piénsalo bien y decídete. Nos iremos en junio, hasta

septiembre... Ya verás qué bien le prueba á Tristanito..., anímate...

Le llevaremos á la playa y á la aldea, le cuidaremos mucho..., se

pondrá fuerte...

Ingenua y efusiva, María dejaba suelto el corazón en su verbo piadoso.

Luchando entre la gratitud y el encono, Eva seguía diciendo...

--No puede ser..., gracias..., gracias...

V

También Tristán y Lali habían celebrado una íntima confidencia, una

confidencia sensacional, hecha sin rodeos ni disimulos, con sedienta

curiosidad de niños y llaneza infantil, encantadora y bárbara.

La primera en romper el fuego de preguntas fué la niña, vivaracha y

comunicativa.

Mirando á su acompañante con mucha atención, le preguntó callandito:

--¿Te llamas tú Tristán, porque estás triste?

--No--dijo gravemente el niño--, yo estoy triste porque estoy malo...

Me llamo Tristán porque es un nombre de novela, muy bonito.

--¿De novela?... No sé lo que es «novela»... Yo me llamo Eulalia, pero

todos me dicen Lali... ¿te gusta ese nombre?

--Algo, ya me gusta...

--Y dí; ¿tienes muchos juguetes?

--Tengo pocos, ¿y tú?

--Yo tengo un palacio de muñecas y muchas cosas más... ¿No te acuerdas

que una vez fuiste á mi casa y te lo enseñé todo?... Hace ya mucho

tiempo... todavía «no estabas de pantalones»...

--Se me ha olvidado--pronunció Tristán, lentamente.

Habían llegado al comedor, y en un rincón, dentro de una caja de

madera, fueron á buscar los juguetes del niño: una escopeta, un juego

de bolos, un sable, dos carritos...

--Y caballos, ¿no tienes?--preguntó Lali.

--Caballos, no... se me han roto. Tengo un rompecabezas... mira.

Abrió una cajita cromada, y los dos se arrodillaron en el suelo,

examinando con mucho interés los taquitos cuadriculados, con trazos en

colores, de diversas figuras.

--¿Los armo, para que los veas?--interrogó Tristán, galante.

--Sí..., ármalos... debe ser muy difícil...

Y mirando las manitas exangües de su amigo, agitadas sobre los tacos,

Lali añadió:

--Tienes las manos flacas... ¿por qué no te curan de ese mal que tienes?

Suspenso Tristán volvió hacia la niña su cara inteligente y dolorosa,

murmurando:

--Ha dicho mi madre que me voy á morir...

Ondularon las tinieblas de sus rizos en torno al perfil trágico y

puro, y Lali abrió con espanto sus dorados ojos sobre la desconsolada

expresión del niño paciente.

Pronta y resuelta, determinó:

--Pues no te mueras aunque ella lo diga... Díle tú á Dios que no

quieres morirte.

--¡Pero si mamá lo dice llorando!... ¡Si es Dios el que quiere!...

El pensamiento de la chiquilla saltó rápido á otra idea, con vuelo de

mariposa, y exclamó Lali:

--¡Todas las mamás lloran!...

Hincados de rodillas, juntos y absortos, se miraron largamente, hasta

que Tristán sentenció, con una lógica terrible:

--Cuando tú seas mayor... también llorarás...

Despertar Para Morir (Novela) · 第 28 / 69 题