III

Largos meses habían corrido sin que Eva y María se visitaran.

Recién casadas las dos, habíanse tratado con alguna intimidad en su

primera temporada madrileña.

Después Eva fuése retrayendo de la amistad de María sin razón ni

pretexto.

Veíanse con frecuencia en casa de los marqueses de Coronado, pero, en

secreta hostilidad, Eva se distanciaba de su gentil paisana con débil

disimulo.

A medida que aquélla consumía con irreflexivo alarde el pequeño

patrimonio de su marido, dolíale con más acerba humillación la fastuosa

existencia que disfrutaba María, y mal dormidas memorias de antaño

levantaban entre ambas mujeres un sutil y firme valladar de pasiones.

En nadie como en María envidiaba la ambiciosa morena el lujo seductor y

la aparente felicidad...

Al morir doña Manuela, con afectuosa compasión quiso María olvidar

el inexplicable alejamiento de su amiga, y en las horas de duelo la

acompañó, sencilla y buena.

Pero aliviado el luto de su madre, disculpóse una y otra vez Eva de

asistir á fiestas ni reuniones en el primoroso hotelito de la calle de

Goya, y encerróse también María en prudente reserva, sin menudear sus

visitas á la calle Vicálvaro.

Ultimamente, la amable señora oyó en casa de sus tíos unas tristes

lamentaciones sobre la situación de Eva y Diego.

Decíase que agotada en absoluto la herencia del esposo, había llegado

la miseria á visitarles con todo su fatal cortejo de pesadumbres...

Que Diego, acobardado ante la perspectiva de tener que sostener con la

pluma una difícil apariencia de bienestar, trataba de emigrar á América

en busca de mejores mercados para sus producciones literarias... En

pugna con sus aptitudes artísticas, tentado por la codicia del lucro

ó por el aguijón de la necesidad, había estrenado en el teatro obras

ligeras y vulgares, que fracasaron sin ruido ni esperanza... Se agotaba

y se consumía el poeta en la redacción de un periódico, oscurecido y

afanoso, elaborando pacotillas amenas y efectistas informaciones, para

llevar á su casa un pedazo de pan ingrato... Mostrábase Eva esquiva y

ceñuda, y el niño, enfermizo siempre, decaía amorbado y mustio, cada

vez más lastimoso...

Todo esto se habló en «un lunes» de los marqueses de Coronado, al

extremo del salón donde se habían reunido algunas personas que conocían

al desgraciado matrimonio.

Entre ellas estaba María, que escuchaba, callada y triste, el relato

que la curiosidad glosaba con efímera condolencia: «¡Pobre mujer, tan

hermosa!»... «¡Pobre muchacho, tan artista!»... Así decían unos y otros

á flor de labio, maquinalmente, sin que ninguna frase naciera de un

piadoso latido del corazón...

También Gracián, que se apoyaba negligente en una artística columna,

lanzó á la conversación su breve comentario.

--Lástima de mujer--dijo.

Y un relámpago de ruin maquinación brilló en sus ojos atrevidos.

Sólo María, la silenciosa y bella, abrió el alma á la compasión de las

relatadas amarguras.

Las saboreaba enternecida, pensando: Les falta lo que á mí me sobra, y

yo carezco de lo que ellos tienen... pero mi pobreza no lleva remedio

como la suya... Yo quisiera darles alivio y consuelo... Eva nunca me

ha querido bien, pero sufre, sufre mucho y acaso podré alegrarla...

Además, Diego es mi amigo de toda la vida... el buen amigo que en el

alto valle me buscaba las rosas más bonitas, y para mí componía las

más dulces canciones... Vivían entonces mis padres... yo era niña

y feliz... ¡hace ya mucho tiempo!... Luego, él y yo hemos llorado

tanto... ¡pobre Diego!...

Y esta final exclamación de su íntimo coloquio, la exhaló en un suspiro.

Pasaron sus manos un poco temblorosas encima de su frente, como

plácida nube de bonanza que bajo los dorados rizos serenase un amago de

tempestad.

También sobre el cielo de los ojos pasó «la nube» y los dedos largos y

finos descendieron hasta la falda un poco húmedos.

Un vozarrón atronante le dijo casi al oído:

--¿Lloras, María?

Volvióse á sonreir á su primo Rafael, murmurando:

--¡Qué he de llorar!...

Y decidió en su corazón aquietado ya, y siempre generoso: Mañana, con

motivo de la enfermedad del nene, iré á ver á Eva.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 27 / 69 题