Giró la puerta con precaución, y se encendió en el gabinete un globo de
luz roja y tímida.
Demudado y ansioso, Diego preguntó en el dintel:
--¿Por qué lloras así?..., ¿qué sucede?, ¿está el niño peor?
Alzóse Eva altiva entre sus gemidos, y tras la cortina de su llanto
brilló fugitivo el gozo cruel de verse sorprendida en aquella
desolación que justificase una escena borrascosa entre ella y su marido.
--Pasa lo de siempre--contestó en son de guerra--, que esta vida es
intolerable y que el niño se morirá por tu culpa.
--¿Por mi culpa?--balbució Diego--, ¿tú sabes lo que dices, mujer?
¿Tanto me odias que pretendes infamarme con el más horrible de los
delitos?
Hablaba sorda y amargamente, y se le fué acercando bajo la indecisa
luz de la lámpara, como magnetizado por el abismo de los tenebrarios
ojos que le acechaban.
Cada vez más erguida y arrogante, Eva repuso:
--No, si yo no te odio... Si lo que yo tengo de ti es lástima..., mucha
lástima... Me pareces sencillamente ridículo con tu aire de doctrino y
tus debilidades infantiles.
--¿Pero qué es lo que quieres?..., ¿qué exiges de mí?... ¿No hice
cuanto pude por darte la felicidad?...
--Buena felicidad la tuya... Un amor desharrapado y miserable que sólo
sabe suspirar..., un hogar mustio y frío, asilo de toda pobreza...,
un espíritu temblón y cobarde, lleno de preocupaciones y timideces...
Guarda tu felicidad y saboréala tú solo... Yo no la quiero.
Retrocedió el artista avergonzado y trémulo, como si aquellas frases
descomedidas le abofeteasen el rostro... Con herido acento murmuraba:
--¡Ah criatura malvada y pequeña!..., ¡cómo sabes meter el puñal en
el corazón y apretarle allí clavado!... ¿Por qué antes no te conocí
como te conozco ahora?... Te amé como un insensato... Tus ironías, tus
burlas, me desgarraban el alma dulcemente... Te entregué el tesoro de
mi fe y de mi amor para que tú lo arrojes con desprecio...
--Injúriame, ya que no puedes disculparte--gimió ella indómita.
De nuevo el marido avanzó desesperado.
--¿Injuriarte yo?... Si digo la verdad... la triste y tremenda
verdad... ¡Cómo te he querido, mujer!... ¡Todavía te quiero!... ¡Si tú
supieras lo que sufro... lo que sufro por ti!...
--Yo no tengo ventaja ninguna con tus sufrimientos sentimentales,
inútiles... lo que quiero es no sufrir yo...
--Pero, ¿qué me pides?... He trabajado con perseverancia y con afán; si
no he vencido siempre, si no he llegado hasta donde tú querías, no soy
el responsable de mis fracasos... Tal vez si me hubieras alentado con
ternura y con piedad... si me hubieran sostenido en la lucha tus manos
con amor...
--Cúlpame de tu incapacidad, de tu apocamiento... ¡cúlpame... anda!--le
interrumpió Eva provocativa.
También él le clavó entonces una mirada desafiadora; y de cerca, muy
de cerca, echándole á la cara las palabras, atropelladas y punzantes,
afirmó:
--Sí, te culpo... Te culpo del fracaso material de nuestra vida...
del callado divorcio de nuestras almas... Yo quería ponerte tan en
alto que ni un soplo de dolor ni de tristeza pudiera alcanzarte...
Soñaba para ti una felicidad nueva, una vida colmada de goces... Al
fundar este hogar, pensaba en mi hijo... en el hijo que ya presentía...
quería hacer con él y contigo una obra de arte humano... Pero tú has
roto mi corazón, has destrozado mi destino... has sido el enemigo malo
aposentado en mi casa y alimentado con la sangre de mis venas. Buscaba
en ti el calor de un alma profunda y escogida, la dulce compañera
que me ayudase á caminar, que completase mi naturaleza y compartiese
conmigo el pan y la sal de la vida... y sólo hallé en tus brazos
desdenes y egoísmos... ambiciones, mezquindades... Sometiéndome á tus
caprichos, erré en mis vocaciones artísticas... me desorienté y me
perdí... Robaste mi serenidad para el trabajo, me empujaste, anulado y
decaído, perdida la fe y la salud... Derrochaste el modesto patrimonio
de mis padres... has sembrado en mi casa la discordia y en mi hijo la
semilla del desamor... Y aun te quejas... aun te alzas contra mí como
una víbora y me llenas el corazón de veneno...
Fuése la culpable respaldando en el sofá, y por un momento la sorpresa
de aquella formidable acusación la contuvo silenciosa y despreciativa,
hasta que de nuevo se refugió en el llanto como en la única defensa de
su derrota.
Desahogando en lágrimas su coraje, lloraba con fuerza, lloraba con
rabia, con el rostro bellísimo entre las manos.
El hermoso cuerpo, desmazalado sobre el diván, se estremecía con la
dura congoja. Aquellos senos divinamente modelados, aquella cintura
flexible, doblábanse bajo el peso del busto tembloroso. Toda la
peregrina fábrica de la opulenta figura, libre y tremante bajo la suave
estofa de la bata, se retorcía con angustia...
La desencadenada tempestad de gemidos despertó al niño de su letargo
febril. Abrió los ojos asustado, y con incertidumbre de pesadilla
levantó el pávido semblante sobre la escena dolorosa.
Diego, vuelto de espaldas, había entreabierto la puerta del balcón y
miraba al cielo con el alma transida de dolor y de cólera.
En lo alto de la vidriera, al borde del vecino tejado, la luna pálida
y redonda giraba en el pedazo de quimera azul...