I
--¡Qué guapa eres!--le decía el niño levantando hacia ella el pálido
semblante--¿Por qué yo, madre, no tengo como tú la cara de color de
rosa?... Cuando vamos por la calle todos te miran y te echan flores...
¡Eres tan linda..., tan alta..., tan fuerte!...
Y en la vocecilla apasionada del pequeño tembló con las últimas
palabras una inconfesa ambición de fortaleza y poderío..., el oculto
dolor de su debilidad enfermiza y achacosa.
No advirtió Eva que un acento apesarado lloraba secreto en las
ponderativas frases de aquella infantil devoción.
Aceptó el homenaje de su hijo con sonrisa enigmática y, sin contestar á
la pregunta triste, murmuró:
--Sí..., muy linda..., muy fuerte... ¡y muy elegante!... Hace un año
que llevo puesto el mismo vestido...
Y rió con acritud, bajo una torva mirada que recorrió la estancia,
posándose con hostilidad en el humilde mobiliario.
--Ya lo sé--dijo el niño con precoz razonamiento--, es que papá gana
muy poco y somos pobres... Pero no te pongas triste, que si yo crezco
ganaré mucho más que mi padre y te compraré muchos vestidos y muebles y
adornos... Ya verás..., si yo me pongo bueno..., si me hago un hombre...
Y quebróse la voz prometedora en un silencio pensativo, como el compás
de espera de una música doliente.
A los lados de la carita, bella y lánguida, los rizos nazarenos cayeron
sobre los hombros débiles del niño, con una ondulación sombría, que
hizo más intensa y lamentable la blancura anémica del rostro.
En los profundos ojos de Tristán, africanos y hermosos como los de su
madre, brillaba una extraña ansiedad, mezcla de altivez y de miedo.
Atenta la señora á sus íntimas preocupaciones, tocada en el corazón por
otros cuidados, no reparó en la macilenta expresión de la criatura ni
se dolió de aquella traza lamentable más que para decir:
--Te pondrías bueno si fueras los veranos á una playa..., si tomaras
los costosos reconstituyentes que te mandan los médicos..., si tuvieras
regalo y diversiones como otros niños delicados... Así..., con la vida
de mendigos que estamos haciendo..., te morirás...
--¿Que me moriré, dices?--clamó el niño--¿Es de veras, madre?...
¿Dices de veras que me voy á morir?... ¿cuándo?... ¿pronto?... Tengo
miedo, mamá; mucho miedo..., mucho frío..., no quiero, no quiero
morirme...
Y se refugió, loco de terror, en el regazo de su madre.
Dulcificóse en ella la fiera sonrisa y se amansó el acento indómito, al
recibir al niño sobre su corazón.
Acariciándole, con blanda voz sumisa, le calmaba:
--No te asustes, hijo; lo he dicho... por decir... Tú sanarás... serás
alto y fuerte como yo... ganarás mucho dinero, y entonces viviremos
juntos y solos... seremos felices...
--¿Y papá?
--«Ese»--pronunció Eva con lenta voz cortante y helada--tiene bastante
compañía con sus coplas... le dejaremos en paz con la poesía...
--¿Y no le daremos nada de nuestra riqueza?
--No le hace falta, tonto... Para soñar y llorar y componer poemas, con
_una mesa de pintado pino_ ya es feliz tu padre... Nada le debemos;
mira lo que él nos da... ya ves cómo nos abandona... Vivimos años hace
en este horrible piso interior, sin sol y casi sin aire... yo no tengo
ropa decente que vestirme... tú no tienes remedios eficaces para tu
enfermedad... comemos mal... pasamos una vida miserable y odiosa...
Apenado el niño por aquel relato acusador, que ya de otras veces
conocía, preguntó impaciente:
--¿Y por qué á mi padre le gusta soñar y llorar?... ¿Lo sabes tú?...
¿Estará también enfermo como yo, ó es que no quiere trabajar?
En vibrante discurso, que el niño era incapaz de comprender, la dama,
enardecida en sus querellas, fué diciendo:
--¿Trabajar?... no sabe... no quiere... está fuera de este mundo...
padece «el mal sagrado de los poetas», el estúpido «mal de Leopardi» y
otros locos por el estilo... una enfermedad muy cómoda, sin duda, pero
que debía estar penada por las leyes... por lo menos en los hombres
casados... porque mientras ellos plañen y suspiran, y en traza de
orates escrutan los misterios humanos y divinos, su casa se empobrece y
su familia arrastra una existencia vergonzosa...
Hablaba Eva con furia mal contenida, con despecho mordiente, y sus
magníficos ojos radiaban soberbios bajo un liviano cristal de lágrimas.
Iba entrando la noche despacito por la estancia; avanzaba sigilosa por
los rincones, y prendía su manto invisible encima de los muebles y los
muros.
Miraba Tristán muy pensativo cómo las impalpables tinieblas iban
creciendo en torno.
Ya sólo á la vera del balcón se tendía, moribundo y cobarde, un retazo
de claridad.
Levantó el niño la meditación de sus ojos sobre los vidrios
descubiertos, y detuvo la tímida ansiedad de su mirada en un pedacito
de cielo hermoso que aparecíase clemente, al borde de un tejado vecino.
También Eva, en inconsciente persecución de la luz, había vuelto su
rostro enojado hacia la azul maravilla...
Todo el cuarto quedó en la sombra, y el niño se había dormido,
escalofriado y suspirante, en los maternales brazos.
Alzóse Eva del sofá con la carga leve y penosa del hijo enfermo, y le
acostó con cuidado en la cama, abrigándole solícita.
Inclinada sobre él, quiso observarle, un poco alarmada por el creciente
abatimiento de la criatura, y por el febril sopor que le postraba, cada
tarde atormentado y quejoso.
Era la oscuridad casi completa, y la madre sólo vió, bajo el manto sin
pliegues de la sombra, blanquear la menuda carita como un exvoto de
cera, yacente en un altar negro.
Apartóse de la cama con movimiento brusco y otra vez se dejó caer en el
sofá, colérica y agitada. De nuevo su alterado rostro volvióse hacia el
jirón celeste que se asomaba en lo alto de la vidriera.
Suspendido sobre la negrura del gabinete, el pedacito azul de la
excelsa mentira, daba al silencioso cuadro una nota de luz y de
alegría, tan lejana, tan pequeña, de tan desgarrador contraste, que
Eva no pudo sustraerse al influjo de aquella intensa impresión, y
rebelde al dolor sombrío de su pobre estancia, clavó con reto audaz sus
endrinos ojos en la remota promesa celestial. Largo rato, con brava
expresión, estuvo desafiando á la divina esperanza del horizonte. De
pronto se levantó, brutal y amenazadora, y cerró con un golpe violento
las maderas del balcón. A tientas volvió al sofá, hundióse en él
desesperada, y rompió á llorar ruidosamente... Sentíase impotente
contra la infinita tristeza que de aquel imposible azul descendía sobre
su vida oscura.