XVI

Ignorado quedó el motivo que retuvo á _Nenúfar_ cerca de sus ilustres

amigos, en la destemplanza otoñal de la ribera. Pudo ser una

condescendencia de gratitud hacia el marqués, una doble exigencia de

amor, ó un acoso inclemente del hambre. Díjose por entonces que había

perdido en Madrid la plaza que tenía en un periódico, y que ya no le

quedaban de sus glorias literarias más que el blando pseudónimo de

_Nenúfar_, la gardenia contrahecha, y un traje de verano, á grandes

rayas, un poco desvaído de color, y á trozos algo «sonriente»...

Lo cierto era que el pobre _Nenúfar_ andaba escalofriado y macilento

por los desiertos parajes de la playa y por las estancias de la quinta,

soportando estoico y glacial las mordaces cuchufletas de Rafael

mientras le tendía la mano importuna en demanda de un cigarrillo.

Cuando más triste era su semblante, más apiadada y crédula se le

mostraba Rosa. Hábil y falaz, arriesgaba él promesas de matrimonio que

ya la moza iba encontrando llanas y hacederas. Desenmascarado Simón

Ruiz, se le aparecía como un infeliz señorito de capa caída, humilde

plañidero de salones, que se ganaba la vida «sacando de su cabeza»

historietas y coplas, lo mismo que otro jornalero saca piedras de la

mina ó las machaca en el camino real. Ya los mozos de su clase le

parecían á Rosa ignorantes y soeces, y adiestrándose en traducir el

pintoresco lenguaje de _Nenúfar_, hallaba insípidos y groseros los

requiebros de los menestrales que se peinaban para ella. Su altanera

cabecita urdió una quimera sensacional, y vióse emparejada con el poeta

por la vida adelante, vestida de señorita estrafalaria, al estilo de

su esposo, con guantes y sombrero, con entrada libre en las casas

distinguidas, y con práctica donosa en el uso de raras y sonoras frases.

Admitido, al fin, el programa de boda, acordaron ambos realizarle

en la próxima primavera, y, entre tanto, la prometida esposa exigió

que su futuro dejase de obsequiar á la señorita Clara, con quien no

quería ella compartir ni una sola mirada del poeta. A todo accedió él,

muy rendido y complaciente; pero aconsejando á la niña un cuidadoso

disimulo de aquellos planes, para que nadie en la quinta impidiese las

furtivas entrevistas de los novios.

Embaída Rosita la bella, y astuto el cesante literato, buscábanse al

anochecer bajo el mustio dosel de los pinares, desafiando con denuedo

los gélidos rafagazos del vendabal. Estaba ella rebosando de orgullo

como «novia formal» del señorito, y _Nenúfar_ ventilaba su mal humor

con el aire mimoso de las palabras de Rosita.

--Háblame «en francés»... ó en lo que sea... ¡anda!--díjole, en una

cita la muchacha, al truhán de su novio--Háblame en esa moda que dices

se estila ahora en libros y en papeles...

--Impoluta y viripotente Rosita--contestó _Nenúfar_ con mucha

seriedad--¡cuántome gustas!... ¡qué olímpico espectáculo me ofrendas en

este lugar soledoso!...

--_Oso..._--repitió el eco en la concavidad de una peña vecina.

--Afinojado á tus pies en el lindor de la boscuria, yo olvidaría del

mundo los aferes...

--_Eres_--resonó en la roca, apenas el galán se dió un respiro.

--Embeleñado con el monorítmico...

--_Mico_--dijo al punto el sonoro espacio.

Soltó Rosita los cascabeles de una jovial carcajada, y con sabia

simplicidad objetó:

--El eco se está burlando de ti... Primero te llamó _oso_, bien

clarito; y ahora, con mucha gracia, te ha espetado: _eres... mico..._

Quedóse la muchacha contemplando al tenorio, algo corrido por la

singular bromita, y su agudeza de observación le sugirió rápidamente la

idea de que, en efecto, _Nenúfar_ era un mico... Esmirriado, melenudo,

vestido con vergonzante ridiculez... ¡era un mico!...

Pero la vena romántica de la muchacha lanzó á escape su cálido chorro

de fantasía sobre la desnuda realidad, y con fervor de ilusa corrigió

la inconsciente meditación, diciéndose: ¡qué ha de ser un mico... es un

«poeta modernista»!...

Y aun temblaba en el aire la libre locura de su risa burlona cuando,

tornando á su embeleso sentimental, susurró:

--De todo lo que hablaste, sólo entendí: _me gustas mucho..._

Tendió él la mano avara hacia la niña; pero ella, por instintiva

delicadeza, tomaba muy en serio su papel de «novia para casarse» y

esquivaba los atrevimientos del mozo, pensando con desdén que tales

libertades eran para consentidas por una doña Clara, canija y fea, sin

pudor ni esperanzas..., no por ella, la gentil Rosa, codicia de cien

futuros maridos...

Vencedora y ufana, sin dejarse alcanzar, le fué diciendo:

--Se hace de noche, cuéntame pronto aquello que empezaste...

Muchas cosas le hubiera contado _Nenúfar_ en regalada intimidad, al

encubridor amparo de los pinos, pero estaba seguro de que era imposible

hacer entrar en su vereda de lobo á aquella cordera montesina.

Chasqueado el muy pícaro, pensó ganar en la partida lo que buenamente

cayera, y así, otra tarde, en el mismo lugar, le dijo á Rosa con grave

continente:

--Vuelvo á la corte... Al despedirme de ti, preciosa, quiero jurarte

que vivirás siempre en mi pensamiento.

--_Miento_--replicó implacable la irónica resonancia.

Azoróse Rosita, algo miedosa, y el embaucador empezó á hablar

callandito, enojado con el eco.

--En mi pensamiento vivirás como reina absoluta, hasta que vuelva á

buscarte con los papeles en la mano...

--¿Pero de veras te vas?

--Sí; parten ya los marqueses para la boda de su sobrina, y yo no puedo

quedarme sin llamar la atención... Y lo peor es, que temo no recibir

mañana el dinero que necesito para llegar á Madrid...

Hablaba _Nenúfar_ «en castellano», reposadamente, y miraba á Rosita con

ansiedad.

--¿Y quién te manda ese dinero?

Tras una breve vacilación se hizo traviesa y divertida la expresión de

_Nenúfar_, para responder:

--Pues... no sé si tú le habrás oído nombrar... un señor de muchas

campanillas, un tal Don Homero... que hace versos conmigo...

--¿Don Homero?... No... no caigo... ¡Si fuera Don Honorio!... A ese le

conozco mucho porque va á mi pueblo todos los veranos...

Recreándose en la credulidad de la muchacha, muy risueño, _Nenúfar_

dijo al punto:

--Este no ha ido nunca á tu pueblo... me parece... Es un señor muy

distraído... _Aliquando dormitat..._ y si no se acuerda de mandarme á

tiempo esos cuartos, voy á pasar mañana un sofocón...

--Yo tengo cinco duros... si fueran bastantes...

Pronto y alegre respondió el bohemio:

--Sí, con cinco duros ya me puedo arreglar... En cuanto llegue á Madrid

se los cobro á mi socio, y te los remito...

Con la satisfacción del triunfo había levantado la voz el galancete, y

la costanera roca se apresuró á repetir:

--_Mito..._

Quedó el eco prendido en el espacio como una advertencia ó como un

reproche; pero Rosita no pudo recoger el extraño aviso, ignorando que

«mito» fuése una palabra expresiva y útil, acaso sentenciada en los

aires para ella.

Y _Nenúfar_ no estaba para reparar en coincidencias acústicas, gozoso

de no sacar vacías sus aprovechadas manos, en aquella singular aventura

veraniega.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 22 / 69 题