Ignorado quedó el motivo que retuvo á _Nenúfar_ cerca de sus ilustres
amigos, en la destemplanza otoñal de la ribera. Pudo ser una
condescendencia de gratitud hacia el marqués, una doble exigencia de
amor, ó un acoso inclemente del hambre. Díjose por entonces que había
perdido en Madrid la plaza que tenía en un periódico, y que ya no le
quedaban de sus glorias literarias más que el blando pseudónimo de
_Nenúfar_, la gardenia contrahecha, y un traje de verano, á grandes
rayas, un poco desvaído de color, y á trozos algo «sonriente»...
Lo cierto era que el pobre _Nenúfar_ andaba escalofriado y macilento
por los desiertos parajes de la playa y por las estancias de la quinta,
soportando estoico y glacial las mordaces cuchufletas de Rafael
mientras le tendía la mano importuna en demanda de un cigarrillo.
Cuando más triste era su semblante, más apiadada y crédula se le
mostraba Rosa. Hábil y falaz, arriesgaba él promesas de matrimonio que
ya la moza iba encontrando llanas y hacederas. Desenmascarado Simón
Ruiz, se le aparecía como un infeliz señorito de capa caída, humilde
plañidero de salones, que se ganaba la vida «sacando de su cabeza»
historietas y coplas, lo mismo que otro jornalero saca piedras de la
mina ó las machaca en el camino real. Ya los mozos de su clase le
parecían á Rosa ignorantes y soeces, y adiestrándose en traducir el
pintoresco lenguaje de _Nenúfar_, hallaba insípidos y groseros los
requiebros de los menestrales que se peinaban para ella. Su altanera
cabecita urdió una quimera sensacional, y vióse emparejada con el poeta
por la vida adelante, vestida de señorita estrafalaria, al estilo de
su esposo, con guantes y sombrero, con entrada libre en las casas
distinguidas, y con práctica donosa en el uso de raras y sonoras frases.
Admitido, al fin, el programa de boda, acordaron ambos realizarle
en la próxima primavera, y, entre tanto, la prometida esposa exigió
que su futuro dejase de obsequiar á la señorita Clara, con quien no
quería ella compartir ni una sola mirada del poeta. A todo accedió él,
muy rendido y complaciente; pero aconsejando á la niña un cuidadoso
disimulo de aquellos planes, para que nadie en la quinta impidiese las
furtivas entrevistas de los novios.
Embaída Rosita la bella, y astuto el cesante literato, buscábanse al
anochecer bajo el mustio dosel de los pinares, desafiando con denuedo
los gélidos rafagazos del vendabal. Estaba ella rebosando de orgullo
como «novia formal» del señorito, y _Nenúfar_ ventilaba su mal humor
con el aire mimoso de las palabras de Rosita.
--Háblame «en francés»... ó en lo que sea... ¡anda!--díjole, en una
cita la muchacha, al truhán de su novio--Háblame en esa moda que dices
se estila ahora en libros y en papeles...
--Impoluta y viripotente Rosita--contestó _Nenúfar_ con mucha
seriedad--¡cuántome gustas!... ¡qué olímpico espectáculo me ofrendas en
este lugar soledoso!...
--_Oso..._--repitió el eco en la concavidad de una peña vecina.
--Afinojado á tus pies en el lindor de la boscuria, yo olvidaría del
mundo los aferes...
--_Eres_--resonó en la roca, apenas el galán se dió un respiro.
--Embeleñado con el monorítmico...
--_Mico_--dijo al punto el sonoro espacio.
Soltó Rosita los cascabeles de una jovial carcajada, y con sabia
simplicidad objetó:
--El eco se está burlando de ti... Primero te llamó _oso_, bien
clarito; y ahora, con mucha gracia, te ha espetado: _eres... mico..._
Quedóse la muchacha contemplando al tenorio, algo corrido por la
singular bromita, y su agudeza de observación le sugirió rápidamente la
idea de que, en efecto, _Nenúfar_ era un mico... Esmirriado, melenudo,
vestido con vergonzante ridiculez... ¡era un mico!...
Pero la vena romántica de la muchacha lanzó á escape su cálido chorro
de fantasía sobre la desnuda realidad, y con fervor de ilusa corrigió
la inconsciente meditación, diciéndose: ¡qué ha de ser un mico... es un
«poeta modernista»!...
Y aun temblaba en el aire la libre locura de su risa burlona cuando,
tornando á su embeleso sentimental, susurró:
--De todo lo que hablaste, sólo entendí: _me gustas mucho..._
Tendió él la mano avara hacia la niña; pero ella, por instintiva
delicadeza, tomaba muy en serio su papel de «novia para casarse» y
esquivaba los atrevimientos del mozo, pensando con desdén que tales
libertades eran para consentidas por una doña Clara, canija y fea, sin
pudor ni esperanzas..., no por ella, la gentil Rosa, codicia de cien
futuros maridos...
Vencedora y ufana, sin dejarse alcanzar, le fué diciendo:
--Se hace de noche, cuéntame pronto aquello que empezaste...
Muchas cosas le hubiera contado _Nenúfar_ en regalada intimidad, al
encubridor amparo de los pinos, pero estaba seguro de que era imposible
hacer entrar en su vereda de lobo á aquella cordera montesina.
Chasqueado el muy pícaro, pensó ganar en la partida lo que buenamente
cayera, y así, otra tarde, en el mismo lugar, le dijo á Rosa con grave
continente:
--Vuelvo á la corte... Al despedirme de ti, preciosa, quiero jurarte
que vivirás siempre en mi pensamiento.
--_Miento_--replicó implacable la irónica resonancia.
Azoróse Rosita, algo miedosa, y el embaucador empezó á hablar
callandito, enojado con el eco.
--En mi pensamiento vivirás como reina absoluta, hasta que vuelva á
buscarte con los papeles en la mano...
--¿Pero de veras te vas?
--Sí; parten ya los marqueses para la boda de su sobrina, y yo no puedo
quedarme sin llamar la atención... Y lo peor es, que temo no recibir
mañana el dinero que necesito para llegar á Madrid...
Hablaba _Nenúfar_ «en castellano», reposadamente, y miraba á Rosita con
ansiedad.
--¿Y quién te manda ese dinero?
Tras una breve vacilación se hizo traviesa y divertida la expresión de
_Nenúfar_, para responder:
--Pues... no sé si tú le habrás oído nombrar... un señor de muchas
campanillas, un tal Don Homero... que hace versos conmigo...
--¿Don Homero?... No... no caigo... ¡Si fuera Don Honorio!... A ese le
conozco mucho porque va á mi pueblo todos los veranos...
Recreándose en la credulidad de la muchacha, muy risueño, _Nenúfar_
dijo al punto:
--Este no ha ido nunca á tu pueblo... me parece... Es un señor muy
distraído... _Aliquando dormitat..._ y si no se acuerda de mandarme á
tiempo esos cuartos, voy á pasar mañana un sofocón...
--Yo tengo cinco duros... si fueran bastantes...
Pronto y alegre respondió el bohemio:
--Sí, con cinco duros ya me puedo arreglar... En cuanto llegue á Madrid
se los cobro á mi socio, y te los remito...
Con la satisfacción del triunfo había levantado la voz el galancete, y
la costanera roca se apresuró á repetir:
--_Mito..._
Quedó el eco prendido en el espacio como una advertencia ó como un
reproche; pero Rosita no pudo recoger el extraño aviso, ignorando que
«mito» fuése una palabra expresiva y útil, acaso sentenciada en los
aires para ella.
Y _Nenúfar_ no estaba para reparar en coincidencias acústicas, gozoso
de no sacar vacías sus aprovechadas manos, en aquella singular aventura
veraniega.