XVII

Junto á la verja blasonada, el automóvil de los marqueses, un doble

faetón magnífico, estaba dispuesto. Ocupáronle las señoras mientras el

marqués montaba en el Panhard de su hijo, que esperaba también.

Partían camino del valle hermoso y triste donde María Ensalmo levantaba

el altar de sus bodas. Iban las damas alegres porque muy pronto

regresarían á su amado Madrid; parecía que la marquesa había envejecido

un poco; mas la albura sutilísima del velo que nimbaba su semblante y

la volubilidad graciosa de su palabra, dábanle en aquel momento una

traza juvenil y placentera.

López, el incansable amigo provinciano, última visita de _Las

Palmeras_, había acudido á despedir á los viajeros, y contempló á la

marquesa con tan intenso arrobo, que hasta sus tercas muletillas le

temblaron cobardes en los labios.

Loqueaban Isabel y Benigna embromando á Rafaelito, que estaba callado

y mustio, y Clara Infante, un poco distraída, miraba con obstinación

hacia el recodo lejano del jardín.

Por aquel lado apareció Rosita la doncella portadora de un ramillete

de pálidas flores otoñales. Ella también partía aquella tarde para

su aldea, á esperar en vano al andante caballero de sus quimeras. La

preciosa carita de la muchacha estaba algo llorosa; bien temprano aquel

día pagó la inocente cinco duros, casi todo su capital, por una burbuja

de ilusión. Camino de Madrid iba _Nenúfar_ en un coche de tercera,

dispuesto á sumergirse de nuevo en la oscuridad, hasta que una ventada

de la suerte le trajese otra vez á los salones para escribir melosas

crónicas y recitar versos.

Ofreció Rosita las últimas flores del jardín á la marquesa y á sus

hijas, sin reservar ninguna para Clara.

Desde el lujoso tren, la señorita se inclinó hacia la moza, y le pagó

el desaire con estas palabras crueles:

--Espérale sentada... ¡idiota!... ¡ya estás fresca!...

Vivamente, replicó Rosita á media voz:

--Vaya usted corriendo á ver si le alcanza... _que yo no le he dado más

que cinco duros..._

Partió rápido el automóvil como si al conjuro de aquella réplica

mordiente volase en pos de algo muy precioso y difícil de rescatar,

perdido, tal vez bajo las hojas que en la arbolada ribera tejieron al

amor dulces doseles, hojas agostadas ya como un despojo de muertas

alegrías...

Quedaron solos, frente á frente, Rosita y López, á la par de la verja.

Dentro de la quinta preparaba el viaje á Madrid la servidumbre,

precediendo á los señores, y las puertas se plegaban con estrépito en

la muda quietud de las fachadas.

Por decir algo, acertó López á decir:

--Perfectamente...

Y bajo la densa brumazón del horizonte, flotaron, como un comentario

maligno y sentimental, una sonrisa y un suspiro de Rosita la bella...

Despertar Para Morir (Novela) · 第 23 / 69 题