Junto á la verja blasonada, el automóvil de los marqueses, un doble
faetón magnífico, estaba dispuesto. Ocupáronle las señoras mientras el
marqués montaba en el Panhard de su hijo, que esperaba también.
Partían camino del valle hermoso y triste donde María Ensalmo levantaba
el altar de sus bodas. Iban las damas alegres porque muy pronto
regresarían á su amado Madrid; parecía que la marquesa había envejecido
un poco; mas la albura sutilísima del velo que nimbaba su semblante y
la volubilidad graciosa de su palabra, dábanle en aquel momento una
traza juvenil y placentera.
López, el incansable amigo provinciano, última visita de _Las
Palmeras_, había acudido á despedir á los viajeros, y contempló á la
marquesa con tan intenso arrobo, que hasta sus tercas muletillas le
temblaron cobardes en los labios.
Loqueaban Isabel y Benigna embromando á Rafaelito, que estaba callado
y mustio, y Clara Infante, un poco distraída, miraba con obstinación
hacia el recodo lejano del jardín.
Por aquel lado apareció Rosita la doncella portadora de un ramillete
de pálidas flores otoñales. Ella también partía aquella tarde para
su aldea, á esperar en vano al andante caballero de sus quimeras. La
preciosa carita de la muchacha estaba algo llorosa; bien temprano aquel
día pagó la inocente cinco duros, casi todo su capital, por una burbuja
de ilusión. Camino de Madrid iba _Nenúfar_ en un coche de tercera,
dispuesto á sumergirse de nuevo en la oscuridad, hasta que una ventada
de la suerte le trajese otra vez á los salones para escribir melosas
crónicas y recitar versos.
Ofreció Rosita las últimas flores del jardín á la marquesa y á sus
hijas, sin reservar ninguna para Clara.
Desde el lujoso tren, la señorita se inclinó hacia la moza, y le pagó
el desaire con estas palabras crueles:
--Espérale sentada... ¡idiota!... ¡ya estás fresca!...
Vivamente, replicó Rosita á media voz:
--Vaya usted corriendo á ver si le alcanza... _que yo no le he dado más
que cinco duros..._
Partió rápido el automóvil como si al conjuro de aquella réplica
mordiente volase en pos de algo muy precioso y difícil de rescatar,
perdido, tal vez bajo las hojas que en la arbolada ribera tejieron al
amor dulces doseles, hojas agostadas ya como un despojo de muertas
alegrías...
Quedaron solos, frente á frente, Rosita y López, á la par de la verja.
Dentro de la quinta preparaba el viaje á Madrid la servidumbre,
precediendo á los señores, y las puertas se plegaban con estrépito en
la muda quietud de las fachadas.
Por decir algo, acertó López á decir:
--Perfectamente...
Y bajo la densa brumazón del horizonte, flotaron, como un comentario
maligno y sentimental, una sonrisa y un suspiro de Rosita la bella...