Corría el mes de Octubre. Flotaba el celaje bajo y ceñudo; las
gaviotas, agoreras y tenaces, volaban en anchas curvas sobre las olas,
y el estruendo de la marejada confundía su voz en los pinares con el
duro ventar. Balanceábanse entre las nieblas de la bahía las sombras de
los barcos, trágicas sombras en la tristeza enorme de los crepúsculos.
Allá, en la playa, los hoteles parecían dormidos, con los párpados de
sus persianas caídos encima de puertas y balcones; las vistosas casetas
de los baños, desmanteladas ya, se aselaban en lo alto, apretadas y
tímidas, contra las garras de espuma con que la mar subía por la arena.
De la festiva decoración de aquellos lugares de placer sólo quedaban
algunas toscas cifras grabadas en los troncos de los pinos, huellas de
amoríos fugaces; el esqueleto ingrato de algún ramaje triunfal, ó el
trapo roto de alguna flámula, oscilando al viento en la desolación de
los arcos desnudos. Las tardes breves se desmadejaban con aflicción
en la montaña y en la costa, sobre jardines marchitos y viviendas
cerradas; muertas las hojas, gris la marina, y amarillo el paisaje.
Unicamente la quinta de _Las Palmeras_ daba señales de vida en aquella
otoñal decoración. Los de Coronado aguardaban el próximo enlace de
María, para asistir al dichoso acontecimiento antes de regresar á
Madrid.
Rezongaban las niñas y renegaban de los novios; pero Rafaelito, el dios
de la casa, se había puesto al lado de sus padres en aquel deseo, menos
acaso por cumplir un deber de familia que por asonantar su vozarrón con
la risa musical de Luisa Ramírez.
El marqués, muy interesado en el Casino con algunas serias partidas de
_baccarat_, no se impacientaba gran cosa en aquella desapacible espera.
Y su satélite _Nenúfar_, habíase convertido, con el mayor desenfado, en
huésped de la quinta, apenas su protector se lo indicó al cerrarse las
fondas veraniegas. También Clara se prestó generosa á compartir con las
de Coronado la cruel prolongación del veraneo, en aquella dura soledad
de _Las Palmeras_, sin excursiones ni tertulias, desatadas sobre la
marina ribera todas las tristezas del Norte.
Huídas con septiembre las últimas veladas del estío, ya las niñas no
tenían para divertirse ni siquiera las genialidades de Pizarro, el
primer fugitivo de la costa, ni los dichos un tanto grotescos de doña
Manuela, ni aun los suspiros lastimosos de doña Cándida.
A poco de esconderse María en su hidalga casona del valle á preparar
sus desposorios, fuése Gracián á la corte con igual propósito, en
apariencia; y desfilaron también otros íntimos de los marqueses, entre
ellos Teresita Vidal. Eva y Diego se recluyeron en la ciudad vecina
para tejer á solas, sin testigos burlones, sus magníficos proyectos.
Y la graciosa y bella Luisa Ramírez se dejó galantear en su casa por
Rafaelito, con más regalo y holgura que en la quinta de _Las Palmeras_,
donde se halló un poco descentrada y recelosa cuando se fué iniciando
en algunas intimidades de aquella gente cuyo trato era nuevo para ella.
El más rezagado veraneante de la temporada había sido Luis Galán.
Cuando la última puerta hospitalaria se hubo cerrado, blanquearon los
dientes del buen mozo entre los disciplinados rizos de su barba, en
sonriente despedida, y las desenvueltas niñas de Coronado hicieron en
presencia de su madre algunas cínicas manifestaciones de duelo...
Sucedía esto á la hora en que una tímida puesta de sol inflamaba el
confín remoto del Cantábrico; y aquel fugitivo rubor del horizonte
llegó á la quinta mundana como un rojo destello de ira, como una
protesta silenciosa, que la pureza del mar y del cielo mandaban á la
tierra miserable.