Arreciaba el calor; todo el oro solar caído en cálidos torrentes
durante el día caldeaba la arena de la playa y tostaba la densa copa
de los pinares. En la costa bravía, y en los gayos jardines ribereños,
yacían las flores con desmayo estival, desabrochados los hondos
cálices, entregadas á la caricia ardiente de la luz.
Descendía la tarde sobre el Cantábrico con exquisita diafanidad;
llegada era, sin duda, la solemne hora que inspiró al poeta los alados
versos:
«Harto acaso de vidas
serenóse ya el mar, las costas callan;
cansadas ó dormidas
sus turbulentas olas no batallan.
Y si la playa suena,
si mueve el agua espumas y rumores,
su voz sobre la arena
no amaga muertes, que suspira amores»...
El salón de los marqueses abrió sus puertas de par en par sobre el
parque frondoso, y la familia, con sus habituales amigos, buscaba en
animados grupos la regalada sombra del boscaje.
En el palique de aquella gente ociosa y novelera, pasto de toda malsana
curiosidad, eran tema favorito las bodas de Eva y de María. Juzgadas
tales bodas como ciertas é irremediables, las mocitas casaderas que
estaban en turno hiciéronse benévolas y afectuosas alrededor de los
novios.
Decíase de ellos, no sólo que formaban dos gallardas parejas, sino que
la conveniencia de ambos enlaces era visible y acertada. Con su hermosa
cabeza de Apolo, su ciencia de la vida y su trato seductor, Gracián
Soberano era el marido ideal para la noble niña acaudalada, indefensa
y tímida paloma. Y la colmada hermosura de Eva Guerrero, su hidalgo
linaje y su dominio de los salones, digna corona serían del poeta.
Ufana y ambiciosa, maquinando grandezas y esplendores, quiso Eva
asomarse á las puertas del porvenir. Soñó una vida muelle y regalada en
la corte; un trono para su belleza en aquella sociedad aristocrática;
una existencia de triunfo y de placer... Y el novio artista, hechizado
por el mismo sueño y abrasado por Eva en un incendio voraz de los
sentidos, ponía sobre su cabeza todos los deseos desbocados del corazón
de aquella mujer, duro corazón rebelde al dolor de la vida, sólo
inclinado y dócil á la ambición y á la lisonja.
En la atormentada juventud de Diego, Eva ejercía una mortal
fascinación. Con ser en sus novelas Diego un agudo psicólogo, carecía
de todo sentido práctico. Hízole el dolor poeta, pero no le enseñó á
vivir ni le adiestró en los crueles engaños del mundo. Empujado por
la enlutada soledad de su niñez, cayó de rodillas en la negra noche
del sufrimiento, delante del eterno manantial donde lágrimas y penas
fluyen con el incesante lamento de la vida. Aplicó sus labios febriles
al humano caudal, abierta el alma, sediento el corazón; y de sus años
de abandono y pequeñez alzóse con la sagrada lira entre las manos,
derretido el pecho en piedades y ternuras, llena la imaginación de
luces y de sombras. Colmada su inspiración en el raudal saludable del
llanto, sus canciones eran al propio tiempo viriles y sentimentales,
tempestuosas á veces, á veces serenas y apacibles, impregnadas siempre
en la poesía norteña, romántica y triste. Sollozaba en sus versos
el Cantábrico, gemían los robledales montañeses, é iba la niebla
prendiendo sus gasas de pena en pena por el mundo.
Niño y poeta, Diego Villamor, entregado precozmente á la soledad y al
silencio, cayó deslumbrado á los pies de Eva. Todos los sentimientos
puros engendrados por la desgracia en su pecho sin hiel, fueron á
decorar como devota ofrenda el pecho vacío de la hermosa. Y allí
abatieron sus alas trémulos y heridos, sin hallar un asequible rincón
de piedad en la altiva muralla de carne, hecha mármol. Su alma de
artista quedóse rendida y suspensa delante de aquella escultura viva y
lozana, que le era prometida en amoroso brindis de traidor beleño. Y en
su sed de vivir, sintió el poeta, nacido, como todos los poetas, para
sufrir y amar, estremecerse las dos raíces de la vida: el deseo y la
esperanza.
La esperanza y el deseo rutilaban, también, en las azules pupilas
de María Ensalmo, en aquellas sosegadas pupilas que sabían mucho de
lágrimas. Un tumulto de sensaciones nuevas movía inquietudes y afanes
en el quieto remanso de su espíritu, y, acaso, lenta y sutil, una
brisa de orgullo mecía el plantel de ilusiones de su juventud en flor.
Crédula y soñadora, las alas de su fantasía se quemaron presto en el
halo de superioridad y grandeza que la alta crónica mundana ponía en
las sienes de Gracián. Fué con alegría infantil su dama predilecta en
el íntimo veraneo de la quinta; fué después con secreta delicia, su
enamorada, y al fin, con férvida rendición, su prometida esposa.
Quería Gracián llevar á término el noviazgo con las ardientes prisas
de una recia pasión, y el marqués de Coronado, como tutor de la novia,
intervino complaciente en las negociaciones matrimoniales, acortando
caminos y diligencias.
Así quedó cautiva al primer vuelo aquella blanca paloma del hondo
valle montañés. Y así, cuando ya las florestas agonizaban y los días
serenos eran idos, florecían los azahares en la pura meditación de una
frente, y unos horizontes risueños se abrían á las preguntas curiosas
de una mirada.