Al caer la noche sobre la costa, los contertulios de la quinta salían
al jardín y se iban disgregando en galantes parejas, bajo el quieto
dosel de los árboles.
Pálida la luna en un cielo de tersa limpidez, asomábase por los claros
de la fronda, poniendo su gentil resplandor en los misteriosos andenes.
Había un perfil desasosegado en las sombras enlazadas bajo la
fantástica luz; un perfil rebelde, que tan pronto parecía el de un sólo
cuerpo que dulcemente ambulase en la paz de la senda, como partido
en dos airadas figuras, simulaba un grupo combatiente y furioso,
desesperándose en la calma enervante de la noche.
Eran _Nenúfar_ y Clara, que agriamente reñían, paseando por el jardín.
Decíanse agravios y quejas, discutían con mal recatado enojo; mas
luego, un rayo indiscreto de la luna los dibujaba en el césped,
inmóviles, y amistados en lagotera plática...
Por la alameda central, á toda luz, discurrían lentamente María y
Gracián, coloquiando en traza de novios, más atentos al rumor de sus
palabras que á la tranquila belleza de la noche.
Cerca de ellos, Diego y Eva, sentados en rústico sofá, se decían amores
quedamente, con apasionada unción.
Y en otra arbolada calle, un poco más sombría, la risa de plata de
Luisa Ramírez hacía contrapunto al vozarrón de Rafael.
Las señoritas de la casa acompañaban á los demás amigos, y, al través
de los grupos pintorescos, Pizarro protestaba del calor, de la luna y
de los novios, mientras que á López le parecía todo de perlas.
Hojas, flores y brisas, refrigeradas por el aliento bienhechor de la
noche, escuchaban curiosas las carcajadas y los diálogos de aquellos
felices huelguistas de la playa... También con las brisas y las flores,
Rosita la doncella andaba escuchando entre los árboles...
Sonaron lánguidamente las cuerdas de un piano. Por las ventanas
abiertas del salón cayeron á la sombra del parque unas divinas notas
de cristal. La silueta romántica de Schumann paseó un momento por el
jardín umbroso, cantando con delicada voz sus _Lágrimas secretas_, sus
_Noches de angustia_...
Era, sin duda, una mano de mujer, nerviosa y sentimental, la que
pulsaba las teclas del piano.
Al escuchar aquellas notas alzóse Diego Villamor del escaño rústico,
mirando con sorpresa hacia las ventanas de la quinta, que proyectaban
en la sombra del parque la viva luz de los salones. De repente la
voz de Schumann se apagó en un sollozo, y tras la pausa de un amplio
silencio musical vibraron los acordes del _Claro de luna_, el triste
_adagio_ de la sonata de Beethoven. Las graves y profundas armonías
causaron al poeta una impresión conmovedora. Sacudióle aquella ráfaga
como un latigazo inclemente recibido al desnudo en pleno corazón; todo
el dolor y la tristeza de la vida lloraban en aquel _adagio_ como un
_de profundis_ cantado á orillas de un lecho nupcial, á la luz piadosa
de la noche...
Notando Eva la emoción de Diego, echóse á reir alborozada, burlándose
del poeta con aceradas frases...
La vertiginosa rueda de sensaciones, que en vorágine silenciosa giraba
en la arboleda, tuvo entonces un extraño engranaje de pensamientos,
y también María sintió, alarmada, que un tremante acento de dolor se
acordaba á los sones del piano con las cálidas ternezas de Gracián.
Una superstición callada y penosa dolió en dos corazones al mismo
tiempo con lancinante acometida.
La marquesa, en tanto, sentada en el salón ante la clave, desgranaba
las notas dulcemente y Galán, muy rendido á su lado, volvía con
lentitud las hojas de la partitura, luciendo una sonrisa intensa y
blanca, como la del teclado marfileño sumiso á los hábiles dedos de la
señora.