XII

Ya Gracián era novio de María. Las veraneantes en estado de merecer,

dejando como cosa fatal aquellos graves casos de pasión, dedicáronse

á otros menudos enredos, y consiguieron poner ceñuda y triste á

la burlona Clara Infante, asegurándole que tenía una rival, y que

_Nenúfar_ le era infiel en la misma quinta de _Las Palmeras_.

Teresita empezaba á divertirse un poco viendo errar sin destino la

nítida sonrisa de Galán, y observando en Rafaelito síntomas alarmantes

de locura amorosa.

Y cuando los dúos de las incautas parejas eran celebrados en el salón

con ingeniosas travesuras, de aquel rincón del parque donde la marquesa

y Gracián habían discutido airadamente, entró en la sala un viento

de escándalo que impulsó á Benigna hacia su madre, para decirle,

inverecunda y perversa:

--¿No habías tú pensado en Luis Galán... para un caso... como éste?

Miró á su hija la dama, sin pestañear siquiera, durante un largo

minuto, y volviendo á otro lado la cabeza con aquel aire de altiva

dignidad que le era propio, hallóse con el inofensivo semblante de

López, que maquinalmente silabeaba:

--Convenido... perfectamente...

Y en el hueco de una ventana doña Cándida, adormecida y lastimosa,

balbucía:

--¡Ay... Dios mío!...

* * * * *

En aquella mísera cárcel de su pecho tenía Rafaelito Coronado un

compasivo corazón. A ratos sentía el mozo, por allá dentro, ciertos

barruntos de hidalguía y hasta un poco de romanticismo sentimental.

Poseído de una de estas crisis interiores, halló á su prima sentada

en la terraza y en propicia soledad. Se puso horriblemente feo para

sonreirla, y acariciando con manso mirar la fresca hermosura de la niña

blanca y dulce, estremecióla con su voz tonante.

--Maruja preciosa; díme si es cierto, de toda certeza, que tú seas

novia de Gracián...

Ruborizada y sorprendida, quedóse María en silencio, con los divinos

ojos un poco acobardados.

--Es cierto... por desgracia--tronó entonces el bronco acento.

--¿Por desgracia?--interrogó la niña, alzando vivamente la cabeza.

Aplació Rafael su voz todo lo posible, y tomando con fraternal

confianza la breve mano de su prima, casi al oído, le rogó.

--Marujilla... eres buena... eres inocente... No te cases con

Gracián... Desconfía de él... y de «ellas»... y de todos en esta casa,

menos de doña Cándida y de mí...

Y apenas dicho esto, giró sobre sus pies deformes y desapareció en el

vestíbulo.

Vióle á poco María en el jardín, como si buscara ó soñara alguna

cosa... Arrancaba las flores, las mordía, las estrujaba y las iba

sembrando muertas por los caminos.

Le miraba la niña, suspensa, con un vago terror, y sólo cuando le

vió hundirse en el misterio del parque, suspiró aliviada, como si

despertase de una lúgubre pesadilla.

Acodóse en el mármol de la recia balaustrada, y sus pupilas curiosas

temblaron debajo del cielo y encima del mar, con una interrogante

expresión llena de ansiedad inefable. Pero ni los cielos ni las aguas

respondieron á la callada consulta.

La vasta llanura del Cantábrico era toda una mancha azul, cuajada de

sol. Gozaba el mar de esas horas de reposo y de hermosura en que parece

que está escuchando una inmortal querella. Su inmovilidad expectante y

magnífica quebrábase en la orilla levemente, con blando embatir de olas

y espumas que sonaban á rezo. Mar y cielo se besaban en el horizonte,

con la majestad suprema de dos amantes inmensos que celebrasen paces y

bodas delante de Dios...

Absorta en la grandeza del espectáculo, sintió María estremecerse su

corazón en aquel beso colosal de aguas y nubes; volaba su fantasía con

descansados giros de gaviota por la inmensidad azul, pero una voz grave

y augural repetía en lo hondo de la conciencia «¡desconfía de él!»

--¿Por qué?, ¿por qué recelar siempre?--preguntábase la niña

enamorada--¿Es acaso la vida una emboscada perpetua? ¿Es el amor tan

ciego que ni valerse de las alas sabe? ¿Por qué temer cuando la tierra

luce un espléndido traje de gala, y se está la mar dormida en excelsa

quietud y tiene el cielo tan noble mansedumbre?...

--¿Por qué sufrir, Dios mío--suspiraba María--cuando la vida es una

mañana de sol, y el alma una dulce llama de amores?

Pero la temerosa voz agorera no acallaba sus crueles profecías, y en

las azules contemplaciones de la muchacha quedó flotando, trágica y

amorfa, la negrura de un presentimiento fatal...

Debajo de la terraza se rebullían unas faldas y unos cuchicheos.

Las hijas del marqués salían á la sazón con Clara y Teresa hacia el

balneario.

Iban las cuatro vestidas en liviana desnudez, con unos trajes

transparentes, muy bonitos y escandalosos.

Charlaban y reían, bajando por la escalinata, cuando Rosa las encontró,

viniendo del jardín con una opulenta carga de flores para adornar

los aposentos. Detuvo Clara á la doncella con desgarrado impulso y

preguntóle, llena de cólera:

--Díme tú... muchachuela... ¿de veras te has figurado que los

caballeros que vienen á esta casa te cortejan á ti?

Al oir tal, quedó la chica inmóvil y absorta, gentilmente abrazada á

sus hermanas las flores. Después, un poco encendido el semblante y algo

quebrada la voz, replicó altanera:

--El que viene á esta casa á cortejarme no es un caballero... es...

Simón Ruiz.

Tornóse de cera el rostro de Clarita; pugnó iracunda por desatar su

lengua dicaz, paralizada por el despecho, cuando sus amigas se la

llevaron jardín afuera, ordenando á la moza, con fingida severidad, que

callara y siguiera su camino.

Obedeció ella sin replicar, mas pisando, al subir, con valentía, los

finos escalones. Agitada y trémula de celos y de orgullo, fué dejando

caer, en su descuido, algunos de los ramos preciosos que llevaba. Y

así, en la escalinata de honor de _Las Palmeras_, testigo de aquella

escena bochornosa, quedó triunfante con un rastro de flores, en plena

gloria de sol, la huella donosa de Rosita...

Despertar Para Morir (Novela) · 第 18 / 69 题