Ya Gracián era novio de María. Las veraneantes en estado de merecer,
dejando como cosa fatal aquellos graves casos de pasión, dedicáronse
á otros menudos enredos, y consiguieron poner ceñuda y triste á
la burlona Clara Infante, asegurándole que tenía una rival, y que
_Nenúfar_ le era infiel en la misma quinta de _Las Palmeras_.
Teresita empezaba á divertirse un poco viendo errar sin destino la
nítida sonrisa de Galán, y observando en Rafaelito síntomas alarmantes
de locura amorosa.
Y cuando los dúos de las incautas parejas eran celebrados en el salón
con ingeniosas travesuras, de aquel rincón del parque donde la marquesa
y Gracián habían discutido airadamente, entró en la sala un viento
de escándalo que impulsó á Benigna hacia su madre, para decirle,
inverecunda y perversa:
--¿No habías tú pensado en Luis Galán... para un caso... como éste?
Miró á su hija la dama, sin pestañear siquiera, durante un largo
minuto, y volviendo á otro lado la cabeza con aquel aire de altiva
dignidad que le era propio, hallóse con el inofensivo semblante de
López, que maquinalmente silabeaba:
--Convenido... perfectamente...
Y en el hueco de una ventana doña Cándida, adormecida y lastimosa,
balbucía:
--¡Ay... Dios mío!...
* * * * *
En aquella mísera cárcel de su pecho tenía Rafaelito Coronado un
compasivo corazón. A ratos sentía el mozo, por allá dentro, ciertos
barruntos de hidalguía y hasta un poco de romanticismo sentimental.
Poseído de una de estas crisis interiores, halló á su prima sentada
en la terraza y en propicia soledad. Se puso horriblemente feo para
sonreirla, y acariciando con manso mirar la fresca hermosura de la niña
blanca y dulce, estremecióla con su voz tonante.
--Maruja preciosa; díme si es cierto, de toda certeza, que tú seas
novia de Gracián...
Ruborizada y sorprendida, quedóse María en silencio, con los divinos
ojos un poco acobardados.
--Es cierto... por desgracia--tronó entonces el bronco acento.
--¿Por desgracia?--interrogó la niña, alzando vivamente la cabeza.
Aplació Rafael su voz todo lo posible, y tomando con fraternal
confianza la breve mano de su prima, casi al oído, le rogó.
--Marujilla... eres buena... eres inocente... No te cases con
Gracián... Desconfía de él... y de «ellas»... y de todos en esta casa,
menos de doña Cándida y de mí...
Y apenas dicho esto, giró sobre sus pies deformes y desapareció en el
vestíbulo.
Vióle á poco María en el jardín, como si buscara ó soñara alguna
cosa... Arrancaba las flores, las mordía, las estrujaba y las iba
sembrando muertas por los caminos.
Le miraba la niña, suspensa, con un vago terror, y sólo cuando le
vió hundirse en el misterio del parque, suspiró aliviada, como si
despertase de una lúgubre pesadilla.
Acodóse en el mármol de la recia balaustrada, y sus pupilas curiosas
temblaron debajo del cielo y encima del mar, con una interrogante
expresión llena de ansiedad inefable. Pero ni los cielos ni las aguas
respondieron á la callada consulta.
La vasta llanura del Cantábrico era toda una mancha azul, cuajada de
sol. Gozaba el mar de esas horas de reposo y de hermosura en que parece
que está escuchando una inmortal querella. Su inmovilidad expectante y
magnífica quebrábase en la orilla levemente, con blando embatir de olas
y espumas que sonaban á rezo. Mar y cielo se besaban en el horizonte,
con la majestad suprema de dos amantes inmensos que celebrasen paces y
bodas delante de Dios...
Absorta en la grandeza del espectáculo, sintió María estremecerse su
corazón en aquel beso colosal de aguas y nubes; volaba su fantasía con
descansados giros de gaviota por la inmensidad azul, pero una voz grave
y augural repetía en lo hondo de la conciencia «¡desconfía de él!»
--¿Por qué?, ¿por qué recelar siempre?--preguntábase la niña
enamorada--¿Es acaso la vida una emboscada perpetua? ¿Es el amor tan
ciego que ni valerse de las alas sabe? ¿Por qué temer cuando la tierra
luce un espléndido traje de gala, y se está la mar dormida en excelsa
quietud y tiene el cielo tan noble mansedumbre?...
--¿Por qué sufrir, Dios mío--suspiraba María--cuando la vida es una
mañana de sol, y el alma una dulce llama de amores?
Pero la temerosa voz agorera no acallaba sus crueles profecías, y en
las azules contemplaciones de la muchacha quedó flotando, trágica y
amorfa, la negrura de un presentimiento fatal...
Debajo de la terraza se rebullían unas faldas y unos cuchicheos.
Las hijas del marqués salían á la sazón con Clara y Teresa hacia el
balneario.
Iban las cuatro vestidas en liviana desnudez, con unos trajes
transparentes, muy bonitos y escandalosos.
Charlaban y reían, bajando por la escalinata, cuando Rosa las encontró,
viniendo del jardín con una opulenta carga de flores para adornar
los aposentos. Detuvo Clara á la doncella con desgarrado impulso y
preguntóle, llena de cólera:
--Díme tú... muchachuela... ¿de veras te has figurado que los
caballeros que vienen á esta casa te cortejan á ti?
Al oir tal, quedó la chica inmóvil y absorta, gentilmente abrazada á
sus hermanas las flores. Después, un poco encendido el semblante y algo
quebrada la voz, replicó altanera:
--El que viene á esta casa á cortejarme no es un caballero... es...
Simón Ruiz.
Tornóse de cera el rostro de Clarita; pugnó iracunda por desatar su
lengua dicaz, paralizada por el despecho, cuando sus amigas se la
llevaron jardín afuera, ordenando á la moza, con fingida severidad, que
callara y siguiera su camino.
Obedeció ella sin replicar, mas pisando, al subir, con valentía, los
finos escalones. Agitada y trémula de celos y de orgullo, fué dejando
caer, en su descuido, algunos de los ramos preciosos que llevaba. Y
así, en la escalinata de honor de _Las Palmeras_, testigo de aquella
escena bochornosa, quedó triunfante con un rastro de flores, en plena
gloria de sol, la huella donosa de Rosita...