--Sé que es usted un gran poeta... y un hombre excesivamente
modesto--decía Gracián, clavando sus ojos de águila en los tímidos ojos
de Villamor.
Bajo la cruda sugestión de aquella mirada vaciló el poeta, respondiendo
con voz insegura:
--Muchas gracias..., usted me favorece demasiado.
Sonrió Gracián, un poco burlón, y repuso con aire entre protector y
desdeñoso:
--La modestia excesiva, la timidez, es cómo una niebla del talento.
_Audaces fortuna juvat._ Los hombres, amigo mío, para cumplir una
elevada misión, necesitamos hacernos duros y valerosos. No basta con
tener talento, se necesita fuerza para imponerle. Todo gran pensamiento
es agresivo, cortante, eficaz como una espada...
--¿Es usted poeta?--murmuró Diego, embelesado por las palabras sonoras
de Gracián.
--Sí..., algo poeta..., pero un poeta de acción... Yo no hago
poesía..., la vivo. Los viajes, los negocios, las realidades, son
mis poemas... ¿Qué mejor estrofa que un pensamiento dominador que en
un instante se hace dueño del mundo? Aborrezco la vida sedentaria, y
le confieso á usted que no admiro esa poesía del surco, ocioso canto
de cigarras en la pereza del verano... Ya que tiene usted talento y
es poeta de verdad, abandone el rincón de su provincia, láncese al
mundo, suelte esa timidez un tanto rústica de su persona y... algún
día me dará las gracias por el consejo. Es usted muy joven..., según
parece. Vaya usted por de pronto á Madrid, escriba para la Prensa y los
teatros, busque usted el gran público, la popularidad, los halagos de
la fortuna, las grandes emociones de la vida, el dinero y la gloria.
Roto el hielo, consagrado el nombre, todo lo demás le será dado por
añadidura.
La tertulia del marqués hallábase pendiente de los labios de Gracián.
Aquella voz limpia y armoniosa, aquel tono de energía y suficiencia,
capaces de vestir con brillantes galas los conceptos más falsos y
vacíos, producían un efecto seguro en el frívolo auditorio. Estaba
el marqués radiante; triste y conmovida la marquesa; entusiasmadas
las niñas y hecho un puro caramelo el optimista López. María callaba
pensativa; á su lado Eva ponía una sonrisa en el duro semblante, y
Pizarro, el eterno disidente, repetía en un rincón:
--Palabras... palabras... palabras...
--Yo no sirvo para la lucha--decía Diego con ingenua sencillez--,
mi mundo acaba tras de las tapias de mi huerto. No me seducen otras
glorias... El amor y la poesía se reducen á un nido... ¿Por qué buscar
tan lejos lo que está dentro del corazón?
Las humildes frases del poeta causaron una emoción extraña. Decíalas
con voz fina y temblorosa; los ojos miopes brillaban con ardiente luz.
Gracián, un poco sorprendido, refutó victoriosamente las razones del
vate, volcando sobre el trémulo mozo un aluvión de frases elocuentes,
y mortificándole de paso con algunas ironías poco piadosas. Diego
intentó responderle; mas la sugestión de aquellos ojos, clavados en él
con fuerza, cortóle las alas del discurso, y calló al fin, balbuciendo
torpes y débiles disculpas, azorado al descubrir en los rostros
femeninos ciertas sonrisas mal disimuladas. Huyó á esconder su derrota
en un rincón de la sala, donde fué acogido cordialmente por el gruñón
de Pizarro.
El _superhombre_, luego de haber «inutilizado» á Villamor, según frase
de Clarita Infante, paseó con regalo sus finezas conquistadoras por
todas las damas de la tertulia, y decidióse por fin, con seriedad
extraña, á enamorar á María.
Con sus saltitos de pájaro y sus atrevidas intromisiones, Teresita
Vidal descubrió el galanteo. Unos comentarios maliciosos volaron como
dardos por la estancia cuando el descubrimiento «se hizo público», y
sólo Luisa Ramírez tuvo para esta noticia sensacional un franco gesto
de indiferencia que rodó en las murmuraciones como rara nota de bondad.
Pero en estos rumores sibilantes, levantados á la sombra de habituales
sonrisas, no había tanto despecho ni tanto furor como en el maligno
silencio con que Eva acogió la certidumbre de que Gracián se constituía
en pretendiente «oficial» de María Ensalmo.
Durante algunos días acarició Eva la esperanza de aquella singular
conquista; en el _flirteo_ galante de Gracián hubo para ella halagos y
promesas, y atizada su vanidad, fomentada su ambición, vióse vencida de
improviso por la mansa hermosura de aquella niña contemplativa y dulce.
Altanera y rabiosa--es porque tiene dote--había pensado.
La amargura del desengaño irreparable cinceló en su cara morena una
mueca despreciativa, y fué un vaso henchido de cólera su corazón,
mucho más combatido por los celos que el de la abandonada marquesa de
Coronado...
En aquella tormenta de sus ilusiones, apremiada por los años y la
vergonzante pobreza, Eva Guerrero miró frente á frente á Diego
Villamor, aprovechando aquel instante en que el poeta, fácilmente
vencido por Gracián, se sintió forastero y desorientado en la velada de
_Las Palmeras_, sin más apoyo que la adusta cordialidad de Pizarro.
No era Diego un extraño para Eva; vecinos de la misma ciudad,
conocíanse todo lo que el retraimiento del artista lo había consentido.
Admirábala él siempre por hermosa; ella no le había prestado nunca gran
atención por considerarle pobre, pero últimamente el nombre de Villamor
había corrido por España con entusiasta elogio, y el triunfo de su
reciente novela le abría dilatados horizontes. Se le auguraba un puesto
eminente en el mundo literario, y esto ya no era grano de anís.
En aquella misma sala había dicho doña Manuela, con sobrada razón, que
Diego era «un buen partido», y haciendo Eva un rápido recuento de los
méritos del mozo en sus aptitudes «para ganar dinero», vióle poderoso
y encumbrado en plazo breve, «figurando» en Madrid como un personaje,
en salones, ateneos y academias, rota al fin la corteza de aquel pícaro
carácter tímido y bonachón...
Muy armada con todo el poder de sus hechizos, fuése Eva Guerrero
hasta el rincón del poeta; le desafió «á lucha brava y singular»
tendiéndole traidoramente el lazo y asegurándole primero con palabritas
de miel. Sitióle al fin, con formidable asedio, disimulando entre
gorjas y burlas incitantes, y Diego, maravillado, engañado, seducido,
rindió sin gran defensa su alma exquisita, su noble alma, soñadora de
huertos y de nidos...