Una tarde, sonó tras la _portière_ el nombre peregrino, que fué rodando
de boca en boca iluminado por el brillo de todos los ojos.
Gracián Soberano apareció en la puerta. María no pudo reprimir un
movimiento de instintiva curiosidad. Miró al forastero y experimentó
de repente cierta desilusión. Tanto le habían ponderado á Gracián, que
imaginó verle como á un sér extraordinario, semejante á un príncipe de
los cuentos de hadas.
Era un hombre de mediana estatura, sencillo en apariencia, elegante
sin afectación. Los cabellos negros y rizosos, los ojos oscuros y
audaces, la nariz fina y recta, los labios fuertes y bien modelados,
la tez morena y brillante, daban la impresión de una hermosura viril y
enérgica, de una cumplida madurez.
Al entrar en el salón detúvose un instante para abarcarle de una
ojeada. Avanzó con elegante soltura, se acercó á la dueña de la casa y,
tomándole una mano, le hizo una gallarda reverencia. Luego saludó á las
demás personas conocidas y se dejó abrazar por el marqués, que le decía
enternecido:
--¡Dichosos los ojos!...
Fué presentado con toda solemnidad á los nuevos contertulios. Tuvo
Gracián para todos ellos palabras y sonrisas de una exquisita
urbanidad, probando cumplidamente que era un perfecto hombre de mundo.
--Vengo de Bilbao--dijo explicando su presencia en aquellos
lugares--adonde fuí para estudiar un negocio de minas... Allí supe que
estaban ustedes en _Las Palmeras_... Se me ofrecía nueva ocasión de ver
á mis amigos predilectos... Pasaré unos días en esta playa; es un breve
descanso que me permito.
--Siempre igual--repuso el marqués encantado--usted no puede estar
ocioso.
--Me atrae la lucha, me tienta la acción, me enamora el riesgo...
Siento la poesía de los viajes y los negocios, la fiebre de la
actividad... He pasado una temporada en el extranjero buscando nuevas
orientaciones á mis empresas; pero, al cabo, sentí el deseo de volver
á nuestro país... ¡la pícara nostalgia!... Cuando estoy en mi patria,
la aborrezco y cuando me alejo de ella, la amo; ¡sólo soy buen español
fuera de España! Condición, al fin, de españoles, de espíritus
inquietos que sólo adoran lo que no poseen...
Habló de sus viajes por el extranjero con amenidad extraordinaria,
salpicando el relato de observaciones ingeniosas; contó algunas
originales aventuras, recatando sus triunfos bajo el velo de una
estudiada modestia. Parecía hombre de mucho saber y gran copia de
lectura, y las palabras acudían á sus labios fáciles y sumisas,
enfervorizadas por el fuego de una vibrante elocuencia.
--¿No le atrae á usted la política?--preguntó el marqués, que le
escuchaba absorto.
--¡Psé! tuve algunos coqueteos con esa dama--respondió Gracián
sonriendo--, pero me seduce más la vida de los negocios... La política
es el arte de los pueblos viejos, y á mí me encantan los pueblos
nuevos, enamorados del porvenir, resonantes de fábricas y de oro,
coronados por las altas virtudes del trabajo y de la inteligencia...
El mundo vive y progresa por razones económicas... Los hombres de
estado son prisioneros de los hombres de negocios... En España, todo
lo inficiona la política, y es preciso orientar á la juventud por los
caminos de la libre actividad. Conviene despertar este gran pueblo,
dormido á la sombra de sus catedrales, y lanzarle al galope en la vida
moderna, en ese torrente de energías hermosas que corre por el mundo...
Acostumbrados los contertulios del marqués á la frívola charla de los
salones, juego necio de frases con pretensiones de elegancia y de
ingenio, sentíanse como sorprendidos por aquella palabra impetuosa,
llena de imágenes y penetrada de emoción.
Comprendiéndolo así Gracián, y estimulado por la religiosa unción con
que le oían, habló de política, de arte, de literatura, de negocios...
No profundizaba gran cosa en tan distintas materias; pero las tocaba
con habilidad y atrevimiento, poniendo en el discurso una fuerza
admirable de persuasión. La palabra le enardecía; embriagado por su
propio verbo, con los ojos brillantes y el rostro iluminado, hacía
resaltar los más menudos pensamientos con el brío de la expresión y la
gracia natural de sus maneras. Desde el primer instante captóse las
simpatías de las damas; era Gracián un maestro en el arte de halagar á
las mujeres, lisonjeándolas, y atacando como astuto psicólogo el punto
flaco de la vanidad femenina.
--La mujer--decía con su sonrisa galante--no es sólo el ornamento
de la vida, sino también la razón y el impulso de todas las grandes
acciones. Detrás de todo héroe hay siempre una heroína; que no se mueve
el corazón ni la inteligencia de los hombres sin que les ayude la mano
delicada de una mujer...
Habíanse agrupado los contertulios en torno de Gracián, hechizados por
su conversación. Unicamente Pizarro seguía con burlona mirada el vuelo
audaz y voluble de la palabra conmovedora. Aquella gente superficial
é impresionable, aunque no comprendiese gran cosa de los discursos de
Gracián, no por ello estaba menos encantada. López tenía en los labios
una sonrisa deslumbradora; Clarita, con los ojos encandilados, repetía
en voz baja:
--¡Delicioso!... ¡delicioso!...
--¡Un gran artista!--decía Eva.
--¡Un ruiseñor!--pensaba la de Ramírez.
--_Eclatante_--aseguraba _Nenúfar_.
El marqués miraba á su esposa y á sus hijos como queriendo decir:
--¡He aquí los amigos que yo tengo!
Y el disidente Pizarro rezongaba entre dientes con aspereza.
--Oratoria «fin de siglo»... _pour épater les bourgeois..._
Generalizóse, al fin, la conversación; mas apenas abría la boca el
forastero tornaban todos á escucharle con profundo interés...
María estaba de pie, junto á una de las ventanas. Caía la tarde; el
sol, al ponerse, desgarrando el palio tenaz de las nubes, bañaba el
parque de encendidos reflejos, dorando suavemente la mullida tierra
mojada. Un opulento rosal escalaba el muro de la quinta y asomaba en
los cristales la púrpura de sus rosas. Todo era bello y triste en
aquella tarde estival.
--¡Qué hermoso paisaje!--murmuró Gracián, asomándose á la ventana--¿No
es verdad que conmueve?--añadió, clavando sus ojos en María--Estos
paisajes enternecen y llegan á lo más hondo del corazón... Al mirar ese
horizonte el pensamiento vuela, como una golondrina, hacia el país del
sueño... ¡Es tan dulce soñar!
Escuchaba la joven en silencio, y conmovida por la palabra
acariciadora, le pareció ver en el rostro de aquel hombre un gran
resplandor de juventud.
--¡Hermoso atardecer!--seguía diciendo Soberano--¡Tiene una tristeza y
una dulzura! No sé por qué imagino que, al contemplarle, siente usted
una ternura fraternal... Es usted bella y triste como ese crepúsculo...
Algo del alma de usted flota en el alma de ese paisaje...
María no respondió; sentía una turbación inexplicable, algo muy dulce
y profundo que le salió del pecho y le tembló en los labios y le brilló
en los ojos, en los ojos azules y pensativos.