Las jornadas de _Las Palmeras_ se animaron desde que Gracián llegó á la
playa, precedido de _Nenúfar_.
En el «elemento femenino» creció sordamente la lucha de pasioncillas
en torno á las dos mujeres, gala de aquellas tertulias, Eva y María,
que descollaban sobre las demás con fácil dominio. Luisa Ramírez, cuya
juventud declinaba en una sabrosa madurez de estío, era precisamente la
única en mirar sin enojos la triunfante belleza de las dos muchachas.
Era en María el don de la hermosura, gracia pasiva y melancólica,
divina luz encendida en el semblante como un resplandor del alma; y era
en Eva don agresivo y orgulloso, roja lumbre de soberbia, amenaza de
esclavitud y de dolor.
Heredera de una copiosa fortuna, creció María en la triste paz de
su casa solariega, hundida en el fondo de un valle norteño, cerca
de una blasonada villa. Llorando la muerte prematura de sus padres,
asomábase al mundo sola y niña, con un vago anhelo lleno de timideces y
delicados asombros. Aliviaba con el blanco ropaje estivo el grave luto
de sus dolores, cuando su tío, el marqués de Coronado, quiso que les
acompañase unos días en _Las Palmeras_, sin abandonar la íntima tutela
de doña Cándida, una bendita señora que cuidaba á la niña con maternal
solicitud, vigilándola con su cariño desde cualquier rincón que la
fuése propicio para rezar, suspirante y quejosa, diciendo en voz queda:
¡Ay, Dios mío!
Era ajeno á María el trato mundano de las gentes; ella sólo sabía
las costumbres patriarcales de la buena sociedad aldeana, y, en sus
breves visitas á la capital, habíase iniciado apenas en la vida
de los salones. Pero de su nativa distinción emergía, con natural
y elegantísimo alarde, un aroma aristocrático lleno de atractiva
sencillez, y en el noble reposo de sus maneras, en sus mismos silencios
observantes y pensativos, había una placidez romántica, un grave
misterio señorial.
Sazonada su belleza por la madurez de los treinta años, diestra
ya en lances de la vida, Eva Guerrero sabía del mundo todo lo que
tranquilamente ignoraba su joven amiga María Ensalmo. Ni el paisanaje,
ni las añejas relaciones de ambas linajudas familias, unieron á las
dos muchachas más que con una débil amistad de buen tono, sin raíces
y sin flores. La arrogante morena de ojos de sultana tenía un corazón
rebelde y ambicioso. Creíase con derecho á la felicidad por haber
nacido hidalga y hermosa; los quebrantos de fortuna, que pusieron en
manos de su padre un arma suicida, irritaron el amor propio de Eva sin
amansar su dura condición. Sólo por coquetería dominaba la destemplanza
del carácter; mas, aun en los momentos en que su voz fingía blandas
cadencias y melosas risas, fulguraba en sus ojos un destello
implacable. Contaba algunos años más que María, nuevo motivo de rencor;
miraba ya declinar su estrella y perderse en caminos de crepúsculo todo
el cortejo de sus ardientes ilusiones.
Entre Eva y María, entre estas dos mujeres cuyas vidas iban á correr
á la par en distintos caminos de dolor, alzábase una frontera de mal
callados sentimientos. Los negros ojos profundos miraban siempre con
secreta perfidia á los azules ojos, brillantes y apacibles como un
girón de la calma del cielo...
Para el prodigioso viajero, que se llamaba Gracián Soberano, fueron
aquellas dos mujeres una novedad tentadora, el «plato del día» en su
insaciable apetito de galanteos.
No se cuidó Gracián de que apareciese como un capricho su prolongada
estancia en aquellos cántabros arenales ó como una promesa que cumplía
cerca de su complaciente amiga Generosa de la Dádiva, marquesa de
Coronado. En la altivez majestuosa con que andaba por la vida á grandes
pasos, sin tropezar nunca y siempre victorioso, tampoco se cuidó
de ocultar que Eva, María y Luisa, las tres flores costaneras, le
parecían adorables; y hasta se permitió declarar públicamente que en
_Las Palmeras_ había otra provinciana encantadora, una doncellita muy
peripuesta y gentil, que se llamaba Rosa.
También _Nenúfar_ lo había advertido, y apostado en el _hall_ de la
quinta, mientras acomodaba lentamente el sombrero y el bastón, le había
rezado á la moza una oración modernista, tan extravagante y pomposa,
que la buena muchacha, creyendo que la hablaban en idioma extraño, roja
y confusa, murmuró:
--No entiendo...
Fué perspicaz en cambio para «entender» el lenguaje atrevido de las
manos del bohemio, y contuvo su «explicación» con tal agilidad y
valentía, que el goloso, escarmentado, tornóse con ella prudente y
humilde, y á hurto de las damas, en breves solaces deliciosos, le
confesó que se llamaba únicamente Simón Ruiz, y que era un pobre
vagabundo, un pícaro con talento, que sitiado por el hambre «hacía de
_Nenúfar_»... y de otras cosas peores...
Su acento adolecido hirió el tierno corazón de la muchacha, que se fué
humanizando un poco á los amorosos requerimientos del señorito; y sin
tardar muchos días, delante de una sonrisa apicarada y suave de la
moza, declaraba también _Nenúfar_ que Clara Infante era una caprichosa
pervertida, y que á él sólo le gustaban las frescas amapolas del campo,
las lindas mujeres de la aldea:
Flores de sangre y sol, en cuyos labios,
la pura esencia del amor se bebe...