...aquella costa bravía
grande orquesta singular,
que entona la sinfonía,
la bárbara sinfonía de los vientos y del mar...
Según le explicó luego el marqués, la repetición de la palabra
_sinfonía_ en estos versos era un alarde maravilloso de
«instrumentación poética»...
Habló también del paisaje, del admirable paisaje montañés, «sonata
patética en gris mayor».
... Melancolía de invierno,
profunda melancolía,
que adormece y extasía
cual la imagen de lo eterno...
Cielo gris, tierra mojada,
silencio, tristeza, y una
vieja torre abandonada,
vieja torre enamorada
de la luna...
Estos versos le parecían al poeta «la última palabra de la sensación»,
y así lo decía con gran orgullo y graciosa petulancia.
Disertó largamente sobre la poesía clásica y la poesía moderna; sobre
los místicos y decadentistas; sobre Santa Teresa y San Juan de la Cruz,
Verlaine y Rubén Darío; mezclando lo divino con lo humano, lo viejo con
lo nuevo, la poesía con la extravagancia; mentando libros y autores con
pasmosa intrepidez, deslumbrando al candoroso marqués de Coronado con
las nuevas teorías del ritmo, del «color de las vocales» y otras por el
estilo. Y como notase en el auditorio ciertos síntomas de aburrimiento,
se dedicó á las damas, obsequiándolas con disparatados requiebros y
frases conceptuosas.
Halló á María «albescente»; á Eva «rojeante», y á la de Ramírez
«esmeraldina»; comparó á las niñas del marqués con «las hijas del
Rhin», y á la marquesa apellidó _Walkyria_, «diosa inmune al crepitar
del fuego», y tal lenguaje hubo de usar en la lírica expresión de sus
admiraciones, que las señoras festejadas, ignorantes de aquella jerga
modernista, se quedaron en ayunas del discurso.
Tampoco López entendió una palabra, pero, fiel á su costumbre, repetía
embelesado:
--Muy bien... convenido... perfectamente...
Cuando se hubo encalmado el regocijo que produjeron las palabras de
_Nenúfar_, recayó la conversación sobre la próxima llegada de Gracián
Soberano, y el joven modernista ensalzó hasta las nubes la vida y
milagros del viajero, menudeando los golpes de monóculo, dirigidos
hacia la dueña de la casa.
--Gracián es un hombre extraordinario--afirmaba _Nenúfar_--, es el
prototipo del _superhombre_. Tanto tiene del héroe como del discreto;
tanto de valor como de cortesía; su pecho es de diamante y su palabra
de oro... Veo en él cifrada la estrella de los antiguos «escultores de
pueblos»... Gracián es la esperanza de la España joven...
Coronado y sus niñas unieron sus ponderaciones á los exagerados
elogios de _Nenúfar_, y también Clara y Galán se contagiaron de aquella
entusiasta apología. Hasta la displicente niña de Vidal soliloquió
devota, trasladándose á otra silla:
--Gracián Soberano... ¡ya lo creo!...
La novedad del asunto tenía suspensos á los contertulios provincianos.
Escuchaban Eva y Luisa con visible interés aquella letanía de
alabanzas, á las cuales hacía coro la marquesa con naturalidad de
consumada actriz. López colocaba á destajo sus muletillas, con la mayor
satisfacción, y el contumaz murmurador, Pizarro, buscaba inútilmente un
lado vulnerable por donde asaltar, con demoledora discusión, aquella
bizarra fortaleza de flores, sobre la cual se engreían triunfantes una
leyenda y un nombre.
--Gracián... Gracián...--murmuraba entre dientes--Todas las
muchedumbres necesitan un ídolo... Y en España, cuando faltan hombres,
se crean ídolos para mayor comodidad... Un héroe..., un superhombre...,
¡ahí es nada! Pero, después de todo, ¿quién es Gracián? Un aventurero
afortunado, un hombre listo, un orador... ¡aquí donde todos vivimos á
la aventura y somos grandes oradores y nos pasamos de listos!...
¡Pobre Gracián... y pobre España!
Unos soñadores ojos de cielo se abrían con infantil curiosidad encima
de aquel nombre y de aquella leyenda, y Rafaelito balanceaba en la
conversación su enorme cabeza de bufón velazqueño, un poco desmayada y
reflexiva...