Llegó _Nenúfar_, al cabo, tal como le había descrito Isabel; vestido
con presumida elegancia, luciendo unas románticas melenas, la gardenia
y el monóculo.
Llevaba el rostro afeitado, un rostro moreno y triste, de expresión
fatigada y viciosa, máscara de una vida bohemia y artificial.
Fué recibido con socarrón alborozo por la colonia madrileña; bajo la
égida protectora del marqués, recorrió el salón en triunfo, perseguido
por las miradas curiosas de las señoras provincianas. Comprendiendo
y aceptando al punto su papel de histrión distinguido, sacó á luz el
largo repertorio de encumbradas galanterías, derrochadas en verso y
prosa durante su larga carrera de pícaro elegante y poeta de salón.
Esgrimiendo con insistencia su pertinaz monóculo, hízose lenguas de la
noble hospitalidad de aquella casa:
--Ilustre hogar, en cuyo viejo escudo,
su nido hicieron águilas caudales
y su nido, también, los ruiseñores...