Le estaba contando la marquesa á Luisa Ramírez:
--De esas dos niñas que le he presentado á usted, Teresita Vidal,
la que está en la mecedora, es hija del célebre médico de Palacio.
Huérfana de madre, hija única, mimada y llena de caprichos, enfermiza y
neurasténica, le recomiendan aires puros y vida apacible, pero ella en
todas partes se aburre y se fatiga. Vidal es nuestro médico; en Madrid
nos tratamos mucho; así es que ahora la niña, que vino á esta playa
con una señora de respeto, pasa con nosotros la mayor parte del día;
en el hotel dice que está desesperada... La otra niña, Clara Infante,
es también muy amiga de mis hijas, una madrileña alegre y desenfadada
que siempre está de broma. Por no separarse de Benigna y de Isabel,
vino este año á la quinta que poseen unos parientes suyos aquí cerca;
pero más bien puede decirse que vive con nosotros; la mayor parte de
las noches se queda aquí á dormir... Aquel joven, Luis Galán, es un
íntimo de Rafael; á pesar de ello no conozco mucho sus antecedentes,
pero en Madrid alterna con lo mejorcito de la sociedad, y se le ve «en
todas partes»; debe de ser rico, porque tiene excelentes relaciones, y
luego... ¡con esa figura!
--Sí--dijo Luisa un poco mordaz--, tiene unos dientes primorosos.
--Mi hijo--añadió la marquesa--le animó á que pasase aquí el verano.
--¿Y está contento?
--Galán lo está siempre; y además--insinuó confidencialmente la dama,
recatándose de doña Manuela--tiene ahora motivos para estarlo... Eva,
la más linda muchacha que tienen ustedes en la capital, le distingue
mucho, ¿no lo ha observado usted?
--Apenas he tenido tiempo... Bueno sería que á ella «la distinguieran»
al fin...
--Sí; tiene poca suerte, porque es muy bonita, lleva un apellido
ilustre, y se está «quedando»...
--Los apellidos y la hermosura valen muy poco si no les acompaña el
pícaro dinero. ¡Vivimos en época tan prosaica!
--¿Pero es cierto que están...?
--¡Tronadísimas!
--¿Y ese lujo, entonces?
--El último esfuerzo para atrapar marido, un esfuerzo lleno de vanidad
y de angustia.
--Mal sistema...
--Sí, muy malo... Pero, dígame usted, marquesa, ¿es tonto ese amigo de
Rafael?...
Rió la marquesa de buena gana y contestó con sorna, muy bajito:
--Lo parece, pero no debe de serlo... He notado que, á pesar de sus
mariposeos con Eva, le gusta más mi sobrina María... que tiene un
precioso capital...
En animado grupo discutía Pizarro con doña Manuela, dichoso al no dejar
ociosas ni un momento sus dotes de polemista, y, cerca de ambos, López,
paciente y amable, asentía:
--Convenido... convenido... mucho que sí...
Rafaelito contemplaba á Luisa con avidez, sentado en el brazo de un
sillón.
Oyóse cercana la bocina de un automóvil, y se iluminó la sala cuando
aun la marquesa le decía á su reciente amiga:
--Aquí se han conocido Eva y Galán. El padre de esta chica era muy
amigo del marqués y, por lo mismo que la pobre está arruinada, mi
marido quiere que tengamos con ella todas las atenciones posibles...
--Muy bien hecho--afirmaba Luisa--, es un rasgo de piedad que les honra
á ustedes... ¿Y ese señor Pizarro?
--¡Ah! Es un tipo muy famoso: ex militar, ex negociante, ex político...
en eterna oposición con todo lo divino y lo humano... Ha caído en
esta playa por casualidad, cansado de recorrer todas las conocidas y
renegando de todas... Nos divierte mucho, está furioso porque no sale
el sol...
--¿Es casado?
--Sí..., pero está separado de su mujer... ¿no le digo á usted que es
un disidente de todo lo establecido?
V
Entró el marqués, con mucha solemnidad, y cumplimentó puntual y
cortésmente á toda la concurrencia, sin omitir frase ni sonrisa de las
señaladas para el caso.
Figuraos un señor de tipo arrogante y majestuoso, uno de esos
arquetipos con que suele representarse en mármoles y bronces la estampa
de la noble ancianidad. La frente ancha y despejada; los ojos grandes
y vivos; la nariz aguileña; el pelo abundante y sedoso, blanco como
la nieve, igual que la barba, una barba de apóstol, toda rizada; el
cuerpo alto y membrudo; la actitud grave y señoril... ¿Imagináis, con
tan «hermosa cobertura» un entendimiento ruin y perezoso, un espíritu
de una vulgaridad insuperable? La señora naturaleza suele darnos estas
bromas crueles. Sin despegar los labios, el marqués imponía con su
presencia: era un prócer de la vieja cepa castellana, con trazas de
condestable ó de maestre; pero apenas abría la boca, brotaban de ella
en afluente discurso todos los lugares comunes y tonterías épicas
puestos al alcance de los caletres hueros. Y lo peor del caso era que
el buen señor le placía hablar de todo, con una suficiencia, con una
pausa y un énfasis que daban grima. Suponed por un momento al Moisés de
Miguel Angel, abriendo sus labios de mármol para decir una majadería,
y tendréis cabal idea del señor don Agustín María Celada y Osorio,
marqués de Coronado.
Luego de cumplimentar á sus amigos y de acariciar con una mirada
protectora el rostro bello de la marquesa y las caritas pálidas y
maliciosas de sus hijas, anunció pomposamente, irguiendo el arrogante
busto en medio del salón.
--Grandes noticias...
Hubo un movimiento de inquietud y curiosidad.
--¿Ha caído el ministerio?--preguntó López con voz suave.
--¿Se acaba el mundo?--suspiró tediosa la voz lastimera de Teresita.
--¿Ha dado á luz la reina?--interpeló Pizarro.
--No es nada de eso... tranquilizaos--repuso el marqués con un gesto
enigmático.--Mis noticias son un poco más modestas y de un orden que
pudiéramos llamar interior... sin alcance universal ni político... Una
de ellas es que mañana llega Gracián Soberano...
--¡Gracián aquí!--exclamaron varias voces.
Y muchos ojos se volvieron indiscretos hacia la marquesa.
Sonriente, un poco pálida, la señora disimulaba con maestría su
turbación, no obstante las miradas tenaces de sus hijos.
--¿Quién te ha dicho que viene Gracián?--preguntó Rafael, intranquilo y
ceñudo, sin apartar los ojos de su madre.
--Esa es otra de mis noticias--añadió el prócer, acariciándose la barba
y sonriendo con grande complacencia--. Me lo ha dicho un periodista
madrileño..., poeta..., autor dramático..., muy amigo mío...
--¡Buen autor será entonces!--apuntó Clara al oído de Teresita.
--Del género chico...--agregó Teresa con desdén.
--Me lo ha dicho _Nenúfar_, que acaba de llegar...--dijo el marqués al
fin.
--¿Ha venido _Nenúfar_?--clamó á coro la colonia madrileña.
Luego Teresita murmuró:
--¡Qué fastidio!
Y confesó Clara:
--¡Qué alegría!
--Ha venido--repitió don Agustín, muy satisfecho--, y estará aquí
dentro de media hora; le he dejado en el hotel y he quedado en mandarle
el _auto_ para que le traiga en cuanto se vista.
Clara, muy amiga de los chistes fáciles, acercóse á Coronado,
preguntándole en voz baja alguna cosa... A la cual contestó él, muerto
de risa:
--Por Dios, Clara... es usted un diablillo delicioso... _Nenúfar_ llega
de un largo viaje, y estando usted aquí querrá presentarse como él sabe
hacerlo...
--Sí, hecho un cursi--criticó Isabel, implacable--, con monóculo
y gardenia..., diciendo palabras _azules_..., recitando versos
modernistas, con ripios _verdes_..., y quedándose á comer todos los
días con un apetito _negro_... Pero, papá, ¡qué amigos tienes!
Con mohines de protesta acudió Clara á decir, fingiendo grande enojo:
--¡Vaya! No consiento que se calumnie á _mi_ poeta...
La voz melodiosa de Luisa Ramírez cortó los vuelos de algunos chistes
equívocos que empezaban á brotar de aquellas boquitas maliciosas.
--Me habían dicho--refirió Luisa--que esta noche el marqués les iba á
presentar á ustedes nuestro poeta..., un poeta de verdad...
Y resonó en la sala el bronco acento de Rafaelito, lanzando un nombre:
--Diego Villamor...
--Es cierto--afirmó el marqués--, á mí me encanta la amistad de los
intelectuales... ¡Ah, señora! La literatura, el arte, la poesía...
son... á no dudarlo... mis más preciados blasones... El talento... es
mi flaqueza... Admiro mucho el talento de Villamor, y no esta noche,
pero sí muy pronto, he de traerle aquí... ¡Oh los poetas!... Siempre
fuí amigo de todos los poetas... Yo mismo hice versos en mi primera
mocedad... Tuve el honor de ser premiado en algunos Juegos Florales...
Débilmente, saltando á otra silla, Teresita gimió:
--¡Cielo santo... una lluvia de poetas!... ¡Esto es intolerable!
Entonces, Eva Guerrero dijo con aires de suficiencia:
--Diego Villamor es también un gran novelista... Acaba de obtener un
éxito ruidoso con su obra _Almas sedientas_. La alta crítica le ha
consagrado maestro de la novela contemporánea... Dicen que va para
académico... Le espera un porvenir brillantísimo... Ya lo habrán
ustedes leído en los periódicos...
Casi todos los contertulios dijeron que sí, alabando mucho las altas
cualidades del poeta cántabro.
Sólo Clara, con cierta hostilidad hacia la bella apologista del vate,
murmuró desdeñosa:
--Yo estoy muy al tanto en cuestiones de _alta crítica_, pero no he
oído nombrar nunca á «ese» Villamor...
Se iniciaron algunas sonrisas. Doña Manuela fué en apoyo de su hija
para defender al paisano ausente, y como quien hace el más acabado
elogio de un caballero, expuso:
--Es un buen partido.
Acentuóse el regocijo de la tertulia con estas ingenuas palabras,
y para disimular la risa que le retozaba en los labios, dijo Luisa
Ramírez:
--Aquí encontrará Villamor dos amiguitas... Eva y María...
Repuso Eva con aplomo:
--Es un muchacho de porvenir.
Y María, dulcemente, aseguró:
--Diego es muy bueno...
Otra vez se rieron las muchachas, al compás de la voz cristalina que
sonaba á milagro en el salón de _Las Palmeras_, y Clara, como cosa
indiscutible, pronunció en secreto:
--Esa chica es tonta...
Mientras se sucedían estos menudos acontecimientos, se estaba
Galán atusando la barba con perezosa delectación; Pizarro gruñía
desaforadamente, luego de discutir con la marquesa sobre el problema
femenino; el marqués lanzaba su cómica elocuencia en medio del salón,
diciendo herejías sobre cuestiones de arte; Rafaelito miraba á Luisa
con sus grandes ojos de saurio, y López, el «buen López» repetía á cada
instante sus predilectas muletillas:
--Muy bien... convenido... perfectamente...