LUEGO que regresaron á la corte los hermanos, tuvieron
noticia de un suceso que les impresionó dolorosamente. Vamos á referirlo
desde el principio.
Con la cariñosa preferencia que Julia le dispensó la noche del sarao,
nuestro heroico amigo Utrilla cobró alientos para medio año lo menos. Su
dulce enemiga le hizo beber de un solo trago la copa del triunfo. Ebrio
de amor y de orgullo, se necesitó luego que le estuviese dando desaires
durante dos meses consecutivos para que este glorioso joven advirtiese
que había cambiado un poquito de humor. Claro está que tal cambio no
logró afectarle gran cosa, pues estaba bien seguro, ahora más que nunca,
de la irresistible fascinación que ejercía sobre la hermosa. Aquel
cerrar el balcón cuando él pasaba por su calle; aquel volver los ojos
del lado contrario y no contestar á sus cartas no eran para nuestro
mancebo sino «cándidos ardides» con que la muchacha pretendía enamorarle
y tenerle más sujeto. Como prueba de ello, diremos que, hallándose en
el teatro y habiéndose colocado frente á ella en un entreacto, sin
quitarla ojo, le dijo un amigo, tocándole al mismo tiempo en el hombro:
--Hola, compañero; parece que le gusta á usted aquella morenita.
--Es antiguo--respondió seca y dignamente el ex cadete.
--Y ella, ¿qué tal?
--¡Pobre niña!--exclamó, sacudiendo la cabeza, y sonriendo con lástima.
El amigo observó, sin embargo, que en toda la noche la chica no volvió
los ojos hacia aquel sitio y sí muchas veces hacia un palco bajo de
proscenio donde había algunos jóvenes aristócratas.
Muy lejos, pues, de desanimarse, Utrilla era un hombre casi feliz. Lo
hubiera sido enteramente si en vez de llevar la cuenta de las bujías
expendidas estuviese ocupado en otro asunto más conforme con sus
inclinaciones, y si hubiera tenido la buena fortuna de haber dado muerte
á alguno en desafío ó al menos haberle herido peligrosamente. Pero hasta
entonces, por desgracia, no se le había presentado una coyuntura
favorable. Sin embargo, la esperaba con ansia, porque, á la verdad, le
remordía la conciencia de tener ya muy cerca de diez y ocho años y «no
haber ido una sola vez al terreno». Últimamente había empezado á dar
lecciones de florete en una sala de armas, y en presencia del profesor y
de sus compañeros había hecho alusiones á cierto proyecto mortífero que
abrigaba, el cual no debía de ser otro, á nuestro juicio, que el quitar
del medio á su rival Saavedra.
Trascurrieron, pues, los meses, y á horas fijas, con una constancia
digna de mejor éxito, Utrilla gastaba los tacones de sus botas sobre
las aceras de la calle Mayor, y aun los torcía. De vez en cuando, Julita
solía saludarle con la mano, correspondiendo al enérgico sombrerazo que
desde la calle le soltaba su enamorado. No obstante, la mayor parte de
las veces acaecía que, viéndole asomar por una esquina, la hija del
brigadier se apresuraba á cerrar el balcón, lo cual tomaba nuestro joven
como signo de exquisito pudor, y miedo á sus penetrantes miradas. Lo más
que se autorizaba murmurar era:
--¡Esta Julita, cuándo dejará de ser una chiquilla!
Á mantenerle en esta ilusión, era suficiente la fe inquebrantable que
tenía en la virtud fascinadora de su mirada y gentil talante; pero, hay
que confesarlo, algo contribuía también el que Julita, no muy
piadosamente, se servía de él en ciertas ocasiones, cuando reñía con
Saavedra, para dar á éste celos. Y algunas veces, en el teatro,
aconteció, irse al viso con él en presencia del mismo caballero andaluz.
Así estaban las cosas cuando estalló la bomba, esto es, cuando Julita se
escapó de la noche á la mañana con su primo. La primera noticia que
Utrilla tuvo de este suceso se la comunicó la portera de la brigadiera,
con quien mantenía cordiales relaciones, refrescadas de vez en cuando
con alguna peseta volante. Como es natural, el ex cadete se negó
resueltamente á creerla. Mas, cuando tuvo que rendirse á la evidencia
quedó hecho una estatua, no griega por cierto. Los lentes se le cayeron
de las narices, y sus ojos vidriosos de miope no expresaron nada, si no
es la imbecilidad más absoluta. La nuez se le pronunció de un modo
verdaderamente monstruoso.
Utrilla meditó, pasado el susto, qué era lo que le tocaba hacer en aquel
caso extraordinario. Pensó en salir detrás de los prófugos, alcanzarlos
y matar al raptor de una estocada; pero sobre ser dificilísimo
alcanzarlos, ¿con qué carácter se presentaría á ellos no siendo ni
hermano ni marido de la doncella robada? Desechado este proyecto, se le
ofreció claro como la luz que lo único que venía bien en tal caso, era
el suicidio. Después de martirizarse los sesos un día entero, no halló
otra solución más adecuada.
Jacobo Utrilla, con la asombrosa perspicacia de que estaba dotado en
estos asuntos delicados que atañen al honor, comprendió en seguida que
el mundo no le perdonaría jamás el no haberse suicidado en aquella
ocasión. Y como hombre que estimaba su dignidad por encima de todas las
cosas, resolvió sacrificar en aras de ella la propia vida, tan dulce á
todos los seres creados.
¡Noche aciaga la que precedió á aquel trágico desenlace! Utrilla estaba
perfectamente enterado de lo que debía hacerse al llegar una situación
como ésta. Hubiera podido escribir, sin inconveniente alguno, un _Manual
del perfecto suicida_. Así que pasó hasta el amanecer escribiendo cartas
y tomando café puro. Una de ellas era para su padre pidiéndole perdón,
mas haciéndole ver, al mismo tiempo, con razones de peso, que si de otra
manera obrase deshonraría el apellido que llevaba. Otra para Julia, muy
digna, muy comedida, muy generosa; lo único que le rogaba era que fuese
alguna que otra vez á depositar una flor sobre su tumba. La última, en
fin, era para el juez de guardia, noticiándole «que á nadie se culpase
de su muerte, etc.»
Cumplidos escrupulosamente estos altos deberes, se lavó y se vistió con
toda pulcritud y demandó el chocolate. D.ª Adelaida, que se levantaba
siempre al rayar el alba, se lo sirvió sorprendiéndose no poco de verle
tan de mañana de aquel modo acicalado.
--Jacobito, ¿cómo te has puesto de negro? ¿Vas á algún funeral?
--Sí, señora... al de un amigo de usted--respondió con admirable sangre
fría.
--¿Quién es?
--Ya lo sabrá usted.
Mientras tomó el chocolate estuvo oportuno y jaranero como nunca,
haciendo reir á la buena señora con sus ocurrencias. Utrilla no era
chistoso por naturaleza, ni solía levantarse casi nunca de buen humor;
pero consideró de todo punto necesario en aquel caso excepcional variar
sus costumbres. Porque era hombre práctico y conocedor como nadie de
esta clase de asuntos.
--Vaya, vámonos de aquí al Campo santo--dijo poniéndose el sombrero y
cogiendo el bastón.
--¿Pero son los funerales en el cementerio, Jacobito?
--No; es una misa que se dice en la capilla... Usted no querría que yo
me quedase por allá, ¿verdad?
--¿Dónde?
--En el cementerio.
--¡Ave María, qué bromas tienes, Jacobito!
Este soltó una carcajada con carácter de histérica. Sacó los guantes del
bolsillo, pero antes de metérselos despojóse de una sortija y se la
entregó al ama de llaves diciéndole:
--Esta sortija la enviará usted á casa de D. Miguel Rivera para que se
la entreguen cuando vuelva.
--¿Es un regalo?
--Sí; por los muchos que él me ha hecho.
Acto continuo este joven magnánimo y pundonoroso salió con firme paso de
la estancia apercibido á cumplir con su deber. Ni la belleza del día,
que estaba riente y esplendoroso como pocas veces, ni la perspectiva de
los placeres con que la vida le brindaba, ni el recuerdo tierno de su
padre le detuvieron en su marcha serena y majestuosa. Al pasar cerca de
la fuente Cibeles un organillo tocaba un vals-polka que le recordó
cierta aventura que había tenido en el salón de Capellanes. Sintióse un
poco enternecido; pero su alma heroica se sobrepuso inmediatamente á
este flaco movimiento.
Llegó al Retiro. Estaba solitario. Recorriólo con lento paso buscando
con los ojos un paraje oculto y misterioso. Cuando lo hubo hallado se
sentó en un banco de piedra, quitóse el sombrero y lo colocó
cuidadosamente á su lado. Se desabrochó la levita y cruzó una pierna
sobre otra, cuidando de estirar los pantalones para que no se viese el
calcetín. Después, llevando la mano al bolsillo y cerciorándose de que
las cartas estaban en su sitio, sacó un revólver pequeño y niquelado.
En aquel momento una poderosa tentación asaltó el alma constante del
mancebo. Llegó á pensar que no había motivo para suicidarse; que valía
más dejar las cosas correr; que el mundo daba muchas vueltas y él era
demasiado joven para privarse de la existencia. Si Julia se había
escapado, con su pan se lo comiera. Matarse era cosa grave, ¡muy grave!
No obstante, su fortaleza, nunca desmentida, logró vencer la horrible
tentación.--«No--se dijo,--yo no puedo vivir ya dignamente. Todos los
que están enterados de estas relaciones tendrían derecho á reirse de mí.
¡Y de Jacobo Utrilla no ha nacido todavía quien se ría!»
Se echó hacia atrás, apoyó el codo izquierdo en el respaldo del banco
reclinando poéticamente la cabeza sobre la mano. Con la derecha acercó
el revólver á la sien y disparó.
Ó porque le temblase un poco la mano (suposición que nada tendría de
particular si no se tratase de este invencible joven de corazón
indomable), ó porque el arma no fuese de las más seguras, lo cierto es
que Utrilla cayó malherido, pero no muerto. Fué conducido á la casa de
socorro, y desde allí á la suya. Su estado era muy grave. Cuando Miguel
llegó de Lisboa á los tres días de este suceso trágico, fué
inmediatamente á visitarle. Quedó profunda y penosamente impresionado.
La bala había interesado el nervio óptico y el infeliz estaba ciego. La
junta de médicos no había dado un veredicto favorable. Estando la bala
dentro del cráneo, muy cerca de la masa encefálica, auguraban que no era
posible que viviese mucho tiempo. Cualquier movimiento traería consigo
la muerte repentina.
Mas lo extraño y terrible del caso es que el infeliz muchacho, ciego ya,
yacente en la cama, asaeteado por tremendos y prolongados dolores, no
quería morir. Con gritos lastimeros que partían el corazón y arrancaban
lágrimas á todos los circunstantes, pedía á su padre y hermanos que le
hiciesen vivir, vivir á todo trance, aunque quedase sin vista.
No fué posible. A los doce días de haberse herido falleció aquel
intrépido y desdichado joven. Miguel le asistió hasta sus últimos
momentos.
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