XXVII

LUEGO que regresaron á la corte los hermanos, tuvieron

noticia de un suceso que les impresionó dolorosamente. Vamos á referirlo

desde el principio.

Con la cariñosa preferencia que Julia le dispensó la noche del sarao,

nuestro heroico amigo Utrilla cobró alientos para medio año lo menos. Su

dulce enemiga le hizo beber de un solo trago la copa del triunfo. Ebrio

de amor y de orgullo, se necesitó luego que le estuviese dando desaires

durante dos meses consecutivos para que este glorioso joven advirtiese

que había cambiado un poquito de humor. Claro está que tal cambio no

logró afectarle gran cosa, pues estaba bien seguro, ahora más que nunca,

de la irresistible fascinación que ejercía sobre la hermosa. Aquel

cerrar el balcón cuando él pasaba por su calle; aquel volver los ojos

del lado contrario y no contestar á sus cartas no eran para nuestro

mancebo sino «cándidos ardides» con que la muchacha pretendía enamorarle

y tenerle más sujeto. Como prueba de ello, diremos que, hallándose en

el teatro y habiéndose colocado frente á ella en un entreacto, sin

quitarla ojo, le dijo un amigo, tocándole al mismo tiempo en el hombro:

--Hola, compañero; parece que le gusta á usted aquella morenita.

--Es antiguo--respondió seca y dignamente el ex cadete.

--Y ella, ¿qué tal?

--¡Pobre niña!--exclamó, sacudiendo la cabeza, y sonriendo con lástima.

El amigo observó, sin embargo, que en toda la noche la chica no volvió

los ojos hacia aquel sitio y sí muchas veces hacia un palco bajo de

proscenio donde había algunos jóvenes aristócratas.

Muy lejos, pues, de desanimarse, Utrilla era un hombre casi feliz. Lo

hubiera sido enteramente si en vez de llevar la cuenta de las bujías

expendidas estuviese ocupado en otro asunto más conforme con sus

inclinaciones, y si hubiera tenido la buena fortuna de haber dado muerte

á alguno en desafío ó al menos haberle herido peligrosamente. Pero hasta

entonces, por desgracia, no se le había presentado una coyuntura

favorable. Sin embargo, la esperaba con ansia, porque, á la verdad, le

remordía la conciencia de tener ya muy cerca de diez y ocho años y «no

haber ido una sola vez al terreno». Últimamente había empezado á dar

lecciones de florete en una sala de armas, y en presencia del profesor y

de sus compañeros había hecho alusiones á cierto proyecto mortífero que

abrigaba, el cual no debía de ser otro, á nuestro juicio, que el quitar

del medio á su rival Saavedra.

Trascurrieron, pues, los meses, y á horas fijas, con una constancia

digna de mejor éxito, Utrilla gastaba los tacones de sus botas sobre

las aceras de la calle Mayor, y aun los torcía. De vez en cuando, Julita

solía saludarle con la mano, correspondiendo al enérgico sombrerazo que

desde la calle le soltaba su enamorado. No obstante, la mayor parte de

las veces acaecía que, viéndole asomar por una esquina, la hija del

brigadier se apresuraba á cerrar el balcón, lo cual tomaba nuestro joven

como signo de exquisito pudor, y miedo á sus penetrantes miradas. Lo más

que se autorizaba murmurar era:

--¡Esta Julita, cuándo dejará de ser una chiquilla!

Á mantenerle en esta ilusión, era suficiente la fe inquebrantable que

tenía en la virtud fascinadora de su mirada y gentil talante; pero, hay

que confesarlo, algo contribuía también el que Julita, no muy

piadosamente, se servía de él en ciertas ocasiones, cuando reñía con

Saavedra, para dar á éste celos. Y algunas veces, en el teatro,

aconteció, irse al viso con él en presencia del mismo caballero andaluz.

Así estaban las cosas cuando estalló la bomba, esto es, cuando Julita se

escapó de la noche á la mañana con su primo. La primera noticia que

Utrilla tuvo de este suceso se la comunicó la portera de la brigadiera,

con quien mantenía cordiales relaciones, refrescadas de vez en cuando

con alguna peseta volante. Como es natural, el ex cadete se negó

resueltamente á creerla. Mas, cuando tuvo que rendirse á la evidencia

quedó hecho una estatua, no griega por cierto. Los lentes se le cayeron

de las narices, y sus ojos vidriosos de miope no expresaron nada, si no

es la imbecilidad más absoluta. La nuez se le pronunció de un modo

verdaderamente monstruoso.

Utrilla meditó, pasado el susto, qué era lo que le tocaba hacer en aquel

caso extraordinario. Pensó en salir detrás de los prófugos, alcanzarlos

y matar al raptor de una estocada; pero sobre ser dificilísimo

alcanzarlos, ¿con qué carácter se presentaría á ellos no siendo ni

hermano ni marido de la doncella robada? Desechado este proyecto, se le

ofreció claro como la luz que lo único que venía bien en tal caso, era

el suicidio. Después de martirizarse los sesos un día entero, no halló

otra solución más adecuada.

Jacobo Utrilla, con la asombrosa perspicacia de que estaba dotado en

estos asuntos delicados que atañen al honor, comprendió en seguida que

el mundo no le perdonaría jamás el no haberse suicidado en aquella

ocasión. Y como hombre que estimaba su dignidad por encima de todas las

cosas, resolvió sacrificar en aras de ella la propia vida, tan dulce á

todos los seres creados.

¡Noche aciaga la que precedió á aquel trágico desenlace! Utrilla estaba

perfectamente enterado de lo que debía hacerse al llegar una situación

como ésta. Hubiera podido escribir, sin inconveniente alguno, un _Manual

del perfecto suicida_. Así que pasó hasta el amanecer escribiendo cartas

y tomando café puro. Una de ellas era para su padre pidiéndole perdón,

mas haciéndole ver, al mismo tiempo, con razones de peso, que si de otra

manera obrase deshonraría el apellido que llevaba. Otra para Julia, muy

digna, muy comedida, muy generosa; lo único que le rogaba era que fuese

alguna que otra vez á depositar una flor sobre su tumba. La última, en

fin, era para el juez de guardia, noticiándole «que á nadie se culpase

de su muerte, etc.»

Cumplidos escrupulosamente estos altos deberes, se lavó y se vistió con

toda pulcritud y demandó el chocolate. D.ª Adelaida, que se levantaba

siempre al rayar el alba, se lo sirvió sorprendiéndose no poco de verle

tan de mañana de aquel modo acicalado.

--Jacobito, ¿cómo te has puesto de negro? ¿Vas á algún funeral?

--Sí, señora... al de un amigo de usted--respondió con admirable sangre

fría.

--¿Quién es?

--Ya lo sabrá usted.

Mientras tomó el chocolate estuvo oportuno y jaranero como nunca,

haciendo reir á la buena señora con sus ocurrencias. Utrilla no era

chistoso por naturaleza, ni solía levantarse casi nunca de buen humor;

pero consideró de todo punto necesario en aquel caso excepcional variar

sus costumbres. Porque era hombre práctico y conocedor como nadie de

esta clase de asuntos.

--Vaya, vámonos de aquí al Campo santo--dijo poniéndose el sombrero y

cogiendo el bastón.

--¿Pero son los funerales en el cementerio, Jacobito?

--No; es una misa que se dice en la capilla... Usted no querría que yo

me quedase por allá, ¿verdad?

--¿Dónde?

--En el cementerio.

--¡Ave María, qué bromas tienes, Jacobito!

Este soltó una carcajada con carácter de histérica. Sacó los guantes del

bolsillo, pero antes de metérselos despojóse de una sortija y se la

entregó al ama de llaves diciéndole:

--Esta sortija la enviará usted á casa de D. Miguel Rivera para que se

la entreguen cuando vuelva.

--¿Es un regalo?

--Sí; por los muchos que él me ha hecho.

Acto continuo este joven magnánimo y pundonoroso salió con firme paso de

la estancia apercibido á cumplir con su deber. Ni la belleza del día,

que estaba riente y esplendoroso como pocas veces, ni la perspectiva de

los placeres con que la vida le brindaba, ni el recuerdo tierno de su

padre le detuvieron en su marcha serena y majestuosa. Al pasar cerca de

la fuente Cibeles un organillo tocaba un vals-polka que le recordó

cierta aventura que había tenido en el salón de Capellanes. Sintióse un

poco enternecido; pero su alma heroica se sobrepuso inmediatamente á

este flaco movimiento.

Llegó al Retiro. Estaba solitario. Recorriólo con lento paso buscando

con los ojos un paraje oculto y misterioso. Cuando lo hubo hallado se

sentó en un banco de piedra, quitóse el sombrero y lo colocó

cuidadosamente á su lado. Se desabrochó la levita y cruzó una pierna

sobre otra, cuidando de estirar los pantalones para que no se viese el

calcetín. Después, llevando la mano al bolsillo y cerciorándose de que

las cartas estaban en su sitio, sacó un revólver pequeño y niquelado.

En aquel momento una poderosa tentación asaltó el alma constante del

mancebo. Llegó á pensar que no había motivo para suicidarse; que valía

más dejar las cosas correr; que el mundo daba muchas vueltas y él era

demasiado joven para privarse de la existencia. Si Julia se había

escapado, con su pan se lo comiera. Matarse era cosa grave, ¡muy grave!

No obstante, su fortaleza, nunca desmentida, logró vencer la horrible

tentación.--«No--se dijo,--yo no puedo vivir ya dignamente. Todos los

que están enterados de estas relaciones tendrían derecho á reirse de mí.

¡Y de Jacobo Utrilla no ha nacido todavía quien se ría!»

Se echó hacia atrás, apoyó el codo izquierdo en el respaldo del banco

reclinando poéticamente la cabeza sobre la mano. Con la derecha acercó

el revólver á la sien y disparó.

Ó porque le temblase un poco la mano (suposición que nada tendría de

particular si no se tratase de este invencible joven de corazón

indomable), ó porque el arma no fuese de las más seguras, lo cierto es

que Utrilla cayó malherido, pero no muerto. Fué conducido á la casa de

socorro, y desde allí á la suya. Su estado era muy grave. Cuando Miguel

llegó de Lisboa á los tres días de este suceso trágico, fué

inmediatamente á visitarle. Quedó profunda y penosamente impresionado.

La bala había interesado el nervio óptico y el infeliz estaba ciego. La

junta de médicos no había dado un veredicto favorable. Estando la bala

dentro del cráneo, muy cerca de la masa encefálica, auguraban que no era

posible que viviese mucho tiempo. Cualquier movimiento traería consigo

la muerte repentina.

Mas lo extraño y terrible del caso es que el infeliz muchacho, ciego ya,

yacente en la cama, asaeteado por tremendos y prolongados dolores, no

quería morir. Con gritos lastimeros que partían el corazón y arrancaban

lágrimas á todos los circunstantes, pedía á su padre y hermanos que le

hiciesen vivir, vivir á todo trance, aunque quedase sin vista.

No fué posible. A los doce días de haberse herido falleció aquel

intrépido y desdichado joven. Miguel le asistió hasta sus últimos

momentos.

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Maximina(#40810) · 第 42 / 53 题