--Antes de comenzar una escena repugnante, indigna de dos caballeros
como nosotros...
--¡De un caballero como éste: tú no lo eres, miserable!--exclamó Julia,
lanzándole una mirada furibunda y abrazándose á su hermano.
--Antes de comenzar una escena como ésta--siguió el andaluz, haciendo
ademán de despreciar la interrupción,--escucha una palabra, Miguel. Te
he dicho ya que estoy resuelto á no batirme, porque _no quiero_
exponerme á matarte, ni á morir. Desde aquí me marcho á París, y
probablemente no volverás á verme en tu vida. Si intentas detenerme,
rechazaré la fuerza con la fuerza. Si me injurias, como estoy en un país
en que nadie me conoce, no tiene para mí gran importancia. Y si se te
ocurre contarlo en Madrid, además de publicar tu deshonra, nadie te
creerá; porque no es creíble que un hombre que se ha batido catorce
veces, cinco de ellas á muerte, evite por miedo el desafío con otro que
apenas sabe tener un arma en la mano. Entiende, pues, que mi decisión es
irrevocable.
--¡Bien, entonces te mataré como á un perro!--dijo Miguel, sacando del
bolsillo un revólver.
--Si me matas (que ya cuidaré de que no suceda)--repuso Saavedra,
sacando otro revólver,--irás desde aquí á la cárcel, y tu hermana
quedará desamparada.
Miguel permaneció unos instantes suspenso. Encogióse después de hombros
con gesto de soberano desdén, y dijo, guardando el arma:
--Tienes razón. La verdad es que como pillo, ¡lo eres en toda regla!
Vámonos, Julia, vámonos. Me abochorna cruzar más tiempo la palabra con
ese canalla.
Y cogiendo á su hermana por la cintura, la sacó de la estancia.
D. Alfonso los miró alejarse. Escuchó un rato sus pasos hasta que se
perdieron. Encogióse de hombros también. Guardó el revólver, y mientras
se arreglaba la corbata frente el espejo para salir, murmuró con sonrisa
diabólica:
--No he salido tan bien como pensaba... pero no he salido del todo mal
de esta aventura.
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