POR acuerdo de todos quedó resuelto que la brigadiera y
su hija se alejasen de Madrid y fuesen á vivir al Astillero de
Santander.
Era el único sitio que, por tener ya casa alquilada, les ofrecía de
pronto un retiro secreto para ocultar su vergüenza. Después que las hubo
despedido, Miguel quedó algo más tranquilo. No obstante, una profunda
tristeza se había apoderado de su corazón. Ni el amor de su esposa ni
las gracias infantiles del niño eran bastante á disiparla. Y era que, á
más del dolor que le causaba la desgracia de su hermana, vivía
atormentado con la idea de su próxima ruina. No se le ocultaba que
Eguiburu se apercibía como un tigre para dar el salto y caer sobre él y
descuartizarle. Á Mendoza le veía muy de raro en raro. Observó que
evitaba su encuentro, y cuando no podía menos, la plática era breve y
embarazosa para ambos.
Un día entró en casa al oscurecer, bastante pálido. Maximina que, como
siempre, salió á recibirle con el niño entre los brazos, no pudo
observarlo por la falta de luz. Besó á su hijo con efusión varias veces
y entró en el despacho. Su mujer se quedó á la puerta, inmóvil,
mirándole con tristeza.
--Una luz--dijo en tono imperioso.
Maximina corrió al comedor, dejó al niño en poder de Juana, y ella misma
le trajo el quinqué encendido. Miguel no reparó en ella y se puso á
escribir. Cuando al cabo de unos instantes levantó la cabeza, viola
apoyada en la chimenea, mirándole tristemente con los ojos arrasados de
lágrimas.
--¿Por qué estás así? ¿Qué tienes?
La niña se acercó á él lentamente y poniéndole una mano sobre el hombro,
le dijo, esforzándose por sonreir:
--¿He cometido alguna falta, Miguel?
--¿Pues?
--¡Como siempre al entrar me das un beso y hoy no has hecho ningún caso
de mí!... Has besado al niño nada más...
Miguel se levantó y la abrazó estrechamente.
--No, mi Maximina, si he besado al niño solamente es porque venía
pensando en él, preocupado con su suerte.
Después, sin poder articular otra palabra, se dejó caer súbito en el
sillón sollozando.
Maximina quedó como si en aquel mismo momento viese hundirse la casa.
Pasado el primer instante de estupor, se precipitó sobre él para
abrazarle.
--¡Miguel, Miguel de mi vida! ¿Qué tienes?
--La desgracia pesa sobre nosotros, Maximina--respondió con el rostro
entre las manos.--¡Os he arruinado estúpidamente, á ti y á mi hijo!
--¡No llores, no llores, Miguel!--exclamó la niña, acercando sus labios
al rostro de su esposo.--Yo nada tenía, ¿cómo me habías de arruinar?
Cuando se hubo calmado un poco, le explicó lo que pasaba. Eguiburu le
citaba al día siguiente, de conciliación, para reconocer las firmas y
contaba presentar en seguida demanda ejecutiva.
--¿Te acuerdas de aquel día en que después de haber afianzado los
treinta mil duros del periódico, para que pudiese continuar, te pregunté
tu opinión? No te atreviste á decirme que había obrado mal, y
contestaste con una evasiva. ¡Qué razón tenías!
--No, Miguel, no; estás equivocado--respondió ella, deseando evitar á su
esposo la vergüenza de haber obrado con menos seso que una mujer.--¿Qué
sabía yo de esas cosas? Si tú lo has hecho mal, yo lo hubiera hecho
mucho peor... Pero, después de todo, lo que nos ha sucedido no es para
que te apures tanto. Nos hemos quedado sin dinero. Bien ¿y qué?
Trabajaremos para comer, como tantos otros. Yo estoy acostumbrada á
ello: no soy una señorita: puedo vivir con mucha estrechez, sin padecer
nada. ¡Ya verás qué poco te gasto! Y nuestro chiquitín, cuando sea
grande, trabajará también, y será un hombre de provecho. ¡Vaya si lo
será! Acaso, si supiera que no necesitaba trabajar, se entregaría á los
vicios como otros jóvenes ricos. Y sobre todo, él, lo mismo que yo, lo
que quiere es tener á su papá tranquilo, y contento, con dinero ó sin
dinero.
¡Oh, qué suaves sonaron aquellas palabras en los oídos del atribulado
Miguel!
--¡Eres mi ángel bueno, Maximina!--dijo besándole las manos.--No sé qué
tienen tus palabras que endulzan instantáneamente mis amarguras, me
sosiegan y me calman como si entrase en un baño aromático... ¿Dónde has
aprendido esa elocuencia tan hermosa, vida mía?--añadió sentándola sobre
sus rodillas.--No me lo digas; ¡de aquí sale todo!
Y la besó sobre el pecho, en el sitio del corazón.
Los esposos departieron todavía largo rato, tranquilos, risueños
bebiendo con los labios y con los ojos el néctar divino del amor
conyugal. ¡Caso extraño! A pesar de hallarse en vísperas de una gran
calamidad, Miguel no recordaba haber pasado un rato más feliz en su
vida. Y aunque los sucesos que á los pocos días se efectuaron le
hubiesen entristecido, gracias á este bálsamo reparador, no lograron
abatir su ánimo.
Eguiburu, al fin, cayó sobre su presa. La demanda ejecutiva prosperó.
Las dos casas de Miguel de la calle del Arenal y Cuesta de Santo Domingo
se subastaron en 48.000 duros. Si la enajenación hubiera sido
voluntaria, no hay duda que se habría sacado bastante más por ellas. Los
compradores se valieron de la ocasión, como era lógico.
El importe total de la deuda de nuestro héroe, sumando intereses y
gastos, ascendía á 50.000 duros. Quedaba, pues, un pico por pagar.
Miguel vendió una parte de su mobiliario y algunas joyas para hallarse
enteramente libre. Hecho esto, buscó un cuarto barato en los barrios
extremos de Madrid. Hallólo en Chamberí bastante bonito en el piso
tercero de una casa recién construida, por el módico precio de doce
duros mensuales. Se trasladó inmediatamente á él, y lo arregló bastante
bien con el resto de sus muebles. La casa era chica; pero gracias á los
esfuerzos de Maximina, quedó pronto convertida en una mansión bastante
agradable. La mejor habitación se destinó para despacho de Miguel, pues
renunciando á las visitas de cumplido, no necesitaban sala. De las
criadas no conservaron más que á Juana, la cual se prestó á ser
cocinera. Las demás, al saber que se las despedía, empezaron á llorar
perdidamente: sobre todo Plácida estaba inconsolable.
--Señorita, por Dios me lleve consigo. Con usted voy sin salario á comer
patatas en cualquier parte.
Maximina conmovida la consoló diciendo que no se iban de Madrid y que
fácilmente podrían verse. El portentoso niño, cuyos rápidos progresos en
los últimos tiempos habían llegado hasta el grado, verdaderamente
increíble, de levantar las manos al cielo en cuanto oía cantar «¡Santa
María, qué mala está mi tía!», fué objeto de feroces y encarnizados
achuchones por parte de las domésticas, al despedirse.
Una vez instalados, pensó Miguel, como era justo, en procurarse algún
sueldo para vivir, aunque fuese de aquel modo modestísimo. La política
le horrorizaba: así, que desechó el periodismo, á pesar de ser la única
profesión en que se había ejercitado. Supo que iban á salir unas plazas
á oposición en el Consejo de Estado y se determinó á concurrir á ella.
En el amor de su esposa y de su hijo y en la idea del deber, que jamás
le había abandonado enteramente, y que ahora con la desgracia se
levantaba vigorosa en su espíritu, halló estímulo y fuerza, no sólo para
dedicarse con ahinco á estudios contrarios á sus inclinaciones, sino
para vencer su orgullo. Un joven que había brillado en la sociedad
madrileña, que estuvo al frente de un periódico y á dos dedos de ser
diputado, era imposible que dejase de sentir cierta vergüenza disputando
una plaza de doce ó catorce mil reales en contienda pública. Entregóse
al estudio del derecho administrativo con tal furor, que apenas salía de
casa, si no es por la noche un rato, para refrescar la cabeza.
El poquísimo dinero que le había quedado, gastábalo con moderación á
fin de que alcanzase hasta la época de las oposiciones, que habían de
efectuarse pasado el verano, hacia el mes de Octubre ó Noviembre.
Maximina era para eso un modelo. No sólo no gastaba nada con su persona,
pues tenía bastante ropa, sino que en el gasto de la casa hacía
prodigios de habilidad para reducirlo á la mínima expresión. Miguel se
apenaba y hasta vertía lágrimas en secreto cuando la veía hacer ella
misma el jabón, porque salía unos céntimos, más barato que en la tienda,
y estar muchas veces al cuidado de la cocina, cuando Juana había ido á
un mercado lejano donde la arroba de patata era un real más barata, y a
planchar la ropa más fina, etc., etc. Pero ella parecía feliz, más feliz
acaso que cuando estaba en la opulencia. El lujo de la casa de la plaza
de Santa Ana la imponía cierto respeto. Como ella no hacía la limpieza
ni manejaba los muebles, apenas los tenía por suyos. Ahora, todo lo
contrario. Ella los había colocado donde estaban después de graves
perplejidades; les quitaba el polvo todos los días, barría y cepillaba
la alfombra, limpiaba con polvos de asta de ciervo los tiradores de
metal, lavaba con cuidado los cristales de la librería de su esposo,
hacía, en fin, todos los menesteres de la casa. Era un placer para
Miguel, no exento de melancolía, verla por las mañanas con un pañolito
de seda atado á la cabeza al uso vizcaíno, y otro de estambre á la
cintura, empuñando con garbo el plumero y la escoba y tarareando muy
bajito algún zorcico sentimental de su tierra.
Pero Maximina entendía con exageración la economía en lo referente á su
persona. Esto causaba hondos disgustos á Miguel de vez en cuando. Sin
que él lo supiese, había suprimido el chocolate por la tarde. Cuando lo
averiguó se puso furioso.
--¡Á quién se le ocurre! ¡Reducir el alimento cuando estás criando! Es
una insensatez y hasta un pecado. Te lo prohibo, ¿lo entiendes? Antes
que á ti te falte que comer, iré yo á partir piedras en una carretera ó
á pedir limosna. Ya lo sabes.
--No me riñas, por Dios, Miguel. Es que no tenía ganas de chocolate
estos días.
--Pues haber tomado otra cosa.
--No tenía gana de nada.
--Vaya, vaya, Maximina, dejémonos de tonterías... y que no vuelva á
suceder.
Aunque la niña procuraba ocultar los pies en su presencia, otra vez
advirtió que tenía las zapatillas rotas.
--¿Qué es eso?--le dijo.--¿Por qué no compras otras zapatillas?
--Ya las compraré.
--Es necesario comprarlas hoy mismo; están muy rotas.
--Bien, sí; hoy mismo mandaré por ellas.
Y procuró distraerle hablándole de otra cosa.
Pasados cinco ó seis días, volvió á observar que traía las mismas.
--¡Qué chiquilla eres, Maximina!--exclamó enfadado.
--¡No me riñas, no me riñas!--se apresuró á decir la niña, abrazándole y
sonriendo avergonzada. Una palabra dura de Miguel era para ella el mayor
de los disgustos.
--¡Cómo no he de reñirte si ya no me obedeces!
--Perdóname.
--Voy á tomarte la medida y hoy mismo te traigo unas zapatillas.
--¡Ah, no!--dijo con precipitación.--No tengas cuidado. Mandaré en
seguida por ellas.
La razón de este sobresalto era que temía que su esposo las trajese más
caras de lo que á ella le convenía.
Miguel, por su parte, también hacía economías en su persona, aunque no
tan extremas. Pero esto no lo podía sufrir Maximina. Cuando le veía
ponerse el hongo y un pañuelo de seda al cuello para ahorrar el sombrero
de copa y los trajes buenos que tenía, hacíase la enfadada.
--¡Qué fachota traes! No me gustas así, Miguel.
--Es que no tengo ganas de arreglarme. No voy más que á un recado y
vuelvo en seguida.
Si al cabo de unos cuantos días encontraba el mismo dinero en su
chaleco, le decía con tristeza:
--No gastas nada, Miguel, ¿En el café, no tomas ninguna cosa? ¿Por qué
no vas alguna noche al teatro?
--Porque ahora estoy muy ocupado. Ya iré en cuanto pasen las
oposiciones. Además, hay que ahorrar un poquito.
--¡Cuánto me duele que no gastes como antes!--exclamaba
abrazándole.--Por mí te impones esos sacrificios. Si fueses sólo
vivirías mucho mejor.
--Vamos, no digas absurdos, Maximina. Sin ti no viviría mal ni bien...
me moriría--contestábale riendo.
Aunque agitado con la perspectiva de las oposiciones, y trabajando para
ellas, acaso más de la cuenta, nuestro héroe no era desgraciado. Cuando
hay paz y amor en el hogar, la vida de familia es el mejor sedativo para
los dolores morales. Esto por un lado, y por otro, la confianza que
tenía en sus fuerzas, le hacían vivir, hasta cierto punto, dichoso.
Llegó un día, sin embargo, en que esta dicha y relativa tranquilidad
desaparecieron, con el anuncio de que las oposiciones que esperaba, se
suspendían indefinidamente, tal vez hasta el año próximo. Todos sus
planes vinieron al suelo. Como no había pensado en otra salida para sus
apuros desde hacía mucho tiempo, quedó anonadado. Tuvo fuerza, no
obstante, para disimular con su esposa y aparecer en casa sereno y
contento como antes. Repuesto de la sorpresa, despertaron con nuevo
vigor las energías de su alma. «Es necesario, á todo trance, buscarse
trabajo»--se dijo. No le quedaba dinero más que para un mes. Sin
embargo, dejó á su esposa gastar como antes, seguro de que no podía
estirarse mejor que ella lo hacía sin imponerse dolorosas privaciones.
Lo primero en que pensó fué en procurarse un empleo en alguna sociedad
particular. Visitó algunos amigos y todos ellos le animaron con buenas
palabras. Sin embargo, trascurrió el mes, y el empleo no parecía. Se vió
entonces en la necesidad de empeñar su reloj para pagar al casero y la
cuenta de la tienda: á su mujer le dijo que se lo estaban componiendo.
Pasó el segundo mes y tampoco consiguió nada. Un día Maximina le dijo
muerta de vergüenza, como si cometiese algún delito:
--Miguel, el tendero de abajo me ha mandado la cuenta, y como no tenía
un cuarto, no pude pagársela.
El hijo del brigadier se estremeció, pero disimulando lo mejor que pudo,
le contestó con afectada indiferencia:
--Bien; ya se la pagaré yo ahora cuando salga. ¿Cuánto es?
--Cincuenta y seis pesetas.
--¿Necesitas más dinero, verdad?
Maximina bajó los ojos ruborizada.
--Debo el salario á Juana.
--Esta tarde te lo traeré.
Pronunció estas palabras sin saber bien lo que decía. ¿Á dónde iba á
buscarlo? El tío Bernardo hacía algunos meses que había ingresado en un
manicomio de París. D.ª Martina y su familia se habían ido á vivir á
este punto para estar á su cuidado. Enrique no estaba en situación de
proporcionárselo. Su madrastra se hallaba fuera, y tenía sólo lo
suficiente para vivir con decencia. Además, le causaba una repugnancia
invencible pedir algo de lo que había dado. No quedaba persona de la
familia á quien pedir, más que el tío Manolo. A él se dirigió.
El tío Manolo, varón grave y de excelente doctrina, aunque sabía la
ruina de su sobrino no pensaba que fuese tan completa. Quedó con la boca
abierta al escuchar la demanda. Sacó del cajón los cuarenta duros que le
pedía y se los entregó. Miguel, por ciertas palabras que se le
escaparon, comprendió que se imponía mayor sacrificio de lo que
cualquiera podía figurarse. Sospechó, ó por mejor decir, tuvo casi la
certeza de que su tío yacía en una vergonzosa servidumbre. La intendenta
no había querido, al parecer, abandonar la administración de su hacienda
y le daba todos los meses una cantidad para sus gastos particulares, que
continuaban siendo, como siempre, muy crecidos y «completamente
indispensables». Salió, pues, mal impresionado de aquella entrevista y
convencido de que arrancarle dinero en aquella situación al tío Manolo
era darle un disgusto muy gordo.
Después de este suceso, penetrado de que no debía esperar socorro de sus
parientes, afanóse doblemente en buscar trabajo, cualquiera que él
fuese. Pero todas sus tentativas se estrellaban contra la mala suerte
que sin piedad le perseguía. En unos sitios no había colocación, en
otros, sabiendo que era un señorito, y no había estado en oficina
alguna, desconfiaban de él. En las redacciones de los periódicos fué
donde mejor le recibieron; pero como en aquella época y aun en ésta los
asuntos económicos de la prensa suelen estar bastante embrollados, por
buena voluntad que tuvieran los directores no era fácil asignarle un
sueldo. Los más le daban palabra de colocarle en cuanto hubiera una
vacante. Mas á él lo que le hacía falta, pronto, muy pronto, era algún
dinero para comer, y los días se pasaban y éste no llegaba. Sin que lo
supiese Maximina, empeñó una botonadura de oro y una sortija, recuerdos
de su padre.
Por fin, el propietario de un diario de la tarde le dió palabra rotunda
de asignarle cuarenta duros al mes, desde el próximo. En el que estaban,
por ciertas dificultades de la administración, no podía pagarle. Nuestro
héroe trabajó un mes entero gratis. Al comenzar el segundo, como
necesitaba con urgencia algunos recursos, le pidió que le adelantase
algún dinero. Entonces, el director propietario, adoptando ese
continente entre dolorido y diplomático que toman todos los que van á
negarse á una pretensión justa, pero incómoda, le pintó con negros
colores la situación administrativa del periódico, la dificultad de
hacer efectivos algunos créditos á su favor, la necesidad que tenían
todos los redactores de «arrimar el hombro para sostener aquella empresa
naciente», etc.
--Amigo Huerta--le contestó Miguel bastante desabrido,--el hambre me
tiene demasiado flaco para poder arrimar el hombro á ninguna empresa;
antes bien, necesito yo que me apuntalen para no caerme.
No fué posible sacarle un cuarto. Nuestro héroe se despidió indignado,
tanto más cuanto que sabía que todo el dinero recaudado pasaba íntegro á
la caja particular del director, quien se daba con él una vida de
príncipe.
Comenzó entonces para los jóvenes esposos una existencia triste y
acongojada. Miguel no pudo ocultar por más tiempo sus apuros. Uno á uno,
los pocos objetos de valor que en casa tenían fueron pasando á las de
préstamo, donde apenas les daban por ellos la quinta parte de su valor.
Á menudo, el joven se desesperaba y maldecía de su suerte, y hasta
hablaba de ir á pegar un tiro al Conde de Ríos y otro á Mendoza.
Maximina, en estas crisis dolorosas, le consolaba, le animaba
infundiéndole esperanzas, y cuando ya no podía más, con sus lágrimas
conseguía enternecerle y alejar de su mente las malas ideas. Serena
siempre y risueña, hacía esfuerzos heroicos por distraerle apelando al
recurso supremo del niño. Ocultaba cuidadosamente los trabajos que en su
ausencia ejecutaba, para que al llegar no notase ninguna falta.
La miseria, no obstante, les iba estrechando de día en día. Llegó, por
fin, aquel en que materialmente no tuvieron una peseta en casa ni de
dónde les viniese. En la tienda de ultramarinos no querían fiarles el
alimento. Miguel, ocultándose de su esposa, tomó una levita, la envolvió
en un papel y la llevó á empeñar. No le dieron más que dos duros. Á la
vuelta, como viniese meditando en el modo de salir de aquella angustiosa
situación, no viendo manera de encontrar empleo, tomó de pronto una
resolución violenta, la de trabajar materialmente. Con el rostro
contraído por una expresión dolorosa, se dijo mientras caminaba: «Antes
que mi mujer padezca hambre, soy capaz de todo... ¡de todo!... de robar
inclusive. Voy á intentar el último recurso».
Cerca de su casa había una imprenta, en la cual, durante los días de
desaliento, cuando acababa de recibir algún desengaño, solía pasar
largas horas mirando trabajar á los cajistas ó entreteniéndose en
desempeñar él mismo alguna tarea fácil. El dueño era un buen hombre y
mantenía con él muy cordiales relaciones. Entró en ella, y llamándole
aparte le dijo:
--D. Manuel, me encuentro sin recursos para vivir. Por más que he
trabajado en estos últimos meses no he podido obtener una colocación.
¿Quiere usted recibirme de aprendiz en su imprenta dándome algo á cuenta
de los jornales futuros?
El impresor le miró con tristeza.
--¿Tan mal se encuentra usted, D. Miguel?
--En la última miseria.
Meditó unos instantes el dueño de la imprenta, y le dijo:
--Antes que usted se pusiera en condiciones de componer con alguna
velocidad, se pasaría mucho tiempo... Además, no está bien que un
caballero se ensucie las manos con la tinta. Lo único que usted puede
hacer aquí es ayudar al corrector. ¿Tiene usted inconveniente?
--Estoy dispuesto á hacer cuanto usted me mande.
Pasó aquel día, en efecto, leyendo pruebas. Á la noche, el dueño le dijo
que le señalaba de sueldo tres pesetas diarias hasta que despidiese al
corrector, que era un gran borracho. Al tiempo de despedirse le metió en
la mano un billete de diez duros como anticipo.
--Gracias, D. Manuel--le dijo conmovido.--En usted, que es un hijo del
trabajo, he hallado más generosidad que en todos los caballeros que he
visitado hasta ahora.
Durante algunos días trabajó cuanto pudo, cumpliendo á conciencia su
tarea. Esta era pesada y molesta en grado sumo. Le tenía ocupado desde
por la mañana temprano hasta la noche. Por otra parte, el sueldo
reducidísimo no le bastaba ni aun para comer patatas; y aunque el
impresor tenía deseos de echar al corrector y nombrarle en su lugar,
Miguel se oponía por ser éste un padre de familia y no tener otro
recurso para vivir.
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