HA fracasado la primera parte de mi plan: vamos á ver si
en la segunda soy más feliz--se dijo D. Alfonso al salir de casa de
Miguel.
Pasó aquella tarde, mientras su mirada vagaba perdida por la balumba de
coches que trotaban por la Castellana, meditando odiosos y atrevidísimos
proyectos, que pronto vamos á conocer.
En los días que siguieron comenzó á mostrarse más rendido y apasionado
con su prima, pasando largas horas en su compañía. No le faltaba ya á
Julita más que este súbito ardor de su galán para volverse loca. La
aspereza de su temperamento inquieto y bravío se había trocado hacía
tiempo en mansedumbre. D. Alfonso, gracias al vituperable descuido de la
brigadiera, usaba con ella ciertas libertades, inocentes sí, pero muy
peligrosas. Cuando la hubo hecho su esclava, le dijo un día:
--Julita, ¿quieres casarte conmigo?
--¡Qué preguntas!--exclamó la niña, poniéndose como una amapola.
--Bien; quedamos en que me aceptas por marido.
--¿Quién te ha dicho eso, majadero?
--Me lo has dicho con esos ojos pícaros, desde que te conocí. No lo
niegues, Julia.
--¡Tonto! ¡tonto! ¡insufrible!--exclamó la niña, queriendo enfadarse.
--No hablemos más de eso. Negocio concluído. En principio convenimos
ambos, la Srta. D.ª Julia Rivera, por una parte, y D. Alfonso Saavedra,
por otra, en que queremos casarnos. Ahora: medios para llevar á cabo
nuestro proyecto. Yo he cumplido ya los veinticinco años (si no lo
sabías, ahora lo sabes) (Julia se ríe). Por consiguiente, la ley me
autoriza para casarme cuando se me antoje, sin permiso de mi madre. No
obstante, este permiso es para mí indispensable, primero, por el cariño
frenético que me profesa, por el deber en que estoy de no contrariarla ó
causarla disgustos que la pobre no merece; segundo, por una
consideración egoísta que es también muy atendible. Yo he sido un pillo,
Julita, un pródigo que se ha gastado en pocos años la fortuna heredada
de su padre. El resultado de esto es que hoy me encuentro á merced de mi
madre, la cual, en honor de la verdad, no ha sido hasta ahora tacaña
conmigo. Pero como tú comprenderás, no sé lo que sucedería si me casase
contra su gusto. Ahora bien, lo confieso con vergüenza, yo no estoy
acostumbrado á trabajar, ni aunque fuese tal mi deseo, sabría en qué
ocuparme. Necesitamos, pues, contar con mamá para casarnos. Mañana mismo
la escribiré, y si, como presumo, no se opone á nuestra boda, podemos
desde luego señalar la época para ella.
¡Qué noche de insomnio aquélla para Julita! Y sin embargo, ¡qué noche
tan feliz!
D. Alfonso daba por seguro su matrimonio, y hablaba de él como si ya
estuviera hecho. Las conversaciones que sostuvieron en los cuatro días
trascurridos entre la carta y la contestación, versaron casi todas
acerca de los preparativos necesarios para la boda, lo que harían
después de unidos, etc. Se esperaba con impaciencia la bendición de la
mamá de Sevilla. En cuanto á la brigadiera, como D. Alfonso era su ojo
derecho, no se había pensado en ella siquiera. Por consejo de aquél,
Julita no le había dicho una palabra todavía.
Llegó al fin la carta. ¡Nunca hubiese llegado! Saavedra entró en casa de
su tía con el semblante pálido y ojeroso y una mortal tristeza pintada
en él. Para este efecto teatral había pasado una noche de crápula
previamente. Julia también se puso demudada al verle, pues en seguida
entendió lo que pasaba. Cuando se hubieron sentado junto al piano, sitio
donde mantenían casi todas sus conversaciones secretas, exclamó el
caballero con acento dolorido, metiendo el rostro entre las manos:
--¡Qué desgraciado soy, Julia!
Ésta calló unos instantes, y después dijo:
--Tu madre no quiere que nos casemos, ¿verdad?