D. Alfonso no respondió.

Reinó silencio por largo rato. Julita lo rompió al fin con voz

temblorosa.

--No te aflijas así, Alfonso. En vez de darme ánimos me los quitas.

--Tienes razón, hermosa mía: hasta en esto soy un egoísta. Debiera

considerar que además del dolor que sentirás como yo, si me quieres, á

ti se te hace una ofensa...

--No, no--se apresuró á decir la joven,--no siento la ofensa. Mi

sentimiento es únicamente por no ser tuya.

Saavedra le dirigió una mirada de amor fascinadora y la apretó

fuertemente la mano.

--Mamá no habla mal de ti. Si algo dijera que pudiera ofenderte, ya

sabría yo contestar... Mejor será que tú misma leas su carta--dijo

sacándola del bolsillo.

Esta carta escrita por el mismo Saavedra imitando la letra de su madre y

remitida á un amigo de Sevilla, para que de allí se la mandase, era un

documento notable por su malicia. No se mentaba á Julita en ella. La

mamá se lamentaba vivamente «porque había soñado para su hijo un partido

brillante; bien sabía él cual era. Que ésta había sido la ilusión de

toda su vida; que había soltado la palabra y todos los parientes estaban

ya en ello: en fin, que estando muy vieja y achacosa, aquel disgusto la

causaría seguramente la muerte.»

El efecto que esta carta produjo en la joven fué el que tenía calculado

su autor. En vez de templar el fuego, lo hizo crecer notablemente. Los

celos eran la mejor leña para el caso.

--¿Quién es esa mujer con la cual quieren casarte, Alfonso?--dijo Julita

tímidamente, mientras gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas.

--No sé, no sé, ¡déjame!--exclamó él con tono desesperado.

--Dímelo, Alfonso: lo deseo vivamente.

--Qué importa quien sea. Yo la odio, la detesto.

--De todos modos, quiero saber cómo se llama.

--Es la condesa de San Clemente.

--¿Es joven?

--Mucho más vieja que tú: tiene lo menos veinticinco ó veintiséis años.

--¿Es bonita?

--¡Qué sé yo! Tanto la doy porque sea fea ó bonita.

--¿Pero es bonita?

--Dicen que sí; pero ya te digo que á mí no me importa nada.

Guardó silencio prolongado la niña. Su corazón latía apresuradamente. Al

cabo de un rato dijo con acento melancólico clavando al mismo tiempo en

su amante una mirada ansiosa:

--Concluirán por convencerte, Alfonso. Al fin pararás en casarte con

ella.

El caballero andaluz levantó hacia ella su vista airada y exclamó con

energía:

--¡Antes me harían pedazos que tal sucediese!

--No puedes asegurar nada--replicó ella mirándole con la misma

zozobra.--Irán trabajando, trabajando sobre ti, te enredarán de tal

modo, que al cabo no tendrás más remedio que sucumbir.

--No, no: ¡te juro que no!... Vamos, no me hables más de eso, Julita,

porque es una conversación que me incomoda.

Los ojos de la joven brillaron con alegría un momento. Después volvieron

á expresar el mismo abatimiento.

Transcurrieron cinco ó seis días. D. Alfonso redoblaba sus

manifestaciones de cariño. Pesaba, no obstante, sobre los amantes un

disgusto tan abrumador, que les obligaba á mantenerse largos ratos

silenciosos con la cabeza baja y los ojos en el vacío. Julita lloraba á

menudo, y Saavedra, enternecido también, hacía esfuerzos inútiles por

consolarla. La verdad es que no veían salida para sus penas. El

horizonte se mostraba enteramente cerrado y oscuro.

--Yo no tengo carrera ninguna: no sé trabajar--decía el caballero.--Si

nos casáramos nos moriríamos de hambre... ¡Este es el resultado de

haberme educado para rico!

Tanto como morirse de hambre, no lo creo--respondía Julita poniéndose

muy colorada.--Mamá y yo no somos ricas, pero podemos vivir

decentemente... Claro está que para tí, acostumbrado á otra clase de

vida, esto sería muy duro... pero...

--¡Oh, no me hables de eso, Julia!--exclamó el caballero con el gesto de

un hombre herido en su dignidad.--Es rebajarme demasiado creer que yo

puedo consentir en que me mantengáis... Pero aunque perdiese el decoro

hasta ese punto, tampoco lo haría, porque no quiero matar á mi madre.

La niña se calló y aparecieron como otras veces algunas lágrimas en sus

mejillas.

--¿Sospecha algo tu madre de lo que nos está pasando?

--No.

--Pues ten mucho cuidado. Ya sabes cómo es su genio. Si se enterase de

que mamá se opone, lo echaría todo á rodar y no me consentiría poner más

los pies en esta casa.

Una tarde, pasados ya bastantes días, llegó el caballero con la faz más

despejada que los anteriores. En vez de sentarse cerca del piano, fueron

los amantes á colocarse en pie en el hueco del balcón. Después de

pintarle las cosas muy negras, como siempre, y de lamentarse largo rato,

D. Alfonso dijo á su prima:

--Como en todo el día y toda la noche no pienso más que en esto, querida

Julia, se me han ocurrido ya algunos medios de salir del conflicto. No

te los he dicho porque son muy disparatados. Sin embargo, esta noche

dando vueltas en la cama sin poder dormir, me vino á la imaginación uno

muy seguro, pero muy atrevido... tanto, que tengo miedo decírtelo.

--¿Tan malo es?

--Malo no; atrevido. Exige de tí desprecio á ciertas convenciones

sociales y una gran fuerza de voluntad.

--Vamos, dilo: tengo ya curiosidad de conocerlo.

--Pues bien, Julia; mamá, aunque te la representes como una mujer dura,

por tus recuerdos de la niñez, y porque en realidad tiene un exterior

frío y grave que previene en contra suya, no deja de tener un corazón

muy bueno. Me ha dado pruebas inequívocas de ello, perdonándome á veces

demasiado pronto faltas gravísimas. Es un carácter orgulloso como el de

tu mamá; pero estos caracteres son los más fáciles de vencer. Basta

humillarse para que cedan... Pensaba yo esta noche:--Si Julia se

atreviese á dar un golpe decisivo, á escaparse conmigo á Sevilla y

presentarnos á ella, tengo la seguridad que no vacilaría en perdonarnos

y darnos su bendición. Ninguna mujer, por mala que sea, consiente en

dejar deshonrada á la hija de una prima hermana.

--Ese proyecto es una locura. ¡Parece mentira que tú me propongas

semejante atrocidad!

--Yo no te lo propongo: no hago más que referirte un pensamiento que me

ha ocurrido. Si á tí no te cuento lo que siente mi corazón y lo que

cruza por mi mente, ¿á quién se lo he de contar, Julia mía?

--Eso es lo último que debías pensar.

--¡Tengo pensado tanto, que no es extraño que ya piense lo último! El

proyecto será atrevidísimo, violento y repugnante para tí, pero no una

locura como dices. Es un medio seguro, infalible, de conseguir nuestro

objeto.

--Pues aunque sea seguro, infalible, yo no le acepto ¿lo oyes bien?

D. Alfonso no se dió por vencido. Continuó discutiendo sin perder la

calma, aduciendo razones, poniendo numerosos ejemplos que traía

preparados, destruyendo de mil mañosos modos los escrúpulos de Julia.

Pero cuando la joven se veía acorralada, envuelta en las redes de la

sofistería de su amante, se encolerizaba de pronto y exclamaba:

--Bien, será lo que tú dices; pero yo no quiero, no quiero, y basta.

Julia, aunque dotada de un carácter ligero é impetuoso, no tenía turbia

la conciencia. Era una chica honesta, y por lo tanto, aquel proyecto

hería de un modo vivo su pudor. No obstante, Saavedra seguía martillando

sin cesar con la esperanza de quebrarlo.

Declinaba ya la tarde. El gabinete se iba poblando de sombras. D.

Alfonso agotó al fin todos los recursos de su ingenio sin lograr lo que

se proponía.

--Bien está--dijo al cabo de largo silencio, haciendo esfuerzos por

ocultar su despecho y dando á sus palabras cierta entonación

lúgubre.--He buscado con afán los medios de salir de este doloroso

estado en que nos vemos. Te propuse el único factible y seguro. Tu misma

has convenido en ello y has comprendido la necesidad de adoptar una

decisión enérgica. Y, sin embargo, te niegas á aceptarlo. Respeto los

escrúpulos que tienes para ello; pero me permitirás que te diga que la

mujer que ama de veras se sobrepone siempre á ellos. Si el amor que me

tienes fuese tan grande como dices...

--¡Alfonso!

--Ya sé que me quieres. No te esfuerces en decirlo... Pero el resultado

es que, queriéndonos mucho, somos muy desgraciados, y que no hallamos

medio de dejar de serlo. ¿Qué nos queda que hacer? Pues separarnos y

procurar no volvernos á ver.

--¡Oh Alfonso!

--Sí, Julia, sí; conviene que nos separemos para siempre. Aquí no

hacemos más que martirizarnos cruelmente. Es una vida infernal la de

tener la felicidad delante de los ojos y no poder tocarla. Antes de

proponerte este último recurso, muy violento sí, pero absolutamente

indispensable, he decidido firmemente expatriarme en el caso de que no

lo aceptases. Mañana, pues, tomo el tren para París. Lo confieso

ingenuamente, no tengo valor para soportar esta angustiosa situación.

Calló el astuto caballero. Julia tampoco despegó los labios. Por su

gracioso semblante se esparció una triste palidez. Los ojos se clavaron

estáticos sobre un punto del espacio y permaneció inmóvil como una

estatua. D. Alfonso la dejó en esta actitud largo rato sin turbar su

ardiente y afanosa meditación, echándole frecuentes ojeadas. Su palidez

iba cada vez en aumento.

Cuando juzgó que había llegado el momento oportuno, el audaz seductor

fué á tomar el sombrero que había colocado sobre el piano, y volviendo

hacia la niña, alargándola la mano, la dijo con voz temblorosa:

--Adiós, Julia.

Esta se la retuvo un instante, y echándole una mirada desesperada, con

el rostro lívido ya, le dijo:

--No te vayas, Alfonso. Haz de mí lo que quieras. Estoy pronta á

seguirte.

El caballero, después de cerciorarse de que su tía no los veía, la

estrechó largo rato entre sus brazos.

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Maximina(#40810) · 第 38 / 53 题