XXIII

LA cortesía exquisita, abrumadora, de D. Alfonso

Saavedra, sus atenciones delicadas con todo el mundo, sus modales

respetuosos con las damas, ocultaban una soberbia satánica y una

impudencia ilimitada. Desde muy temprano se había hecho eje del mundo,

según la expresión vulgar, y profesaba el desprecio absoluto de la

humanidad. Entre los jóvenes ricos, hijos de familias aristocráticas, no

es rara esta conducta. El desprecio de todo es la única moda que no

varía nunca entre ellos. Pero la mayoría no saben pasar de aquí, y

llenos de celo, no ambicionan otra cosa que poder manifestar á sus

semejantes, en cuantas ocasiones se presentan, este nobilísimo desdén,

que forma parte integrante de su soberanía. Mas tal adorable ingenuidad

les suele acarrear disgustillos á veces. Y aun se da el caso de que su

desprecio no sea bien apreciado y comprendido; porque entre las muchas y

ridículas manías que padece la humanidad, una de ellas es la de que no

se la desprecie. Y no vale razonar este desprecio diciendo: «Yo debo

noventa mil duros; soy vizconde y tengo mucha nuez; juego

portentosamente al bacarrat; un antepasado mío calzaba las botas á

Felipe II; guío un carruaje como el mejor mayoral y hace pocos días,

entre otro vizconde y yo «tomamos el pelo» á un sabio en casa de

Vallehermoso; llevo unos pantalones tan notables que obligan á volver la

vista á los transeuntes y estoy enredado con una bailarina del Real, á

quien pagan otros.» Nada; la humanidad se empeña en no reconocer la

gravedad é importancia de los motivos que estos preclaros jóvenes alegan

para despreciarla.

D. Alfonso, más cauto por naturaleza y más experimentado también por su

estancia en países extranjeros, comprendía que era conveniente transigir

con tal manía; pero en el fondo profesaba las mismas ideas. Aquel

precepto de la filosofía kantiana, muy á la moda entonces: «No tomes á

la humanidad como medio, sino como fin» era para él letra muerta.

Después del fracaso del Retiro, aunque herido en lo más hondo y lo más

vivo de su orgullo, supo disimular perfectamente, y si no se presentó

más en casa de Miguel no fué porque su resentimiento se lo estorbase,

sino por el temor de que Maximina, prevenida ya, tomase una violenta

resolución que le comprometiese. No conocía bien su carácter. Cuando

halló al matrimonio, por casualidad, en la calle, estuvo tan fino y

atento como siempre, disculpando su ausencia prolongada muy donosamente

con un tío que le había salido de repente y cuya descripción viva y

acabada les hizo. Saavedra, sin tener ingenio ni instrucción, poseía

cierta entonación burlona y algo cómica que provocaba la risa, y también

un poco de repulsión hacia su persona. Cuando acababa de «disecar á

algún amigo,» la impresión que quedaba en los oyentes era penosa.

Maximina, al tropezar con él se había puesto como una cereza y le costó

grandísimo trabajo serenarse. Por fortuna, Miguel no lo advirtió.

El día mismo que éste se marchaba á Galicia, volvió á ver á Saavedra en

el Ateneo, adonde solía acudir algunas veces el lechuguino á leer los

periódicos franceses. Dióle cuenta de su viaje y se despidió. D. Alfonso

quedó largo rato sentado en un diván. Una arruga cada vez más profunda

se le fué señalando en la frente. Después, repentinamente, se deshizo la

arruga, adquirió el rostro la expresión indiferente y desdeñosa de

siempre y se levantó. Algo quedó resuelto debajo de aquella frente; algo

que tenía poco que ver con el mandamiento de Kant y menos con los de la

ley de Dios.

En casa de la tía se enteró de que Julita iría á dormir con su cuñada y

la acompañaría todo el tiempo que le dejaran libre sus ocupaciones.

Estas se reducían casi á las lecciones de piano y canto. Por nada en el

mundo permitiría la brigadiera que dejase un sólo día de teclear las

cuatro horas de reglamento y de hacer los gorgoritos señalados. D.

Alfonso pasó cuatro ó cinco días meditando, espiando entradas y salidas,

combinando planes. En este tiempo se mostró más amable que nunca y más

rendido con su prima; pero rehusó acompañarla á casa de Miguel alegando

diferentes pretextos.

Los sábados almorzaba siempre en casa de la brigadiera. El primero que

le tocó, después de la marcha de Miguel, Julita, aunque almorzaba

siempre con su cuñada, vino á casa por honrar al primo y porque ya no le

era posible disimular el arrebatado amor que le profesaba. Durante el

almuerzo estuvo jovial y divertido como siempre. Sin embargo, los ojos

amantes de Julita creyeron advertir en sus ademanes cierta inquietud,

como si estuviese preocupado con alguna idea. Naturalmente, la achacó á

lo que más le convenía; al amor, cada vez más receloso y más ardiente,

que su primo la demostraba. Cuando hubieron terminado, éste la preguntó

en tono indiferente:

--¿Viene hoy el profesor de piano?

--Sí, á las cuatro.

--Entonces no volverás á casa de Maximina hasta que hayas dado la

lección--volvió á decir con más indiferencia si cabe.

--Desde luego: no es cosa de andar yendo y viniendo--contestó la

brigadiera.

Pasaron al gabinete, y Julita se sentó al piano y don Alfonso al lado de

ella. Las ternezas que el primo la susurraba apagábalas la gentil

chiquilla con un _forte_ oportuno.

--Hoy te brillan los ojos de un modo, Julia, que si algo te faltase por

quemar en mi corazón, habría que tocar á fuego ahora mismo.

--¡Pedal, pedal!--gritaba la niña riendo, y sofocaba las últimas

palabras del lechuguino con un horrísono tecleo.

Levantaba de nuevo su piececito del pedal y comenzaba á tocar

nuevamente. D. Alfonso aprovechaba algún _morrendo_ para decir:

--Julita, te adoro; te quiero más que á mi vida...

--¡Pedal! Pedal!--tornaba á exclamar la niña; y no le dejaba concluir.

Mas al poco rato de hallarse de aquella suerte embebidos, D. Alfonso

exclamó, llevándose una mano á la frente:

--¡Oh, qué desgracia!

--¿Qué hay?

--Que mi tío se marcha hoy para Sevilla y aún no he estado en casa del

notario á arreglar los papeles de mamá.

--¡Qué cabeza de chorlito! Anda, ve á recogerlos; tienes tiempo.

--¡Oh, si se tratase de recoger solamente!... Tengo que examinar buena

porción de ellos y echar algunas firmas.

--¡Corre entonces, haragán... corre!... De seguro que tu mamá me va á

echar á mí la culpa de tus distracciones.

Julita dijo esto fingiendo enfado; mas sin poder ocultar el placer que

el supuesto le causaba.

--¡Yo que iba á pasar una tarde tan deliciosa! ¡Meterme ahora en el

archivo de un notario á comer polvo y á calentarme la cabeza!

--Anda, anda; lo primero es lo primero... De todos modos, llevabas

camino de decir muchas mentiras esta tarde.

--Verdades como puños, prima divina.

--¡Vete, vete, embustero!

La berlina, según había ordenado al cochero, le esperaba en la esquina

de la calle. Encendió un cigarro habano y dijo cerrando la portezuela:

--A casa de los Sres. de Rivera.

Cualquiera que le hubiera visto reclinado en el fondo del carruaje con

el cigarro entre los dientes, le diputaría por un elegante aburrido que

iba á dar una vuelta por la Castellana.

No obstante, la misma arruga, signo de intensas cavilaciones, que había

aparecido en su frente cuando se despidió de Miguel en el Ateneo,

surcábala ahora, quizás más honda y más oscura.

--A las seis, como siempre, en el Suizo--dijo al auriga bajándose del

coche.

Y con lento paso, el semblante algo pálido, penetró en el portal de la

casa de Miguel y subió la escalera.

Tiró de la campanilla con fuerza, como amigo familiar y mimado.

Salió á abrirle Plácida.

--¡Señorito, buenos ojos le vean!--exclamó con la simpatía que inspiran

á las domésticas las visitas de la casa, cuando son buenos mozos.

--Hola, chiquita--dijo el caballero con acento protector, dándole una

palmadita en la mejilla.--¿Tu amo?...

--¿Pero no sabe que el señorito se ha ido el lunes á Galicia? ¡Bien se

conoce que ya no ensucia la escalera de esta casa con el polvo de sus

botas!

--¿La señorita?--preguntó el elegante con gesto distraído, colocando, al

propio tiempo, el bastón y el sombrero en el perchero.

--En su gabinete está cosiendo... ¿Quiere que la avise?

--No hay necesidad--replicó avanzando resueltamente hacia la sala, y

abriendo la puerta del gabinete.

Maximina cosía alguna ropa del niño, mientras éste, ajeno enteramente á

las luchas políticas en que estaba metido su papá, dormía en la alcoba

ocupando dos cuartas cuadradas del gran lecho conyugal. El pensamiento

de la niña volaba por encima de la blanca cabeza del Guadarrama,

atravesaba los yermos campos de Castilla, é iba á perderse en las

frondosas arboledas de Galicia. «¿Tendrá bastantes calcetines?»--se

preguntaba en aquel momento. Esta era la grave preocupación de Maximina

desde que su esposo se había ido. «Ocho pares, no bastan, no pueden

bastar, mudándoselos todos los días como él acostumbra. En aquel país

creo que no se lava la ropa á menudo. ¡Ay, Dios mío, y si llueve y se

humedece los pies, ¿cómo se los va á mudar dos ó tres veces al día como

hace aquí?... Estoy segura de que no se le ocurre comprarlos... ¡Es más

dejado!...

Sonó el pestillo de la puerta. Al levantar la cabeza, sus ojos se

encontraron con los de D. Alfonso.

Es difícil figurarse la sorpresa que aquella aparición repentina causó á

Maximina, y el susto y el terror que de ella se apoderaron. Se puso

pálida hasta dar en lívida, después fuertemente colorada, después otra

vez pálida; todo en obra de muy cortos momentos.

Saavedra cerró la puerta y le alargó la mano con gran desembarazo.

--¿Cómo está usted, Maximina?

Ésta apenas pudo articular la contestación. Su mano temblaba

fuertemente.

--¿Qué es eso, tiembla usted?--dijo el caballero reteniéndola un momento

en la suya.

Nada contestó.

--Si fuese un enemigo el que aquí entrase, comprendo ese temblor; pero

siendo un amigo tan apasionado... tan estúpidamente apasionado como yo

lo soy de usted... Digo mal en llamarme su amigo: mejor haría en

llamarme su esclavo, porque desde hace mucho tiempo ejerce usted sobre

mí un dominio absoluto.

El rostro de la niña estaba contraído por una sonrisa, que más parecía

mueca de terror. Sus ojos expresaban el mismo espanto. Quiso decir algo,

pero la voz expiró en su garganta.

--El último día que hablé con usted, Maximina--siguió diciendo el

andaluz, después de sentarse á su lado,--me aventuré á manifestarle algo

de lo que pasaba dentro de mi corazón. Acaso haya cometido una tontería;

pero el paso está dado y no puedo volverme atrás. Necesito completar

hoy lo que entonces no hice más que indicarle; necesito expresarle á

usted, aunque sea bien difícil, el amor, la idolatría que usted me

inspira, las terribles congojas que desde hace un mes he experimentado,

el estado de verdadera locura á que su crueldad me ha conducido...

Maximina seguía muda. Parecía la estatua de la desolación.

--Voy á contárselo á usted todo, ¡todo! ¿No es verdad que me perdonará

usted, hermosa Maximina?

Y el osado caballero pronunció estas palabras con voz insinuante,

melosa, apoyando suavemente al mismo tiempo la palma de su mano sobre el

dorso de la de Maximina. Esta la retiró como si la hubiese tocado un

animal inmundo, y poniéndose de pie como empujada por un resorte, corrió

á la puerta, la abrió y entró en la sala. D. Alfonso la siguió y la

retuvo por un brazo. Ella entonces, sacudiéndose con fuerza singular, se

desprendió; pero en vez de huir se quedó frente á frente de él con las

mejillas inflamadas y mirándole con unos extraviados ojos que daban

miedo.

La verdad es que entre las muchas actitudes que había imaginado que la

esposa de Miguel podía tomar, nunca había podido Saavedra representarse

aquella. Esperaba repulsas, frases de indignación, hasta injurias, y

tenía preparado para este caso un continente frío y sosegado: esperaba

la orden de irse inmediatamente, la amenaza de gritar, y también tenía

aparejado lo que había de decir para apaciguarla inmediatamente: por

último, allá en el fondo del alma, su presunción le adulaba diciéndole

que Maximina no podría resistir mucho tiempo á su atractivo y á su

gloria de seductor. Mas aquellas extrañas huidas, intempestivas, aquel

mudo terror, le sorprendieron y un poco le desconcertaron.

--¿Qué va usted á hacer, Maximina?--le dijo, aunque la niña no decía

nada; pero le convenía prevenirla para cualquier evento.--Si usted grita

ó llama á sus criadas, se compromete usted muy seriamente; habrá un

escándalo, se enterará todo el mundo, incluso su marido, y usted irá

perdiendo mucho más de lo que se figura... Vamos, sea usted

razonable,--añadió en el tono meloso que había usado antes, y

acercándose á ella.--La cosa no es para tomada de ese modo trágico. Que

yo esté enamorado de usted perdidamente, no tiene nada de particular, ni

tengo culpa de ello, sino Dios que la ha hecho tan hermosa, tan dulce,

tan simpática... Y que usted me concediera un pequeño favor... que me

permita besarla una mano en pago de tanta adoración, de tantas amarguras

y tristezas como en este último mes he pasado, creo que tampoco tendría

mucho de extraño. Sería en usted, no una prueba de amor, que ya sé que

no la merezco, sino de su caridad, de su carácter bondadoso, que ni aún

en ocasiones como ésta puede desmentirse. Este favor, que aunque

insignificante para el mundo y para la conciencia, para mí sería

inmenso, quedaría secreto hasta la muerte entre los dos... Mi

agradecimiento por él sería eterno... Vamos, hermosa Maximina, no

desmienta usted su bondad... Se lo pido á usted de rodillas. Déjeme

usted poner los labios en su mano y me marcho tranquilo y feliz...

¿Quiere usted más humildad?

El audaz, cuanto astuto caballero, al pronunciar estas últimas palabras,

había doblado, en efecto, la rodilla, y se apoderó de una mano de la

niña. Pero ésta se la arrancó con sorprendente braveza y echó una mirada

de angustia en torno, como buscando socorro. Después huyó como un

relámpago al despacho de Miguel. D. Alfonso la siguió también corriendo.

La niña se acorraló detrás de la mesa y volvió á arrojarle aquella

pavorosa y extraviada mirada, propia, en realidad, de una loca.

Miguel había dejado sobre la mesa, abierto, su estuche de navajas de

afeitar, y la que había usado, encima de él, abierta también. Por un

refinamiento amoroso, Maximina no había querido tocar en estos objetos,

ni que nadie tocase, dejándolos así hasta su regreso. Rápidamente se

apoderó de aquella navaja, y acercándosela á su cuello dijo con voz

ronca:

--¡Si usted me toca otra vez, me mato! ¡Me mato!

Fueron las primeras palabras que salieron de su boca en aquella escena,

que duró pocos minutos.

El acento con que las pronunció y la mirada con que las acompañó, no

daban lugar á duda. Aunque no llegase á matarse, Saavedra comprendió que

se daría una cuchillada, correría la sangre y habría en la casa un serio

conflicto del cual no saldría bien librado. Por eso se apresuró á decir:

--No la tocaré. Pierda usted cuidado.--Y luego añadió con sonrisa

irónica, en tono que rebosaba de despecho:--Vaya, vaya; donde menos se

piensa salta una Lucrecia. Si fuese pintor, Maximina, la retrataría á

usted así, con el brazo levantado, y la mandaría á la exposición. Un

poco prosaico es eso de la navaja; pero tales son los tiempos. Las

Lucrecias ahora, en vez de puñal cincelado, gastan navaja de afeitar.

Quizá el desabrido tenorio hubiera seguido dirigiendo á su pretendida

víctima otras groseras y cobardes burlas como estas: mas en aquel

momento el oído de Maximina percibió hacia el gabinete el blando y

levísimo quejido del niño que se despertaba. Era tan leve, que sólo una

madre podía oirlo á aquella distancia.

Soltó la navaja y exclamó:

--¡Hijo de mi alma, allá voy!

Pasó como una saeta por delante de D. Alfonso. Si éste tratase de

retenerla, es casi seguro, dado el ímpetu que llevaba y su robusta

musculatura, que le hubiera volcado.

No pensó en semejante cosa el caballero. Lo que hizo fué girar sobre los

talones, tomar el sombrero y marcharse á esparcir su mal humor y

despecho á la Castellana.

Maximina se serenó pronto. Sin embargo, pocas horas después comenzó á

sentir un frío intenso que la obligó á meterse en la cama y á pedir una

taza de tila. Al día siguiente estaba ya buena. Pensó en escribir á

Miguel rogándole que viniese; mas en seguida comprendió que se vería

obligada á darle alguna razón, y no la tenía. ¿Y si sospechaba algo y la

forzaba á declarar lo que había pasado? De seguro se desafiaría con

Saavedra, y como éste era un espadachín, le mataría.

--¡Oh! ¡Primero me mataría yo que decírselo!

Y la fiel esposa, al pensarlo, se estremeció de horror.

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Maximina(#40810) · 第 36 / 53 题