XXII

LO primero que los de la Casiña exigieron de Miguel para

afianzar su elección fué que trabajase para destituir al alcaide de la

cárcel, quitar la cartería á D. Matías y el estanquillo á un sujeto

llamado Santiago, todos amigos de don Martín. Y efectivamente, Miguel

escribió al gobernador y á sus amigos de Madrid. A los cinco ó seis días

vino la separación del estanquero y de D. Matías, y poco después la del

alcaide, nombrándose en su lugar á otras tres personas adictas á la

cerveza de D. Servando. Este, al escuchar la noticia, se dignó sonreir y

bebió tres vasos sin respirar. Los amigos vislumbraron en aquélla

sonrisa y en la succión de los tres vasos tanto y tan hondo misterio,

que se miraron henchidos de fe y entusiasmo por su jefe.

Pero los de la Casona estaban envalentonados á pesar de hallarse en la

oposición, y proclamaban á los cuatro vientos la candidatura de

Corrales, que por haber sido ministro varias veces gozaba de mucha

notoriedad en el país, aunque no dispusiese de la fuerza oficial.

Verdad que era dueño de los ayuntamientos de Agüeria y Villabona y que

la votación de estos concejos compensaba muy bien la mayoría que en

Serín pudieran llevarles sus contrarios. Aunque la elección fuese por

sufragio universal, unos y otros tenían perfectamente calculadas sus

fuerzas. Por eso la primera cuestión que se puso sobre el tapete aquella

noche en casa de D. Servando, una vez conseguida la separación del

alcaide, fué la suspensión de los ayuntamientos citados, la cual debía

llevarse á cabo antes de comenzar el período electoral. Hallábanse

discutiendo los medios más conducentes para conseguir tal propósito,

cuando penetró en la estancia uno de los numerosos espías que D.

Servando tenía en el pueblo, y les dijo que D. Martín había tomado

asiento para el día siguiente en la _Ferrocarrilana_. Honda perturbación

causó la noticia entre los circunstantes, y desde luego se supuso,

aunque nadie osó preguntarlo, que D. Servando le acompañaría en el

viaje, pues tal era la costumbre desde tiempo inmemorial. En cuanto D.

Martín se movía del pueblo, su contrincante hacía la maleta y le seguía

adonde quiera que fuese, suponiendo que cuando marchaba por algo sería,

y este algo no podía ser otra cosa que algún daño para él ó para sus

amigos. Cuando don Servando emprendía un viaje, su enemigo D. Martín

hacía lo mismo. Todos en la villa conocían la costumbre y nadie se

maravillaba.

En efecto, D. Servando, luego que todos se fueron, mandó á su criado á

tomar un asiento de berlina en la _Competencia_. No se despidió de

Miguel, pero lo dejó todo prevenido para que no le faltase nada durante

su ausencia, la cual duró dos días. Al cabo de ellos regresó, ó por

mejor decir, regresaron ambos jefes. Don Martín no había ido á la

capital más que á orificarse una muela.

Todos los días recibía Miguel una cartita de sobre cuadrado y hermosa y

grande letra inglesa (la del colegio de Vergara). Maximina no escribía

largo, pero sí mucho más que cuando soltera. Su instinto le decía que

Miguel no podía reirse ya de las nonadas que le contase, sobre todo si

se referían al niño. En todas ellas se advertía un deseo irresistible de

que volviese pronto á sus brazos, aunque procuraba ocultarlo para no

turbarle en sus quehaceres.

«Ayer Julita me llevó al paseo. Estaba concurrido y ella muy animada. Yo

cuando volví á casa sentí una tristeza tan grande que no te la puedo

explicar. Recordaba que la última vez que paseé por la Castellana fué

contigo, mi vida, mi todo.»

La niña de Pasajes, por la influencia de su marido, que no era nada

parco de cariñosas palabras, se había hecho más expansiva en sus

caricias. Á toda mujer amante le pasará lo mismo si tiene un marido como

Miguel, un poco mimoso.

«Esta noche me desperté sobre las cuatro ó las cinco, y sin saber lo que

hacía, fuí á dar un beso á Julia en el cuello figurándome que eras tú.

Antes de hacerlo volví en mí: me acometió un dolor tan vivo que estuve

llorando una hora. No sé cómo Julia no despertó. Perdóname que te diga

estas cosas, mi vida, soy una tonta. Lo principal es que te vaya bien

como dices y logres tu deseo. Tiempo nos queda, si Dios quiere, para

estar juntos. No dejes, por Dios, de rezar las oraciones de costumbre al

acostarte.»

Cada carta le ponía á nuestro candidato melancólico y pensativo para un

rato.--«¡De qué buena gana mandaría á paseo á estos cafres y me iría á

dar un abrazo á la hija de mi suegra (que Dios haya!)»--se decía

algunas veces.

Pero como el negocio marchaba viento en popa, lo sufría con paciencia.

Escribió á Madrid á varios amigos para que gestionasen la suspensión de

los citados ayuntamientos enemigos. Mendoza, y lo mismo los otros, le

contestaron que el presidente y el Ministro estaban conformes. Sin

embargo, se pasaban los días y la orden no venía.

Otro asunto traían entre manos los de la Casiña que les preocupaba,

aunque no tanto como el anterior. Era la carretera desde Serín á

Agüeria, que el vecindario de ambos puntos ansiaba que saliese á

subasta. Muchas veces se había gestionado por ambos bandos sin

resultado: últimamente el General les había prometido trabajar hasta

conseguirlo; pero su partida á Alemania frustró las esperanzas de los

partidarios de D. Servando, los cuales esperaban que el distrito les

debiese á ellos el beneficio y no á los de la Casona. Mas hete aquí que

averiguan que éstos gestionan activamente en Madrid la subasta por medio

de Corrales, quien como ex-ministro y persona muy conocida en la

política, no dejaba de sostener buenas relaciones con los actuales

ministros. Entonces los de la Casiña se alarman y obligan á Miguel á

poner en juego otra vez sus influencias para que de ningún modo se

conceda el favor á Corrales y sí al candidato oficial que ellos apoyan.

De Madrid responden á Miguel que el negocio está en vías de arreglo: más

tarde recibe otra carta en que le dicen que el ministro ha prometido

sacarla inmediatamente: después otra en que le anuncian que la orden

saldría muy pronto en la _Gaceta_. Pasaba, no obstante, lo mismo que con

la de la suspensión. No acababa de llegar.

Y los genízaros de D. Servando, aunque muy confiados en el triunfo, se

iban impacientando y apretaban á Miguel, quien á su vez se impacientaba

mucho más por sus indirectas, y sentía atroces impulsos de decirles una

insolencia.

Una tarde, hallándose como de costumbre bebiendo cerveza en el

escritorio de D. Servando, oyeron la explosión de una bomba en los

aires. Quedaron súbito, graves y silenciosos con el oído atento. Estalló

al instante la segunda y uno de los presentes dijo:

--Son cohetes.

--¿Cohetes á estas horas?

Y las siete ú ocho personas que allí había se miraron sorprendidas y no

poco alarmadas, porque los dos bandos vivían en perpetuo sobresalto.

--¿Hay alguna función de iglesia mañana?

--No, señor.

--Que salga uno á enterarse...

Salieron dos; los cuales volvieron á los pocos minutos, agitados y

pálidos, diciendo con voz temblorosa:

--Los cohetes se están disparando desde los balcones de la Casona.

--¡Esos p... han recibido la noticia de la subasta!

La zozobra y el terror se apoderó de todos los corazones. Por un

movimiento simultáneo volvieron los ojos hacia el jefe, ilustre por su

prudencia.

D. Servando bebió pausadamente dos vasos de cerveza, y después de

limpiarse repetidas veces los labios con el pañuelo, rompió el afanoso

silencio diciendo:

--Alcalde, vaya usted al Ayuntamiento y mande los dos alguaciles á la

Casona á prevenirles que no arrojen más cohetes. El artículo 62 de las

Ordenanzas municipales prohibe que se arrojen sin permiso de la

autoridad.

Los genízaros dejaron escapar un suspiro de satisfacción. No en vano

habían depositado su confianza en el astuto caudillo.

Salió el alcalde y quedaron comentando el suceso, esforzándose por

explicar cómo la noticia había llegado primero á los _otros_ que á

ellos. La opinión general era que les habían hecho una trampa en

correos.

Los amigos de D. Martín, irritados por la prohibición del alcalde,

reunieron la orquesta del pueblo, compuesta de diez ó doce instrumentos,

casi todos de metal, y ofreciendo á los músicos una buena propina, á más

de un pellejo de vino que se les mostró para animarles, les hicieron

recorrer el pueblo tocando, y luego los situaron en medio de la plaza,

donde comenzó á acudir la gente al reclamo: los mozos improvisaron un

baile y hubo vivas á D. Martín y á la carretera.

Nuevo y doloroso conflicto para los de D. Servando, reunidos en

cónclave.

--Alcalde--tornó á decir aquél,--mande usted cesar á la música. Las

Ordenanzas municipales, arts. 59 y 60, previenen que se solicite el

permiso de la autoridad para esta clase de manifestaciones.

Pero los de D. Martín no se acobardaron. En cuanto se les intimó la

orden, sintiéndose fuertes, porque el público, ganoso de jolgorio, les

apoyaba, pasaron con la orquesta el puente que hay sobre la ría y que

divide el término municipal de Serín del de Agüeria por extraño caso.

Una vez fuera de la jurisdicción del alcalde enemigo, la música bramó y

chilló de un modo horrísono, y los de D. Martín, animando á la

muchedumbre á seguirles, volvieron á organizar los bailes y á prorrumpir

en vivas. Así pasó la tarde en fiesta y jarana, mientras los de la

Casiña, reunidos en el escritorio de su jefe, paladeaban, haciendo

muecas de disgusto, el amargor de la derrota.

Y para colmo de desdichas, _El Occidente_, periódico de D. Martín, que

le tocaba salir al día siguiente, los insultaba más que nunca y se

burlaba de ellos de un modo cruel. En Serín había dos periódicos

semanales: uno _El Occidente_, de los de la Casona, que aparecía los

jueves, y otro _La Crónica_, de D. Servando, que se publicaba los

domingos. Estas eran las dos serpientes á que aludíamos al describir el

paraíso de Serín. _La Crónica_ estaba escrita casi entera por un

ex-piloto, y por eso en todas sus cuchufletas había términos marítimos.

Á D. Martín solía llamarle «el pailebot Martín Pescador», y á su mujer

«la fragata de alto bordo doña Manuela», lo cual hacía morir de risa á

sus partidarios. _El Occidente_ estaba encomendado á un maestro de

escuela, quien para insultarles rebuscaba los términos más estrambóticos

del diccionario. Aquel día llamaba á D. Servando «tozudo y zorrocloco»,

y para Miguel también tenía algunas alusiones desvergonzadas. El primero

tomó su «zorrocloco» con mucha filosofía; pero el segundo, poco avezado

á las polémicas groseras de los pueblos, se puso fuertemente colorado y

declaró «que estaba resuelto á abofetear y escupir en la cara al

director de aquel papelucho».

Los amigos de D. Servando se miraron estupefactos.

--Despacio, despacio, mi señor--dijo aquél con la flema de siempre.--No

le aconsejo que haga semejante cosa, porque es el mayor gusto que usted

pudiera darles. El juez de primera instancia es suyo.

--¿Y qué tenemos que ver aquí con el juez? Se trata de un asunto de

honra que se resolverá pegándonos ese individuo y yo una estocada ó un

tiro.

Los circunstantes se miraron aún con mayor susto. En Serín eran

desconocidos en absoluto semejantes procedimientos, y por consiguiente,

no había que pensar en que nadie se batiera. Si ejecutaba lo que había

anunciado, Miguel corría gravísimo riesgo de ir á la cárcel y aun de ser

incapacitado. Convencido á la postre, renunció á su proyecto, aunque de

mala gana.

No rieron mucho tiempo los de la Casona. A los tres días llegó la orden

de suspensión de los Ayuntamientos de Villabona y Agüeria. ¡Entonces sí

que hubo jarana y cerveza en la Casiña! D. Servando, para dar matraca á

sus enemigos, hizo salir á la música y la tuvo doce horas cencerreando

por las calles. Aquel día no quedó ni un solo cohete por disparar en

Serín.

Con este golpe quedó asegurada por completo la elección de Miguel. Los

de la Casona así lo comprendieron, y con las orejas caídas empezaron

como siempre á gestionar el indulto. Faltaban solo nueve días para

abrirse el período electoral.

Mas aquí conviene, como nunca, exclamar con el poeta:

¡Oh instabilidad, mudanza cierta!

¿Quién habrá que en sus males no te espere?

¿Quién habrá que en sus bienes no te tema?

Dos días antes de empezar dicho período, cuando los partidarios de la

Casiña andaban alegres y descuidados, y mustios y emberrenchinados los

de la Casona; cuando se susurraba y aun se daba por segura la retirada

de Corrales, y Miguel se disponía á regresar á la corte, pues su

presencia ya no era necesaria en el distrito, he aquí que cae en Serín,

como una bomba, la noticia de haber sido repuestos los Ayuntamientos

suspensos. Por desgracia la noticia era exacta. Los amigos de D.

Servando, después que se hubieron repuesto un poco de la sorpresa (pues

en un principio ni acertaban á hablar siquiera), convinieron en que era

una equivocación ó había pasado «algo gordo» en Madrid. Como no había

telégrafo para entenderse con el Gobernador, Miguel decidió, acto

continuo, alquilar un coche y plantarse á escape en la capital.

Á pesar de la cordialidad con que le recibió, de los abrazos efusivos y

la sonrisa campechana, nuestro candidato vió claramente en los ojos del

Gobernador que algo tenía en la trastienda y desde luego se propuso

sacarlo á luz cuanto antes. Comenzó, pues, á estrecharle con preguntas,

á las cuales el jefe civil de la provincia contestaba en términos vagos.

Nada sabía de las causas de aquella reposición. Acaso surgirían

dificultades en el Consejo de Estado... Acaso el ministro consideraría

innecesaria la suspensión para ganar las elecciones...

--Si el ministro lo ha hecho por sí solo, sin el acuerdo del Presidente,

no ha obrado bien. ¿Tú crees que el Presidente tiene noticia de lo que

ocurre?--preguntó Miguel.

--Hombre, yo no sé...

--Es que tengo su palabra terminante de que el Gobierno me apoyará con

todas las fuerzas de que dispone. Sin esta palabra nunca me hubiera

presentado candidato por un distrito que no conocía...

--Chico, no sé... no sé...

--Castro--dijo Miguel apretándole fuertemente una mano y mirándole con

severa fijeza.--Eres mi amigo, y vas á decirme la verdad... ¿Qué ocurre?

--Ya comprenderás que mi posición no me permite hablarte con franqueza.

Si pudiera lo haría.

--Ó eres ó no mi amigo. Díme lo que ocurre--insistió Miguel con energía.

--Pues bien, si me das tu palabra de caballero de que no harás uso

ninguno de ello, te lo diré.

--Te la doy.

--¡Mira que te obligas á mucho!

--Te la doy. Habla.

--Quedamos en que no harás nada que signifique que sabes lo que voy á

revelarte... Observando desde hace algún tiempo, y sobre todo en estos

últimos días, que respecto á tu elección el ministro cerdeaba bastante,

y sabiendo la amistad que te une al Presidente y las conferencias que

con él has tenido, quise consultar con éste para saber de una vez á qué

atenerme. Ayer telegrafié á su secretario. Mira la contestación que he

recibido.

El Gobernador mostró un telegrama descifrado ya que decía:

«Candidato oficial.--D. Miguel Rivera.

Maximina(#40810) · 第 34 / 53 题