CON las debidas precauciones, esto es, insinuándole
primero la idea vagamente, precisándola después cada vez más, comunicó
Miguel á su esposa la necesidad de ir á Galicia unos días. Recibió ésta
la noticia con espanto; pero viendo que su marido se impacientaba, hizo
un esfuerzo sobre sí misma, y se serenó, y hasta en lo sucesivo procuró
mostrarse alegre. Mas hallándose, como siempre después de almorzar,
sentada sobre las rodillas de su esposo, mientras «el pillo de playa»
dormía, y poniéndose á hablar de la ropa que el viajero había de llevar
en su excursión, se le saltaron las lágrimas cuando menos podía
presumirse.
--¡Qué chiquilla!--dijo Miguel besándola.--¡Por unos días de separación!
--No lloro por eso precisamente--respondió ella haciendo esfuerzos por
sonreir.--¡De pocos días á esta parte tengo unas ideas tan tristes!
--¿Qué ideas?
--Se me figura que voy á morirme pronto.
--¡Ave María, qué atrocidad! ¿De dónde sacas tales aberraciones?
--No sé de dónde--replicó la niña sonriendo y resbalándole, sin embargo,
las lágrimas por las mejillas.--Lo que siento es dejar á mi hijo tan
pequeñito.
--¡Vamos, no desbarres!--dijo Miguel con impaciencia.--Esas ideas
lúgubres son producidas por la tristeza que mi viaje te ocasiona. Por lo
demás, aunque todos estamos sujetos á la muerte, no hay motivo alguno
para pensar que tú estés cerca de ella. Eres una niña de diez y siete
años. No has estado en tu vida un solo día en la cama, como no sea
ahora, en el parto. Gozas de una salud á toda prueba... Más natural es
que yo muera antes que tú. Te llevo una porción de años. Luego tengo una
naturaleza endeble, como sabes...
--¡Calla, calla!--exclamó Maximina abrazándole y llorando
perdidamente.--Yo no quiero oir que te has de morir.
--Pues hija, no hay más remedio.
--Pues yo no quiero oirlo, ¡no quiero! ¡no quiero!--replicó con una
resolución tan graciosa, que el esposo la cubrió de besos.
Al cabo de un rato, y cuando ya habían hablado de otra cosa, Maximina
volvió al mismo tema.
--Si yo me muriese, tú te volverías á casar, ¿no es verdad,
Miguel?--dijo con una expresión entre cándida y maliciosa, que ocultaba,
sin embargo, una preocupación muy seria y viva ansiedad.
--¡Vuelta á lo mismo! Deja de una vez esas tonterías, querida.
--¿Te volverías á casar, Miguel?--insistió dejando la sonrisa y
descubriendo su ansiedad.
--Pues bien, voy á hablarte con franqueza. Si tú te murieras (que no te
morirás), no te respondo de que en el curso de mi vida no tuviera
relaciones materiales ó carnales ó como se llamen con otras mujeres;
pero sí te respondo y te juro que no me uniría en matrimonio con
ninguna. Y esto no sólo por el profundísimo y entrañable amor que te
tengo, hasta el punto de que hoy eres una parte esencial de mi ser, y si
tú me faltases es como si faltase la mitad de mi yo, sino aun por
razones de egoísmo. Sería desgraciado con cualquiera otra mujer. Dios te
ha dotado, hermosa mía, de todas, absolutamente de todas las cualidades
necesarias para hacerme feliz.
La niña comprendió bien que aquellas palabras eran sinceras y miró á su
marido con entusiasmo y alegría. La pobrecilla se conformaba de todo
corazón con que se divirtiese, con tal de que no se casara.
Miguel, al pronunciar las últimas palabras, se había enternecido. Tapóse
los ojos con la mano y volvió la cabeza. Al verle en aquella actitud,
una sonrisa de gozo iluminó el semblante de su esposa.
--¿Lloras?--le preguntó al oído.
Miguel no contestó.
--¿Lloras?--volvió á decir.--Lloras, sí; no me lo niegues.
Y trató de separarle las manos de la cara con infantil curiosidad.
--¡Quita, quita!
--Déjame verte llorar, Miguel.
Y luchó con todas sus fuerzas hasta conseguir ver algunas lágrimas en
los ojos de su marido.
--¿Estás contenta ya?--dijo éste riendo.
Después de unos instantes de silencio:
--¿Y tú, Maximina?--dijo con acento conmovido.--¿Te casarías?
--¡Oh, por Dios!
--Eres muy joven y nada tendría de singular que eso sucediese. Al cabo
de algún tiempo las mismas circunstancias te lo impondrían. Acaso tus
parientes te empujarían á ello. Una mujer no está bien sola en el
mundo... Si así fuese, no dudo que amarás á tu marido; pero yo te juro
que no le amarás tanto como á mí. Hay cosas, Maximina, que no vuelven
jamás, y una de ellas es el primer amor; mucho menos si este primer amor
ha sido bendecido por el cielo como el tuyo... Fíjate en las paredes de
este despacho, conserva en tu memoria indeleble la forma de estos
muebles, el color de la alfombra, la dulzura de ese rayo de sol que
penetra por el trasparente. Todo esto que ahora tiene tan poca
importancia, si yo me muriese la adquiriría quizá muy grande: porque los
instantes de dicha que ahora pasamos aquí, tú sentada sobre mis
rodillas, yo mirándome en tus ojos, no volverían, Maximina, ¡jamás
volverían para ti!
La niña se dejó caer sobre el pecho de su esposo oyendo estas palabras,
como una sensitiva que se doblega al más leve contacto.
--¡Oh, Miguel de mi vida! ¿Qué te he hecho para que me hables así?
Y los sollozos la ahogaban.
Procuró calmarla por cuantos medios estaban á su alcance; mas para
conseguirlo se vió obligado á prometerla solemnemente que no se moriría.
Llegó por fin el día de la marcha. Se había convenido en que, durante la
ausencia de Miguel, Julita vendría á dormir con su cuñada. Lo mismo ella
que la brigadiera habían acudido aquella tarde á despedir al viajero.
Era la hora del oscurecer. Miguel, después de comer apresuradamente y
solo, mandó avisar un coche y se preparó á partir. Al dirigirse á su
esposa para besarla, ésta se apartó bruscamente y corrió á ocultarse en
su alcoba.
--¡Si es tu marido, tonta!--gritóle Julita riendo.
Miguel la siguió y buscando á tientas dió con ella en un rincón.
--¿No quieres que te bese, vida mía?
--¡Oh! sí, Miguel; pero allí delante de gente me muero de vergüenza.
Al meterse en el coche, nuestro joven llevaba el corazón apretado:--«¡Si
no fuese por lo que es, cualquier día me metería yo en estos líos, y
sobre todo dejaría á mi mujer y á mi niño!»--se dijo con cierta
amargura.
Antes de llegar al distrito se detuvo en la capital de la provincia,
donde fué recibido por el gobernador con extremada cordialidad. Era un
joven que acababa de desempeñar la tarea de segundo ó tercer gacetillero
en un diario liberal de la corte. Se decía en la ciudad que sus
conocimientos administrativos acaso podrían ser más sólidos sin
inconveniente; pero en cambio, cuando bien se le antojaba, respondía en
verso á las comunicaciones, paseaba por las calles de chaqueta y hongo,
convidaba á _manzanilla_ á los diputados provinciales la mayor parte de
los días, gastaba bromas con los porteros, y en las sesiones de la
Diputación se autorizaba algunas veces silbar por lo bajo aires de
_Barba Azul_ ó _La Gran Duquesa_. Llamábase Castro.
En cuanto Miguel se presentó en el Gobierno civil, le dió un abrazo
apretadísimo, como si fuese íntimo amigo, aunque no se habían hablado en
Madrid más de cuatro veces, y comenzó familiarmente á tutearle.
Prometióle inmediatamente todo el apoyo oficial.
--Te sacaré á flote aunque sea por los pelos, chico. Vé al distrito y
escribe desde allí todo lo que te haga falta, que lo haré aunque sea una
barbaridad.
Alegre con este recibimiento, y lisonjeado, tomó nuestro héroe al día
siguiente la diligencia para Serín, que distaba unas siete leguas de la
capital. Era un pueblecillo mezquino, pero admirablemente situado cerca
de una ría, cuyas orillas mostraban la vegetación lujuriante de los
países cálidos, y el fresco verdor de los setentrionales. Los naranjos,
limoneros y laureles de la ribera casi se daban la mano con los
castañares y robledos que se extendían por la falda de las montañas.
Estas eran suaves y verdes en los primeros términos negras y abruptas en
los últimos, de suerte que formaban un grandioso cordón que hacía más
pintoresco el paisaje. El grupo de casitas blancas que componía el
pueblo de Serín, estaba envuelto por una tupida faja de árboles, excepto
por la parte de la ría, en cuyas aguas claras y azules se espejaba.
Pues aquel deleitable paraje que parecía un rinconcito del paraíso, lo
era del infierno á lo que pudo averiguar inmediatamente Miguel. Sin que
le faltase, como vamos á ver, no una, sino dos serpientes para
atormentar á sus indígenas. Estos se hallaban, desde tiempo inmemorial,
divididos en dos bandos, los de la Casona y los de la Casiña, llamados
así porque los primeros se reunían en un edificio grande, oscuro, con
dos torres almenadas, que había en lo alto del pueblo, y los otros en
una casa de un solo piso, construída con lujo de adornos, hermoso portal
con verja de hierro y dos grandes miradores, sita en el muelle. También
se llamaban «los de D. Martín» y «los de D. Servando»; por el nombre de
sus respectivos caudillos. La división de estos partidos no se fundaba
en que los unos, los de la Casona, representasen el elemento tradicional
y conservador, y los de la Casiña, el novador y liberal, supuesto que
se había visto varias veces á los primeros defendiendo á los gobiernos
liberales, y á los segundos sostener la causa del candidato moderado. La
pelea estaba encendida solamente por el afán de dominar en el
Ayuntamiento y ser dueños por ende del pueblo. Lo demás les tenía sin
cuidado. Sin embargo, no es posible negar que en los de D. Martín había
tendencias marcadas hacia el absolutismo. En los de D. Servando no se
advertían en cambio hacia la libertad.
Este D. Servando fué quien recibió á Miguel al apearse de la diligencia,
y le llevó quieras ó no á su casa. Era un hombre grueso, de regular
estatura y que frisaría en los sesenta años. Su rostro, de un color rojo
subido, estaba exornado por cortas patillas grises. Gastaba levita negra
muy larga y hongo negro también.
--¿Tengo el honor de hablar con el Sr. Corcuera?--le preguntó muy fino,
con marcado dejo gallego.
--No, señor, me llamo Miguel Rivera, para servir á usted.
--Está muy bien--respondió, y dirigiéndose á un mozo en
seguida:--Muchacho, recoge el equipaje del señor y ten cuidado de él: ya
se te avisará dónde has de llevarlo.
--Supongo que será usted el Sr. Bustelo--se apresuró á decir Miguel.
--Allá, en doblando aquella esquina, hablaremos. Le agradecería que me
hiciese el favor de seguirme.
Y D. Servando se puso á caminar con paso firme y reposado hacia la
esquina indicada. Miguel le siguió, sin comprender lo que aquello
significaba.
Cuando hubieron llegado, D. Servando le dijo sin mirarle y como si
hablase con la mencionada esquina:
--He recibido aviso del señor gobernador de que llegaba usted esta
tarde, y cuento que usted me honre aceptando una modesta habitación en
mi casa.
--¿De modo que es usted el Sr. Bustelo?
--Aquella casa que usted ve allí, donde hay un carro parado, es la de
usted, mi señor. Tenga la bondad de ir delante, que no tardaré en
seguirle.
Miguel hizo lo que le mandó sin comprender qué objeto tenía aquel
misterio. Después tampoco lo supo; pero no le sorprendió. La cualidad
predominante de don Servando, la que resplandecía en todos sus actos y
jamás le abandonaba, era la cautela. No preguntaba nunca directamente
más que lo que ya sabía: lo que deseaba averiguar, siempre lo hacía por
medio de largos rodeos y ocultando bien su deseo. No respondía tampoco
jamás de una vez y claramente á las preguntas, por insignificantes ó
indiferentes que fuesen. Á las pocas horas de estar en su compañía,
Miguel se convenció de que era inútil tratar de enterarse de nada de lo
que á su persona se refería. Por esta cualidad sobresaliente era
admirado de sus amigos y temido de sus adversarios, en grado sumo.
Hablaba poco y sin mirar al interlocutor.
Después que hubieron cenado y de haber traído la maleta del huésped con
infinitas precauciones, se encerraron los dos en el despacho de D.
Servando, y éste, en menos de una hora, se bebió seis botellas de
cerveza.
--Parece que es usted aficionado á la cerveza, señor Bustelo.
--Phs... así así... prefiero el vino--contestó con la gravedad y el
acento gallego que le caracterizaban.
En los días siguientes pudo observar Miguel que apenas probaba el vino.
Uno en pos de otro, y como si se tratase de peligrosa conspiración,
vinieron á visitar al candidato oficial los partidarios de D. Servando,
los cuales se las prometían muy felices en la elección. Sin embargo, no
tardó en comprender Miguel que las fuerzas estaban muy equilibradas;
porque si bien, en la que pudiéramos llamar región urbana, esto es, en
el casco de la población de Serín, predominaban los de la Casiña, en la
parte rural se hallaban en patente minoría. Las fuerzas oficiales
tampoco estaban por entero á su disposición, pues si el Ayuntamiento de
Serín era suyo, el de otros dos concejos, Agüeria y Villabona
pertenecían á D. Martín, y en ellos estaba, sobre todo en el último, la
clave de la elección. El General Ríos se había presentado sin oposición
por este distrito, y desde este momento los partidarios de la Casona
habían rivalizado con los de D. Servando en solicitud y eficacia para
servirle. Tal era la táctica usual entre ellos. Cuando se veían en la
imposibilidad de luchar, humillaban la cabeza y hacían lo posible por
captarse la amistad, ó al menos la benevolencia del diputado, á fin de
recabar algunas migajitas de favor que no les pusiera del todo á merced
de sus implacables enemigos. Bien sabían por experiencia que si esto
llegaba á suceder, les aguardaba toda clase de vejaciones y algunas
veces el presidio, pues unos y otros se pintaban solos para _empapelar_
al lucero del alba. Gracias á ello, aunque el General se inclinaba á los
de la Casiña, no había consentido que se maltratase á los otros, y aun
había llegado á dejar en sus manos algunos empleos retribuidos por el
Estado, cosa que alteraba la cólera de los amigos de D. Servando, y los
encendía de tal modo, que secretamente murmuraban del Conde y hasta se
proponían vengarse de él en ocasión propicia. Así que veían el cielo
abierto teniendo en perspectiva otro diputado que esperaban fuese
enteramente suyo y arrancase de cuajo la influencia de don Martín en el
concejo, al menos, por una larga temporada. Por esta razón, D. Servando
tuvo la precaución maliciosa de alojarle en su casa, á fin de que ni D.
Martín ni ninguno de los amigos de D. Martín pudieran visitarle.
Al día siguiente de llegar, por la mañana, después de escribir á
Maximina, salió á echar la carta al correo, proponiéndose al mismo
tiempo recorrer la villa. En la primer calle, que desembocaba en el
muelle, columbró un buzón y á él se dirigió; mas al acercarse observó
que tenia clavada una tabla sobre la abertura. Siguió caminando y algo
más lejos vió otro; pero sucedió lo mismo, é igualmente en otros tres ó
cuatro que acertó á ver en distintos parajes del pueblo.
--¿Quiere usted decirme dónde puedo echar esta carta al correo?... Todos
los buzones que he visto están clavados--dijo á una doméstica que
pasaba.
--Es que la cartería ahora la tiene D. Matías... un comercio de
comestibles que está cerca del muelle, ¿sabe?... No tiene pérdida; siga
esta calle abajo y la hallará.
La cartería, en efecto, según pudo después averiguar, era uno de los
estados que los dos bandos de Serín se disputaban con encarnizamiento,
pasando alternativamente de las manos de un amigo de D. Martín á las de
otro de D. Servando, y viceversa. Como generalmente eran personas
distintas, porque precisaba contentar á todos, de aquí que muchas de las
casas de Serín se hallasen agujereadas. La cartería estaba dotada con el
sueldo de tres mil quinientos reales al año.
Caminando por una de las calles tropezó con don Servando, el cual le
saludó gravemente y trató de pasar de largo.
--¿Qué hay, Sr. Bustelo, va usted hacia su casa?
--No, señor, no; voy dando una vueltecita. Después tengo algunos
negocios... Quede con Dios, Sr. de Rivera.
Este se fué á casa, y antes de llegar vió que entraba en ella D.
Servando. ¿Por qué había mentido? Sólo Dios lo sabe.
Al tener noticia de que Miguel había echado una carta al correo, quedóse
lívido el jefe de los de la Casiña.
--¿Cómo... Sr. Rivera... una carta?
--Sí, señor, una carta--respondió, sin comprender aquella sorpresa.
--¿Pero no sabe usted, mi señor, que D. Matías es... de los _otros_?
--¿Y qué?
--Aquí no recibimos ni echamos cartas al correo en la villa; las
enviamos á Malloriz, y allí tenemos también una persona que recibe las
que nos escriben y nos las remite después.
--¡Hombre, qué desconfianza!
--Toda es poca, mi señor; toda es poca.
Tranquilizóse al saber que la carta era para su mujer, y acto continuo
le convidó á beber una botellita de cerveza. Para el jefe de la Casiña
el beber cerveza era una función augusta de la vida. Tenía espantado al
pueblo porque se decía, quizá con verdad, que bebía cinco duros diarios
de este licor. No poco ayudaba tal prodigalidad, verdaderamente horrible
en aquel país, á mantener su prestigio. D. Servando era el único rico
que gastaba todas sus rentas en Serín, y eso que estaba soltero.
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