XX

EN estos mismos días fué cuando Enrique tomó la

determinación de «arrastrar por el lodo el honor y el decoro de su

familia.» Al efecto, se personó una tarde en casa de Miguel y le

comunicó su proyecto advirtiéndole, con lágrimas en los ojos, que su

intención no era arrastrar cosa alguna y mucho menos el honor de la

familia, sino cumplir lealmente el compromiso que había contraído y la

palabra que había dado á Manolita.

--Soy caballero, Miguel. Yo no puedo faltar decentemente á esa chica.

Ponte en mi caso. Bien comprendo que mi familia tiene razón para

oponerse á este matrimonio. Pero te juro que no es mi ánimo arrastrar su

decoro. ¿Por qué había de arrastrarlo? ¿Qué gusto había de tener yo en

arrastrarlo, vamos á ver?

--Es claro; tú no debes de tener ningún motivo de resentimiento con el

decoro de tu familia.

--¡Naturalmente!

Después, algo remolón y acobardado, le confesó que traía una

pretensión, la cual costó mucho trabajo hacerle desembuchar.

Al fin, á fuerza de ruegos, declaró que, si Maximina le hacía el honor

de ser la madrina de su boda, se consideraría el ser más dichoso del

universo. Después de haberlo dicho le pesó. Y viendo que Miguel quedaba

pensativo, se puso tan afligido, que arrojó el sombrero contra el suelo

y comenzó á llamarse bruto y á mesarse los cabellos.

--¿Qué es eso, Enrique, te has vuelto loco? Por mi parte no hay

inconveniente en que lo sea. Pídeselo á ella, y si te lo concede está

hecho.

--No; yo no se lo pido. Manolita es una chica honrada, pero de una clase

muy humilde. Todos los que vayan á la boda van á ser también hijos del

pueblo... gentuza, ¿sabes, chico? Hay que decir las cosas por su nombre.

Tu mujer no querrá estar allí, y con razón.

Miguel se levantó de su asiento, asomóse á la puerta y gritó:

--¡Maximina!

Al instante se presentó la niña.

--Enrique te viene á suplicar que seas madrina de su boda. ¿Aceptas la

invitación?

--¡Oh! ¿Conque te casas, al fin? Pues ya lo creo que tendré mucho gusto

en ser madrina.

El semblante de Enrique se iluminó como si en aquel punto estuviese

mirando desfilar todos los ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones

del cielo. Mas poniéndose repentinamente serio y enfurruñado:

--No, Maximina; tú no puedes ser madrina. Á mi matrimonio no irán

personas de tu clase.

La niña le miró asombrada.

--¿De mi clase?

--Sí; allí no irán más que mujeres del pueblo; pescaderas, fruteras,

taberneras, etc.

--¿Y qué importa que vaya quien vaya? Seré madrina si tú me quieres.

¿Soy yo por ventura alguna princesa?

--¡Lo que eres tú, un ángel!--exclamó Enrique poniéndose loco en el

mismo instante. Para dar testimonio de ello, echó el sombrero al alto

como antes lo había arrojado contra el suelo: acto continuo, se lanzó al

aire en su seguimiento, haciendo tres ó cuatro piruetas portentosas:

abatiéndose de pronto, tomó las manos de Maximina y comenzó á besarlas

con frenesí.

--Me dispensarás este arranque, ¿verdad, Miguel? Tienes una mujer mejor

que si fuese de oro y brillantes.

--Ya lo creo. ¿Qué iba á hacer yo con una mujer de oro y brillantes?

--Hombre, no seas material; es un decir. Maximina, todo él mundo habla

bien de ti... hasta mi hermana Eulalia, que es cuanto se puede imaginar.

Pero nadie sabe bien lo que vales. En cuanto mate otra vez, te brindo el

toro.

--¡No, Enrique, no!--dijo la chica riendo.

La cara de aquél volvió á oscurecerse.

--Es verdad, un toro muerto por mí vale poca cosa. Pero te aseguro que

he de conseguir, ó poco he de poder, que Lagartijo, el mismo Lagartijo,

te lo brinde en una corrida de abono.

--No lo decía por eso, sino porque yo no voy nunca á las corridas de

toros.

--¿Qué, no te lleva Miguel? ¡Valiente sin vergüenza! No tengas cuidado,

hija: déjalo de mi cuenta, que para la primera corrida no os ha de

faltar un palco ó cuando menos dos delanteras de grada.

El padrino designado para acompañar á Maximina fué un capitán de

caballería, antiguo compañero del novio.

--Sentiría que no fuese de tu agrado, madrina. (Desde aquel momento

hasta el fin de sus días Enrique no volvió á llamar otra cosa á la

esposa de Miguel.) Porque aunque es un hombre notabilísimo, es bastante

_peña_, ¿sabes?

--No entiendo...

Miguel se echó á reír.

--Que no le gusta el trato de las señoras.

--¡Ah! bueno--replicó la niña,--procuraré no molestarle.

--¡Qué has de molestar tú, lucero de la mañana--exclamó Enrique

volviendo á ponerse loco,--si vale más oirte á ti hablar que á Tamberlik

el credo del _Poliuto_! Lo que yo siento es que él no sepa decir esta

boca es mía.

El día señalado fué un miércoles, y la hora las siete de la mañana.

Amaneció hermoso y espléndido. En las calles de Madrid no se veía pizca

de lodo. El que ensució el decoro de la familia Rivera era puramente

metafórico. Miguel y Maximina fueron á casa de la desposada, que era un

cuarto tercero de la misma calle del Baño, sin vistas á la calle.

Enrique lo había alquilado de acuerdo con su novia, y lo había alhajado

poquito á poco, llevando todos los días, como un jilguero, su pajita en

el pico; un día el aparador, otro la mesa, otro dos sillas de rejilla,

más adelante algunas docenas de platos y así sucesivamente. El nido

resultaba pobre y pequeñito, pero agradable como todo lo que es nuevo y

arreglado por y para el amor.

Enrique no había mentido. No se veía ninguna dama ni caballero de

levita, exceptuando el padrino, que traía una, bien atrasadilla por

cierto. En cambio las buenas mujeres que allí estaban y chulas

lindísimas, ostentaban en su traje un lujo pintoresco muy grato de ver:

ricos mantones de Manila floreados de mil colores, extendidos casi hasta

el suelo; encima la mantilla de encaje ó de felpa; zapatos de charol

descotados; en las orejas largos pendientes de perlas; en los dedos

enormes sortijas de diamantes. El peinado de todas era casi idéntico;

partido por el medio, moño atrás empingorotado y sortijillas en las

sienes. Los hombres vestían en su mayoría chaqueta y sombrero de ala

ancha; pero había bastantes toreros, amigos todos del novio, y éstos

llevaban chaquetillas bien ceñidas de terciopelo ó paño fino, según su

categoría en el arte, pantalón ajustado y camisa bordada con grandes

brillantes en la pechera.

No había ningún individuo de la familia más que Miguel. Julita, que por

éste lo había sabido, hubiera querido ir; pero se lo prohibió su madre.

Enrique no invitó tampoco á los amigos de su clase por la razón que

había dado á Maximina, esto es, por no avergonzarlos.

Cuando la esposa de Miguel se presentó oyóse un murmullo de respeto y

simpatía entre los convidados. Los hubo entre ellos tan finos, que hasta

se quitaron el sombrero. Manolita, que entre paréntesis, estaba preciosa

con su trajecito negro de merino y mantilla de terciopelo, al verla

entrar quedó confusa como si fuese la reina, y se dirigió á ella

temblando y ruborizada.

--Señorita... mucho le agradezco... ¿Cómo sigue usted?

¿Pero no habíamos quedado en que Manolita era una chula desgarrada, y

temible si las hay? dirán los lectores. Pues ahí verán ustedes. La mayor

parte de estas chulas son en el fondo, siguiendo la expresión vulgar,

unas infelices. La cáscara es lo único terrible que hay en ellas.

Lo raro en este caso es que Maximina estaba tan colorada y confusa como

ella. En vez de entonarse ó afectar un continente protector, como muchas

harían al verse entre gente plebeya, nuestra niña parecía que acababa de

entrar en una asamblea de príncipes.

Púsose en marcha la comitiva hacia San José. Pero antes que se nos

olvide diremos que entre los convidados se hallaba el diestro José

Calzada (a) el _Cigarrero_, con su cuadrilla, de la cual, por desgracia,

faltaba el simpático Baldomero. El matador de toros estrechó con respeto

la mano da Maximina, y ésta, que había derramado lágrimas cuando Miguel

le describió la muerte del Serranito, le demostró en la mirada, más que

con las palabras, la simpatía que su noble conducta le inspiraba.

Manolita le presentó también á su padre, aquel pavoroso cíclope que ya

conocemos, el cual, por fortuna, aún no había tenido tiempo de

emborracharse. Para saludarla se despojó del sombrero, que bien pesaría

media arroba, y dejó escapar una serie de gruñidos tan odiosos, que la

esposa de Miguel quedó helada de espanto.

La casa de la calle del Baño estaba toda en conmoción con aquella boda.

El cortejo de los novios hacía un ruido infernal por la escalera. Las

vecinas abrían sus puertas para verlos pasar. En la calle la gente

también se paraba y se oían las voces de «¡una boda! ¡una boda!» y las

preguntas de los transeúntes:

--¿Quiénes son?--preguntaba un viejo tendero.

--Una lechera que se casa con un señorito: mírelo usted, es aquel que va

delante--contestaba una chula parada delante de la tienda.

--¿Y la novia?

--Aquella que va allí en el medio de todos con una señorita.

--¡Hermosa pieza! Tiene gusto el señorito. Yo me casaría lo mismo con

ella.

--¡Aja! ¡Misté qué gracia!

--Y contigo también, barbiana.

--¡Ay, que me muero! Buen hombre, perro nuevo y perro viejo, nunca han

hecho buen trebejo.

--Señorita--le decía en tanto Manolita á su madrina,--nunca podré

pagarle el favor que me hace. ¡Razón tenía Enrique en deshacerse en

elogios de usted!

--¡Oh! Por Dios, no me llame usted señorita. Yo soy su prima. Quisiera

que usted me tutease.

--¡Eso nunca! Lo que voy á pedirle por favor es que cuando estemos en

casa, me deje darle una docena de besos.

Maximina sonrió apretando la mano de la chula con afecto.

El cura bendijo la unión de los novios en la sacristía: después pasaron

á la iglesia y oyeron misa y comulgaron.

Cuando salieron á la calle, eran ya las ocho bien sonadas. La comitiva

había engrosado notablemente. Pasarían de sesenta las personas que

rodeaban á los desposados. Como en el cuarto de la calle del Baño no

podía tomar chocolate tanta gente, ya se había decidido días antes que

fuesen al café de Cervantes, que está cerca de la iglesia. Allí

entraron, en efecto, y casi lo ocuparon por completo. Las conversaciones

se animaron de tal manera, que al poco rato, apenas se oía nadie.

Enrique, rojo por la emoción, se sentó en una mesa con Miguel y empezó á

desahogar su pecho con notable verbosidad.

--Ya sé yo, Miguel, que podría casarme con una señorita; pero ¿sabes

tú? á mí no me ha dado nunca por las señoritas. Dicen que es que no

tengo conversación. Podrá ser. Vamos á ver, Miguelillo, ¿no vale más mi

flamenca que todas las señoritas de alfeñique que van á la Castellana? Y

además, sabe trabajar, lo que no sabe ninguna de esas cursis; y sabe

vivir con dos pesetas al día; y sabe ponerse un pañolito en la cabeza,

¿entiendes? y plantarse en la plaza de la Cebada donde las legumbres son

más baratas. Y cuando vayamos al teatro no necesito llevarla á un palco

ni á las butacas; con un par de paraísos vemos la función y quedamos tan

contentos. Y si hace falta, ella misma se guisa la comida; y no necesito

andar con ella todo el día del brazo haciendo visitas. ¡Al pelo, chico!

Mira, yo ahora que estoy en activo, vengo á tener unos cuarenta y tres

duros de paga. El cuarto me cuesta siete. Quedan treinta y seis.

¡Vivimos, Miguelillo, vivimos! Mi madre me prometió además ayudarme: me

dará los garbanzos y el chocolate, y alguna cosita por debajo de cuerda,

¿sabes? Tenemos puesto el cuarto, ¡buen trabajo me ha costado! Hace

cerca de un año que no tomo café, ni voy al teatro, ni fumo más que

pitillos; todo por ahorrar para los dichosos muebles. ¡Hombre, con

decirte que he tirado con un sombrero todo el año, y que he compuesto

unas botas tres veces! Pero todo lo hacía con gusto por mi chulilla, que

vale un Perú. ¡Mírala, mírala qué ojazos nos echa!

Era tan comunicativa la alegría de Enrique, que Miguel siempre estaba

contento á su lado.

Este muchacho le había hecho pensar muchas veces que para ser feliz en

el mundo bastaba creérselo.

Aún no habían concluido de tomar chocolate, cuando se abrieron las

puertas del café y penetraron seis ó siete menestrales, que formaban con

instrumentos de metal una horrísona y fementida murga, la cual entonó

acto continuo un vals ó cosa así. Pues en vez de escapar y refugiarse en

la buhardilla, aquella gente la recibió como si fuese la Sociedad de

Conciertos, y se puso á acompañar el vals con la boca y con las

cucharillas, que el mismo diablo no pararía allí.

Maximina se levantó, no por el ruido, sino porque estaba impaciente por

su niño, que acaso ya tendría hambre. Manolita la miró con ojos tímidos

como recordándole su promesa. La esposa de Miguel la abrazó y la besó

tiernamente, diciéndole al oído:

--Irá usted por casa á conocer á mi chico, ¿verdad?

Cuando marido y mujer salieron del café iban contentos.

Escuchando de lejos el ruido de la murga y los cánticos, exclamó Miguel:

--¡Qué boda tan feliz la de estos muchachos! No se pronunciarán brindis

ni se leerán poesías.

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Maximina(#40810) · 第 32 / 53 题