EN estos mismos días fué cuando Enrique tomó la
determinación de «arrastrar por el lodo el honor y el decoro de su
familia.» Al efecto, se personó una tarde en casa de Miguel y le
comunicó su proyecto advirtiéndole, con lágrimas en los ojos, que su
intención no era arrastrar cosa alguna y mucho menos el honor de la
familia, sino cumplir lealmente el compromiso que había contraído y la
palabra que había dado á Manolita.
--Soy caballero, Miguel. Yo no puedo faltar decentemente á esa chica.
Ponte en mi caso. Bien comprendo que mi familia tiene razón para
oponerse á este matrimonio. Pero te juro que no es mi ánimo arrastrar su
decoro. ¿Por qué había de arrastrarlo? ¿Qué gusto había de tener yo en
arrastrarlo, vamos á ver?
--Es claro; tú no debes de tener ningún motivo de resentimiento con el
decoro de tu familia.
--¡Naturalmente!
Después, algo remolón y acobardado, le confesó que traía una
pretensión, la cual costó mucho trabajo hacerle desembuchar.
Al fin, á fuerza de ruegos, declaró que, si Maximina le hacía el honor
de ser la madrina de su boda, se consideraría el ser más dichoso del
universo. Después de haberlo dicho le pesó. Y viendo que Miguel quedaba
pensativo, se puso tan afligido, que arrojó el sombrero contra el suelo
y comenzó á llamarse bruto y á mesarse los cabellos.
--¿Qué es eso, Enrique, te has vuelto loco? Por mi parte no hay
inconveniente en que lo sea. Pídeselo á ella, y si te lo concede está
hecho.
--No; yo no se lo pido. Manolita es una chica honrada, pero de una clase
muy humilde. Todos los que vayan á la boda van á ser también hijos del
pueblo... gentuza, ¿sabes, chico? Hay que decir las cosas por su nombre.
Tu mujer no querrá estar allí, y con razón.
Miguel se levantó de su asiento, asomóse á la puerta y gritó:
--¡Maximina!
Al instante se presentó la niña.
--Enrique te viene á suplicar que seas madrina de su boda. ¿Aceptas la
invitación?
--¡Oh! ¿Conque te casas, al fin? Pues ya lo creo que tendré mucho gusto
en ser madrina.
El semblante de Enrique se iluminó como si en aquel punto estuviese
mirando desfilar todos los ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones
del cielo. Mas poniéndose repentinamente serio y enfurruñado:
--No, Maximina; tú no puedes ser madrina. Á mi matrimonio no irán
personas de tu clase.
La niña le miró asombrada.
--¿De mi clase?
--Sí; allí no irán más que mujeres del pueblo; pescaderas, fruteras,
taberneras, etc.
--¿Y qué importa que vaya quien vaya? Seré madrina si tú me quieres.
¿Soy yo por ventura alguna princesa?
--¡Lo que eres tú, un ángel!--exclamó Enrique poniéndose loco en el
mismo instante. Para dar testimonio de ello, echó el sombrero al alto
como antes lo había arrojado contra el suelo: acto continuo, se lanzó al
aire en su seguimiento, haciendo tres ó cuatro piruetas portentosas:
abatiéndose de pronto, tomó las manos de Maximina y comenzó á besarlas
con frenesí.
--Me dispensarás este arranque, ¿verdad, Miguel? Tienes una mujer mejor
que si fuese de oro y brillantes.
--Ya lo creo. ¿Qué iba á hacer yo con una mujer de oro y brillantes?
--Hombre, no seas material; es un decir. Maximina, todo él mundo habla
bien de ti... hasta mi hermana Eulalia, que es cuanto se puede imaginar.
Pero nadie sabe bien lo que vales. En cuanto mate otra vez, te brindo el
toro.
--¡No, Enrique, no!--dijo la chica riendo.
La cara de aquél volvió á oscurecerse.
--Es verdad, un toro muerto por mí vale poca cosa. Pero te aseguro que
he de conseguir, ó poco he de poder, que Lagartijo, el mismo Lagartijo,
te lo brinde en una corrida de abono.
--No lo decía por eso, sino porque yo no voy nunca á las corridas de
toros.
--¿Qué, no te lleva Miguel? ¡Valiente sin vergüenza! No tengas cuidado,
hija: déjalo de mi cuenta, que para la primera corrida no os ha de
faltar un palco ó cuando menos dos delanteras de grada.
El padrino designado para acompañar á Maximina fué un capitán de
caballería, antiguo compañero del novio.
--Sentiría que no fuese de tu agrado, madrina. (Desde aquel momento
hasta el fin de sus días Enrique no volvió á llamar otra cosa á la
esposa de Miguel.) Porque aunque es un hombre notabilísimo, es bastante
_peña_, ¿sabes?
--No entiendo...
Miguel se echó á reír.
--Que no le gusta el trato de las señoras.
--¡Ah! bueno--replicó la niña,--procuraré no molestarle.
--¡Qué has de molestar tú, lucero de la mañana--exclamó Enrique
volviendo á ponerse loco,--si vale más oirte á ti hablar que á Tamberlik
el credo del _Poliuto_! Lo que yo siento es que él no sepa decir esta
boca es mía.
El día señalado fué un miércoles, y la hora las siete de la mañana.
Amaneció hermoso y espléndido. En las calles de Madrid no se veía pizca
de lodo. El que ensució el decoro de la familia Rivera era puramente
metafórico. Miguel y Maximina fueron á casa de la desposada, que era un
cuarto tercero de la misma calle del Baño, sin vistas á la calle.
Enrique lo había alquilado de acuerdo con su novia, y lo había alhajado
poquito á poco, llevando todos los días, como un jilguero, su pajita en
el pico; un día el aparador, otro la mesa, otro dos sillas de rejilla,
más adelante algunas docenas de platos y así sucesivamente. El nido
resultaba pobre y pequeñito, pero agradable como todo lo que es nuevo y
arreglado por y para el amor.
Enrique no había mentido. No se veía ninguna dama ni caballero de
levita, exceptuando el padrino, que traía una, bien atrasadilla por
cierto. En cambio las buenas mujeres que allí estaban y chulas
lindísimas, ostentaban en su traje un lujo pintoresco muy grato de ver:
ricos mantones de Manila floreados de mil colores, extendidos casi hasta
el suelo; encima la mantilla de encaje ó de felpa; zapatos de charol
descotados; en las orejas largos pendientes de perlas; en los dedos
enormes sortijas de diamantes. El peinado de todas era casi idéntico;
partido por el medio, moño atrás empingorotado y sortijillas en las
sienes. Los hombres vestían en su mayoría chaqueta y sombrero de ala
ancha; pero había bastantes toreros, amigos todos del novio, y éstos
llevaban chaquetillas bien ceñidas de terciopelo ó paño fino, según su
categoría en el arte, pantalón ajustado y camisa bordada con grandes
brillantes en la pechera.
No había ningún individuo de la familia más que Miguel. Julita, que por
éste lo había sabido, hubiera querido ir; pero se lo prohibió su madre.
Enrique no invitó tampoco á los amigos de su clase por la razón que
había dado á Maximina, esto es, por no avergonzarlos.
Cuando la esposa de Miguel se presentó oyóse un murmullo de respeto y
simpatía entre los convidados. Los hubo entre ellos tan finos, que hasta
se quitaron el sombrero. Manolita, que entre paréntesis, estaba preciosa
con su trajecito negro de merino y mantilla de terciopelo, al verla
entrar quedó confusa como si fuese la reina, y se dirigió á ella
temblando y ruborizada.
--Señorita... mucho le agradezco... ¿Cómo sigue usted?
¿Pero no habíamos quedado en que Manolita era una chula desgarrada, y
temible si las hay? dirán los lectores. Pues ahí verán ustedes. La mayor
parte de estas chulas son en el fondo, siguiendo la expresión vulgar,
unas infelices. La cáscara es lo único terrible que hay en ellas.
Lo raro en este caso es que Maximina estaba tan colorada y confusa como
ella. En vez de entonarse ó afectar un continente protector, como muchas
harían al verse entre gente plebeya, nuestra niña parecía que acababa de
entrar en una asamblea de príncipes.
Púsose en marcha la comitiva hacia San José. Pero antes que se nos
olvide diremos que entre los convidados se hallaba el diestro José
Calzada (a) el _Cigarrero_, con su cuadrilla, de la cual, por desgracia,
faltaba el simpático Baldomero. El matador de toros estrechó con respeto
la mano da Maximina, y ésta, que había derramado lágrimas cuando Miguel
le describió la muerte del Serranito, le demostró en la mirada, más que
con las palabras, la simpatía que su noble conducta le inspiraba.
Manolita le presentó también á su padre, aquel pavoroso cíclope que ya
conocemos, el cual, por fortuna, aún no había tenido tiempo de
emborracharse. Para saludarla se despojó del sombrero, que bien pesaría
media arroba, y dejó escapar una serie de gruñidos tan odiosos, que la
esposa de Miguel quedó helada de espanto.
La casa de la calle del Baño estaba toda en conmoción con aquella boda.
El cortejo de los novios hacía un ruido infernal por la escalera. Las
vecinas abrían sus puertas para verlos pasar. En la calle la gente
también se paraba y se oían las voces de «¡una boda! ¡una boda!» y las
preguntas de los transeúntes:
--¿Quiénes son?--preguntaba un viejo tendero.
--Una lechera que se casa con un señorito: mírelo usted, es aquel que va
delante--contestaba una chula parada delante de la tienda.
--¿Y la novia?
--Aquella que va allí en el medio de todos con una señorita.
--¡Hermosa pieza! Tiene gusto el señorito. Yo me casaría lo mismo con
ella.
--¡Aja! ¡Misté qué gracia!
--Y contigo también, barbiana.
--¡Ay, que me muero! Buen hombre, perro nuevo y perro viejo, nunca han
hecho buen trebejo.
--Señorita--le decía en tanto Manolita á su madrina,--nunca podré
pagarle el favor que me hace. ¡Razón tenía Enrique en deshacerse en
elogios de usted!
--¡Oh! Por Dios, no me llame usted señorita. Yo soy su prima. Quisiera
que usted me tutease.
--¡Eso nunca! Lo que voy á pedirle por favor es que cuando estemos en
casa, me deje darle una docena de besos.
Maximina sonrió apretando la mano de la chula con afecto.
El cura bendijo la unión de los novios en la sacristía: después pasaron
á la iglesia y oyeron misa y comulgaron.
Cuando salieron á la calle, eran ya las ocho bien sonadas. La comitiva
había engrosado notablemente. Pasarían de sesenta las personas que
rodeaban á los desposados. Como en el cuarto de la calle del Baño no
podía tomar chocolate tanta gente, ya se había decidido días antes que
fuesen al café de Cervantes, que está cerca de la iglesia. Allí
entraron, en efecto, y casi lo ocuparon por completo. Las conversaciones
se animaron de tal manera, que al poco rato, apenas se oía nadie.
Enrique, rojo por la emoción, se sentó en una mesa con Miguel y empezó á
desahogar su pecho con notable verbosidad.
--Ya sé yo, Miguel, que podría casarme con una señorita; pero ¿sabes
tú? á mí no me ha dado nunca por las señoritas. Dicen que es que no
tengo conversación. Podrá ser. Vamos á ver, Miguelillo, ¿no vale más mi
flamenca que todas las señoritas de alfeñique que van á la Castellana? Y
además, sabe trabajar, lo que no sabe ninguna de esas cursis; y sabe
vivir con dos pesetas al día; y sabe ponerse un pañolito en la cabeza,
¿entiendes? y plantarse en la plaza de la Cebada donde las legumbres son
más baratas. Y cuando vayamos al teatro no necesito llevarla á un palco
ni á las butacas; con un par de paraísos vemos la función y quedamos tan
contentos. Y si hace falta, ella misma se guisa la comida; y no necesito
andar con ella todo el día del brazo haciendo visitas. ¡Al pelo, chico!
Mira, yo ahora que estoy en activo, vengo á tener unos cuarenta y tres
duros de paga. El cuarto me cuesta siete. Quedan treinta y seis.
¡Vivimos, Miguelillo, vivimos! Mi madre me prometió además ayudarme: me
dará los garbanzos y el chocolate, y alguna cosita por debajo de cuerda,
¿sabes? Tenemos puesto el cuarto, ¡buen trabajo me ha costado! Hace
cerca de un año que no tomo café, ni voy al teatro, ni fumo más que
pitillos; todo por ahorrar para los dichosos muebles. ¡Hombre, con
decirte que he tirado con un sombrero todo el año, y que he compuesto
unas botas tres veces! Pero todo lo hacía con gusto por mi chulilla, que
vale un Perú. ¡Mírala, mírala qué ojazos nos echa!
Era tan comunicativa la alegría de Enrique, que Miguel siempre estaba
contento á su lado.
Este muchacho le había hecho pensar muchas veces que para ser feliz en
el mundo bastaba creérselo.
Aún no habían concluido de tomar chocolate, cuando se abrieron las
puertas del café y penetraron seis ó siete menestrales, que formaban con
instrumentos de metal una horrísona y fementida murga, la cual entonó
acto continuo un vals ó cosa así. Pues en vez de escapar y refugiarse en
la buhardilla, aquella gente la recibió como si fuese la Sociedad de
Conciertos, y se puso á acompañar el vals con la boca y con las
cucharillas, que el mismo diablo no pararía allí.
Maximina se levantó, no por el ruido, sino porque estaba impaciente por
su niño, que acaso ya tendría hambre. Manolita la miró con ojos tímidos
como recordándole su promesa. La esposa de Miguel la abrazó y la besó
tiernamente, diciéndole al oído:
--Irá usted por casa á conocer á mi chico, ¿verdad?
Cuando marido y mujer salieron del café iban contentos.
Escuchando de lejos el ruido de la murga y los cánticos, exclamó Miguel:
--¡Qué boda tan feliz la de estos muchachos! No se pronunciarán brindis
ni se leerán poesías.
[imagen decorativa]
[imagen decorativa]