CIUDADANOS: El grito de libertad dado en Cádiz resuena
ya en todos los ámbitos de la Península. Estad orgullosos, ciudadanos,
estad orgullosos de llamaros liberales: el sol de la libertad ha roto al
fin la niebla de la tiranía que le tuvo empañado largos siglos, y
aparece más esplendoroso que nunca, pronto á borrar las huellas
malhadadas de una raza funesta y espuria...»
Estas y otras razones muy semejantes gritaba el hirsuto Marroquín desde
uno de los balcones de la redacción de _La Independencia_, rodeado de
hasta media docena de banderas rojas, desencajado el rostro por la
emoción y las manos temblorosas. Á su lado veíanse los de algunos de sus
compañeros, pálidos también, aunque no tanto. Hacia ellos se volvía á
menudo el orador demandando asentimiento, que generosamente le otorgaban
todos, murmurando por lo bajo al final de cada período: ¡Bravo! ¡bravo!
y otras exclamaciones que infundían nuevo y poderoso aliento en el
exprofesor para seguir arengando á las masas. Escuchábanle éstas con la
boca abierta desde las estrecheces de la calle del Lobo, y con sus voces
y palmoteo también le animaban. Cuando se le agotaron, por fin, las
metáforas astronómicas y no tuvo más que decir, recogiendo todas sus
fuerzas gritó con voz estentórea:
--Ciudadanos: ¡Viva la libertad!
--¡Vivaaa!
--¡Viva el pueblo soberano!
--¡Vivaaa!
Y dió por terminado su discurso, retirándose del balcón. Una voz gritó
desde la calle:
--¡Abajo los consumos!
--¡Abajooo!
La comitiva se puso en marcha de nuevo. No tardó en agregarse á ella
Marroquín con todos sus compañeros, llevando enarbolado un descomunal
estandarte azul donde se leía con letras doradas: _Abolición inmediata
del culto y clero_.
Todo era jarana, bulla y regocijo aquel día, 30 de Septiembre, en la
capital de las Españas. Las músicas recorrían las calles tocando himnos
patrióticos; los balcones todos (ya se guardaría muy bien de faltar
ninguno) ostentaban colgaduras multicolores; las campanas de los templos
volteaban con fingido júbilo; en las calles principales se levantaban
apresuradamente arcos triunfales para recibir á los vencedores de
Alcolea, emigrados y mártires de la revolución; numerosas
manifestaciones pacíficas discurrían por la ciudad parándose á cada
instante para escuchar la voz de todos los oradores más ó menos
improvisados. La en que iba Marroquín no era la menos nutrida y
entusiasta. De sus proezas tuvo noticias Miguel por su antiguo profesor
D. Juan Vigil, el capellán del colegio de la Merced, con quien topó á
los pocos días en la calle.
--Ya habéis triunfado, ¡barájoles! Bien sabe Dios que no me pesa por ti
y otros buenos amigos que tengo metidos en la danza. Lo único que siento
son los excesos, ¿sabes? los excesos contra nuestra santa madre la
Iglesia... Por delante de casa pasó el puerco de Marroquín al frente de
una porción de canalla. Ya vi que tú no ibas allí, y te doy la
enhorabuena por no mezclarte con semejante gentuza... Llevaba un
cartelón donde decía: _Abajo el culto y clero_: se paró delante del
colegio y comenzó á levantar el pendón gritando como un becerro: «¡Muera
el clero!» «¡Abajo las aves nocturnas!» Yo estaba detrás de la persiana,
y ¡barájoles, me entraron unas ganas de bajar á la calle y darle cuatro
mocadas á ese cerdo!...
Miguel no pudo reprimir una sonrisa, recordando los mojicones que en
otro tiempo le había propinado Marroquín á él; y para que el cura no
cayese en el motivo de la risa, se apresuró á decir:
--¿No se acuerda usted, D. Juan, de la paliza que me dió un día por
haber gritado á la hora de recreo «¡Viva Garibaldi?»
--Sí que me acuerdo; y tú no me la habrás agradecido, ¿verdad?
--Ni más ni menos.
--¡Eso es! ¡Desvívase usted por inculcar á sus discípulos las sanas
ideas de religión y moral, enderece usted sus pasos por la senda de la
virtud, corrija usted con mano paternal sus demasías, para que después
que son hombres no le den las gracias siquiera por sus desvelos!
--No riñamos por eso, D. Juan: todo aquello lo agradezco en el alma;
pero los palos, por paternales que ellos sean, no me los harán nunca
agradecer, así me hagan cuartos.
--Bien está, y no se hable más del asunto: la más grande recompensa de
mis cuidados es verte hombre formal y bien quisto en la sociedad....
Pero hablando de otra cosa: tú no sabes el susto que me ha dado el otro
día ese diablo de Brutandór. Iba yo por la calle de Alcalá abajo, con
propósito de ver la entrada de los caudillos de la libertad (como ahora
decís), acompañado del mayordomo y dos discípulos, cuando entre la
comitiva, y arrellanado en una carretela donde iban dos generales con
gran uniforme, veo á mi Brutandór saludando á la gente como si fuese un
emperador... ¡Ave María Purísima! dije santiguándome. Casi no quería
creer á mis propios ojos. Ya yo sabía que politiqueaba ese gaznápiro y
aun que embadurnaba algunos artículos en los periódicos, aunque siempre
me figuré que serían tan suyos como las composiciones que tú le sacabas
en la cátedra; pero ¿cuándo podía imaginar que me lo había de ver hecho
un personaje importante pasando por debajo de los arcos triunfales como
si viniera de conquistar las Galias ó vencer á los Escythas? ¡Y que no
iba finchado el bodoque, balanceándose en la carretela, como si toda su
vida hubiera andado en ella!
--Siempre ha sido usted injusto con Mendoza, don Juan. Cosas más
portentosas le quedan aún por ver.
--Lo creo, no me lo jures. Si son éstos los hombres con que contáis para
regenerar el país, lo he de ver pronto convertido en jigote.
Y maldiciendo de la gloriosa revolución, y despreciando en Brutandór á
todos sus muñidores, despidióse amistosamente, no obstante, de Miguel,
por el cual nunca había dejado de sentir predilección.
Poco se había curado éste del movimiento revolucionario, aunque
figurase como un adepto decidido de las doctrinas democráticas. El
cuidado interior de su espíritu, que comenzaba á cultivar entregándose
sin tasa á la lectura, y la vida doméstica absorbían demasiado su
atención para no consagrar á la política solamente una parte pequeña de
sus fuerzas. El mismo periódico cuyo gobierno había tomado con ilusión,
concluyó por fatigarle. Las eternas polémicas, la fraseología empalagosa
de los artículos de fondo, causáronle tedio pronto, y ansiaba el momento
de dejarlo y entregarse de lleno á otros trabajos más serios y útiles.
En su vida doméstica era feliz; mas no al modo que había imaginado
serlo. Porque pensaba antes de casarse que el amor y las felices
expansiones que él trae consigo habían de llenar por entero su
existencia, sin que le quedase tiempo ni deseos para ocuparse en otra
cosa. Y al ver que el amor ocupaba en su vida un lugar como accesorio ó
secundario y que seguían preocupándole otros asuntos, tanto los que se
referían á su vida exterior como los tocantes á sus estudios y
meditaciones; que un contratiempo leve le entristecía y cualquier
palabra malsonante le irritaba como antes; que muchas veces volvía del
café excitado por alguna discusión y no eran bastante las caricias de su
esposa para calmarle, él mismo se sorprendía y confesaba que otra mayor
influencia y alcance concedía al matrimonio. La misma Maximina tenía que
sufrir algunas veces el mal humor que otros le causaban fuera. Cuando su
genio se hallaba templado para irritarse, cualquier pequeña
contradicción bastaba para ello, y aun sintiendo la injusticia que
cometía, no por eso dejaba de reprender á su esposa cuando el aseo de su
cuarto, ó de su ropa ó cualquier otra menudencia por el estilo no estaba
tan á punto como quisiera. Verdad es que en cuanto veía asomar las
lágrimas á los ojos de aquélla, todo se turbaba y se lanzaba acto
continuo á besarla y abrazarla. Y como á Maximina, así que sentía los
labios de su marido en el rostro, se le borraban como por ensalmo todas
las penas, el resultado era que sus reyertas (si este nombre puede darse
cuando el uno riñe y el otro calla) duraban siempre pocos minutos. En
resolución, que nuestro héroe padecía del mal que en los niños suele
llamarse _mimos_, ó lo que es igual, que avezado á ver á su esposa
constantemente dulce, cariñosa, sumisa, no se le ocurría siquiera que
podía ser de otro modo, y no sabía apreciar, por lo mismo, en lo que
valía aquella paz y suave calor del hogar tras de los cuales tantos
hombres corren en vano.
Maximina, en cambio, gozaba de una felicidad casi celestial. La
presencia de su esposo, del cual cada día estaba más enamorada, bastaba
para mantenerla en un estado de dicha que rebosaba de sus ojos y se
traslucía en todas sus palabras y movimientos. Cuando estaba en casa
apenas apartaba de él la vista. Le seguía con disimulo á todas las
habitaciones, y ponía empeño en verle hasta cuando se lavaba y vestía.
Miguel la embromaba por esta persecución: algunas veces, cuando estaba
de mal humor, le decía:
--Vamos, déjame que voy á arreglarme.
Y hacía ademán de cerrar la puerta. Pero ella respondía con ojos tan
suplicantes:
--¡Por Dios, no me eches de tu cuarto, Miguel!
Que no podía menos de sonreir, y tomándola de la mano, la sentaba en una
silla como á una niña, diciéndole:
--Bien está; pero no te muevas de ahí.
Cuando estaba fuera de casa, ni un instante se le apartaba de la
imaginación: cuanto hablaba con las criadas, directa ó indirectamente
siempre venía á referirse á él. Si mandaba limpiar los cristales era
para que _él_ no advirtiese que estaban empañados; si leía en el libro
de cocina era para aprender algún plato que á _él_ le gustase; la ropa
que cosía era la de _él_, y de _él_ era la cadena que limpiaba con
polvos, y el pañuelo de seda que mandaba lavar á la doncella, y las
camisas que enviaba á componer, porque ella no se creía con méritos para
hacer competencia al camisero, no por falta de voluntad.
Las únicas nubecillas que cruzaban por el cielo de su dicha eran los
inmotivados enojos de su marido, los cuales se repetían demasiado.
Alguna vez le dijo llorando:
--¡Me lo daba el corazón por la mañana, porque hacía ya cinco días que
no me reñías!
Miguel, enternecido, como siempre, al verla llorar, la acariciaba, y
todo volvía á su habitual serenidad y contento.
Sin embargo, una nube pasó de mayor tamaño y más negra que las otras. Y
fué que en el cuarto segundo de la misma casa vivía la condesa viuda de
Montilla con dos hijas de veintitrés y veinticuatro años
respectivamente, seis y siete, por lo tanto, más que Maximina. Las
tarjetas, los saludos en la escalera y las sonrisas al balcón trajeron
consigo las visitas, y éstas una muy fina amistad entre las chicas y la
joven esposa. Eran aquéllas, si no lindas, bastante agraciadas por lo
menos. La primera, Rosaura, una morena de facciones abultadas y ojos
negros y hermosos, aunque un poco saltones; la segunda, Filomena, era
delgadísima, de tez pálida, ojos verdes, de mirar extraño y malicioso, y
cabellos rubios cenicientos. Había en esta muchacha cierta desenvoltura
impropia de su sexo y educación, que caía en gracia á los hombres aún
más que su figura. Con ésta gustaba Miguel de mantener conversaciones un
tanto resbaladizas y se recreaba en ver con qué serenidad y desenfado
salía la muchacha del atolladero y cuánto ingenio mostraba al retorcer
las frases y darles el significado que ella apetecía. Y dicho se está
que, siendo la ocasión peligrosa, algunas veces se les tienen ido los
pies á ambos cayendo en procacidades de mal gusto. Maximina, cuando
comenzaba uno de semejantes tiroteos, solía marcharse al balcón con
Rosaura. Aunque sonreía, no dejaban de repugnarle. Cuando se quedaba á
solas con su marido nada decía; pero en el modo de mentar á Filomena se
percibía que no la profesaba grande estima.
--Pues á pesar de sus atrevimientos--solía decir Miguel--y de sus
modales hombrunos, es una buena muchacha... mejor, á mi entender, que su
hermana.
Maximina callaba por no contradecirle, aunque pensaba cosa muy distinta.
Un vago sentimiento de celos, del cual ella misma no se daba entera
cuenta, contribuía también á hacérsele antipática.
Así estaban las cosas cierto día en que Miguel, arrellanado en una
butaca de su despacho, escuchaba tranquilamente á Maximina que, sentada
á sus pies en un taburete y reclinando la espalda en sus rodillas, le
leía _Las aventuras del escudero Marcos de Obregón_, escritas por
Vicente Espinel. Mientras la niña leía, jugaba él con la trenza de sus
cabellos, que traía suelta en casa por darle gusto. Tal lectura no debía
de ser muy del gusto de Maximina, á juzgar por el modo perezoso y
distraído que tenía de arrastrar la voz. Las novelas que le gustaban no
eran estas en que todo lo que pasaba era vulgar y prosaico, sino otras
cuyo enredo y aventuras extraordinarias picasen su curiosidad. Casi
todos los libros que su marido le daba á leer le producían cansancio y
sueño, sorprendiéndose no poco de que él los alabase y dijese pestes, en
cambio, de los que á ella le placían. Acababa de leer un capítulo
terriblemente pesado para ella, cuando, volviendo de repente la cabeza y
fijando en él sus ojos con expresión entre inocente y maliciosa, le
preguntó:
--¿Te gusta esto?
--Muchísimo.
--Ya lo presumía. Cuando á mí no me gusta un libro siempre me digo
ahora: ¡qué bueno debe de ser!
Pronunció estas palabras con tal ingenuidad y resignación tan graciosa,
que su marido, riendo á carcajadas, le tomó la cabeza entre las manos y
se la besó con entusiasmo. La niña, halagada por esta caricia, comenzó
alegremente la lectura de otro capítulo.
Á la mitad de él estaría, poco más ó menos, cuando se interrumpió
súbitamente, dejando escapar un ¡ay! reprimido y de singular entonación
que sorprendió á Miguel. Se incorporó y pudo ver el rostro de su esposa
enteramente rojo y reflejando un gozo casi místico.
--¿Qué te pasa?
--Acabo de sentir dentro de mí... así como una cosa...
--¿Qué cosa?--dijo él, adivinando perfectamente lo que era.
--Así como si un pie pequeñito me rozase suavemente.
--¿Y por qué no ha de ser el pie de tu hijo?
--¡Oh, Miguel! ¿Será?...
--Nada tiene de particular; has llegado ya al medio tiempo.
Maximina no quiso leer más; arrojó el libro sobre una silla y se puso de
rodillas delante de su esposo. Comenzaron á charlar con viveza del
_niño_.
--Oyes, ¿y por qué ha de ser niño y no niña?--dijo él.
--Porque yo quiero que sea niño.
--Pues yo quiero que sea niña y se parezca á ti... Pero hazme el favor
de levantarte, porque si viene cualquier criada y te sorprende en esa
postura, es muy ridículo...
--No, no; no quiero una mocosita fea que se parezca á mí. Quiero un
niño, ¿lo oyes? un niño grande y robusto.
En aquel momento escucharon pasos al lado de la puerta, como Miguel se
temía, y una voz que no era de ninguna criada preguntó:
--¿Se puede entrar?
Maximina se puso en pie de un brinco.
--Adelante.
Entró Filomena en traje de levantar, con los cabellos en estudiado
desgaire y el cuerpo sumergido, si vale la expresión, en una magnífica
bata de seda azul adornada de encajes blancos. Nunca había podido lograr
Miguel que su mujer se vistiera en casa de aquel modo elegante y
suntuoso. La pobre chica no sabía más que ponerse los trajes que ya no
le servían, porque le causaba pena, según decía, vestirse una prenda
nueva para entrar y salir en la cocina.
--Me parece que he venido á estorbar--dijo la joven, fijando una mirada
maliciosa en el rostro turbado y rojo de Maximina.
--No, no; de ningún modo--contestó ésta, turbándose mucho más.
--Con los recién casados hay que andarse con mucho tiento... Y eso que
ustedes no son de los más pegajosos. He entrado sin llamar porque las
criadas han dejado la puerta abierta... Pero si estorbo me marcho...
Conozco hace tiempo el onceno mandamiento.
Aquel tono ligero y un tantico desvergonzado maravillaba y hería cada
día más á nuestra provinciana.
--Al contrario: en este momento nos estábamos acordando de usted--dijo
Miguel en el mismo tono ligero y festivo, á propósito para que no se le
creyese.
--Hombre, ¿qué me cuenta usted?--repuso ella con ironía.--Pues he
venido--añadió, sentándose en una butaca y poniendo una pierna sobre
otra--á preguntar á usted si deja ir á Maximina con nosotras á la
apertura del Real. Tenemos palco...
Aquélla hizo una mueca á su marido para que negase el permiso; pero
éste, ó porque no quisiera ó no se atreviese á tanto, respondió:
--Mil gracias... Allá ella.
Filomena dirigió la vista á Maximina, y ésta, sin fuerzas para negarse ó
dar cualquier disculpa, hizo un gesto ambiguo que la hija de la condesa
interpretó como asentimiento.
--Bueno; á las ocho en punto pasaremos á recogerla. Usted puede ir al
palco también si quiere... ó puede aprovechar la ocasión para irse á
tunantear por ahí.
--¡Filomena, por Dios!
--¡Sí, sí, buenos son ustedes! La que se fíe está fresca.
Y levantándose se puso á enredar con la plegadera, el pisapapeles y
todos los objetos que halló sobre la mesa, entre ellos un cajón de
cigarros puros.
--Á ver qué cigarros fuma usted... ¡Hombre, qué pequeñitos y qué cucos!
¿Son flojos?
--Bastante.
--Pues va usted á ver cómo sé fumar también.
Y sin aguardar más, tomó un puro y le cortó con los dientes la punta.
Miguel le entregó riendo un fósforo encendido.
--Tengo la cabeza muy firme--manifestó dirigiendo una mirada atrevida á
Miguel.
Pero á los cuatro chupetones arrojó el cigarro, diciendo:
--¡Jesús, qué cigarros tan detestables fuma usted! Sabe á cordobán.
--¡Hipocritilla! ¡Lo que sabe es á mareo!
Filomena se encogió de hombros y empezó á recorrer con la vista los
libros de la biblioteca, nombrándolos en voz alta:
--_Obras de Moliere..._ _Descartes: Discurso sobre el método..._ ¿El
método de qué?... Gil Blas de Santillana. ¡Uf, qué pesado es este libro!
No he podido llegar á la mitad. ¿No tiene usted ninguna novela de
Octavio Feuillet?... Pues tiene usted muy mal gusto... _Platón:
Diálogos._ _Goethe: Fausto._ Me llevo este libro, Miguel, porque no
conozco más que la ópera y me interesa mucho el argumento... _Stuart
Mill: Lógica..._ _Santo Tomás: Theodicea._ _Lope de Vega: Comedias..._
_Balzac: Fisiología del matrimonio..._ Este libro lo he leído yo: tiene
observaciones muy finas y muy exactas... ¿No lo ha leído usted,
Maximina?
Ésta la miró consternada.
--Es uno de los pocos libros que Miguel me ha prohibido leer.
Filomena clavó la vista en éste y sonrió de un modo particular como
diciendo: «Ya te entiendo».
Después, repentinamente, con la viveza y desenfado que imprimía á todos
sus movimientos, dejó la librería, abrió la puerta de la sala y penetró
en ella. Maximina y Miguel la siguieron. Sentóse al piano y comenzó á
teclear fuertemente una polka. Antes de concluirla se levantó y se
dirigió al entredós, donde había dos grandes macetas de flores, y
sumergió en ellas repetidas veces el rostro, aspirando con delicia su
fragancia.
--¡Oh, qué hermosas flores! ¿Las han comprado ustedes?
--Me las ha mandado mi cuñada Julia.
--Voy á hacerle á usted un ramo--dijo Miguel.
--No; es lástima estropear una maceta.
--No se estropea; voy á hacerle un _bouquet_ chiquito. Maximina, tráeme
un poco de hilo y unas tijeras.
La niña fué por lo que se le pedía y se lo entregó gravemente sin decir
palabra. Después fué á sentarse en el sofá, y desde allí contempló la
factura del ramo.
Mientras ésta se llevaba á cabo, Miguel y Filomena no dejaban de
tirotearse jugando del vocablo con sobrada libertad por parte de ella, y
no mucho respeto por parte de él. Maximina atendía á lo que decían, sin
quizá comprender una palabra; pero la expresión de sus dulces ojos iba
siendo cada vez más grave y reflexiva. Al terminar, Miguel le entregó
con sonrisa galante el ramo. Ella lo recibió con otra sonrisa graciosa.
--Por este rasgo de galantería le perdono todas las inconveniencias que
me ha dicho. ¡Caramba, ya son las once!--dijo consultando el reloj que
había delante del espejo.--¡Y mamá que me mandó subir en un verbo!
Adiós, Miguel; hasta luego, Maximina.
Y salió como un cohete de la habitación, y abrió ella misma la puerta de
la casa y la cerró. La mirada escrutadora y un si es no es burlona que
dirigió á Maximina al salir, probaba que algo se le alcanzaba de lo que
en aquel momento pasaba por su espíritu.
La niña había hecho ademán de levantarse; pero al ver la presteza con
que Filomena huía, tornó á sentarse y quedó con los brazos caídos, la
cabeza baja y los ojos en el suelo. Miguel la miró con el rabillo del
ojo, y comprendiendo perfectamente lo que aquella actitud significaba,
no quiso, sin embargo, dar su brazo á torcer hasta después de un rato.
--¿Qué tienes?--dijo acercándose y sentándose á su lado.
--Nada--respondió levantando á él sus dulces ojos nublados de lágrimas.
--¡Oh, qué tonta! ¿Celos de esa casquivana?
--No, no tengo celos--respondió la niña esforzándose por sonreir,--sino
que me ha dado ahora una pena sin saber por qué... ¡Era tan feliz hace
un momento!
--¡Y lo mismo lo eres ahora, aprensiva!--dijo abrazándola.--¿No es
verdad que lo eres?... Díme que sí... Unas cuantas bromas con esa
chicuela desvergonzada ¿bastarían para destruir tu felicidad? Eso no
tiene sentido común...
Pocas más palabras necesitó para desvanecer la penosa impresión de su
mujer, la cual, limpiándose los ojos, exclamó con voz temblorosa
arrancada del corazón:
--¡Si supieras, Miguel, lo que te quiero!
Después de reconciliados, salieron ambos de la sala cogidos por la
cintura.
[imagen decorativa]
[imagen decorativa]