D. Bernardo se dejó caer otra vez.

--¡Ni una palabra sobre Enrique!--dijo extendiendo el brazo con imperio.

Miguel se sintió herido por aquella soberbia, y dijo con ironía:

--¿Qué? ¿Ha decidido usted borrarlo de la memoria de los hombres?

El señor de Rivera le dirigió una mirada fría y altiva, que Miguel

resistió con la misma altivez y frialdad. Volvió de nuevo á colocarse

sobre las paralelas, y comprendiendo que se había conducido con poca

cortesía, dijo con bastante trabajo, pues el paseo gimnástico le

producía un fuerte resuello:

--Enrique es un mentecato. Después de haberme matado á disgustos toda la

vida, quiere terminar su carrera deshonrando á su familia.

--Yo tenía entendido que sólo deshonra á su familia el que comete alguna

vileza... Pero, en fin, puesto que usted no quiere, no hablemos de

Enrique. Es mayor de edad y ya él sabrá lo que ha de hacer.

Dijo estas últimas palabras con la intención de prevenirle, para lo

futuro. D. Bernardo no contestó. Bajóse de las paralelas, y después de

tomar aliento, subióse otra vez y comenzó á ejecutar el paseo de la

rana. Por no marcharse repentinamente, Miguel entabló conversación,

diciendo:

--Le veo un poco desmejorado desde la última vez, tío.

--¡Sí!--respondió suspendiendo el paseo y quedando á horcajadas sobre

las barras de madera.--¡Pues aún me verás mucho más! No como nada.

--¿Padece usted del estómago?

El caballero se quedó un instante inmóvil con los ojos extáticos, y dijo

con acento de profunda melancolía:

--¡Padezco del alma!

Y emprendió de nuevo y furiosamente el ejercicio.

Nunca Miguel había escuchado de labios de su tío una palabra que se

refiriese á sus sentimientos íntimos. Para él había sido, en este

respecto, un hombre de madera. Así que, al oir aquella tierna confesión,

se quedó como si viese visiones. Y juzgando que era Enrique la causa de

sus pesadumbres, aunque no hubiese razón para disgustarse, todavía le

compadeció sinceramente.

--Siento que sea Enrique, á quien tanto quiero, la causa de sus penas...

pero tiene usted otros dos hijos que le proporcionan muchas

satisfacciones.

--No, Miguel, no es eso... Enrique me ha causado algunos disgustos...

pero el que ahora siento viene de más hondo.

Miguel se puso á discurrir de dónde vendría, y quiso imaginar que

pudiera ser alguna pérdida ó menoscabo en su hacienda. D. Bernardo se

bajó, arrimóse para descansar á una de las barras y se pasó el pañuelo

por la frente sudorosa, dando un profundo suspiro. Después tomó unas

bolas de hierro y comenzó á abrir y cerrar los brazos con la gravedad

que imprimía á todos sus actos. Al cabo de un rato de silencio, que el

sobrino no osaba interrumpir por más que la curiosidad le picase, el

anciano caballero dejó las pesas en el suelo, y dirigiéndose á él con

los ojos fijos y abiertos como un espectro, le dijo roncamente:

--Cuarenta años hace que me he casado... ¡Cuarenta años calentando á mi

pecho una víbora! Al fin su veneno se ha infiltrado en mi sangre y

moriré de la mordedura.

Miguel no entendió ó no quería entender aquellas palabras extrañas. Sin

embargo, dijo:

--Yo siempre pensé que era usted feliz en su matrimonio.

--¡Lo era, Miguel! Lo era porque tenía una venda sobre los ojos.

¡Pluguiera á Dios que no me hubiese caído!... Hubo un día en mi vida, tú

lo sabes bien, en que, arrastrando el decoro de nuestra familia por el

suelo, descendí hasta dar la mano á una mujer de muy diversa condición

que la mía. Por este inmenso sacrificio, ¿no te parece que esa mujer

debiera besar el polvo que yo pisase?... Pues bien, esa mujer es una

Mesalina.

--¡Tío!

--Mejor dicho, una Agripina.

--¡Pero al cabo de cuarenta años, cuando mi tía Martina es ya una

anciana venerable!

--Eso hace aún más asqueroso su crimen.

--¿No estará usted obcecado, tío?

--Me ha costado trabajo persuadirme; pero ya no me cabe duda alguna.

--Deploro en el alma su disgusto; pero permítame usted que dude

todavía...

--¿Sabes quién es el infame que ha ultrajado mi nombre?--dijo el señor

de Rivera avanzando y metiéndole la voz por el oído.--¡También he

calentado esa víbora á mis pechos!

--¿Quién?

--¡Facundo!... ¡Mi fraternal amigo Facundo!

--¡El Sr. Hojeda!

--Ni una palabra más--manifestó extendiendo su brazo con majestad.--Eres

individuo de mi familia; estás casado, y te he comunicado mi secreto

para prevenirte. Una espantosa catástrofe se cierne sobre nuestras

cabezas.

--¡Pero tío!...

--Ni una palabra más.

D. Bernardo se agarró acto continuo á las anillas, levantó con energía

los pies é hizo la _sirena_. Miguel salió del gabinete convencido de

que, si no estaba loco ya, andaba muy próximo á la locura.

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Maximina(#40810) · 第 21 / 53 题