JULITA visitaba á menudo á sus hermanos; pero su
presencia no era para ellos tan amena como antes. El carácter de la
joven habíase modificado notablemente en los últimos tiempos. Rara vez
soltaba ya la llave á aquella risa franca y comunicativa que causaba el
hechizo de cuantos la oían; ni su conversación ofrecía el donaire y
sabor picante que tenía pendientes á todos de sus labios. Se había
vuelto más reservada y comedida: la sonrisa que brotaba de vez en cuando
á su boca era melancólica: se había hecho irritable y susceptible: en el
espacio de pocos días tuvo tres reyertas con su hermano por motivos bien
livianos, cosa que antes muy rara vez solía acontecer.
--¡Qué lástima, Julita!--exclamó Miguel al fin de una de ellas.--Vas
sacando el genio de mamá.
Hasta en su aspecto físico había experimentado algún cambio, y no
favorable. Las rosas de sus mejillas habían empalidecido un poco; los
ojos estaban guardados por un azulado círculo que, si les daba más
realce, les quitaba también en parte aquella expresión, dulce y
picaresca á la vez, que los caracterizaba.
Todas estas cosas habían observado Miguel y Maximina, y se las
comunicaron entre sí repetidas veces con tristeza; pero una sobre todo
les llamó la atención, y fué asunto de largos comentarios entre ellos; y
era la antipatía invencible que Julia mostraba hacia su primo D.
Alfonso, y el afán con que procuraba sacarle á plaza en la conversación,
con el exclusivo objeto de denigrarle. No había defecto que el caballero
andaluz no tuviese para nuestra chica, complaciéndose en enumerarlos y
ponderarlos todos con escrupulosa atención. En este punto todos los días
hacía un nuevo descubrimiento que se apresuraba á traer á sus hermanos.
Una vez era que se había comprado una partida crecida de corbatas, por
lo cual le declaraba en su concepto por hombre despilfarrado; otra se
burlaba de él con inusitada crueldad por la batería de perfumes que
tenía en su tocador; otras veces le motejaba de haragán, de no abrir
jamás un libro; otras de rizarse el bigote con tenacillas; otras de
grosero por no acompañarlas en el paseo. Pero lo que más le indignaba y
ponía fuera de sí era que se retirase constantemente á las dos, á las
tres y á las cuatro de la madrugada, y que dos ó tres veces lo hubiese
hecho ya de día.
--¿Qué hace ese hombre después que sale del teatro? ¿Dónde se mete? Más
vale no pensar en ello. ¡De todos modos es asqueroso! ¡repugnante!
--Mal está--respondió Miguel;--pero no hay motivo para disgustarse
tanto. Tu madre le ha convidado á pasar una temporada en su casa. Con no
volver á admitirle en ella, está concluído.
Nada contestaba Julia á esto; pero al día siguiente volvía dando rodeos
á poner á su primo sobre el tapete, ó, por mejor decir, sobre la picota.
--¿Sabes que me parece que Julia está enamorada de Alfonso?--dijo
Maximina á su esposo una noche al tiempo de acostarse.
--Á mí también--respondió Miguel frunciendo el entrecejo,--y lo deploro,
porque Saavedra es un hombre sin corazón y vicioso, que no se casará con
ella, y si se casa la hará desgraciada... Y lo peor de todo es--añadió
después de una pausa--que mamá está tan enamorada como ella. Ayer he
querido hacerle una indicación sobre la inconveniencia de tenerle tanto
tiempo en casa, y me atajó con una de esas salidas arrebatadas é
impertinentes que ella suele tener; de modo que me quitó la gana de
tocarle más este punto, y eso que lo creo muy necesario.
Hubo un momento de silencio, y Maximina exclamó:
--¡Pobre Julia!
--Sí, pobre Julia. Dios quiera que no tengas que decirlo con más razón
que ahora.
En el par de meses que D. Alfonso pasó en Madrid, se divirtió cuanto le
fué posible. Su nombre, su figura, su dinero y la fama de espadachín,
que contrastaba gratamente con su carácter suave y apacible, le dieron
entrada en la sociedad más selecta. Sus camaradas fueron inmediatamente
los jóvenes á la moda, y las casas que frecuentaba las más
aristocráticas de la corte. En la de su tía, lejos de hacer gala de
esto, jamás decía dónde iba ni de dónde venía, ni mentaba en la
conversación ningún episodio por el que se adivinase. Ponía, al
contrario, particular cuidado en no hablarles de la alta sociedad, que
ellas no frecuentaban, á fin de evitarles esta pequeña humillación, que
para ciertas mujeres suele ser á veces dolorosa. Era el mismo caballero
respetuoso hasta el extremo con su tía, afable y galante con su prima,
dejando no obstante entrever en sus actos cierta frialdad orgullosa, que
es la cualidad más adecuada para triunfar con las damas.
Una noche, al entrar en el teatro, Julia vió á su primo en el palco de
una duquesa célebre en aquella época por su belleza y discreción, tanto
como por sus conquistas. La actitud en que ambos estaban, retirados en
el fondo é inclinados el uno hacia el otro hasta tocarse casi con las
caras, la sonrisa insinuante de él y el gozo vanidoso que expresaba el
rostro de ella, todo hizo tal efecto en la niña, que por un momento
temió caerse, y sólo á duras penas pudo llegar á las butacas, donde
madre é hija se sentaron. Repuesta de aquella sorpresa dolorosa, se
dijo:--¡Pero qué tontería! ¿Por qué siento tal impresión, si no tengo
absolutamente nada con él? Y aunque fuese mi novio, ¿qué tendría de
particular que hablase con esa señora?--Saavedra les hizo en aquel
momento un saludo gracioso con la mano. Julia respondió con una sonrisa
forzada. La duquesa se volvió para ver á quién saludaba su amigo, y fijó
los gemelos de un modo impertinente en aquélla. Julia, al sentir sobre
sí la mirada, se puso tan seria que daba miedo verla. Y con el rabillo
del ojo observó que la duquesa, dejando los gemelos, se inclinó hacia su
primo y le dijo algunas palabras, á las cuales respondió éste mirando
hacia ella de nuevo. En seguida la dama le dijo otras cuantas palabras
con sonrisa medio burlona, que provocaron en Saavedra otra sonrisa fría
y un gesto de displicencia.--Esa mujer le acaba de hablar de mí--pensó
Julita, y se estremeció al ver el gesto de don Alfonso. Una ráfaga
cálida de ira le abrasó el rostro, y arrojándoles una mirada fiera y
despreciativa, murmuró:--¡Hablad lo que queráis; ya veréis lo que me
ocupo yo de vosotros!»--Y en toda la noche no volvió, ni por
casualidad, á entornar los ojos hacia el palco. En el intermedio entre
el segundo y tercer acto, Saavedra vino á saludarlas, y se sentó detrás
de ellas en una butaca desocupada. Un joven pálido con gafas vino por
delante á hacer lo mismo, y se sentó en otra butaca. Julia los presentó
á ambos con gran desembarazo:--Mi primo Alfonso Saavedra... El Sr.
Hernández del Pulgar.--Después estuvo jovial y graciosa como nunca. La
plática versó sobre el drama que se estaba representando, que era
tremebundo y aciago como pocos de la escuela romántica. Julita hizo la
parodia de las escenas más conmovedoras con no poca crueldad.
--Me pone nerviosa ese señor que tiene hipo y siempre está diciendo que
se va á pegar un tiro. Me alegraría que se lo pegase pronto, y nos
dejase en paz. ¡Ay, qué fatiga! No le envidio el novio á esa señorita
tan sabihonda, tan antipática. Lo único que tiene envidiable es la
facilidad para desmayarse. ¿Diga usted, Hernández, cómo se llama aquel
señor tan furioso, que sin pasarle nada siempre está dado á Barrabás!
--D. Marcelino... Lo que yo no entiendo es por qué Mercedes rechaza á
Fernando luego que se muere su padre.
--Hombre, porque el tener novio no es de luto rigoroso. ¡Y qué va á
hacer esa señorita sin padre ni madre ni can que la ladre? Morirse,
¡como si lo viera!... Diga usted, ¿qué hacen D.ª Elvira y D. Marcelino
metidos tanto tiempo en un cuarto solos?
Los jóvenes soltaron una carcajada y se miraron con malicia.
--¡Niña! ¿qué tonterías estás ensartando ahí?--dijo la brigadiera con
acritud.
Julita se ruborizó comprendiendo que había ido demasiado lejos; pero no
renunció á mostrarse alegre y expansiva, con una afectación que no se le
escapó á D. Alfonso ni á su madre tampoco. Hernández del Pulgar se
marchó encantado de su amabilidad y su gracia.
En el tercer acto, Saavedra tornó á colocarse al lado de la Duquesa, sin
que Julita pareciese haberlo observado siquiera. Al salir del teatro
llovía, y D. Alfonso las acompañó hasta dejarlas en un coche de punto.
Cuando llegó á casa, media hora después que ellas, encontró á Julia
tomando una taza de tila en el comedor.
Al encontrarse sus ojos, D. Alfonso sonrió, no muy claramente. Julita se
puso fuertemente colorada. La sonrisa de D. Alfonso decía: «Ya sé por
qué tomas esa tila». Los colores de Julita clamaban á voz en cuello:
«¡Me has cogido infraganti!»
Á la entrada del verano Saavedra resolvió irse á pasar una temporada con
su madre para después tornarse á París. Julia escuchó la noticia con
indiferencia; hasta se puso á cantar poco después unas malagueñas al
piano, dejando á su madre y primo conversar acerca del viaje. La
brigadiera le rogaba que lo demorase algunos días. D. Alfonso se
defendía suave, pero firmemente, alegando que se lo tenía ofrecido á su
madre y que ya le había señalado el día en que debía llegar á Sevilla.
Obstinábase la brigadiera en instarle, como mujer poco avezada á que le
llevasen la contraria, y D. Alfonso no menos en resistir, como hombre
cuyas resoluciones, aunque expresadas blandamente, eran siempre
irrevocables. De pronto Julia interrumpió su canto y su solfeo, y
volviéndose á medias dijo en tono seco y malhumorado:
--Mamá, le estás molestando. ¡Déjalo ya!
--No me voy por mi gusto, Julia--repuso D. Alfonso con
dulzura.--Demasiado sabes que en ninguna parte lo paso yo mejor que
aquí; y que al lado de la tía Angela y al tuyo no echo de menos nada;
pero tengo deberes que cumplir con mamá, y tengo que hacer en Sevilla.
Julia escuchó estas palabras vuelta de espalda y se puso de nuevo á
tocar y cantar sin responder palabra.
El día señalado por D. Alfonso para irse era un miércoles. Los dos ó
tres que precedieron á su marcha Julia se mostró risueña é indiferente
como antes; pero el círculo que rodeaba á sus ojos era más negro y
dilatado. De vez en cuando se quedaba con ellos fijos en el vacío.
Saavedra tenía resuelto marcharse por la mañana en un tren mixto, con el
fin de pasar el día en Aranjuez con un amigo que allí tenía casa de
campo. Levantóse, pues, de madrugada, y después de arreglarse dió los
últimos toques al equipaje. Su tía se levantó también para despedirle y
prevenirle además algunas viandas. Pero Julia no dió cuenta de sí y
permaneció cerrada en su cuarto, con enojo de la brigadiera, que la
había llamado para que despidiese al viajero. Aprovechando un momento en
que aquélla estaba ocupada en el comedor, Saavedra se deslizó con
disimulo hasta el cuarto de su prima, levantó el pestillo suavemente y
entreabrió la puerta. Julia estaba en el lecho. Sus ojos se clavaron con
asombro en el intruso.
--¿A qué vienes?--dijo frunciendo la frente con severidad--¡Vete, vete
pronto! ¡Esto es una cosa muy fea!...
Pero D. Alfonso, sin hacer caso, penetró tranquilamente en la estancia y
dijo con tono humilde:
--Venía á decirte adiós, prima.
--Adiós--contestó la niña secamente y bajando los ojos al embozo de la
cama.
D. Alfonso avanzó, y tomándole osadamente el rostro entre las manos y
estampando en él un beso, dijo al mismo tiempo:
--A pesar de tanto desaire y tanta severidad, yo sé que me quieres...
La niña, confusa y encolerizada al mismo tiempo por aquella acción
atrevida y por aquellas palabras, exclamó:
--¡No, no te quiero! ¡Mientes!... ¡Vete ahora mismo!
--Me quieres, y yo te quiero á tí--respondió D. Alfonso con gran sosiego
acariciándole el rostro.
--¡Tonto, necio, presuntuoso!--gritó la niña cada vez más colérica.--No
te quiero, pero si te quisiera, bastaría esto para que te aborreciese.
¡Vete!
--No soy necio y presuntuoso, Julia. Confieso humildemente que me muero
por ti.
--¡Muérete cuando quieras, pero vete! ¡Vete ahora mismo, ó grito!
--No te apures más. Me voy--dijo él sonriendo;--me voy, pero ahí te
queda mi corazón. Te escribiré en cuanto llegue á Sevilla.
Salió del cuarto y cerró. Quedóse un instante inmóvil y entreabrió de
nuevo suavemente la puerta para mirar. Julia estaba vuelta de espalda y
sollozando, con el rostro metido entre las sábanas.
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