XII

JULITA visitaba á menudo á sus hermanos; pero su

presencia no era para ellos tan amena como antes. El carácter de la

joven habíase modificado notablemente en los últimos tiempos. Rara vez

soltaba ya la llave á aquella risa franca y comunicativa que causaba el

hechizo de cuantos la oían; ni su conversación ofrecía el donaire y

sabor picante que tenía pendientes á todos de sus labios. Se había

vuelto más reservada y comedida: la sonrisa que brotaba de vez en cuando

á su boca era melancólica: se había hecho irritable y susceptible: en el

espacio de pocos días tuvo tres reyertas con su hermano por motivos bien

livianos, cosa que antes muy rara vez solía acontecer.

--¡Qué lástima, Julita!--exclamó Miguel al fin de una de ellas.--Vas

sacando el genio de mamá.

Hasta en su aspecto físico había experimentado algún cambio, y no

favorable. Las rosas de sus mejillas habían empalidecido un poco; los

ojos estaban guardados por un azulado círculo que, si les daba más

realce, les quitaba también en parte aquella expresión, dulce y

picaresca á la vez, que los caracterizaba.

Todas estas cosas habían observado Miguel y Maximina, y se las

comunicaron entre sí repetidas veces con tristeza; pero una sobre todo

les llamó la atención, y fué asunto de largos comentarios entre ellos; y

era la antipatía invencible que Julia mostraba hacia su primo D.

Alfonso, y el afán con que procuraba sacarle á plaza en la conversación,

con el exclusivo objeto de denigrarle. No había defecto que el caballero

andaluz no tuviese para nuestra chica, complaciéndose en enumerarlos y

ponderarlos todos con escrupulosa atención. En este punto todos los días

hacía un nuevo descubrimiento que se apresuraba á traer á sus hermanos.

Una vez era que se había comprado una partida crecida de corbatas, por

lo cual le declaraba en su concepto por hombre despilfarrado; otra se

burlaba de él con inusitada crueldad por la batería de perfumes que

tenía en su tocador; otras veces le motejaba de haragán, de no abrir

jamás un libro; otras de rizarse el bigote con tenacillas; otras de

grosero por no acompañarlas en el paseo. Pero lo que más le indignaba y

ponía fuera de sí era que se retirase constantemente á las dos, á las

tres y á las cuatro de la madrugada, y que dos ó tres veces lo hubiese

hecho ya de día.

--¿Qué hace ese hombre después que sale del teatro? ¿Dónde se mete? Más

vale no pensar en ello. ¡De todos modos es asqueroso! ¡repugnante!

--Mal está--respondió Miguel;--pero no hay motivo para disgustarse

tanto. Tu madre le ha convidado á pasar una temporada en su casa. Con no

volver á admitirle en ella, está concluído.

Nada contestaba Julia á esto; pero al día siguiente volvía dando rodeos

á poner á su primo sobre el tapete, ó, por mejor decir, sobre la picota.

--¿Sabes que me parece que Julia está enamorada de Alfonso?--dijo

Maximina á su esposo una noche al tiempo de acostarse.

--Á mí también--respondió Miguel frunciendo el entrecejo,--y lo deploro,

porque Saavedra es un hombre sin corazón y vicioso, que no se casará con

ella, y si se casa la hará desgraciada... Y lo peor de todo es--añadió

después de una pausa--que mamá está tan enamorada como ella. Ayer he

querido hacerle una indicación sobre la inconveniencia de tenerle tanto

tiempo en casa, y me atajó con una de esas salidas arrebatadas é

impertinentes que ella suele tener; de modo que me quitó la gana de

tocarle más este punto, y eso que lo creo muy necesario.

Hubo un momento de silencio, y Maximina exclamó:

--¡Pobre Julia!

--Sí, pobre Julia. Dios quiera que no tengas que decirlo con más razón

que ahora.

En el par de meses que D. Alfonso pasó en Madrid, se divirtió cuanto le

fué posible. Su nombre, su figura, su dinero y la fama de espadachín,

que contrastaba gratamente con su carácter suave y apacible, le dieron

entrada en la sociedad más selecta. Sus camaradas fueron inmediatamente

los jóvenes á la moda, y las casas que frecuentaba las más

aristocráticas de la corte. En la de su tía, lejos de hacer gala de

esto, jamás decía dónde iba ni de dónde venía, ni mentaba en la

conversación ningún episodio por el que se adivinase. Ponía, al

contrario, particular cuidado en no hablarles de la alta sociedad, que

ellas no frecuentaban, á fin de evitarles esta pequeña humillación, que

para ciertas mujeres suele ser á veces dolorosa. Era el mismo caballero

respetuoso hasta el extremo con su tía, afable y galante con su prima,

dejando no obstante entrever en sus actos cierta frialdad orgullosa, que

es la cualidad más adecuada para triunfar con las damas.

Una noche, al entrar en el teatro, Julia vió á su primo en el palco de

una duquesa célebre en aquella época por su belleza y discreción, tanto

como por sus conquistas. La actitud en que ambos estaban, retirados en

el fondo é inclinados el uno hacia el otro hasta tocarse casi con las

caras, la sonrisa insinuante de él y el gozo vanidoso que expresaba el

rostro de ella, todo hizo tal efecto en la niña, que por un momento

temió caerse, y sólo á duras penas pudo llegar á las butacas, donde

madre é hija se sentaron. Repuesta de aquella sorpresa dolorosa, se

dijo:--¡Pero qué tontería! ¿Por qué siento tal impresión, si no tengo

absolutamente nada con él? Y aunque fuese mi novio, ¿qué tendría de

particular que hablase con esa señora?--Saavedra les hizo en aquel

momento un saludo gracioso con la mano. Julia respondió con una sonrisa

forzada. La duquesa se volvió para ver á quién saludaba su amigo, y fijó

los gemelos de un modo impertinente en aquélla. Julia, al sentir sobre

sí la mirada, se puso tan seria que daba miedo verla. Y con el rabillo

del ojo observó que la duquesa, dejando los gemelos, se inclinó hacia su

primo y le dijo algunas palabras, á las cuales respondió éste mirando

hacia ella de nuevo. En seguida la dama le dijo otras cuantas palabras

con sonrisa medio burlona, que provocaron en Saavedra otra sonrisa fría

y un gesto de displicencia.--Esa mujer le acaba de hablar de mí--pensó

Julita, y se estremeció al ver el gesto de don Alfonso. Una ráfaga

cálida de ira le abrasó el rostro, y arrojándoles una mirada fiera y

despreciativa, murmuró:--¡Hablad lo que queráis; ya veréis lo que me

ocupo yo de vosotros!»--Y en toda la noche no volvió, ni por

casualidad, á entornar los ojos hacia el palco. En el intermedio entre

el segundo y tercer acto, Saavedra vino á saludarlas, y se sentó detrás

de ellas en una butaca desocupada. Un joven pálido con gafas vino por

delante á hacer lo mismo, y se sentó en otra butaca. Julia los presentó

á ambos con gran desembarazo:--Mi primo Alfonso Saavedra... El Sr.

Hernández del Pulgar.--Después estuvo jovial y graciosa como nunca. La

plática versó sobre el drama que se estaba representando, que era

tremebundo y aciago como pocos de la escuela romántica. Julita hizo la

parodia de las escenas más conmovedoras con no poca crueldad.

--Me pone nerviosa ese señor que tiene hipo y siempre está diciendo que

se va á pegar un tiro. Me alegraría que se lo pegase pronto, y nos

dejase en paz. ¡Ay, qué fatiga! No le envidio el novio á esa señorita

tan sabihonda, tan antipática. Lo único que tiene envidiable es la

facilidad para desmayarse. ¿Diga usted, Hernández, cómo se llama aquel

señor tan furioso, que sin pasarle nada siempre está dado á Barrabás!

--D. Marcelino... Lo que yo no entiendo es por qué Mercedes rechaza á

Fernando luego que se muere su padre.

--Hombre, porque el tener novio no es de luto rigoroso. ¡Y qué va á

hacer esa señorita sin padre ni madre ni can que la ladre? Morirse,

¡como si lo viera!... Diga usted, ¿qué hacen D.ª Elvira y D. Marcelino

metidos tanto tiempo en un cuarto solos?

Los jóvenes soltaron una carcajada y se miraron con malicia.

--¡Niña! ¿qué tonterías estás ensartando ahí?--dijo la brigadiera con

acritud.

Julita se ruborizó comprendiendo que había ido demasiado lejos; pero no

renunció á mostrarse alegre y expansiva, con una afectación que no se le

escapó á D. Alfonso ni á su madre tampoco. Hernández del Pulgar se

marchó encantado de su amabilidad y su gracia.

En el tercer acto, Saavedra tornó á colocarse al lado de la Duquesa, sin

que Julita pareciese haberlo observado siquiera. Al salir del teatro

llovía, y D. Alfonso las acompañó hasta dejarlas en un coche de punto.

Cuando llegó á casa, media hora después que ellas, encontró á Julia

tomando una taza de tila en el comedor.

Al encontrarse sus ojos, D. Alfonso sonrió, no muy claramente. Julita se

puso fuertemente colorada. La sonrisa de D. Alfonso decía: «Ya sé por

qué tomas esa tila». Los colores de Julita clamaban á voz en cuello:

«¡Me has cogido infraganti!»

Á la entrada del verano Saavedra resolvió irse á pasar una temporada con

su madre para después tornarse á París. Julia escuchó la noticia con

indiferencia; hasta se puso á cantar poco después unas malagueñas al

piano, dejando á su madre y primo conversar acerca del viaje. La

brigadiera le rogaba que lo demorase algunos días. D. Alfonso se

defendía suave, pero firmemente, alegando que se lo tenía ofrecido á su

madre y que ya le había señalado el día en que debía llegar á Sevilla.

Obstinábase la brigadiera en instarle, como mujer poco avezada á que le

llevasen la contraria, y D. Alfonso no menos en resistir, como hombre

cuyas resoluciones, aunque expresadas blandamente, eran siempre

irrevocables. De pronto Julia interrumpió su canto y su solfeo, y

volviéndose á medias dijo en tono seco y malhumorado:

--Mamá, le estás molestando. ¡Déjalo ya!

--No me voy por mi gusto, Julia--repuso D. Alfonso con

dulzura.--Demasiado sabes que en ninguna parte lo paso yo mejor que

aquí; y que al lado de la tía Angela y al tuyo no echo de menos nada;

pero tengo deberes que cumplir con mamá, y tengo que hacer en Sevilla.

Julia escuchó estas palabras vuelta de espalda y se puso de nuevo á

tocar y cantar sin responder palabra.

El día señalado por D. Alfonso para irse era un miércoles. Los dos ó

tres que precedieron á su marcha Julia se mostró risueña é indiferente

como antes; pero el círculo que rodeaba á sus ojos era más negro y

dilatado. De vez en cuando se quedaba con ellos fijos en el vacío.

Saavedra tenía resuelto marcharse por la mañana en un tren mixto, con el

fin de pasar el día en Aranjuez con un amigo que allí tenía casa de

campo. Levantóse, pues, de madrugada, y después de arreglarse dió los

últimos toques al equipaje. Su tía se levantó también para despedirle y

prevenirle además algunas viandas. Pero Julia no dió cuenta de sí y

permaneció cerrada en su cuarto, con enojo de la brigadiera, que la

había llamado para que despidiese al viajero. Aprovechando un momento en

que aquélla estaba ocupada en el comedor, Saavedra se deslizó con

disimulo hasta el cuarto de su prima, levantó el pestillo suavemente y

entreabrió la puerta. Julia estaba en el lecho. Sus ojos se clavaron con

asombro en el intruso.

--¿A qué vienes?--dijo frunciendo la frente con severidad--¡Vete, vete

pronto! ¡Esto es una cosa muy fea!...

Pero D. Alfonso, sin hacer caso, penetró tranquilamente en la estancia y

dijo con tono humilde:

--Venía á decirte adiós, prima.

--Adiós--contestó la niña secamente y bajando los ojos al embozo de la

cama.

D. Alfonso avanzó, y tomándole osadamente el rostro entre las manos y

estampando en él un beso, dijo al mismo tiempo:

--A pesar de tanto desaire y tanta severidad, yo sé que me quieres...

La niña, confusa y encolerizada al mismo tiempo por aquella acción

atrevida y por aquellas palabras, exclamó:

--¡No, no te quiero! ¡Mientes!... ¡Vete ahora mismo!

--Me quieres, y yo te quiero á tí--respondió D. Alfonso con gran sosiego

acariciándole el rostro.

--¡Tonto, necio, presuntuoso!--gritó la niña cada vez más colérica.--No

te quiero, pero si te quisiera, bastaría esto para que te aborreciese.

¡Vete!

--No soy necio y presuntuoso, Julia. Confieso humildemente que me muero

por ti.

--¡Muérete cuando quieras, pero vete! ¡Vete ahora mismo, ó grito!

--No te apures más. Me voy--dijo él sonriendo;--me voy, pero ahí te

queda mi corazón. Te escribiré en cuanto llegue á Sevilla.

Salió del cuarto y cerró. Quedóse un instante inmóvil y entreabrió de

nuevo suavemente la puerta para mirar. Julia estaba vuelta de espalda y

sollozando, con el rostro metido entre las sábanas.

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Maximina(#40810) · 第 23 / 53 题