Enrique había conseguido, por fin, abrazar el fantasma
divino de la gloria, en pos del cual tantos hombres corren en vano. Fué
en la plaza de Vallecas, el día de Nuestra Señora del Carmen. La
novillada se organizó en Madrid, para socorrer á ciertos pobres
inundados de la provincia de Valencia, y como era ya uno de los
aficionados obligados de esta clase de fiestas, se le invitó
galantemente á banderillear un toro, honor que él declinó. La comisión
se hizo cargo en seguida del motivo de esta renuncia. Después de hacer
algunos cálculos y combinaciones, le invitó de nuevo á estoquearlo, y
entonces no vaciló en aceptar, viendo á cubierto su dignidad. Hacía lo
menos un año que había tomado la alternativa.
Y fué, como ya hemos indicado, para gloria suya, tormento de sus
envidiosos y honra de la respetable familia á que pertenecía, por más
que otra cosa juzgase su digno jefe. Después de una brega un poco
movida, tuvo la suerte de matar el novillo de una soberbia estocada á
volapié, mojándose los dedos y entrando y saliendo limpio. El delirio de
palmas, cigarros y sombreros. Los aficionados taurómacos se disputaban
el honor de abrazarle. Fué conducido en triunfo hasta el coche y
victoreado hasta Madrid. Al día siguiente, los periódicos, haciendo la
revista de la novillada, le ponían sobre los mismos cuernos de la luna.
_El Tábano_, periódico severísimo, dedicado exclusivamente á la fiesta
taurina, le dijo que tenía _sangre_ y _vergüenza_, y este elogio, algo
brutal, sin saber por qué, le hizo tambalear de gozo. La noche pasóla en
vela y febril, pero acariciada el alma por mil ideas risueñas. Por la
mañana se dedicó á limpiar el estoque, y estando empleado en esta tarea
nobilísima, tuvo la satisfacción inefable de recibir la oreja del toro
por él inmolado, que le remitía la comisión en una bandeja de plata. El
criado, después de recibir una propina desusada, le dijo, el corazón
postrado de admiración:
--¡Qué gran volapié, señorito! ¡Ni el Tato!
--¡Phs! No hay que exagerar, querido, no hay que exagerar--respondió
Enrique, afectando modestia.--¡El Tato era un gran torero!
--Que le digo á usted que sí, señorito; el Tato no sale más limpio por
la cola. ¡Mire usted que yo sé lo que son toros! El señor Paco (que en
gloria esté) me lo tiene dicho muchas veces, viéndome llegar con el
caballo de la rienda hasta el mismo hocico del animal:--«Juanillo, hijo
mío, tú tienes sangre torera; dedícate al arte, que algo más sacarás que
limpiando botas y arreando los jacos en la plaza.»--¡Pero, señor Paco,
si tengo una señora que me arma un lío toítos los domingos porque me
pongo la blusa encarná». Pus mucho jabón, hijo. A las señoras, pa que
anden bien, hay que jabonarlas un día sí y el otro también.--¡Y que no
tenía razón el tío! Si yo hubiera seguido sus consejos, otra persona
sería... Yo fuí el que le di á usté la muleta cuando se le cayó. ¿No me
ha visto?
--Sí... No he reparado mucho; pero me parece haberte visto en la
plaza...
--¡Vaya! Si no es por mí que me he metío en los mismos cuernos, á D.
Ricardito le engancha ayer el segundo novillo... ¡Mal animal era aquél!
Como que ya le habían toreado en el pueblo, sigún me dijo el pastor. El
de usted, señorito, era un torete mu vivo, mu bravo y al mismo tiempo mu
valiente. La estocá resultó que ni pintá.
--¡Phs! regular, regular...
--Manífica, D. Enriquito, manífica. ¡Lástima que al pasarlo haya usté
bailado un poquirritiyo!
--¡Que yo he bailado!--exclamó Enrique poniéndose rojo.--Hombre, me
parece que entiendes tanto de toros como el forro de mis pantalones...
¡Pues no dice que yo he bailado!
La modestia, que sólo estaba prendida con alfileres, se le escapó de
pronto. El criado, visto el mal efecto de su crítica, quiso enmendarla.
--No, si la brega ha sido superior, señorito: un poco más movida ó un
poco menos, eso no vale na.
--Pues valga ó no valga, ya hemos hablado bastante, y no tengo más ganas
de oir simplezas...
Y abrió la puerta para dejarle paso, y en cuanto salió, la cerró con
estrépito, murmurando:
--¡El diablo del babieca! Lo del baile se lo habrá dicho Ricardito...
¡Más le valiera á ese morral tener vergüenza y no dejar que Felipe Gómez
parase los pies á su toro!
Y convencido plenamente de que la mancha caída en la honra de su émulo
no la borrarían todos los perfumes de la Arabia, quedó relativamente
tranquilo. La lectura de los periódicos y la presencia de la
ensangrentada oreja, mudo testimonio de su valor, concluyeron por
volverle toda la calma. Pero una cosa le preocupó en seguida, y fué la
manera que tendría de conservar aquel trofeo. Si la dejaba en tal
estado, no tardaría en pudrirse. ¿La metería en alcohol? Se le caerían
los pelos y quedaría convertida en un cartílago indecoroso. ¿La
disecaría? Necesitábase averiguar si era posible. Determinó llevársela
después de comer á Severini, el disecador de la Carrera de San Jerónimo.
En la mesa se habló de la novillada. D. Bernardo estaba ya enterado por
los periódicos de la proeza de su hijo, y aunque lisonjeado en el fondo
del alma por los aplausos que le tributaban, no dejó de mostrarse severo
y reprenderle, aunque no con tal acritud como otras veces.
--Vaya, vaya, Enrique, que sea la última vez que te exhibes en público
de ese modo. Ya sabes que no me gusta que un hijo mío, aun haciéndolo
bien, haga el papel de torero.
Enrique adivinó que su padre no estaba enfadado, y se confirmó en el
antiguo axioma de que el éxito feliz borra todas las culpas. Encendió un
cigarro, envolvió la sagrada oreja en un trapo, se la metió en el
bolsillo y salió á la calle enderezando sus pasos hacia el café
Imperial, esperando recibir allí nuevos plácemes de sus inteligentes
amigos, y disertar toda la tarde acerca de la novillada de Vallecas. De
paso contaba entrar en casa de Severini.
Serían las tres de la tarde y hacía bastante calor. Nuestro teniente
(porque había ascendido) caminaba por la calle del Baño vestido á la
última moda, levita inglesa abrochada, pantalón claro, bota de charol y
sombrero de copa puntiaguda. Había querido vestirse así y dejar el traje
chulesco que ordinariamente gastaba para dar más fuerza y relieve á su
portentosa estocada del día anterior. Caminaba lentamente, con la marcha
tranquila y presuntuosa de los hombres satisfechos de sí mismos,
dirigiendo miradas penetrantes á los transeuntes á ver si le reconocían,
y lanzando bocanadas de humo á los aires. Nunca se había hallado en tan
feliz situación de cuerpo y de espíritu.
A la puerta de una casa de vacas estaba una joven sentada con un libro
entre las manos. Enrique le dirigió una mirada al pasar, y las benévolas
disposiciones en que se encontraba respecto á todo ser viviente le
impulsaron á detenerse un instante y contemplarla con ojos risueños. La
muchacha levantó los suyos, que eran grandes y negros, con cierta
expresión entre fiera y maliciosa. Después de mirarle fijamente un buen
espacio, los convirtió de nuevo al libro con marcada indiferencia.
Enrique avanzó hasta colocarse frente á ella, y le dijo en tono
melifluo:
--¿Qué lee usted, hermosa?
La joven levantó de nuevo sus ojos y, examinándolo con atención algún
tiempo, respondió:
--_Memorias de cuatro pillos._
Y recalcó mucho la última palabra.
Enrique quedó un poco confuso; pero continuó inmóvil con la sonrisa en
los labios. La joven se enfrascó de nuevo en la lectura. Al cabo de un
rato volvió á levantar la vista, y le dijo con brío, en un tonillo
irónico donde se traslucía la irritación:
--Pase usted, caballero, pase usted.
--De mil amores, prenda--repuso Enrique entrando en la tienda y
colocándose en pie detrás de la chica.
Tornó ésta á mirarle con gesto altanero y le dijo muy seria:
--Hombre, me gusta usté por lo sinvergüenza.
--Y usted á mí por lo simpática.
--¡De veras! ¿Y desde cuándo?
--Desde la esquina, que la he visto á usted.
--¡Ay qué gracia! ¿Too eso sabía usté y se lo tenía callao?
--¿Pues á quién había de contárselo?
--A su abuela, hijo mío.
--No la tengo; la he perdido cuando era muy chiquitín.
--¡Qué mono!
--No; era más feo que ahora todavía.
--¿Y no lo enseñaba su papá en la feria?
--No me acuerdo. ¡Cáspita! ¿Tan feo me juzga usted?
--Pa qué le he de engañar... Como feo es usté más feo que azotar á un
Cristo.
--Manolita--gritó la frutera de enfrente,--¿desde cuándo te has echao
quitabrisas?
--Ahora mismito; ¿qué te paece?
--¿Se llama usted Manolita?--le preguntó Enrique.
--No, señor; me llamo Manuela.
--¡Qué saladísima y qué rica!
--¿Pus cuándo me ha probao usté?
Manolita era una chula en el porte, en el gesto, en el vestido, en el
acento de sus palabras y en todos sus ademanes; pero era una chula muy
linda, lo cual no es ningún milagro. Las hay como rosas de Alejandría
por esas calles de Dios. Era su rostro ovalado, de color blanco mate;
los ojos negros y rodeados de un leve círculo oscuro; negros también los
cabellos, y peinados con sortijillas en las sienes; blanca y menuda y
apretada la dentadura; la expresión de aquel conjunto grave y
desdeñoso, como conviene á toda chula que no esté tirada á los perros.
--¿Conque decía usté que se iba de paseo al instante?
Enrique no había dicho semejante cosa.
--Antes de irme quisiera que usted me diese un vasito de leche.
Manolita se alzó gravemente de la silla, dejó en ella el libro y se
dirigió al mostrador, y sin decir palabra llenó un vaso de leche, lo
colocó sobre un plato y fué á posarlo en una de las tres ó cuatro
mesillas de mármol que allí había. Mas al observar que Enrique no se
sentaba y permanecía inmóvil en medio de la tienda, siguiendo sin
pestañear todos sus movimientos, se detuvo repentinamente y le dijo con
aquel tonillo irónico que no se le caía de los labios:
--¿Es que se lo quiere usté beber en casa, cabayero?
--En casa no lo bebiera aunque me diesen cinco duros.
--¡Pus hijo, ni que fuera rejalgar! Vaya, lo echaremos otra vez en la
botija. No sea que se ponga usté malo y haya que mandar por la camilla
al hespital.
Y diciendo y haciendo se fué derecha á la botija; mas Enrique la detuvo.
--No he querido decir eso, hermosa. En casa sí me haría daño, pero
aquí... ¡Aquí se me hace todo gloria viéndola á usted!
--Señorito, usté necesita tila en vez de leche.
--¡Puede!... ¿Cuánto es esto?--añadió después de beber mirando risueño á
Manolita.
--Menos de una onza.
--¿Cuánto?
--Medio rial.
Sacó unas monedas del bolsillo y, al posarlas en la mano de la chula,
se sintió acometido súbitamente de una benevolencia vecina del
entusiasmo hacia ella. Para dar testimonio de este sentimiento tan
conforme con la esencia de la naturaleza humana y con el espíritu y
doctrina del Cristianismo, que nos manda amar á nuestros semejantes,
nuestro teniente no halló arbitrio mejor que darla un tierno abrazo
acompañado de un beso más tierno aún. Mas antes de llevar á cabo tan
plausible propósito, había echado una mirada cautelosa en torno para
cerciorarse de que nadie vendría á turbar aquel acto benéfico, y se le
habían erizado previamente los bigotes, como es costumbre en los buenos
perros ratoneros. Una vez preparado de esta suerte, ¡allá voy!
Al verse en los brazos del teniente, la chula se revolvió como una
fierecilla; desprendióse instantáneamente, dejó volar la mano, y ¡zas!
le encajó un soberbio cachete en mitad de las narices.
De antiguo sabemos ya que las narices de Enrique tenían cierta
influencia magnética sobre los cachetes, y los atraían como las agujas
metálicas atraen las chispas eléctricas. Recordamos esto para que nadie
se extrañe de que la bofetada hubiera ido á dar á aquel sitio delicado
en vez de otra región del rostro. Dos chorritos de sangre salieron al
instante por sus ventanas harto espaciosas, á dar fe de que Manolita no
tenía las manos de cera, aunque lo pareciese en lo bien torneadas. Al
ver la sangre, se embraveció más, como las leonas del desierto, y en
poco estuvo que no le despedazase con un canjilón de hoja de lata, pues
empuñado lo tuvo, y aun enarbolado un buen rato.
--¡Ay, qué rediós! ¿Qué me pasa?... ¿A usté qué se le ha figurao, tío
silbante?... A usté le han engañao, señor. Le voy á aplastar del todo
esa cara de chivo si no me la quita de delante más pronto que la
vista...
Enrique se secaba las narices con el pañuelo, murmurando:
--¡Diablo, diablo, me ha hecho sangre!
--¡A ver si se larga usté, seo morral!... ¡seo morrral!... ¡seo
morrrral!
Y cada vez iba recalcando más la _erre_, como si la salvación de su
honra, puesta en peligro por el osado teniente, dependiese de la
acertada pronunciación de esta preciosa paladial.
--Pero deme usted antes un poco de agua para lavarme... no puedo salir
así.
--¡Agua de limón verde le daría yo! ¡Largo de aquí, tío indecente!
La joven extendía la diestra hacia la puerta con tanta dignidad que no
cabía más. Enrique, atento á limpiarse la sangre y mirar con sorpresa
las manchas que iban dejando en el pañuelo, no pudo apreciar en lo que
valía aquella soberbia actitud digna de Juno, Palas, Cibeles ó cualquier
otra diosa de la antigüedad. No obstante, la diestra mitológica se fué
poco á poco doblegando á impulso de la compasión, y hasta al cabo de
unos instantes fué la misma que trajo una jofaina, trasvertiendo de
agua, de la trastienda, y la dejó sobre la mesa de mármol al lado del
funesto vaso de leche que el morral se acababa de beber. Mas no vaya á
creerse que esta operación dañó poco ni mucho á la dignidad de que la
hermosa chula se había revestido; antes, al contrario, le dió más realce
y esplendor. Y mientras el teniente se remojaba las narices sorbiendo el
agua con miedo, ella, arrojándole miradas de olímpico desprecio al
cogote y murmurando amenazas, se fué á sentar de nuevo á la puerta con
el libro entre las manos.
Cortada la hemorragia y después de secarse bien con el pañuelo, salió el
morral de la tienda y tuvo la desvergüenza de decir al pasar por
delante de Manolita:
--Adiós, hermosa: no le guardo á usted rencor.
Nadie se atreverá á suponer que Manolita levantó siquiera los ojos del
libro, cuanto más contestar á aquel tío.
Enrique se fué al Imperial con las narices rojas y un si es no es
inflamadas, pero tan contento como si tal cosa. Los plácemes de los
toreros y cierta disputa que duró toda la tarde, acerca de si es ó no
lícito que el espada tenga un muchacho á las salidas en la brega cuando
el toro no está huído y se revuelve por sí, le borraron de la memoria á
la chula y su bofetada. Sólo al día siguiente, cuando salió de casa
después de almorzar, le asaltó el recuerdo de su aventura. En vez de
ascender por la calle del Prado para tomar la del Príncipe, como tenía
por costumbre, se embocó por la del Baño lo mismo que el día anterior.
Desde los primeros pasos que en ella dió, pudo columbrar allá á lo lejos
el vestido á cuadros de percal y el pañolito azul de Manolita. El
teniente sonrió, no recordando más que la parte deleitable del suceso.
Era una de sus cualidades la de ver todas las cosas de este mundo por el
aspecto más risueño. Y murmuró con dejo protector:
--Allí está mi chulilla. ¡Caramba si es salada y desenvuelta!
Y con una sonrisa almibarada entre los labios, se fué acercando
lentamente á la vaquería, soltando bocanadas de humo y balanceándose
como hombre cuya felicidad no podía ser turbada por bofetada de más ó de
menos. Al llegar cerca de la joven, se detuvo lo mismo que el día
anterior. La chula levantó la cabeza y, clavándole sus ojos airados, le
dijo:
--¿Vuelve usté por otra?
--Si tiene empeño en dármela...
El rostro canino de Enrique expresaba una satisfacción tan pura, y al
expresarla se había puesto tan horroroso, que la chula no pudo atajar
una sonrisa que le brotó á la cara. Y bajándola para no comprometerse
dijo:
--Vaya, vaya, siga usté su camino.
--No sea usted rencorosa, Manolita, y perdóneme.
--¡Música! Yo no soy cura pa dar asoluciones.
--Pues penitencias ya las sabe usted poner.
--No tal; debí darle con el canjilón, pa que no le quedase ganas de
ponerse otra vez delante de mi vista.
--¡Eso sí que no! Las narices me puede quitar, ¡pero las ganas de verla
á usted, nunca!
La chula, en estos dimes y diretes, se fué humanizando. Enrique, después
de pedir permiso respetuosamente, consiguió entrar en la tienda y
sentarse á tomar un vaso de leche. Y en buen amor y compaña, el teniente
comenzó á hacerle el amor por lo fino, y la chula á contestarle por lo
basto, bien que adivinándose que no le pesaba de ser festejada por un
señorito de _bomba_. Enrique se hacía querer pronto por su carácter
campechano y optimista. Manolita, hallándole como antes horroroso,
comenzó á sentirse atraída hacia él.
--Pa qué más de la verdá--concluyó por decir:--es usté feo, pero tiene
usté un _aquel_... vamos... particular.
--Sí, ya sé--respondió el teniente con gravedad:--soy feo, pero
gracioso.
--¡No, eso tampoco!--exclamó la chula riendo.
--Bien, pues caigo en gracia sin ser gracioso.
--Eso es.
Cuando más embebidos se hallaban en su plática sabrosa, hé aquí que
suenan en la trastienda unos pasos rudos y estrepitosos. Un hombre,
mejor dicho, un gigante tuerto, aparece en la puerta del foro en mangas
de camisa, calzones de paño pardo, faja encarnada y boina: el rostro,
tan feo y temeroso como el de sus progenitores los cíclopes. Después de
echar una mirada torva por el establecimiento, sin ver á Enrique ó sin
que aparentase haberle visto, dejó escapar dos ó tres gruñidos, avanzó
vacilando hasta el mostrador y, fijando su ojo vidrioso en el sombrero
reluciente de felpa que el teniente había colocado allí, lo tomó con
mucha delicadeza entre sus manazas descomunales, lo examinó con
curiosidad como el naturalista que acaba de tropezar con un nuevo
zoófito, y algo que quiso ser sonrisa pero que no pasó de mueca horrenda
contrajo sus labios gordos y amoratados.
--Oj, oj, oj... Trr, trr, trr... ¿Hay un marqués en mi tienda, mal rayo?
Y echó otra mirada por la salita sin fijarla en parte alguna, como si
allí no hubiese seres vivientes. Después, con mucha calma y cuidado,
cual si ejecutara con él una de las últimas operaciones del arte,
aplastó el sombrero hasta convertirlo en una tortilla; hecho lo cual,
arrojólo por la puerta al medio de la calle con no menos delicadeza y
sosiego.
Enrique se puso súbito rojo como una guindilla; inmediatamente pálido.
Se alzó vivamente del asiento y, nuevo David, tuvo impulsos de arrojarse
sobre el gigante; pero Manolita le contuvo haciéndole un sin fin de
expresivas muecas, encaminadas todas á demostrar que el cíclope no
estaba seco por dentro. Entonces Enrique se salió muy desabrido de la
tienda.
--Padre, el sombrero era de ese cabayero, que es un parroquiano.
--Tú, á callar... ¿estamos?
Y para que mejor se hiciese cargo de este deseo, la tumbó de un bofetón.
Pero Enrique, ni oyó la amable advertencia de la hija, ni la suave
contestación del padre, ocupado como estaba en estirar y aliñar el
sombrero.
--¡Cuando yo vuelva á esta cochina tienda!...--exclamó encasquetándoselo
con furia y marchando como un vendaval calle arriba en busca del
sombrerero.
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Y en efecto, no volvió... hasta el día siguiente; pero
fué vestido de corto, esto es, con chaquetilla, pantalón ajustado y
sombrero pavero.
--Oiga usté, señorito, ¿va usted al matadero á desollar alguna
res?...--le preguntó Manolita así que le vió de aquella traza.
Y comenzó el tiroteo amoroso, él haciéndose jalea y puras mieles, ella
contestando á cada requiebro con un fiero _desplante_. Enrique no se
desanimaba por eso, y tenía razón. Por el ejemplo de sus amigas y
compañeras y por su ruda educación, la chula estaba armada de una
cáscara dura, llena de pinchos; pero bien sabe Dios, y Enrique lo supo
también, que en el fondo era una pobre muchacha, buena, hacendosa,
sufrida, ignorante como un pez y más inocente en ciertas materias de lo
que hacía presumir su lenguaje y modales. Había perdido á su madre hacía
cosa de dos años. Una hermana se había casado con el maestro de un
cortijo y vivía hacia las Vistillas. Ella habitaba con su padre, que
era vizcaíno, establecido en Madrid desde mucho atrás, en un cuartito
con dos compartimentos frente al corral de las vacas. Era madrileña
legítima, hasta el punto de no haber puesto siquiera los pies en un
coche del ferrocarril ni haber ido en sus paseos más allá de
Carabanchel. El vizcaíno, desde la muerte de su mujer, que no poco le
contenía, se emborrachaba cada vez más amenudo y hacía sufrir á su hija
muy malos tratos; pero ella estaba tan avezada á ellos ya en tiempo de
su madre, que no se le había ocurrido siquiera que pasaba una vida muy
desgraciada. Cuando cierto día se lo indicó Enrique, después de
presenciar uno de aquellos actos de barbarie á que con frecuencia se
entregaba el vaquero, le miró con sorpresa y le dijo que sí, que tenía
razón, que era muy desdichada; pero en un tono que parecía expresar:
«Hombre, ¿sabe usted que no había caído en ello?»
Entre unas y otras, asistiendo á diario á la vaquería, sufriendo las
_frescas_, los _rempujones_ y tal cual _gofetá_ cuando se desmandaba, de
la gentilísima chula, Enrique, quedó burla burlando, preso en las redes
de su amor. Con el cafre del padre tuvo unas cuantas reyertas al
principio. Después se hicieron grandes amigos desde que aquél supo que
el señorito era inteligente en toros, que había lidiado novillos y era
amigo íntimo de los mejores espadas, á los cuales profesan los plebeyos
de Madrid fervoroso culto. Cuando entraba borracho en la tienda, Enrique
tomaba el sombrero y se salía y al otro no le extrañaba nada esta
conducta: de este modo evitaba los choques con él. Por las tardes se
pasaba lo menos dos horas conversando con Manolita. Por las noches,
después de cerrar la tienda, la acompañaba á los cafés á cobrar la leche
que habían gastado en el día: él se quedaba á la puerta mientras ella
arreglaba sus cuentas con el dueño. Como la chula tenía golosos, y
éstos, de la clase del pueblo, veían con malos ojos que un señorito la
galantease, nuestro teniente se vió repetidas veces amenazado y aun
atacado; pero ya sabemos que en su calidad de _bulldog_ era de lo más
rabioso y atravesado. Con un bastón de hierro, que jamás le abandonaba,
supo defenderse tan bien, que Manolita quedó altamente complacida,
después de haberle ayudado bravamente, repartiendo á los agresores
algunos soplamocos tan devastadores como bien dirigidos.
¿Cuáles eran los intentos de Enrique al comenzar estos amores? No podían
ser más perversos é insidiosos. Contaba seducir á la chula, y á la
postre llamarse andana. Mas él propuso y Dios dispuso: al mes de
hallarse en relaciones, Manolita le tenía prisionero á sus pies, manso y
domesticado como un perro de saltimbanqui; y esto (digámoslo en su bien,
ya que referimos lo malo), porque tenía noble corazón y le compadecía la
suerte de aquella pobre chica; tanto, que formó resolución de casarse
con ella. Dando vueltas en la cabeza á este pensamiento estuvo algunos
días, hasta que se arriesgó á abrir su pecho á su madre. D.ª Martina se
irritó lo indecible, sin querer recordar su primitiva condición de
planchadora; mas como era mujer de buena pasta, y Enrique su ojo
derecho, pronto tomó partido por él, aunque nunca quiso hablar del
asunto á su marido, pues conocía su genio y estaba bien convencida de
que antes le harían pedazos que consentir en aquel matrimonio. Al fin,
el teniente, no teniendo valor para hablar á su padre, determinó de
escribirle, dejándole la carta sobre la carpeta de su mesa. D. Bernardo
no contestó ni se dió siquiera por enterado de haberla recibido.
Trascurridos algunos días, le dejó otra en el mismo sitio; idéntica
contestación. Lo único que observó fué que el rostro de su padre, de
ordinario nublado, lo estaba mucho más. Entonces, después de suplicar á
sus hermanos Vicente y Carlos que interviniesen en su favor, y después
de haber recibido de ellos una seria y rotunda negativa, fué á pedirle
igual merced á su primo Miguel, con el cual seguía manteniendo viva y
entrañable amistad.
--¡Buena recomendación la mía!--le dijo éste.--Si quieres que tu padre
te eche de casa á puntapiés, la mejor que puedes buscar.
--No lo creas; mi padre te quiere, por más que no lo dé á conocer. Es él
así... seco en apariencia... pero en el fondo muy cariñoso.
Miguel sonrió, respetando aquel juicio de un hijo bueno, y siguió
negándose á su pretensión; mas tanto le instó y con palabras tan
fervorosas y hasta con lágrimas, que al fin, aunque de muy mal grado,
consintió en visitar á su tío y hablarle del negocio.
El día señalado para la entrevista, Enrique le aguardaba paseando por el
corredor, en un estado de agitación fácil de explicar. Cuando llamó á la
puerta, él fué quien le abrió.
--¡Qué pálido estás, amigo!--le dijo Miguel.
--Me salta el corazón más que si fuera á batirme.
--¡Pobre Enrique! Toma ánimo, que aunque el negocio salga mal, como
preveo, no te faltará una hora para ahorcarte del hermoso árbol que has
elegido.
--Mira, yo no puedo aguardarte en casa... Tengo la cabeza como un horno
y necesito refrescarme... Te espero en el Imperial.
Antes de pasar á la habitación de su tío, Miguel fué derecho á la de
Vicente, que continuaba siendo el maestro de ceremonias de la familia.
Recibióle éste con la gravedad afable que le caracterizaba, y tuvo la
amabilidad de ponerle al tanto, en una relación tan circunstanciada
como interesante, de que el tubo que conducía el agua á su lavabo había
sufrido aquellos días una pequeña rotura, lo cual había ocasionado
filtraciones que estuvieron á punto de echarle á perder un tapiz de los
Reyes Católicos; pero afortunadamente, había acudido en tiempo, y
después de buscar mucho, había logrado tropezar con la malhadada grieta.
En seguida de ésta, le hizo otra relación no menos interesante de cierto
sistema de campanillas que había adoptado para entenderse con los
criados y el cochero. Por último, el hijo mayor de los señores de
Rivera, dando testimonio de una generosidad que tanto le honraba á él
como á su primo, saco del armario un pequeño tríptico de marfil,
recientemente adquirido en el Rastro. Era una obra primorosa, una
verdadera joya, al decir de su dueño, aunque estaba un poco deteriorado.
Después de bien mirado y admirado por ambos, dijo aquél, volviendo á
colocarlo en su sitio y haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada:
--¿Á que no sabes lo que quería darme el señor de Aguilar por este
tríptico?
--No puedo calcular.
--Pásmate, Miguel... ¡un Trajano!... ¡Mira tú que querer meterme á mí un
Trajano!
Y Vicente, no pudiendo resistir más, soltó el trapo de la risa hasta
saltársele las lágrimas.
--¡Qué disparate!--exclamó Miguel riendo también, aunque sin saber á
punto fijo lo que era un Trajano, ni mucho menos la equivalencia que
podía guardar con un tríptico.
El buen humor que con este gracioso recuerdo se le despertó á Vicente
dió por resultado el que á todo trance tratase de complacer á su primo.
-Tú quieres hablar con papá, ¿verdad? Pues mira, ahora está haciendo
gimnasia en su cuarto; pero, de todos modos; voy á llevarte á él.
--¡Haciendo gimnasia!--exclamó Miguel lleno de sorpresa.
--Se lo ha prescrito el médico, porque había perdido completamente las
ganas de comer, ¿sabes? Nada: no probaba bocado, y aun hoy come muy
poco. Está amarillo y flaco de dos meses á esta parte, que no le
conocerás.
Al entrar en la adusta y severa mansión de su tío, Miguel quedó, en
efecto, profundamente sorprendido observando el cambio que en la figura
del respetable caballero se había operado. El traje singular que llevaba
puesto contribuía no poco á darle un aspecto siniestro y medroso: no
traía más que una camiseta de punto, la cual dejaba ver su torso
escuálido y huesoso, y amplios calzones de dril donde sus pobres
canillas apenas se advertían. El rostro, largo siempre y descarnado, lo
parecía ahora mucho más; la tez amarillenta, los ojos tristes y
vidriados. Y como la navaja continuaba su obra devastadora, el bigote no
era ya más que una exigua motita blanca debajo de la nariz. El gabinete
estaba convertido en un gimnasio: había paralelas, algunos pares de
pesas por el suelo, y colgadas del techo unas anillas de hierro.
Cuando entró Miguel, su tío estaba dando un paseo por las paralelas.
Tuvo tiempo á contemplarle á su sabor, y no dejó de causarle pena.
Observando aquel rápido y asombroso decaimiento, no pudo menos de
decirse:--Es imposible que mi tío no haya tenido algún disgusto
gordo.--Y como el caballero, absorto en la tarea penosa de salvar sobre
las manos las paralelas, no advertía su presencia, dijo en voz alta:
--Buenos días, tío.
D. Bernardo se dejó caer al suelo y, mirándole con ojos empañados,
contestó:
--¡Hola! ¿Qué traes por aquí?
--Siga usted, tío; siga usted, no quiero interrumpirle. ¿Cómo se
encuentra usted?
--Así, así; ¿y tu mujer?
--Perfectamente; siga usted, siga usted.