A partir de este día la dicha serena y apacible que se
reflejaba en el rostro de Maximina adquirió un aspecto más recogido, más
íntimo, semejante á la expresión mística de los beatos que están seguros
de llegar al cielo. No volvió á hablar del asunto con su marido. Cuando
éste hacía alguna alusión á él, bajaba la vista sonriendo y se ponía
levemente colorada. Pero Miguel comprendía perfectamente que no pensaba
en otra cosa, que la idea dulcísima de ser madre tenía embargados todos
sus sentidos, su vida y su ser. También él estaba gozoso. Mas no tanto
por el nuevo papel que la naturaleza le llamaba á representar, como por
ver la alegría de su esposa, cuya trasformación se complacía en seguir,
espiando disimuladamente en sus ojos y en sus movimientos el misterio
adorable que en su alma se efectuaba.
Cuando iban de paseo por las calles, observaba que dirigía rápidas y
ansiosas miradas á los escaparates de ropa blanca, donde estaban
expuestos algunos gorritos y camisitas de niños. Y adivinando que
tendría gusto en pararse, buscaba pretexto fijándose en los pañuelos ó
en las camisetas y dejaba que ella se recrease contemplando las prendas
infantiles.
--¿Sabes ya--le decía después--lo que cuesta la docena de camisas de
niño?
--No--contestaba riendo.
--¡Á que sí!
Un día, entrando por la puerta de la alcoba en el gabinete, vió que se
estaba mirando en el espejo del armario. Le sorprendió, porque nunca
mujer alguna estuvo más lejos de la presunción y la coquetería que ella.
Mas la sorpresa trocóse en risa al observar que lo que estaba mirando
era el bulto que levantaba su figura de perfil. Por no avergonzarla
salióse otra vez de puntillas. Paseando otro día por las cercanías del
Retiro, acertaron á ver un carro fúnebre pintado de blanco que conducía
el ataúd de un niño, Maximina clavó sus ojos en él, con expresión de
profunda pena, y después de pasar, todavía le siguió hasta perderle de
vista. Después, dejando escapar un leve suspiro, exclamó:
--¡Qué lástima me da de los niños que se mueren!
Miguel sonrió, sin contestar, pensando que su mujer ya temía por el ser
que aún no había salido de sus entrañas.
Mientras de este modo suave y deleitoso se deslizaba el tiempo para los
recién casados, Marroquín, el hirsuto Marroquín se iba á salir con la
suya. La nación estaba sobre un volcán, y no era el antiguo profesor del
colegio de la Merced quien menos atizaba á la sordina, y en compañía de
nuestro amigo Merelo y García, el fuego de la discordia civil. No se
pasaba una sola noche sin que ambos hiciesen en el café de Levante
sangrientos pronósticos para lo porvenir. Era incalculable el número de
veces en que las instituciones habían quedado «_derrocadas_» sobre el
mármol de la mesa. Los mozos, por escuchar los sermones democráticos,
servían mal á los parroquianos. La policía secreta había entrado más de
una vez en el establecimiento, al decir de los agitadores de la paz
pública; pero no había hecho ninguna prisión, lo cual allá en el fuero
interno traía desesperado á Marroquín. Gozaba lo indecible hablando al
oído á todos los que llegaban á la mesa, fijando la vista al mismo
tiempo en algún tranquilo parroquiano y haciendo fuertes aspavientos á
fin de despertar su curiosidad.
--D. Servando--decía en voz alta á un señor sentado allá lejos,--¿piensa
usted mañana salir á paseo?
--Siempre, Sr. Marroquín.
--No saque usted á la señora y los niños.
--Hombre, ¿por qué?
--Por nada, por nada. No le digo más que eso.
Pero cuando más gozó el profesor revolucionario fué cuando logró traer
al café una noche á su antiguo amigo y compañero D. Leandro. Aún se
hallaba éste adscrito á la gleba del colegio de la Merced, que ya no
pertenecía ni estaba dirigido por el excapitán de artillería, sino por
el capellán D. Juan Vigil. D. Leandro era el único profesor que había
quedado de los antiguos, y eso por ser un infeliz y sufrir con paciencia
los caprichos y sandeces del capellán, que ahora más que nunca se
complacía en atormentarle y dar testimonio á sus expensas de las
prodigiosas fuerzas con que natura le había dotado. Marroquín le
encontró un domingo en la calle, y después de saludarle con efusión,
como tenía por costumbre, comenzó á hablarle mal del cura (como tenía
por costumbre también). Esto halagaba infinito al buen D. Leandro, si
bien no quería persuadirse de ello, porque aborrecía la murmuración y
tenía mucho miedo al infierno, sobre todo al de los condenados: al
purgatorio no tanto. Así que Marroquín, á pesar de sus depravadas ideas,
logró con este poderoso señuelo que entrase con él en Levante á tomar
una copa, de agua, por supuesto. D. Leandro asentía sonriendo á cuantas
perrerías se le ocurrían al herético profesor acerca de su enemigo nato.
Y todavía de vez en cuando dejaba deslizar alguna palabrita malévola,
prometiendo, allá en su interior, confesarlo inmediatamente. Pero lo
serio del caso era que el confesor de D. Leandro era el mismo capellán,
pues éste, como su glorioso antecesor Gregorio VII, aspiraba á poseer la
llave de las conciencias de sus súbditos, y no consentía que ningún
alumno ó dependiente del colegio fuese á depositar los pecados en otro
seno que en el suyo. Ocasionaba esto, como es lógico, un malestar muy
grande para el pobre D. Leandro, que, como se confesaba bien, se veía
obligado á decir al capellán todo lo malo que de él pensaba. Mas el
tormento de éste era muchísimo mayor y más cruel. Á menudo, mientras D.
Leandro desahogaba su pecho, él exhalaba profundos suspiros, y hacía
rechinar el confesonario como si el asiento le pinchase. Estuvo tentado
á despedirle del colegio; pero consideraba esto como un atentado al
sagrado de la confesión, pues D. Leandro cumplía perfectamente con su
deber; y para arrojarlo necesitaba fundarse en lo que sabía por el
tribunal de la penitencia. Después se le ocurrió mandarle que se
confesase con otro. Mas aunque todos los días se prometía hacerle la
indicación, nunca llegaba á efectuarlo, y continuaba oyendo desmenuzar
sus acciones sin poder defenderse.
--¡Barájoles, qué penitencia me ha dado Dios!--decía luego paseándose
por su cuarto á grandes trancos.--¡De qué buena gana le daría un par de
_mocadas_ á ese mastuerzo!
D. Leandro al entrar en Levante no contaba que iba á reunirse con tantos
señores, ni menos que éstos fueran unos desalmados revolucionarios
enemigos de «todo freno religioso». Así que cuando empezó á oirles
hablar del Gobierno en los términos en que solían hacerlo, se puso
fuertemente colorado y comenzó á dirigir miradas de susto á todas
partes, y particularmente á Marroquín.
--¿Sabe usted, Sr. Marroquín?--le dijo por lo bajo.--Podíamos volver la
hoja.
Marroquín, sonriendo con superioridad, le contestó:
--No tema usted nada, amigo D. Leandro. La policía ya ha entrado aquí
varias veces; pero no se atreve á echar mano á ninguno. Si lo hiciese,
como ya la cosa está tan madura, sería la señal para que estallase la
gorda.
--¿Qué gorda?
--La revolución, hombre de Dios.
--¡Santo Cristo! ¿Sabe usted, Sr. Marroquín? Estas cosas son muy serias,
muy serias... Si usted no se enfadase, yo me iría... Así como así, tengo
algo que hacer...
Marroquín le retuvo por el brazo y le obligó á sentarse de nuevo.
--No tenga usted miedo, querido. A usted no le puede pasar nada, porque
no figura usted, como yo, en todas las listas que la policía manda al
Gobierno.
--No importa. Si á usted no le da más, volveremos la hoja.
La hoja se volvió, en efecto. Pero la página siguiente fué más terrible
y endemoniada. Se habló nada menos que de la Reina, y ya pueden todos
representarse lo que allí se diría de la augusta señora que estaba
próxima á perder la corona y salir desterrada al extranjero. Tan pronto
como nuestro profesor oyó algunas de aquellas atrocidades, se puso
lívido, y no fué posible retenerlo. Salió sin despedirse, y no paró
hasta el colegio, adonde llegó casi sin aliento. El pobre tuvo la
inocencia de contar este episodio al mayordomo, y á éste le faltó tiempo
para ponérselo en el pico al director. ¡Desdichado D. Leandro! Durante
muchos días tuvo que padecer la vaya pesada y grosera del capellán, que
ya de antiguo conocemos. Lo que más le afectaba era que delante de los
niños le llamase _conspirador_, con el tonillo sarcástico que el cura
usaba en tales casos. Otras veces le apodaba el _conjurado de Venecia_,
todo lo cual hacía reir á los chicos; y como decía muy bien D. Leandro,
«la dignidad del profesorado quedaba por los suelos».
Los trabajos de nuestro amigo Mendoza, por mal nombre _Brutandór_, en
pro de la causa revolucionaria, se movían en más alta esfera que los de
Marroquín, Merelo y demás gente menuda de la grey liberal. Por lo
pronto, ya sabemos que había desaparecido, y en España, esto de
desaparecer una persona es cosa que le comunica una importancia
infinita, y á veces gloria imperecedera. Porque, en efecto, cuando un
hombre desaparece, el público presume, con razón, que debe de ser para
llevar á cabo en la oscuridad grandes y notables empresas. Las de
Mendoza, aunque no las conocemos, fueron portentosas, según se dijo,
pues le obligaron á permanecer escondido en Madrid más de tres meses,
cambiando de escondrijo y de disfraz un sinnúmero de veces. Algo sabía
Miguel de su vida y milagros, pero últimamente le había perdido la
pista.
Así estaban las cosas, cuando cierta noche, después de comer, hallándose
Rivera sentado en la butaca del despacho, teniendo á Maximina sobre sus
rodillas, sonó un fuerte campanillazo.
La niña se puso en pie de un salto.
--¿Quién será á estas horas?... ¿Ha salido alguna muchacha?--dijo
Miguel.
--Creo que no.
Juana entró al instante.
--Señorito, es un mozo de café que desea hablar con usted.
--¿Un mozo de café? No recuerdo tener cuenta pendiente con ninguno...
Dígale usted que pase.
--Aguarde, aguarde--dijo Maximina.--Déjeme usted escapar por esta
puerta.
Y se salió corriendo por la de la sala, como tenía por costumbre siempre
que entraba alguna visita. Al instante apareció el mozo, y Miguel pudo
reconocer á duras penas, bajo aquel disfraz, á su amigo Mendoza.
--¡Perico!
--¡Chiiiis!--exclamó éste, haciendo una mueca de susto horrorosa.
Y fué á cerrar apresuradamente la puerta.
--¿Qué ocurre?--preguntó Miguel fingiendo gran ansiedad.
Mendoza se sentó, dió un suspiro, y respondió cándidamente:
--Nada.
--Ya me lo parecía.
Brutandór, sin fijarse en la ironía de aquellas palabras, comenzó á
decir en voz de falsete y acercando la boca al oído de su amigo:
--He estado quince días en la Florida, escondido en casa de unos
lavanderos...
--Hombre, si lo hubiera sabido, te habría hecho una visita.
--¡Nada de visitas!... Pudieran seguirte y dar conmigo.
--¿Y cómo te ha probado la temporada de campo?
--Lo he pasado bastante mal. No había más que una cama en casa. Por la
noche, mientras los lavanderos dormían, yo me salía á dar una vuelta por
la orilla del río, y al amanecer, cuando ellos se levantaban, me metía
yo en la cama.
--¡Qué calentita y qué riquita estaría!
--Pues á mí me daba un poco de asco, ¿sabes? La comida me la mandaba la
condesa de Ríos con muchas precauciones, cambiando de criado á cada
momento... Pero anteayer el lavandero no durmió en casa, y esto, como
comprenderás, me escamó...
--Es claro; cuando los lavanderos no duermen en casa, es muy mala señal.
--Hoy por la mañana le he visto con dos hombres de mala catadura...
sospechosos, y entonces, temiendo que me entregase á la policía, me
decidí á dejar el sitio. El mozo de un cafetucho que hay allí cerca me
vendió este traje, y al oscurecer me escapé sin decir nada. Pensé en
irme á las Ventas del Espíritu Santo, pero la policía registra á menudo
aquellos lugares. Entonces se me ocurrió una gran idea: la de venir á tu
casa. ¡Cómo diantre se van á figurar que estoy aquí! Una novia que tuve
hace años, escondía las cartas entre los papeles de su padre, que andaba
loco buscándolas por toda la casa.
--¿De modo que has robado la idea á tu novia? ¡Ni para huir el bulto has
de ser original!... En fin, me alegro que hayas venido. No puede menos
de lisonjearme mucho tener en mi casa un conspirador de tal
importancia... Porque tú no sabes el prestigio de que gozas ni lo que se
habla de ti por ahí...
--¿De veras?--exclamó Mendoza poniéndose rojo de placer.
--¡Ya lo creo! Se te cita entre los héroes de la revolución... Pero,
querido, lo que mucho vale, mucho cuesta. Cuanto más nombre ganes entre
los revolucionarios, mucho más expuesto te encuentras á que el Gobierno
haga contigo una barrabasada. Si hoy te cogen, me parece que no te
escapas sin cuatro tiros.
--¿Crees tú?...--dijo Brutandór poniéndose horriblemente pálido.
--Lo que oyes... pero no tengas cuidado. Aquí no vendrán á buscarte.
--Mira, te ruego que procures que las criadas no entiendan nada, porque
á lo mejor se les escapa cualquier palabrita fuera... ¡y soy perdido!
--Dificilillo va á ser engañarlas--contestó Miguel riendo de la
entonación con que su amigo pronunció las últimas palabras.
Acomodóse Mendoza en la casa; mas antes fué necesario que trajesen una
maleta de su posada y se mudase de traje en la alcoba de Miguel, hecho
lo cual se salió cautelosamente, y al poco rato volvió á llamar entrando
en calidad de huésped. Con estas maniobras se engañó ó se creyó engañar
á las criadas. Á Maximina no le gustó el acomodo. ¡Era tan feliz
viviendo sola con su marido! Sin embargo, dócil siempre á los deseos de
éste, ni dijo una palabra ni mostró en el semblante desabrimiento
alguno. El tiempo que Miguel pasaba fuera de casa, Mendoza solía
acompañarla; pero se pasaban horas sin cambiar una docena de palabras. Á
la niña de Pasajes se le ocurría muy poco. Mendoza ya sabemos que tenía
la costumbre de callarse las buenas cosas que se le ocurrían. Sin
embargo, aquélla le observaba atentamente con el rabillo del ojo y luego
comunicaba á su marido sus impresiones. Por más que lo disimulaba,
éstas no eran muy favorables para el huésped.
--Me parece que Mendoza no te ha entrado por el ojo derecho.
Maximina sonreía sin contestar.
--Pues es un infeliz.
--Á mí se me figura que no te quiere como tú le quieres á él; que no le
importa nada en el mundo más que él mismo.
--Tal vez tengas razón, pero no se puede negar que es simpático. Su
egoísmo me hace gracia; es como el de un niño.
Maximina callaba como siempre, trabajando en su interior para que
también le fuese simpático, aunque nunca llegó á conseguirlo.
Cinco días después de su instalación, Mendoza recibió una carta de la
condesa de Ríos en que le incluía otra de su marido. Ambas llegaron á su
poder pasando por varias manos. El General le decía que la persona que
facilitaba el dinero para la publicación de _La Independencia_ le
avisaba que no podía dar un cuarto más si no se le garantizaban los
treinta mil duros que tenía desembolsados. Como él no podía dirigirse á
ninguno de sus amigos, ni juzgaba á su mujer idónea para el caso, le
encargaba que á toda prisa se viese con el «caballo blanco» y le buscase
una firma que consiguiese aplacarle, pues el periódico en aquellos
críticos momentos les hacía muchísima falta. Mendoza entregó la carta á
Miguel.
Aunque nada tenía que ver con la administración del periódico, ya hacía
tiempo que éste sabía las dificultades monetarias con que luchaba _La
Independencia_. Después de leer atentamente la carta, dijo levantando la
cabeza:
--Bien, ¿y qué?...
--Que, como tú comprenderás, yo no puedo encargarme de este asunto,
porque no saliendo de casa...
--Bueno, y quieres endosarme el mochuelo, ¿verdad?
Mendoza calló, poniendo los ojos en el suelo.
--Pues, amigo mío--dijo en tono resuelto el hijo del brigadier,--tengo
el sentimiento de anunciarte que yo no sirvo para pedir dinero ni
garantías de dinero á nadie.
Ambos guardaron, después de estas palabras, un rato de silencio. Al fin
Mendoza, sin separar los ojos del suelo y visiblemente acortado, comenzó
á decir:
--Yo creo que si tú quisieras se podría arreglar sin pedir nada á
nadie... Á Eguiburu le bastaría seguramente con tu firma para seguir
entregando las cantidades que acostumbra todos los meses...
Miguel le miró fijamente sin que el otro levantase la cabeza, y dijo
sonriendo:
--Eres el hombre de las ideas felices. Si te mueres antes que yo, pienso
decir, con tu cráneo en la mano, mejores cosas que Hamlet con el de
Yorik.
Después se puso repentinamente serio, y comenzó á pasear por la
habitación con la carta en la mano. Al cabo de un rato se paró delante
de su amigo, que aún continuaba en la postura de colegial castigado, y
le dijo:
--¿Y á mí quién me garantiza que el General pague mañana esos treinta
mil duros?
--El General es hombre de honor.
--Eguiburu, por lo que se ve, no admite esa moneda; quiere oro ó plata.
--Además, el Conde tiene muchos amigos capitalistas. Algunos de ellos ya
sabes que están comprometidos en el movimiento, y aunque fuese
repartiendo entre todos el dividendo pasivo del periódico, quedaría
pagado.
Discutieron todavía largo rato el asunto. Miguel, en el tono de burla
que acostumbraba; Mendoza, con su imperturbable gravedad, sin mostrar
impaciencia, pero insistiendo constantemente en sus razones. Riverita
fué el vencido. Cedió al cabo á poner su firma. Además de los ruegos de
su amigo, movióle á hacerlo el interés que tenía ya por la vida del
periódico y el cariño que le había tomado. Por otra parte, aunque se
burlase del honor del General, no dudaba de él, y estaba convencido de
que no le dejaría en las astas del toro.
Cuando al día siguiente le dijo á Maximina lo que había hecho, ésta se
calló y siguió trabajando en la puntilla que tenía entre manos.
--¿A ti qué te parece? ¿Habré hecho mal?
Maximina levantó sus dulces ojos rientes.
--¿Me lo preguntas á mí? Yo no entiendo nada de negocios. Además, para
mí lo que tú haces siempre está bien hecho.
Miguel la besó y quedó convencido... de que había hecho una gran
tontería.
Pocos días después, estando solos en el despacho, Mendoza le hizo una
confidencia que le llenó de asombro.
--Tengo que decirte una cosa, Miguel...
--¿Y es?
--Que me caso.
--¡Cuánto me alegro! Sepamos quién es la desgraciada que ha tenido tan
mal gusto.
--Me caso con Lucía Población, la viuda del general Bembo.
Debemos advertir, por si no lo hemos advertido ya, que el gigante D.
Pablo hacía siete meses que había fallecido en Puerto Rico.
Miguel quedó estupefacto. No pudo reprimir un gesto de repugnancia. Á
aquel hombre le constaba qué clase de mujer era la generala Bembo. Sabía
perfectamente las relaciones que había sostenido con ella. ¡Y tenía
estómago para hacerla su esposa! Por unos instantes permaneció suspenso
sin saber qué decir, cosa que pocas veces le había sucedido en su vida.
Después murmuró:
--Muy bien, muy bien; te felicito.
--En cuanto cumpla el año de luto, que será dentro de cinco meses, nos
casamos. Es una mujer muy agradable... Después de tratarla íntimamente,
me he convencido de que todo lo que se dice de ella por ahí es pura
fábula. La pobre señora es víctima de unos cuantos tontos que la han
pretendido sin conseguir nada.
Un relámpago de ira pasó por los ojos de Miguel. Se le figuró que
aquellas palabras iban dirigidas á él, y tuvo en la punta de la lengua
un sarcasmo feroz; pero supo reprimirse, considerando que la situación
en que su amigo iba á hallarse le disculpaba.
--Y si no creyeras eso harías muy mal en casarte... Tengo entendido que
Lucía posee una bonita fortuna, ¿verdad?--añadió, dejando ver claramente
cuáles eran, á su juicio, los motivos de aquel matrimonio.
Mendoza, aunque no muy avisado, lo comprendió y repuso de mal humor:
--No sé, no sé... He conocido á Lucía en casa de Borrell, y desde un
principio me gustó. ¡Es tan fina y revela tan buenos sentimientos! Á la
pobre la casaron medio á la fuerza con un hombre que podía ser su padre.
No hubiera sido extraño que se echase á perder. Sin embargo, ella supo
conservar su decoro...
--D. Pablo debió de hacer muy buenos cuartos por América, á más de tener
ya bastante renta por su casa--dijo Miguel sin hacer caso de las
alabanzas de Mendoza.
--La señora de Borrell se puede decir que es la que ha arreglado este
matrimonio. No puedes figurarte lo que quiere á Lucía y la buena opinión
que tiene de ella.
--Algo se ha mermado la fortuna antigua de D. Pablo en los últimos
tiempos, según dicen; pero como entraba más por América que salía por
España, deben de existir grandes gananciales, cuya mitad corresponde en
pleno dominio á Lucía. Por otra parte, los chicos son de corta edad. El
usufructo de toda la hacienda le ha de corresponder por muchos años.
Miguel insistía en este asunto, viendo que molestaba á su amigo, para
hacerle pagar las palabras de antes. Estaba tan sorprendido de aquel
singular matrimonio, que, cuando por la noche le comunicó la noticia á
Maximina, ésta no pudo menos de decirle:
--¿Por qué te enfadas? Aunque Perico se case por interés, no es el
primero que lo hace. Lo único que me sorprende es que esa señora
concierte el matrimonio siete meses después de la muerte de su marido.
Miguel no podía decirle los motivos que tenía para indignarse, pues
procuraba velar á su esposa ciertos vicios sociales. Por otra parte,
temía que se renovasen en ella los antiguos celos de Pasajes. Se calmó
repentinamente, y lo echó á risa.
No pudo, sin embargo, arrancar de sí aquel sentimiento de repugnancia
que la noticia le produjo. Había disculpado hasta entonces todos los
rasgos de egoísmo de su amigo. Lo que iba á hacer ahora era demasiado
abyecto para que se lo perdonase. Así que no dejó de sentir alegría
secreta cuando, por cierto acontecimiento que sobrevino, Mendoza se
decidió á abandonar su casa.
Hablaba éste un día con una de las doncellas revelando en su fisonomía
gravemente benévola que no era del todo insensible á los ojillos negros
y picarescos de la muchacha, quien lo era menos aún al corpanchón
robusto y al rostro fresco y sonrosado del huésped. Mientras ella hacía
su cama con remilgados ademanes volviéndose á cada instante para
contestarle, él permanecía en una butaca con las piernas extendidas y un
periódico en la mano.
--¡Qué deseos tengo, señorito, de que ustedes ganen!--dijo la chica
después de un rato largo de silencio.
--¿Qué hemos de ganar, Plácida?
--Que ustedes tiren el Gobierno... vamos... y manden ustedes.
--Yo no me ocupo de esas cosas--respondió Mendoza poniéndose
repentinamente serio.
--¡Vamos, señorito!--dijo la muchacha.--¿Se figura usted que no estamos
enteradas de todo? ¿Pues por qué no sale usted de casa, entonces? Por
miedo á los guindillas... ¡Que el diablo los lleve!... Desde que me
quiso uno llevar á la cárcel por sacudir una alfombra, no los puedo ver
ni pintados.
--¿Quién le ha dicho á usted que yo no salgo á la calle por miedo á los
guindillas?--preguntó Mendoza, pálido ya.
--Pues el amo de la tienda de abajo. Nos dijo á la Juana y á mí que
teníamos en casa un señor muy principal escondido, pero que no estaría
mucho tiempo porque toíto estaba arreglao ya pa la rivolución... No no
tenga usted cuidao, señorito--añadió viendo la palidez de Mendoza,--que
el tendero no dirá nada, porque es más liberal que Riego... ¡Anda,
anda, pues poquita gana que él tiene de que se arme!
Mendoza, lívido ya, se levantó del asiento y, sin contestar, salió del
cuarto tambaleándose y se dirigió al despacho de Miguel.
--¿Qué pasa?--preguntó éste, viéndole tan descompuesto.
--¡Nada--respondió Mendoza con voz débil, dejándose caer en una butaca y
tapándose el rostro con las manos,--que mi cabeza no está segura sobre
los hombros!
--Eso siempre lo he dicho yo. Es demasiado grande.
--¡Déjate de bromas, Miguel! ¡La cosa es muy grave! Ya saben por ahí que
estoy escondido en esta casa, y el día menos pensado vienen á echarme
mano.
--¿Quién te ha dicho eso?
--Plácida... El tendero de abajo lo sabe todo. ¡Figúrate quién no lo
sabrá ya!... No puedo permanecer un día más aquí. Necesito buscar otro
escondite. Lo mejor será salir de Madrid.
En otras circunstancias, Miguel le hubiera disuadido de esta
determinación, porque estaba bien convencido de que su amigo, ni allí,
ni en ninguna parte, corría peligro alguno; mas ahora, por las razones
antes apuntadas, no tomó empeño en retenerle.
Después de discutir un poco, se convino por ambos que Mendoza se
trasladase aquella misma tarde (por la noche había más vigilancia y
podían darle el alto) á las Ventas del Espíritu Santo, disfrazado de
aguador, y desde allí, si había peligro, se escapase de Madrid por la
línea del Norte, para lo cual quedaba Miguel encargado de buscarle un
pasaporte. Al efecto, se le compró al aguador de la casa el traje, que
por cierto no estaba ni muy nuevo ni muy limpio. Después de emplear una
hora en disfrazarse, untándose la cara con bermellón, alborotándose los
cabellos, ensuciándose las manos, etc., etc., se fué nuestro
revolucionario con la cuba al hombro hasta el gabinete, y se plantó
delante del armario de espejo.
--¡Me conozco!--exclamó, con una cara tan angustiada, que Miguel y
Maximina se echaron á reir como locos.
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