VII

LA vida de los esposos se había ido regularizando. La

casa estaba enteramente amueblada. Miguel se levantaba temprano y se iba

al despacho á trabajar. Maximina quedaba algún tiempo más en la cama,

desquitándose de los malos ratos que en el convento y en su casa la

habían hecho pasar toda la vida. Porque su naturaleza reclamaba mucho

sueño y jamás había podido satisfacer esta necesidad. Alguna vez se lo

había pedido á su tía como una gracia singular.

--Tía, ¿cuándo me dejará usted dormir todo lo que yo quiera?

--Un día; un día te dejaré.

Pero ese día no llegó nunca. Á las cinco y media en invierno y las cinco

en verano no había más remedio que ponerse en pie. Ahora que no tenía

verdugo que la atormentase, pues Miguel, lejos de despertarla, se vestía

haciendo el menor ruido posible, se dejaba arrastrar un poco de la

pereza. Cuando al fin se levantaba y se iba derecha al escritorio,

siempre saludaba á su marido avergonzada.

--¡Qué dirás de mí!

--¿Qué voy á decir, tonta? ¡Valiente cosa te has retrasado! No son más

que las nueve y cuarto.

Maximina, que había visto al pasar en el reloj que eran cerca de las

diez, agradecía aquella mentira á su marido, y le besaba con trasporte.

--Mira, otra vez has de llamarme cuando te levantes.

--Bueno, lo haré.

--¿Palabra formal?

--Palabra formal.

Claro está que Miguel no cumplía esta palabra formal. Le daba demasiada

lástima para hacerlo.

En los primeros meses hicieron varias visitas y recibieron también

algunas, entre ellas la de las señoritas gallegas que habían conocido en

el viaje, las cuales manifestaban hacia Maximina una simpatía ardiente y

bulliciosa propia de _chicas_. En todos sitios causaba la joven esposa

grata impresión por su inocencia y humildad.

--¡Qué buena debe de ser su señora!--le decían á Miguel sus conocidos

cuando le hallaban solo.

Y él sonreía con mal reprimido gozo exclamando:

--¡Es una chiquilla!

Pero decía para sí:

--Dios me ha iluminado.

El matrimonio no le había hecho perder independencia alguna, ni aquellos

hábitos de soltero tan difíciles de arrancar á cierta edad. Maximina ni

le exigía ni le suplicaba siquiera nada. Con ser esposa del hombre que

adoraba se consideraba enteramente feliz. Y los actos cotidianos y

vulgares de la existencia eran para ella un manantial de goces

inefables. Cuando llegaba la hora de almorzar, levantaba suavemente el

pestillo de la puerta del despacho, avanzaba tímidamente hasta su marido

y le decía:

--Ya son las doce y media.

Mientras almorzaban, la conversación insignificante que sostenían olía

de una legua á amor. Al encontrarse sus ojos se acariciaban tiernamente,

y no pocas veces se apoderó Miguel por encima de la mesa de la mano de

su esposa para besarla, con gran susto y terror de la niña, que tiraba

de ella con fuerza mirando á la puerta, como si por ella fuese á entrar

un dragón. El dragón era Juana, que podía aparecer á lo mejor con la

fuente entre las manos. Después de almorzar llegaba el rato más dichoso

para Maximina. Se iba al despacho con su marido, y éste, después de

arrellanarse en una butaca, la sentaba sobre sus rodillas, la atraía

hacia sí, ¡y le decía al oído unas cosas tan dulces! Sucedía amenudo que

se quedaba dormido, y entonces Maximina no movía un dedo siquiera por

temor de despertarle, y aunque la postura fuese incómoda, la sufría

hasta que Miguel abría los ojos.

--Vaya, me voy--decía éste levantándose.

--¡Qué pronto!--solía exclamar ella con tristeza.

Miguel la acariciaba sonriendo y se despedía á la puerta. Estas

despedidas duraban una eternidad.

--¡Que nos pueden ver del cuarto de enfrente!--decía Maximina, zafándose

de sus brazos.

--¡Si está cerrada la puerta!

--No importa, pueden estar mirando por el ventanillo.

Á veces, por embromar á su esposa, trataba de marchar sin despedirse;

mas al escuchar el pestillo aquélla dejaba repentinamente lo que tuviese

entre manos, en el comedor, en la cocina ó en su cuarto, y corría

desalada á la puerta. Cuando no oía el pestillo, Miguel hacía lo posible

por que lo oyese.

Maximina se quedaba toda la tarde con las criadas. Además de Juana,

habían tomado otras dos, una cocinera y otra doncella, que tuviese mejor

noticia del planchado de la ropa que la moza de Pasajes. Cuando al

oscurecer llegaba Miguel y hacía sonar la campanilla, el corazón de la

niña daba un brinco. Ella misma acudía presura á abrirle la puerta.

Algunas veces dejaba que la doncella abriese, mas era para esconderse

detrás de la puerta ó en la habitación contigua. En el rostro sonriente

de la doméstica comprendía nuestro joven que su esposa andaba por allí

cerca, y decía, husmeando con gesto cómico:

--¡Aquí huele á Maximina!

Y se iba derecho adonde estaba y la cogía por el brazo.

--Yo no sé cómo me hallas tan pronto--decía ella con fingido disgusto.

Otras veces abría el ventanillo y preguntaba:

--¿Qué se le ofrece á usted?

--¿Vive aquí D. Miguel Rivera?--preguntaba él mismo.

--Sí, señor; pero no está en casa.

--¿La señora?

--La señora si está, pero no recibe.

--Dígale usted que hay aquí un caballero que desea darla un millón de

besos.

Con estas puerilidades se reían y gozaban nuestros enamorados, y jamás

se le ocurrió á la esposa pedir cuentas al esposo de su tiempo.

Acompañábale al despacho. Miguel cogía un libro, y sentándose decía:

--Vaya, ahora déjame un instante que voy á leer.

--¡Malo! ¡malote!--respondía ella con enfado inocente.--Eres muy malo.

En seguida me echas de tu lado.

Miguel se enternecía y la retenía por la mano.

Después de comer pasaban otro rato juntos, y después aquél se iba al

café y de allí á la redacción, volviendo á las doce ó la una.

Su esposa se empeñaba en esperarle leyendo algún libro ó dormitando. Los

sábados iba siempre al teatro, pues _La Independencia_ no se publicaba

los domingos, y también algún día entre semana cuando el trabajo no

apuraba mucho. Una noche, bajando la escalera, como Maximina fuese

distraída poniéndose los guantes, tropezó y cayó rodando algunos

escalones.

--¡Ay, esposa mía!--gritó Miguel acudiendo en su auxilio.

La niña se levantó sonriendo, aunque roja por el susto. No se había

hecho ningún daño. Pero el grito desgarrador que dió Miguel había

llegado hasta el fondo de su alma. Sólo entonces también comprendió éste

de qué modo aquella tierna criatura se había apoderado de su corazón.

Turbóse momentáneamente esta dicha con una leve enfermedad que nuestro

héroe padeció en los primeros meses: unos fuertes dolores reumáticos que

le retuvieron en la cama algunos días. Se puso pálido, delgado y sobre

todo de un humor muy sombrío, pues no era hombre que sufriese con

paciencia las adversidades. Maximina se impresionó vivamente, y por más

que hacía no le era posible disimular su aflicción. Sentada todo el día

al lado de la cama, no apartaba la vista de su marido. De vez en cuando

le decía reventando por llorar, pero haciendo esfuerzos para contenerse:

--Te sientes mejor. ¿No es verdad que te sientes mejor? Sí, sí, te

sientes mejor.

--Cuando tú lo aseguras estarás bien enterada--respondía él con sonrisa

irónica.

Pero viendo humedecerse aquellos grandes ojos tímidos é inocentes, se

arrepentía de sus importunas palabras, y añadía acariciándole una mano:

--No hagas caso. Estoy bien. Mañana no tendré nada; ya verás.

Y la niña era feliz algunos minutos, hasta que cualquier queja del

enfermo volvía nuevamente á alarmarla.

¡Qué placer cuando al cabo se puso bueno! Fué la primera vez que su

marido la oyó cantar en voz alta. Corría y saltaba, bromeaba con las

criadas, y hasta supo con buen éxito remedar el acento madrileño que

Juana usaba de algún tiempo á aquella parte. Este repentino acceso de

alegría bulliciosa formaba un contraste gracioso con la seriedad

permanente de su carácter. Miguel, que sabía á qué era debido, la miraba

con gozo.

Pero, una vez enteramente bueno, fué preciso oir una misa de rodillas en

San Sebastián. Así lo había ofrecido Maximina y así lo rogó con tanta

humildad, que no tuvo valor para oponerse. La antigua colegiala del

convento de Vergara no podía prescindir de mezclar la religión á todos

los actos de la vida. Miguel, á pesar de su poca fe, hallaba tan

poética, tan inocente, la piedad de su esposa, que no se le pasó por la

imaginación siquiera arrancársela. «Si alguna vez cae en la mogigatería,

ya será otra cosa.»

Por eso no tenía tampoco inconveniente en acompañarla todos los domingos

á misa. Además, Maximina en los primeros meses no se atrevía á poner el

pie en la calle sola. Mas sucedió que con el tiempo se fué descuidando

el hijo del brigadier, y á pretexto de que San Sebastián estaba cerca,

se quedaba en casa las mañanas de los domingos, mientras Maximina, con

valor heroico, se arriesgaba á ir sola hasta la iglesia. No obstante,

padecía mucho. Se figuraba que todos la despreciaban, que le iban á

decir algo ofensivo. Las miradas hostiles, á la moda entre los indígenas

de Madrid, la llenaban de espanto. Hubiera querido ser invisible. Pero

no se atrevía á comunicar sus temores á Miguel por no molestarle

haciéndole ir á misa contra su gusto. Cierta mañana, poco después de

salir para la iglesia, oyó aquél un fuerte campanillazo. Abrióse la

puerta del despacho y vió entrar á su esposa pálida como la cera.

--¿Qué te ha pasado?--preguntó levantándose.

Maximina se dejó caer en la butaca, ocultó el rostro entre las manos y

comenzó á llorar.

Miguel insistió anhelante:

--¿Te has puesto mala?

La niña hizo señal afirmativa.

--¿Cómo fué, díme?

--No sé--respondió con voz débil y entrecortada.--Poco después de estar

en la iglesia sentí así como náuseas... Después los santos empezaron á

dar vueltas delante de mí... Sentí que la vista se me quitaba... Sin

saber lo que hacía, eché á correr... y me encontré sin saber cómo cerca

del altar mayor... Oí decir á la gente: ¿qué es eso? ¿qué es eso? y que

había ruido... Yo di la vuelta, y sin mirar á nadie atravesé otra vez la

iglesia y salí.

Miguel procuró calmarla. Hizo que le sirviesen una taza de tila y le

prometió no dejarla nunca más ir sola á misa. Después de un rato,

estando ya de pie y enteramente serena, le dirigió en voz baja una

pregunta á la cual, bajando los ojos, contestó negativamente. Entonces,

con semblante risueño, volvió á decirle al oído unas cuantas palabras.

La niña, al escucharlas, se estremeció, le clavó un instante los ojos

con expresión de anhelo, y confusa y ruborizada se dejó caer en sus

brazos murmurando:

--¡Oh, no me engañes! ¡No me engañes, por Dios!

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Maximina(#40810) · 第 17 / 53 题