LA vida de los esposos se había ido regularizando. La
casa estaba enteramente amueblada. Miguel se levantaba temprano y se iba
al despacho á trabajar. Maximina quedaba algún tiempo más en la cama,
desquitándose de los malos ratos que en el convento y en su casa la
habían hecho pasar toda la vida. Porque su naturaleza reclamaba mucho
sueño y jamás había podido satisfacer esta necesidad. Alguna vez se lo
había pedido á su tía como una gracia singular.
--Tía, ¿cuándo me dejará usted dormir todo lo que yo quiera?
--Un día; un día te dejaré.
Pero ese día no llegó nunca. Á las cinco y media en invierno y las cinco
en verano no había más remedio que ponerse en pie. Ahora que no tenía
verdugo que la atormentase, pues Miguel, lejos de despertarla, se vestía
haciendo el menor ruido posible, se dejaba arrastrar un poco de la
pereza. Cuando al fin se levantaba y se iba derecha al escritorio,
siempre saludaba á su marido avergonzada.
--¡Qué dirás de mí!
--¿Qué voy á decir, tonta? ¡Valiente cosa te has retrasado! No son más
que las nueve y cuarto.
Maximina, que había visto al pasar en el reloj que eran cerca de las
diez, agradecía aquella mentira á su marido, y le besaba con trasporte.
--Mira, otra vez has de llamarme cuando te levantes.
--Bueno, lo haré.
--¿Palabra formal?
--Palabra formal.
Claro está que Miguel no cumplía esta palabra formal. Le daba demasiada
lástima para hacerlo.
En los primeros meses hicieron varias visitas y recibieron también
algunas, entre ellas la de las señoritas gallegas que habían conocido en
el viaje, las cuales manifestaban hacia Maximina una simpatía ardiente y
bulliciosa propia de _chicas_. En todos sitios causaba la joven esposa
grata impresión por su inocencia y humildad.
--¡Qué buena debe de ser su señora!--le decían á Miguel sus conocidos
cuando le hallaban solo.
Y él sonreía con mal reprimido gozo exclamando:
--¡Es una chiquilla!
Pero decía para sí:
--Dios me ha iluminado.
El matrimonio no le había hecho perder independencia alguna, ni aquellos
hábitos de soltero tan difíciles de arrancar á cierta edad. Maximina ni
le exigía ni le suplicaba siquiera nada. Con ser esposa del hombre que
adoraba se consideraba enteramente feliz. Y los actos cotidianos y
vulgares de la existencia eran para ella un manantial de goces
inefables. Cuando llegaba la hora de almorzar, levantaba suavemente el
pestillo de la puerta del despacho, avanzaba tímidamente hasta su marido
y le decía:
--Ya son las doce y media.
Mientras almorzaban, la conversación insignificante que sostenían olía
de una legua á amor. Al encontrarse sus ojos se acariciaban tiernamente,
y no pocas veces se apoderó Miguel por encima de la mesa de la mano de
su esposa para besarla, con gran susto y terror de la niña, que tiraba
de ella con fuerza mirando á la puerta, como si por ella fuese á entrar
un dragón. El dragón era Juana, que podía aparecer á lo mejor con la
fuente entre las manos. Después de almorzar llegaba el rato más dichoso
para Maximina. Se iba al despacho con su marido, y éste, después de
arrellanarse en una butaca, la sentaba sobre sus rodillas, la atraía
hacia sí, ¡y le decía al oído unas cosas tan dulces! Sucedía amenudo que
se quedaba dormido, y entonces Maximina no movía un dedo siquiera por
temor de despertarle, y aunque la postura fuese incómoda, la sufría
hasta que Miguel abría los ojos.
--Vaya, me voy--decía éste levantándose.
--¡Qué pronto!--solía exclamar ella con tristeza.
Miguel la acariciaba sonriendo y se despedía á la puerta. Estas
despedidas duraban una eternidad.
--¡Que nos pueden ver del cuarto de enfrente!--decía Maximina, zafándose
de sus brazos.
--¡Si está cerrada la puerta!
--No importa, pueden estar mirando por el ventanillo.
Á veces, por embromar á su esposa, trataba de marchar sin despedirse;
mas al escuchar el pestillo aquélla dejaba repentinamente lo que tuviese
entre manos, en el comedor, en la cocina ó en su cuarto, y corría
desalada á la puerta. Cuando no oía el pestillo, Miguel hacía lo posible
por que lo oyese.
Maximina se quedaba toda la tarde con las criadas. Además de Juana,
habían tomado otras dos, una cocinera y otra doncella, que tuviese mejor
noticia del planchado de la ropa que la moza de Pasajes. Cuando al
oscurecer llegaba Miguel y hacía sonar la campanilla, el corazón de la
niña daba un brinco. Ella misma acudía presura á abrirle la puerta.
Algunas veces dejaba que la doncella abriese, mas era para esconderse
detrás de la puerta ó en la habitación contigua. En el rostro sonriente
de la doméstica comprendía nuestro joven que su esposa andaba por allí
cerca, y decía, husmeando con gesto cómico:
--¡Aquí huele á Maximina!
Y se iba derecho adonde estaba y la cogía por el brazo.
--Yo no sé cómo me hallas tan pronto--decía ella con fingido disgusto.
Otras veces abría el ventanillo y preguntaba:
--¿Qué se le ofrece á usted?
--¿Vive aquí D. Miguel Rivera?--preguntaba él mismo.
--Sí, señor; pero no está en casa.
--¿La señora?
--La señora si está, pero no recibe.
--Dígale usted que hay aquí un caballero que desea darla un millón de
besos.
Con estas puerilidades se reían y gozaban nuestros enamorados, y jamás
se le ocurrió á la esposa pedir cuentas al esposo de su tiempo.
Acompañábale al despacho. Miguel cogía un libro, y sentándose decía:
--Vaya, ahora déjame un instante que voy á leer.
--¡Malo! ¡malote!--respondía ella con enfado inocente.--Eres muy malo.
En seguida me echas de tu lado.
Miguel se enternecía y la retenía por la mano.
Después de comer pasaban otro rato juntos, y después aquél se iba al
café y de allí á la redacción, volviendo á las doce ó la una.
Su esposa se empeñaba en esperarle leyendo algún libro ó dormitando. Los
sábados iba siempre al teatro, pues _La Independencia_ no se publicaba
los domingos, y también algún día entre semana cuando el trabajo no
apuraba mucho. Una noche, bajando la escalera, como Maximina fuese
distraída poniéndose los guantes, tropezó y cayó rodando algunos
escalones.
--¡Ay, esposa mía!--gritó Miguel acudiendo en su auxilio.
La niña se levantó sonriendo, aunque roja por el susto. No se había
hecho ningún daño. Pero el grito desgarrador que dió Miguel había
llegado hasta el fondo de su alma. Sólo entonces también comprendió éste
de qué modo aquella tierna criatura se había apoderado de su corazón.
Turbóse momentáneamente esta dicha con una leve enfermedad que nuestro
héroe padeció en los primeros meses: unos fuertes dolores reumáticos que
le retuvieron en la cama algunos días. Se puso pálido, delgado y sobre
todo de un humor muy sombrío, pues no era hombre que sufriese con
paciencia las adversidades. Maximina se impresionó vivamente, y por más
que hacía no le era posible disimular su aflicción. Sentada todo el día
al lado de la cama, no apartaba la vista de su marido. De vez en cuando
le decía reventando por llorar, pero haciendo esfuerzos para contenerse:
--Te sientes mejor. ¿No es verdad que te sientes mejor? Sí, sí, te
sientes mejor.
--Cuando tú lo aseguras estarás bien enterada--respondía él con sonrisa
irónica.
Pero viendo humedecerse aquellos grandes ojos tímidos é inocentes, se
arrepentía de sus importunas palabras, y añadía acariciándole una mano:
--No hagas caso. Estoy bien. Mañana no tendré nada; ya verás.
Y la niña era feliz algunos minutos, hasta que cualquier queja del
enfermo volvía nuevamente á alarmarla.
¡Qué placer cuando al cabo se puso bueno! Fué la primera vez que su
marido la oyó cantar en voz alta. Corría y saltaba, bromeaba con las
criadas, y hasta supo con buen éxito remedar el acento madrileño que
Juana usaba de algún tiempo á aquella parte. Este repentino acceso de
alegría bulliciosa formaba un contraste gracioso con la seriedad
permanente de su carácter. Miguel, que sabía á qué era debido, la miraba
con gozo.
Pero, una vez enteramente bueno, fué preciso oir una misa de rodillas en
San Sebastián. Así lo había ofrecido Maximina y así lo rogó con tanta
humildad, que no tuvo valor para oponerse. La antigua colegiala del
convento de Vergara no podía prescindir de mezclar la religión á todos
los actos de la vida. Miguel, á pesar de su poca fe, hallaba tan
poética, tan inocente, la piedad de su esposa, que no se le pasó por la
imaginación siquiera arrancársela. «Si alguna vez cae en la mogigatería,
ya será otra cosa.»
Por eso no tenía tampoco inconveniente en acompañarla todos los domingos
á misa. Además, Maximina en los primeros meses no se atrevía á poner el
pie en la calle sola. Mas sucedió que con el tiempo se fué descuidando
el hijo del brigadier, y á pretexto de que San Sebastián estaba cerca,
se quedaba en casa las mañanas de los domingos, mientras Maximina, con
valor heroico, se arriesgaba á ir sola hasta la iglesia. No obstante,
padecía mucho. Se figuraba que todos la despreciaban, que le iban á
decir algo ofensivo. Las miradas hostiles, á la moda entre los indígenas
de Madrid, la llenaban de espanto. Hubiera querido ser invisible. Pero
no se atrevía á comunicar sus temores á Miguel por no molestarle
haciéndole ir á misa contra su gusto. Cierta mañana, poco después de
salir para la iglesia, oyó aquél un fuerte campanillazo. Abrióse la
puerta del despacho y vió entrar á su esposa pálida como la cera.
--¿Qué te ha pasado?--preguntó levantándose.
Maximina se dejó caer en la butaca, ocultó el rostro entre las manos y
comenzó á llorar.
Miguel insistió anhelante:
--¿Te has puesto mala?
La niña hizo señal afirmativa.
--¿Cómo fué, díme?
--No sé--respondió con voz débil y entrecortada.--Poco después de estar
en la iglesia sentí así como náuseas... Después los santos empezaron á
dar vueltas delante de mí... Sentí que la vista se me quitaba... Sin
saber lo que hacía, eché á correr... y me encontré sin saber cómo cerca
del altar mayor... Oí decir á la gente: ¿qué es eso? ¿qué es eso? y que
había ruido... Yo di la vuelta, y sin mirar á nadie atravesé otra vez la
iglesia y salí.
Miguel procuró calmarla. Hizo que le sirviesen una taza de tila y le
prometió no dejarla nunca más ir sola á misa. Después de un rato,
estando ya de pie y enteramente serena, le dirigió en voz baja una
pregunta á la cual, bajando los ojos, contestó negativamente. Entonces,
con semblante risueño, volvió á decirle al oído unas cuantas palabras.
La niña, al escucharlas, se estremeció, le clavó un instante los ojos
con expresión de anhelo, y confusa y ruborizada se dejó caer en sus
brazos murmurando:
--¡Oh, no me engañes! ¡No me engañes, por Dios!
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