SI tu hijo fuese á parar á una fonda viviendo yo en
Madrid, me enfadaría con él y contigo--había escrito la brigadiera
Ángela á su prima María Antonia. Y su prima le contestó: «He dado
traslado de tu carta á Alfonso, advirtiéndole que tendría mucho gusto en
que se hospedase en tu casa. Aunque rebelde casi siempre á mis consejos,
espero que esta vez me complacerá. Lo que siento, querida, es que su
estancia te cause alguna molestia, porque yo no sé qué clase de hábitos
habrá adquirido por París; pero tú lo has querido, tú te lo ten».
La brigadiera hizo arreglar la habitación que había ocupado Miguel, con
tal esmero y cuidado, tanto mortificó á su hija Julia en los pormenores
de la cama, las cortinas, etc., que la niña no llamaba á su primo más
que _el niño de la bola_, cuando hablaba de él con las criadas. Antes de
conocerle ya le era profundamente antipático. No poco contribuyó á ello
también el que el viajero les dió por dos veces chasco anunciando su
llegada. Las noticias que de él tenía tampoco eran muy favorables.
Alfonso Saavedra había quedado sin padre desde muy niño, y heredero de
una fortuna considerable. Su madre no tuvo energía ó habilidad bastante
para educarle. Ni terminó carrera alguna, ni se ocupó en otra cosa que
en divertirse y dar rienda suelta á sus pasiones, que, al decir de la
gente, no podían ser más violentas. Contábanse de él algunas calaveradas
chistosas, y otras muchas repugnantes. Había residido casi
constantemente en París desde muy joven, donde había mermado bastante su
capital; pero como aún le quedaba la herencia de su madre, que era tan
cuantiosa ó más que la de su padre, vivía tranquilo y gastaba largo.
Al fin se recibió un telegrama noticiando la salida de París del _niño
de la bola_. Y al día siguiente por la mañana ya estaba allí. Cuando oyó
sonar la campanilla Julita, haciéndose la distraída, se retiró al cuarto
de la costura, y comenzó á burlarse con la criada del aparato que su
primo desplegaba, pues se advirtió en el pasillo mucho ruido de trastos.
--¿Dónde le han introducido, Inocencia?--preguntó á la doncella, que
entraba en aquel momento.
--Está en el gabinete con mamá.
Á los pocos minutos se oyó un fuerte campanillazo.
--Llama la señora--dijo Inocencia corriendo.
--Señorita, que haga el favor de ir al gabinete en seguida, dice su
mamá--manifestó al tornar.
--Bueno--respondió Julita, de mal humor.--¿Están sentados?
--Sí, señorita.
--Pues entonces pueden aguardar sin molestarse.
Mas á los pocos instantes se repitió el campanillazo con más fuerza, y
la niña, adivinando el enojo de su madre, se levantó de malísimo
talante, y dejando caer la costura exclamó con acento desdeñoso:
--¡Vaya, vamos á ver á D. Alfonso, Príncipe de Asturias!
D. Alfonso era hombre de unos treinta y cinco años de edad, buen mozo,
de facciones correctas, las mejillas rasuradas y los bigotes retorcidos
al estilo francés. En sus cabellos negros y ondeados brillaba tal cual
hebra de plata; pero éste era el único signo que acusaba su madurez. Por
lo demás, sus mejillas frescas y sonrosadas, la dentadura blanca y
cuidada y los ademanes sueltos y graciosos le daban aspecto de muchacho.
Su traje de viaje era elegante y coquetón, con ciertos perfiles
parisienses no conocidos en Madrid. Julita se hizo cargo de todo ello
con una rápida ojeada. No era éste el hombre que esperaba encontrar.
Oyendo hablar de su primo como de un calavera gastado, se lo había
representado siempre amarillo, flacucho, desgalichado, echando el pulmón
por la boca como otros calaveras madrileños que conocía de vista.
Al ver á la joven se levantó apresuradamente.
--¡Oh, qué prima tan linda!--exclamó apretándole al mismo tiempo la mano
de un modo cariñoso y franco.--¿Me perdonarás que te haya distraído de
lo que estabas haciendo, verdad?
--No estaba haciendo nada... Siéntese usted.
D. Alfonso quedó un instante suspenso y, sentándose, exclamó con un
gesto de resignación:
--¡Qué terrible desengaño, tía! Su hija no se atreve á tutearme...
¡Estas canas maldecidas!
Julita se puso fuertemente colorada.
--¡No es eso!
--Entonces es que te he sido antipático, confiésalo... Pero yo no tengo
la culpa, ni de ser viejo, ni de que tu mamá te haya molestado por mi
causa.
Julita, cada vez más colorada, no sabía cómo defenderse. Su madre vino
en auxilio.
--Ni lo uno, ni lo otro, Alfonso; lo que hay es que como no te ha
conocido hasta hoy, le da vergüenza.
--¿Es verdad eso?--preguntó á su prima dirigiéndole al mismo tiempo una
mirada clara y risueña.
Aquélla hizo un gesto afirmativo, sonriendo.
--Menos malo... Pero me queda cierto escozor ó remordimiento. Te
agradecería que me dijeses que me perdonas.
Julita, venciendo á duras penas el rubor que la sofocaba, le dijo á
media voz:
--No tengo de qué perdonarte.
--Gracias, primita--manifestó D. Alfonso, levantándose y estrechándole
otra vez la mano con ademán elegante y gracioso.
Después se puso á hablar con su tía en tono jovial acerca de la familia.
Pasó revista á toda la parentela, informándose de ciertas
particularidades que no conocía. La conversación rodó después sobre las
costumbres de París, que describió con gracia y amenidad, procurando
enaltecer á España en la comparación, en vez de deprimirla, como suelen
hacer la mayoría de los viajeros. Esto le captó la simpatía de la
brigadiera. D. Alfonso hablaba con aplomo y naturalidad, pero sin
arrogancia: antes, en medio de la conversación, solía rectificar
cualquier concepto que pareciese inmodesto, esforzándose con empeño en
demostrar que no quería aparecer como hombre notable en ningun aspecto.
Hablando de mujeres, todas le habían dado calabazas. Si hablaba de arte
y daba su opinión sobre los museos ó los cantantes, era protestando de
que entendía muy poco ó nada de pintura ó de música. Si por incidencia
se veía obligado á referirse á algún lance personal que hubiera tenido,
pasaba sobre ello como sobre ascuas, no sin dar á entender que había
hecho todo lo posible por evitarlo, y haciendo de paso cierta burla del
duelo y los duelistas. Como D. Alfonso tenía fama de ser afortunado en
amores y se contaban bastantes devaneos suyos, como tocaba el piano
bastante bien y era reputado por uno de los primeros tiradores de armas
de París y se había batido más de una docena de veces, esta humildad
suya en la conversación formaba un contraste gratísimo, que es prenda
segura de éxito feliz en sociedad. Agregábase á estas buenas dotes el
acento levemente extranjero que hacía más insinuante aun y más suave su
palabra.
Escuchábale Julita fijando en él esa mirada intensa y zahorí con que las
jóvenes analizan en un instante todo el ser físico y moral de un hombre.
Del análisis resultaba su primo altamente favorecido. No tenía idea de
que fuese un hombre tan amable y simpático. Los incidentes de su vida
que le habían contado antes le acreditaban por altivo y violento de
carácter, cuando no por grosero y desvergonzado. Una vez, en Sevilla,
estando por la noche jugando al tresillo en su casa, porque no le daba
bien el naipe, se fué excitando tanto, que concluyó por decir mil
tonterías y anunciar á las señoras que allí había que iba á entrar por
el salón montado en su jaca. Nadie lo creyó, y se le dejó ir sin hacer
caso; mas á los pocos minutos se presentó en efecto á caballo, con
espanto y terror de los presentes, particularmente de las señoras, que
comenzaron á gritar, mientras él espoleando á la jaca soltaba
carcajadas. En otra ocasión, hallándose en relaciones amorosas con una
joven de la clase media, se presentó vestido de etiqueta en casa de los
padres anunciándoles que iba á hablarles de un asunto reservado é
importante. El papá, que era un modesto empleado del gobierno,
figurándose, como todo hacía presumir, que iba á pedirle la mano de su
hija, le recibió temblando de emoción. Después de muchos rodeos y
perífrasis, Saavedra concluyó por pedirle que informase favorablemente
cierto expediente que tenía en su mesa. Esta broma odiosa corrió por
toda la población, poniendo en ridículo á aquel pobre é inocente señor.
Pero viéndole y escuchándole Julita, se olvidó de estos y otros rasgos
no más delicados. Aquel joven tan fino, tan modesto que tenía delante,
no era el mismo indudablemente.
Saavedra, después de haberse mostrado tan galante con su prima, tardó
mucho tiempo en dirigirle la palabra y aun en mirarla. Tan embebido
estaba en su conservación con la brigadiera. Así que aquélla tuvo
sobrado tiempo para hacer de él un escrupuloso examen. El cuello de la
camisa, la corbata, la cadena del reloj, las botas, todo era elegante y
acusaba por la novedad su origen traspirenaico.
--Tendrás deseo ya de quitarte el polvo y lavarte, Alfonso--dijo la
brigadiera.--Vamos á guiarte á tu habitación, que es la que ocupaba mi
hijo Miguel.
No se cansó de loarla D. Alfonso, encontrándolo todo á su gusto.
--Voy á estar aquí como el pez en el agua, tía. Va usted á tener que
echarme; ya verá usted.
--Te advierto--dijo Julia--que la cama la he hecho yo. No digas después
que has dormido mal.
En cuanto soltó estas palabras, tan propias de su carácter festivo,
arrepintióse de haberlas dicho y se ruborizó. D. Alfonso volvió la cara
hacia ella y la miró con cierta curiosidad risueña.
--Precisamente por eso dormiré mal, primita. No has hecho bien en
decírmelo.
Julita se puso mucho más encarnada, y para disimular su turbación
principió á arreglar los frascos del tocador y salió en seguida del
cuarto. Dejólo solo al fin la brigadiera, y poco tiempo después se
presentó de nuevo en la sala con otro traje de última y acabada
elegancia.
--Julita--dijo la brigadiera,--avisa que pongan el almuerzo. Ya tendrás
debilidad, Alfonso.
--No, tía, lo que tengo es hambre. La palabra es más prosaica, pero más
exacta.
La brigadiera aceptó riendo el brazo que su sobrino le ofrecía para ir
al comedor. Durante el almuerzo las tuvo de igual modo agradablemente
entretenidas, contándoles mil sucesos curiosos, pintándoles
minuciosamente las _soirées_ del gran mundo parisién, y de ellas lo que
más podía interesarlas, como era lo referente al tocado de las señoras y
al adorno de los salones. Enmedio de la conversación, no se olvidaba,
sin embargo, un instante de aquellas atenciones galantes y cuidados que
su situación exigía. Sin mirar hacia allá veía cuándo le faltaba vino á
Julia, ofrecía aceitunas á su tía, le acercaba la mostaza, le cortaba el
pan, etc., etc. Julia estuvo alegre, decidora como siempre, acaso más
que otras veces; pero en cuanto soltaba cualquier expresión más ó menos
picaresca, se ruborizaba bajo la mirada firme, risueña y levemente
irónica de su primo. Era la primera vez que se hacía violencia para
estar graciosa y atrevida. Saavedra, cuando la niña tenía alguna
ocurrencia feliz, levantaba la cabeza y con su sonrisa parecía decir:
«Tiene gracia esta chiquilla». Esta sonrisa humillaba un poco á Julia,
pues debajo de ella leía un sentimiento de protección desdeñosa, ó por
lo menos una indiferencia absoluta, mal cubierta por la extremada
cortesía que se desprendía de todas sus palabras y ademanes. Porque eso
sí, D. Alfonso no se descuidaba un instante, no perdía una sola ocasión
de manifestar su rendimiento y decir, lo mismo á su tía que á su prima,
cuanto pudiera serles agradable.
En los días sucesivos no desmintió tampoco jamás su galantería. La
brigadiera escribió á su prima manifestándole «que no un mes, sino toda
la vida tendría á su hijo en casa; que era un perfecto caballero, y que
en España los jóvenes no son capaces de adquirir una educación tan
esmerada y unas maneras como las que él poseía». Entre él y Julia reinó
pronto cordial y perfecta confianza. La niña le entretenía con su charla
animada y pintoresca, que recordaba al expatriado sus años de infancia y
adolescencia. D. Alfonso tocaba también la guitarra, y á esta habilidad
y á la de cantar polos y sevillanas con alguna gracia, debía no pocos
triunfos en los salones de la capital de Francia. Mas allí tocaba y
cantaba para impresionar á las bellas y hacerse notar, mientras aquí
para darse gusto y traer á la memoria días ó sucesos felices. Cuando
tornaba á casa por la tarde, una hora antes de comer, gustaba de
sentarse al lado de su prima, y con la guitarra sobre las rodillas,
cantar todo el repertorio, no sólo de canciones clásicas, sino de
pasacalles, habaneras y polkas de su tiempo. Julia le iba recordando
algunas que él ya tenía olvidadas, y cada vez que esto sucedía, batía
las palmas de gozo y alababa con entusiasmo la memoria de su prima. Ésta
se hallaba en sus glorias aquellos días. No sólo tenía conversación y
estaba entretenida gran parte del día previniendo las necesidades del
forastero, inspeccionando el planchado de su ropa y la limpieza y aseo
de su cuarto y curioseando con alegría infantil en el equipaje, sino
que á todas horas se estaba oyendo llamar bonita, graciosa, elegante,
encantadora. ¡Y qué muchacha sobre la tierra no goza con esto! Porque D.
Alfonso poseía talento singular para echar requiebros sin repetirse y
sin descender á las vulgaridades eternas, y sabía recoger con maestría
cualquier ocasión para ensalzar todas y cada una de las partes del
agraciado cuerpo de la niña. Unas veces eran sus manos, «¡se las
comería!»: otras era su dentadura: «en el extranjero se veían muy pocas
bocas frescas así como aquélla»; otras, en fin, eran sus cabellos negros
como el azabache: «ya estoy cansado de no ver más que estopa sobre la
cabeza de las mujeres». Sin darse cuenta cabal de ello, la niña esperaba
con impaciencia por las tardes la llegada de su primo, y si algo se
retrasaba, alzábase del asiento á menudo y tornaba á sentarse sin motivo
alguno. En estos días fué cuando nuestro bizarro amigo Utrilla escribió
aquellas famosas cartas de que se ha hecho mención en el anterior
capítulo.
Una tarde, al entrar en casa Saavedra, Julia cruzaba casualmente por el
pasillo corriendo. Al pasar por delante de él, sin saludarle, le tiró
por la punta de la corbata y le deshizo el lazo.
--¡Alto, alto, gitanilla! Ven á arreglarlo... No te perdono...
Pero ya Julia había desaparecido riendo. D. Alfonso la siguió. Hallóla
en el comedor. La niña al verle echó á correr de nuevo y se metió en la
cocina.
--¡No te escapas!--gritó Saavedra.
--Sí me escapo--respondió ella, desapareciendo de nuevo.
Corrieron ambos por el pasillo; mas al llegar cerca de la sala, Julia se
volvió, y dando algunos pasos hacia su primo, le dijo:
--No me persigas más, te haré el lazo, pero no respondo de hacértelo
bien.
--Basta con que lo hagas. Es un castigo que te impongo.
Riendo, pero con la mano un poco trémula, le arregló la corbata.
--¿Qué traes aquí colgando?--le dijo después bajando la cabeza para
examinar un dije que el forastero traía en la cadena del reloj.
--Un corazón de oro... ¡como el mío!
Y al decir esto, se bajó y estampó un beso en el cuello de la joven.
Julia se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso roja y, echándole
una mirada severa, le dijo sordamente:
--Te advierto que no quiero que vuelvas á hacer eso.
Saavedra la miraba con ojos risueños, provocativos, y sin hacer caso
alguno del enfado, siguió hablando con ella tranquilamente. Julia,
vacilando qué partido tomar, contestaba gravemente á sus preguntas sin
mirarle. Al cabo, el perfecto sosiego y la seguridad de su primo la
fueron venciendo, y concluyó por mostrarse alegre como antes.
Las relaciones siguieron cordialísimas algunos días, hasta que de pronto
Julia, sin saber por qué, comenzó á mostrarse seria y melancólica.
Algunas tardes, en vez de ir á la sala á dar conversación al forastero,
le dejaba solo con su mamá. Si le encontraba en el pasillo, le dirigía
una mirada furtiva y severa, y le dejaba pasar sin decirle nada. Algunas
veces, cuando aquél le dirigía la palabra, no contestaba, fingiéndose
distraída; otras veces, si iba á entrar en el gabinete y estaba él allí
leyendo un periódico, daba la vuelta rápidamente. Todas estas señales
de desprecio ó resentimiento, aunque parezca raro, no causaban efecto
alguno en D. Alfonso, el cual, como si no las advirtiese, continuaba
desplegando con ella la misma galantería, y aun más si cabe, sin cambiar
tampoco en un ápice sus costumbres, ni sus horas de salir y entrar en
casa. No todos los días estaba triste Julia. Había algunos en que, sin
motivo alguno tampoco, parecía extremadamente alegre, atronaba con sus
gritos la casa, embromaba á su mamá, á su primo, á todos los que
frecuentaban la casa, y se mostraba en sus chistes más atrevida que
otras veces. Pero acaecíale de pronto, en medio de esta ruidosa alegría,
quedarse algunos momentos con los ojos fijos, extáticos, y entonces su
fisonomía tomaba una expresión dolorosa muy singular. En estos días
risueños afectaba con el forastero amabilidad inusitada, como si
quisiera indemnizarle de los pequeños desaires que en los anteriores le
daba. D. Alfonso le robó otros tres ó cuatro besos, lo cual ocasionaba
siempre una protesta enérgica por parte de la niña, y últimamente la
amenaza formal de decírselo á su madre. Sin embargo, no eran éstos los
días de tristeza y abatimiento.
Formaban, cierta tarde, tertulia Julia, Miguel y Maximina con el
forastero, en el gabinete de la brigadiera. Julia estaba muy contenta.
De pronto, Saavedra dice:
--Oyes, Julita, ¿tú no tienes novio?
La muchacha se puso como una cereza; después pálida. Miguel, viendo su
turbación, y equivocándose de medio á medio acerca del motivo, acudió en
su auxilio diciendo:
--Julia no se ha fijado todavía en ningún hombre. Tiene el carácter
demasiado ligero...
--¿Qué sabes tu?--interrumpió aquélla con furia, echándole una mirada
feroz.
--Yo pensaba, querida mía...
--Tú puedes hablar de lo que sepas. De lo que pasa dentro de mí nada
sabes--repuso con entonación severa; y volviéndose á su primo, y
mirándole á la cara fijamente, añadió:
--Y si lo tuviese, ¿qué?
--Nada--respondió tranquilamente D. Alfonso;--que me alegraría fuese
digno de ti, lo cual no me parece fácil, dado lo que tú vales, primita.
--¡Oh, sí: yo soy una divinidad!--exclamó la niña con acento sarcástico.
Permaneció un momento pensativa, y levantándose salió del gabinete.
Miguel había quedado sorprendido de la contestación de su hermana, no
tanto por el alcance de sus palabras, como por el tono violento y
desdeñoso que hasta entonces jamás había usado con él. Y deteniéndose á
meditar un instante, no anduvo lejos de averiguar lo que pasaba por el
corazón de la niña.
Entró ésta de nuevo, al cabo de unos minutos, con el semblante risueño,
lo mismo que antes, y comenzó á alegrar la tertulia con sus ocurrencias.
No se sentó. Daba vueltas por la habitación, moviéndose con la gracia y
la volubilidad que la caracterizaban. Miguel observó, no obstante, que
había demasiada agitación en aquella alegría. Pasaba de una conversación
á otra violentamente: hacía preguntas que ella misma se contestaba, y
dejaba escapar carcajadas por el más liviano motivo. Sentóse al piano, y
se puso á teclear fuertemente. Después cantó una romanza de ópera, que
interrumpió súbitamente para empezar una canción española, que tampoco
concluyó. Dejó el piano después para retozar con Maximina, á la cual,
quieras ó no, hizo bailar una polka. Luego, la emprendió con su
hermano, á quien besó repetidas veces, diciendo á Maximina:
--No te celarás, ¿verdad?
Los ojos del forastero la seguían en todas estas evoluciones, fijos,
persistentes, con cierta leve expresión de ironía. Miguel lo observó, é
hizo un gesto imperceptible de disgusto.
En los días que siguieron, el desdén que Julia mostraba á su primo se
fué acentuando de un modo poco conveniente. Bastaba que él entrase en la
habitación donde ella estaba para que inmediatamente se saliese. Si la
invitaba á cantar ó á tocar el piano, se negaba rotundamente. No le
dirigía la palabra, y si se veía obligada á contestar á alguna pregunta,
lo hacía con mal humor y sin mirarle á la cara. La brigadiera advirtió
estas faltas, y la reprendió severamente; mas no consiguió nada. D.
Alfonso parecía no advertirlas, y seguía imperturbable practicando su
exquisita cortesía, y aprovechando cualquier ocasión para tributarle
alguna alabanza, que, por supuesto, ella recibía de malísimo talante.
Un día, á la hora de comer, de sobremesa ya, la brigadiera departía
amigablemente con su sobrino. Julita guardaba silencio obstinado,
haciendo bolitas de pan y mirando fijamente á la mesa. Se hablaba de un
baile que iba á dar un duque, amigo de Saavedra, en el cual se quería
resucitar el antiguo y clásico minué. Al efecto, hacía días que se
estaban ensayando, y Saavedra había encargado un lujoso vestido de
casaca y pantalón corto, cuyos pormenores estaba describiendo
prolijamente á su tía. Julita levantó la cabeza, y fijando en él una
mirada provocativa, le dijo, con cierto encono mal refrenado:
--Parece mentira que tú te ocupes en esas cosas.
--¿Por qué, primita?--preguntó sonriendo con amabilidad D. Alfonso.
--Porque tú ya eres un viejo--repuso la niña con acento despreciativo.
Ante aquella salida grosera hubo un instante de silencio. La brigadiera
fué quien lo rompió indignada, sin que la ira le dejase terminar las
frases.
--¡Chiquilla! ¡Insolente! ¡No te da vergüenza! ¿Cómo te atreves?... ¡Si
me fuese á llevar del genio!.. (levantándose en actitud airada).--¡Á
ver... ¡Sal ahora mismo de aquí, desvergonzada!...
D. Alfonso, sonriendo con la misma tranquilidad, procuraba calmarla
diciendo:
--Pero ¿qué tiene de particular eso, señora? Julia no ha dicho más que
la verdad. Es lo mismo que yo me digo todas las mañanas al peinarme...
Lo peor de todo es que soy un viejo verde...
La brigadiera, sin escuchar, le señalaba la puerta á su hija con el
brazo extendido. Ésta, saltándosele las lágrimas, pero con semblante
hosco y fiero, salió del comedor.
D. Alfonso siguió haciendo esfuerzos para calmar á su tía, que, no
habiéndose desahogado, según costumbre, de un modo más brutal, buscando
la compensación, cubría de dicterios á su hija. Sosegada á medias, se
levantó para dormir un poco la siesta. El forastero también se levantó
con el cigarro en la boca, y con paso lento, perezoso, se fué hacia el
cuarto de costura, donde esperaba hallar á su prima. En efecto, allí
estaba leyendo un libro frente á una mesilla, con la cabeza apoyada en
una mano y la otra pendiente sobre el respaldo de la silla. D. Alfonso
se detuvo á la puerta y la contempló algunos instantes, dibujándose en
sus labios una sonrisa indefinible. Julia permaneció inmóvil, rígida,
frunciendo un poco más la frente. D. Alfonso se acercó lentamente hasta
ella y, bajando con humildad la cabeza, posó los labios en la mano
pendiente de la niña, diciendo al mismo tiempo:
--¡Perdón!
Julia dió un brinco dejando caer la silla, y se escapó como una
exhalación.
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