EN la redacción reinaba silencio inusitado. No se oía
más que el crujir de las plumas de acero sobre el papel. Los redactores
escribían en torno de una gran mesa forrada de hule, exceptuando dos ó
tres colocados frente á unas mesillas de pino en los rincones de la
sala. De pronto, uno de barba poblada y gris levantó la cabeza
preguntando:
--Diga usted, Sr. de Rivera, ¿no estaba señalado para el día 18 el
movimiento?
Miguel, que escribía en una de las mesitas privilegiadas, respondió sin
levantar la cabeza:
--No me cansaré, Sr. Marroquín, de recomendar á usted la discreción.
Observe usted que nuestras cabezas peligran todas, desde las más
humildes como la del Sr. Merelo y García, hasta las más severas y
magníficas como la de nuestro dignísimo director.
Los redactores sonrieron. Uno de ellos preguntó:
--¿Y qué es de Merelo? No ha venido todavía.
--Hasta las doce no puede venir--contestó Rivera.--De diez á doce
conspira siempre contra las instituciones en el café del Siglo.
--Yo pensé que era en Levante.
--No, en Levante es á última hora, de dos á tres.
El primero que había hablado es aquel mismo señor Marroquín, de
perdurable memoria, profesor de Miguel en el colegio de la Merced,
enemigo nato del Supremo Hacedor y hombre hirsuto hasta donde un bípedo
puede serlo. La razón de encontrarse allí es la siguiente: Un día,
cuando estaba concluyendo de almorzar, pasaron á Miguel recado de que un
caballero le aguardaba en el despacho. El caballero era Marroquín, que
más parecía por la traza un mendigo. Tan pobre, sucio y raído estaba. Al
ver á su discípulo se enterneció, aunque parezca extraño. Después le
contó, con verdadera elocuencia, que no tenía una peseta, y se morían de
hambre él y sus hijos, concluyendo por pedirle una plaza de redactor en
_La Independencia_.
--Yo no soy propietario del periódico, querido Marroquín. Lo único que
puedo hacer por usted es darle una carta para el general conde de Ríos.
En efecto, le dió la carta, y Marroquín se presentó con ella en casa del
general; pero tuvo la mala fortuna de llegar en la peor sazón, cuando
aquél, hecho un energúmeno por los pasillos de su casa, recordaba el
repertorio de juramentos en que tanto se había distinguido el sargento
Ríos. La razón era que uno de sus pequeños se había bebido un frasco de
tinta persuadido de que era Valdepeñas. Si tienen ó no los juramentos é
interjecciones de los carreteros influencia decisiva en los
envenenamientos, no lo sabemos; pero el general los empleaba con la
misma fe que si se tratase de un antídoto poderoso. El paciente
inclinaba su cabecita pálida contra la pared derramando copioso llanto.
--¿Qué trae usted?--le preguntó el conde clavándole una mirada iracunda.
--Una carta--contestó el pobre Marroquín presentándosela con mano
trémula.
--¡Vomita!--gritó el general con los ojos llameantes.
--¿Cómo?--preguntó tímidamente el profesor.
--Vomita, niño, vomita, ¡ó te estrello!--rugió el ilustre caudillo de
Torrelodones sacudiendo á su hijo por el cuello.--¿Y qué dice la carta?
--Es del Sr. Rivera, pidiéndole una plaza de redactor en _La
Independencia_ para un servidor de V. E...
--¿No puedes? ¡Métete los dedos en la boca!... Ya sabe el Sr. Rivera
sobradamente que no hay plaza, que todas están ocupadas, y que ya me
duelen las orejas... ¡A ver si te metes los dedos, chiquillo, ó te los
meto yo!
Marroquín obró prudentemente levantando el pestillo de la puerta y
saliéndose con disimulo. Más adelante, Miguel habló al general en
momento más propicio, y pudo conseguir que se le admitiese en la
redacción con un sueldo mensual de veinticinco duros.
En _La Independencia_, escribía, además de aquel redactor _de fondos_
que ya conocemos, un cura apóstata y liberal que se había dejado crecer
la barba hasta el pecho y contaba á sus compañeros los secretos de la
confesión cuando venía un poco ó un mucho beodo. Era íntimo de
Marroquín. Ambos tenían la misma ojeriza á la Divinidad, y ambos
trabajaban con afán por libertar á la humanidad de su yugo. Sin embargo,
un día estuvo á punto de enfadarse seriamente con el hirsuto profesor
porque hizo chacota de la Eucaristía, lo cual confirmó á éste en su
opinión de que «el cura siempre tira al monte». Se llamaba D. Cayetano.
Otro de los redactores era un joven rubio, bello y tímido, que se
sentaba en uno de los rincones de la sala y sólo levantaba la cabeza al
escuchar alguna frase brillante, por las cuales sentía pasión loca. Sus
artículos eran siempre un empedrado de palabritas sonoras, fluidas,
titilantes (adjetivos que representaban gran papel en el repertorio de
Gómez de la Floresta). Jugaba con ellas lo mismo que un saltimbanqui. El
que quisiera verle contento no tenía más que decir alguna metáfora ó
inventar algún adjetivo armonioso. Rivera, que conocía este flaco, solía
darle por el gusto.
--Esta tarde, señores, he visto una mujer cuya mirada brillaba como la
hoja de un puñal damasquino.
Gómez de la Floresta levantaba, rojo de placer, la cabeza y le dirigía
una sonrisa de felicitación.
--Eso es, una mirada fría y siniestra.
--Tenía el cutis terso y ardiente con surcos marmóreos. Los cabellos
caían como una cascada de oro sobre su cuello de cisne aprisionado por
un collar de brillantes que parecían gotas de luz....
--¡Gotas de luz! ¡Qué bonito es eso, Rivera! ¡Qué bonito!
--Era una mujer á propósito para hacer un poco de tiempo vida oriental.
--¡Eso es! Refugiados en un minarete, aspirando los perfumes de la
Persia, dejando que sus manos de nácar acaricien nuestros cabellos,
libando en su boca de rosa el néctar de la voluptuosidad.
--Veo con regocijo, Sr. de la Floresta, que está usted en lo firme.
Hagamos punto, sin embargo. Se le han subido á usted las frases á la
cabeza y preveo un desenlace fatal.
El redactor sonreía avergonzado y continuaba su tarea.
Un joven delgado, de pómulos salientes, ojos oblicuos y andar
desgarbado entró haciendo mucho ruido y tarareando algunos compases de
vals. Se acercó á la mesa donde escribía Miguel, y dándole una palmadita
en el hombro, dijo con alegre entonación:
--Hola, amigo Rivera.
Este, sin levantar la cabeza, respondió muy gravemente:
--Despacio, despacio, Sr. Merelo; despacio, que no somos todos iguales.
Los redactores rieron.
Merelo, un poco acortado, exclamó:
--¡Este Rivera siempre está de broma!... Pues señor--siguió, arrojando
el sombrero sobre la mesa,--en este momento llego de la reunión
arancelaria del Teatro del Circo...
--¿Quién habló? ¿quién habló?--preguntaron varios.
--Pues hablaron D. Gabriel Rodríguez, Moret y Prendergast, Figuerola y
nuestro director; pero el que mejor habló fué D. Félix Bona.
--¡Hombre! ¿Y qué ha dicho?
--Pues empezó diciendo que él... el más humilde de todos los que allí
estaban...
--¿Y usted, Sr. Merelo, no ha protestado contra esa
afirmación?--preguntó Miguel desde su mesa.
Merelo le miró sin comprender; mas sintiendo al cabo el alfilerazo, hizo
una mueca de disgusto y siguió, aparentando desprecio:
--Que él venía á hablar allí en nombre del comercio al por menor...
--No, pero usted, amigo Merelo--interrumpió el ex cura, que gustaba
mucho de embromar al noticiero,--debió haber protestado contra aquello
de la humildad.
Merelo transigía, hasta cierto punto, con las bromas de Rivera, en quien
reconocía superioridad; pero las del cura le crispaban los nervios. Así
que, lleno de ira, juntó las manos como hacen los sacerdotes en misa y
cantó:
--_¡Dóminus vobiscum!_
Carcajada general de los redactores. El cura se puso colorado hasta las
orejas; y fuertemente desabrido quiso continuar la broma, aguzándola
cada vez más; pero el noticiero, que no tenía mucho ingenio, contestaba
siempre:
--_¡Dóminus vobiscum!_
Con entonación tan cómica y clerical, que los periodistas se
desternillaban de risa.
El cura se puso al fin amoscado. En vez de bromas, lo que dirigía á
Merelo eran verdaderos insultos. Uno de ellos fué tan vivo y
desvergonzado, que aquél se vió en la necesidad de alzar la mano y
soltarle una soberana bofetada. Momentos de confusión y tumulto en la
redacción. Varios individuos sujetan, á duras penas, á D. Cayetano, que
con las tijeras de cortar sueltos en la mano declara en alta voz su
propósito de sacar las tripas á Merelo. Éste, á quien no complace poco
ni mucho tal declaración, ruega á sus compañeros que le suelten, «que él
no tolera imposiciones de nadie»; pero sus amigos comprenden que es pura
retórica, y le sujetan cada vez con más cuidado. Al fin se logró calmar
á los irritados contendientes, y vino un cuarto de hora de sosiego,
durante el cual todos se aplicaron á escribir en silencio. Por fin
levanta Miguel la cabeza y pregunta:
--Oiga usted, Sr. Merelo, ¿cuándo piensa usted ir á Roma?
--¿Á Roma?... ¿Á qué?
--Á que le perdonen el pecado de haber puesto la mano en persona
sagrada. Aquí no le pueden absolver.
Se arma de nuevo una zambra de risa en la redacción. El cura furioso
suelta la pluma, toma el sombrero y se va.
Y en tales bromas y en otras semejantes, siendo el alma de ellas casi
siempre nuestro Rivera, solían perder mucho tiempo los redactores de _La
Independencia_. Á más de éstos había otros tres ó cuatro de menor
cuantía, y un sinnúmero de meritorios que acudían solícitos por las
noches á llevar al director su ofrenda de sueltos y artículos, la cual
era despreciada la mayoría de las veces. Entre todos estos llamaba la
atención un señorito aún no entrado en quinta, feo, raquítico y bien
trajeado, que solía escribir artículos de crítica literaria, los cuales
firmaba siempre con el pseudónimo _Rosa de te_. Era severísimo con los
autores, y se creía siempre en el deber de darles sanos consejos acerca
del arte que cultivaban. Á menudo les decía que esto no era humano,
aquello verosímil, lo otro castizo. Hablaba mucho de la vida, que á su
juicio ningún autor conocía, ni tampoco las mujeres. Sólo _Rosa de te_
tenía una idea exacta del mundo y del corazón de la mujer. Al comenzar
sus críticas cuidaba siempre de colocar al autor en el banquillo de los
acusados, subiéndose él al sillón del presidente del tribunal. Desde
allí interrogaba, reprendía, disertaba, sonreía sarcásticamente: «¿Dónde
ha visto D. Fulano que una joven exclame ¡cielos! cuando le duelen las
muelas? ¡Bien se conoce que D. Fulano no ha pisado mucho los salones
aristocráticos! La vida, D. Fulano, no es como usted la pinta: es
necesario vivir dentro del medio social para aspirar á reflejarlo. Lo
que no vemos tampoco en la obra de D. Fulano es el argumento. ¿Y el
argumento, D. Fulano, y el argumento? ¿Qué carácter tiene el
protagonista de su obra? En un capítulo dice que tiene mucho apetito, y
se comería de buena gana una lata de sardinas de Nantes, y algunos
capítulos más adelante dice que las sardinas le repugnan. ¿Qué lógica es
ésta? Los caracteres en el arte han de ser bien definidos, lógicos, de
una sola pieza. El protagonista de D. Fulano sólo toma en el curso de la
obra, según nuestra cuenta, diez y nueve resoluciones. ¿Le parecen
bastantes resoluciones éstas á D. Fulano para un protagonista? Ni
siquiera nos parecen suficientes para un personaje secundario. Así que
no tiene más remedio que resultar el carácter borroso, incoloro, falto
de vida y energía. La energía en los caracteres es cosa que no me
cansaré de recomendar á los autores dramáticos y novelistas. Además,
procure D. Fulano ser más original. Aquella contestación que da Ricardo
á la condesa en el capítulo sexto cuando dice:--¡Señora, no volveré á
poner más los pies en esta casa!--ya la habíamos leído antes en Walter
Scott».
A Miguel le hacía mucha gracia este muchacho, á quien llamaba siempre
_sacerdote_, por las muchas veces que hablaba en sus artículos del
«sacerdocio de la crítica». _Rosa de te_, tan bravo y altivo con los
poetas y novelistas, era un santo Job para sufrir la vaya constante de
Miguel y los demás redactores. Un día, sin embargo, tuvo la mala
ocurrencia de censurar acremente á un poeta amigo de aquél, y Rivera,
indignado, le llamó necio y badulaque en la cara, sin que el pobre Rosa
la levantase para contestar. Cuando llegó Mendoza, irritado todavía, le
dijo:
--Vamos á ver, Perico, ¿por qué consientes que escriba las revistas
literarias ese chiquillo estúpido, que á cada momento está poniendo en
ridículo el periódico?
Mendoza, según costumbre, guardó silencio. Pero Miguel insistió.
--Quiero que me expliques por qué...
--No cobra los artículos--respondió aquél en voz baja.
--¡Pues son muy caros!
Aunque sin mucha afición á la política, Miguel trabajaba con asiduidad
en el periódico. La atmósfera revolucionaria se había condensado
bastante, y ningún joven podía sustraerse á su influencia febril y
turbulenta. El conde de Ríos fué desterrado á las Baleares á la postre.
Mendoza, de la noche á la mañana, desapareció de Madrid, dejando una
carta á su amigo Miguel, en que le decía que se escapaba porque tenía
noticia de que la policía le iba á echar mano, y rogándole se encargase
de la dirección del periódico. No poca risa le causó al hijo del
brigadier la tal carta, pues estaba bien convencido de que el Gobierno
no se acordaba para nada del pobre Brutandór. Se encargó, no obstante,
de la dirección efectiva de _La Independencia_, ya que la aparente en
aquellos calamitosos tiempos de persecución pertenecía siempre á un
testaferro. Y para cumplir debidamente su cometido, comenzó á frecuentar
los denominados círculos políticos, y muy especialmente el salón de
conferencias del Congreso de los Diputados, que era entonces, lo es
ahora y seguirá, probablemente, siendo la oficina donde se elabora la
felicidad del país. Así que, al pisarlo por vez primera, no pudo
reprimir un sentimiento de respeto y veneración.
Al ver el movimiento y la agitación que allí reinaban, nuestro héroe no
pudo menos de comparar aquel salón y los pasillos que lo circundan á una
gran fábrica. Muchedumbre de obreros con sombrero de copa, van, vienen,
entran, salen, se saludan, se codean. En el rostro llevan impresa la
huella de los altos cuidados que les agitan. Algunos se sientan delante
de los escritorios y escriben con mano febril cartas y más cartas: de
vez en cuando se pasan la mano por la frente y exhalan un suspiro de
fatiga, y quizá de dolor, por verse obligados, en aras del interés del
Estado, á negar un destino á algún elector poderoso que no lo merece.
Otros salen del salón de sesiones y se sientan en un diván á meditar
acerca del discurso que acaban de oir, ó se acercan á algún grupo y
discuten acaloradamente lo que, por una modestia que les honra, no han
querido discutir en la sesión. Otros se arriman al quicio de una puerta
y esperan ansiosos el paso de algún ministro para recomendarle un asunto
de interés general para la familia. Todo esto le recordaba á Miguel el
trajín, el ruido y la actividad prodigiosa que había tenido ocasión de
observar en una fábrica de fundición de hierro, allá en Vizcaya. Allí
como aquí, los hombres se movían en direcciones contrarias, marchando
cada cual á su tarea. Iban algo peor vestidos, y enseñaban un cuello y
un pecho más tostados que debían de estarlo los de los representantes
del país; pero esto consistía en que hacía más calor en la fábrica que
en el salón de conferencias. En vez de cartas y otros documentos, los
hombres llevaban allí barras de hierro candente en las manos, que se
entregaban unos á otros, lo mismo que los diputados se entregan sus
papelitos.
Ni se crea que en el salón de conferencias hace frío; nada de eso. En
cada una de sus cuatro esquinas hay una gran chimenea donde arden añosos
y secos troncos que el país previsor aporta para que sus representantes
no se hielen. Además, los hornos de cok encendidos en los sótanos
despiden columnas de aire tibio por algunas bocas abiertas en el suelo.
Las alfombras, las cortinas, los ventiladores y mamparas hacen,
finalmente, que la temperatura no sea ni fría ni extremadamente
calurosa. Indudablemente el sistema de calefacción está mejor entendido
en el salón de conferencias que en la fábrica de Vizcaya. Á lo largo de
sus paredes hay anchos y cómodos divanes donde los diputados y los
periodistas que los ayudan en la ímproba tarea de salvar al país pueden
descansar algunos momentos. Y si quieren refrescarse ó restaurar las
perdidas fuerzas, hay también una cantina donde la nación proporciona
gratis á sus procuradores agua y azucarillos en abundancia, y mediante
módico precio, jamón, pavo, pasteles, jerez, manzanilla, y otras viandas
y bebidas. Inteligentes y solícitos porteros les despojan, apenas
entran, de sus gabanes y los guardan con esmero, para restituírselos
después á la salida, á fin de que por modo alguno se constipen. Á Miguel
le impresionó vivamente, á su entrada en el Congreso, la sumisión y el
profundo respeto con que un portero estaba quitando el gabán de pieles á
un caballero de luenga perilla blanca, el cual le dejaba hacer con aire
grave y displicente, inclinando la cabeza á un lado y á otro, como si no
pudiese con los pensamientos que la llenaban. Después tuvo ocasión de
ver á este mismo caballero en la cantina tomando unas rajas de lengua en
escarlata: el mismo aire reflexivo, reservado, imponente. Supo con
alegría que se llamaba el Sr. Tarabilla, gobernador que había sido de
varias provincias, jefe superior honorario de Administración civil,
presidente en otro tiempo de la Junta de Clases pasivas, teniente
alcalde dos veces del Ayuntamiento de Madrid, presidente en la
actualidad de la Junta de Ganaderos, y secretario que fué de la comisión
de actas en el Congreso, donde á propósito de la de Becerrea formuló un
voto particular, que no se llegó á discutir.
Tuvo nuestro héroe una de las más puras satisfacciones de su vida en
conocer á un personaje de tanta monta dentro de la política, y se
propuso ir poco á poco y de la misma suerte conociéndolos á todos.
Solía andar de grupo en grupo escuchando atentamente las discusiones
entabladas entre los prohombres más señalados. Era su deber enterarse de
sus opiniones y propósitos á fin de dirigir con acierto el periódico.
Sorprendiéronle algunos de estos debates familiares, pero muy
particularmente uno á que asistió pocos días después de entrar en el
salón de conferencias. En el centro de un grupo numeroso y apretado
discutían vivamente un ministro y uno de los jefes de la oposición,
sobre cierto artículo de la Constitución de 1845, en que se prohibía la
pena de confiscación de bienes. El ministro sostenía que esta
prohibición no era absoluta y que en el artículo se indicaban las causas
por las que un ciudadano podía ser privado de sus bienes. El personaje
de la oposición gritaba como un energúmeno que sí lo era tal, que no
había tales causas ni tales carneros. Ambos estaban rojos y á punto de
encolerizarse de veras. Por último, el ministro preguntó con energía:
--Pero vamos á ver, Sr. M^{***}, ¿ha leído usted la Constitución del 45?
--No, señor, no la he leído, ni ganas--gritó el señor M^{***}
furioso.--¿La ha leído usted?
--Aunque no la he leído--repuso el ministro con firmeza,--sé que en el
título primero se señalan las causas para la confiscación... Y si no,
aquí está el señor R^{***}, que ha sido ministro en aquella época y nos
lo puede decir.
El señor R^{***}, que era un anciano completamente rasurado, al oir la
interpelación y al observar que todos los ojos se volvían hacia él,
sonrió entre malicioso y avergonzado, y dijo:
--El caso es, amigo mío, que yo tampoco me acuerdo de haberla leído
toda.
En un principio estas discusiones y el conocimiento cada vez más amplio
de la maquinaria política, le cautivaron. Mas á la postre, después de
haber tenido el honor de conocer de vista y aun saludar á casi todos los
próceres del reino y de haber aprendido de sus labios no pocos secretos
para la gobernación de los pueblos, tuvo el sentimiento de comprender
que empezaba á aburrirse. La mayoría de las tardes prefería coger un
libro de Shakspeare, de Goëte, de Hegel, de Spinoza y sentarse á leer al
lado de su esposa, mientras ésta cosía ó bordaba, á pasear por los
corredores del Congreso y escuchar las disertaciones del Sr. Tarabilla y
de otros notables varones. Y digo que lo averiguó con sentimiento,
porque una voz interior le advirtió en seguida que no era éste el camino
para llegar á la fortuna y la celebridad, sino el que gloriosamente iba
recorriendo paso tras paso el Sr. Tarabilla. Pero siendo lo mejor, se
empeñaba, sin embargo, en seguir lo peor, porque la humanidad es flaca y
las pasiones la arrastran á menudo á la perdición. Hasta las tardes en
que se dignaba visitar el Congreso, en vez de juntarse á los grupos,
abrazar á los diputados, adular á los ministros y emitir su opinión en
cuantas cuestiones se suscitasen, dejándose arrastrar de la melancolía
(quizá de la nostalgia de su esposa, su butaca y su Shakspeare), se iba
á sentar solitario en cualquier diván, y allí pensaba ó dormitaba,
forjándose la ilusión de que estaba cumpliendo con su deber. Miraba con
ojos distraídos desfilar el enjambre de diputados, periodistas y
aficionados que los secundan, sin que su actividad febril, su agitación
y su anhelo despertasen en nuestro perezoso el noble deseo de trabaja r
por el país y contribuir de algún modo á su felicidad. Á veces, no
sabiendo ya en qué pensar, se entretenía en buscar parecidos entre las
personas que veía y otras que había conocido antes. Llamóle
particularmente la atención un diputado, director de Aduanas, que se
parecía como un huevo á otro á cierto pescador de Rodillero á quien
apodaban Talín. Le había conocido con motivo bien triste: se le había
muerto un hijo de sarampión y no tenía una peseta en su casa para
enterrarle. El pobre tuvo que llevarle en brazos al cementerio y abrir
él mismo la fosa. Pocos meses después pereció Talín en una célebre
galerna descrita ya en las novelas. ¡Pero cómo se parecía aquel señor
diputado á Talín! Había otro cuyo rostro, cuajado de costurones y
cicatrices, sin cejas ni pestañas, perdidas en una enfermedad secreta,
que le obligaba á ir todos los años á Archena, semejaba notablemente al
de un pobre minero que había conocido en Langreo. Trabajaba éste en las
chimeneas de las minas, pasando todo el día metido en un tubo estrecho
que él mismo iba abriendo con trabajo. Un día se inflamó el gas y le
quemó el rostro y las manos horriblemente. Después tuvo que pedir
limosna.
Cuando estas imaginaciones le fatigaban, llamaba á Merelo y García y le
hacía sentarse á su lado recreándose en oirle referir, con la vehemencia
que le caracterizaba, todas las menudencias de bastidores (si no es
irreverencia comparar los pasillos del Congreso á los bastidores de un
teatro). Era Merelo entonces el fénix de los noticieros de Madrid y la
envidia de los demás propietarios de periódicos, que más de una vez
habían tratado de arrebatárselo al conde de Ríos, ofreciéndole el oro y
el moro. Pero Merelo, con una lealtad nunca bastante loada, y eso que él
no cesaba de loarla, se había mantenido firme, rechazando todas las
proposiciones que se le hicieron. Ninguno como él para recorrer en un
instante una docena de grupos, averiguar lo que hablaban, de lo que
habían hablado y de lo que iban á hablar, deslizarse entre las piernas
de los diputados y sorprender los secretos más íntimos y arcanos de la
política, moler á preguntas á los embajadores, atreverse con los
ministros, martirizar á los empleados y sacar á cada cual lo que tenía
en el cuerpo, unas veces con suavidad, otras casi á viva fuerza.
Realmente Merelo y García fué en España el Bautista de esa pléyade de
jóvenes noticieros que actualmente tanto ilustran nuestra prensa. El fué
quien trazó los primeros lineamientos de las conferencias, en forma de
preguntas y respuestas, que después se han generalizado tanto. No
obstante, en tiempo de Merelo aún estaban en mantillas, y los
embajadores chinos ó marroquíes no contestaban de un modo tan preciso y
categórico como ahora á los _reporters_ cuando les preguntan
verbigracia:--¿Cuántas horas han tardado ustedes en el viaje?--¿Ha
podido usted conciliar el sueño?--¿Se ha bajado usted alguna vez al
retrete? etc., etc.
Era nuestro Merelo más conocido que la ruda en todos los centros
oficiales y más temido que el cólera morbo. Cuando se le metía en el
caletre averiguar cualquier cosa, no le arredraban ni las malas caras ni
las contestaciones groseras. Estaba á prueba de desaires. Se contaba que
al salir de una importantísima conferencia diplomática el ministro de
Estado, Merelo le abocó preguntándole con la mayor frescura:
--¿Qué tal, Sr. F^{***}, se arregla ó no se arregla lo del tratado?
El ministro le mira con curiosidad y le pregunta:
--¿De qué periódico es usted redactor?
--De _La Independencia_--manifiesta Merelo muy risueño.
--Bien se conoce, por la poca vergüenza que usted tiene--repone el
ministro fríamente, girando sobre los talones.
El general conde de Ríos contaba á sus tertulios con lágrimas de
entusiasmo un famoso testimonio que de sus especialísimas dotes había
dado Merelo en cierta ocasión. Hallábase éste como siempre á perro
puesto en una de las puertas del salón de conferencias, olfateando hacía
rato alguna noticia, cuando acertó á ver que un portero entregaba al
presidente del Consejo de ministros un telegrama. Abriólo éste, lo leyó
con atención, y frunciendo la frente, lo arrugó después entre las manos
y se salió á paso lento hacia los pasillos. Merelo toma vientos y le
sigue con las orejas tiesas, la mirada ansiosa, las narices abiertas. El
presidente se mete en los retretes. Merelo le espera inmóvil. El
presidente sale. Entonces se opera en el cerebro de Merelo una de esas
revoluciones súbitas y terribles. Vacila algún momento en seguirle; pero
en aquel punto le acomete una famosa inspiración que ha hecho raya en
los fastos del noticierismo. En vez de seguir la presa, se introduce
como un relámpago en los retretes, mira, busca, rebusca... En el fondo
de la vasija de un urinario hay un papelito azul arrugado. Merelo no
vacila y se apodera de él.
Aquella noche insertaba _La Independencia_ el siguiente suelto: «Parece
que encuentra dificultades en Roma la preconización del obispo electo de
Málaga Sr. N^{***}, primo hermano del presidente del Consejo de
ministros». Leyó éste la noticia en la cama y quedó altamente
sorprendido, según confesó después á sus amigos, pues la especie de que
el Papa se oponía á la preconización de su primo se la había trasmitido
el embajador por telégrafo. Dando vueltas á la imaginación, recordó que
aquella tarde, después de leer el telegrama, una sombra le seguía por
los pasillos del Congreso, y le aguardaba á su salida del retrete. El
presidente adivinó de pronto y soltó una gran carcajada.--«¡Vaya, buen
provecho!»--dijo apagando la luz.
[imagen decorativa]
V
UTRILLA se había acostado por la noche calenturiento,
nervioso. La cosa no era para menos. Había perdido por segunda vez el
semestre. Quedaba por lo tanto expulsado de la Academia de Estado Mayor.
Se lo había dicho el corazón antes de entrar en el examen:--«Jacobo, te
van á preguntar con seguridad el péndulo, que es en lo que estás más
flojo.»--Y en efecto, así que tomó asiento delante del tribunal, ¡zas!
el profesor de mecánica le dice con acento almibarado:
--Tenga usted la bondad, Sr. Utrilla, de desarrollarnos la teoría del
péndulo.
El cadete se levanta un poco pálido y mira con ojos extraviados al
tribunal. El profesor de álgebra sonríe irónicamente adivinando su
confusión. ¿Por qué le había tomado tal ojeriza aquel tío? Utrilla sólo
se lo explicaba por envidia. El profesor le había visto haciéndose el
oso con Julita en un teatro. Se levanta, y con paso vacilante va al
matadero, quiero decir, al encerado. Traza con mano trémula algunas
cifras, y al cabo de quince minutos exhala un gran suspiro de descanso y
se vuelve al tribunal. El profesor de Mecánica vuelve la cabeza, varias
veces en signo negativo:
--No es eso, Sr. Utrilla, no es eso.
El cadete borra con la esponja las cifras que había trazado, y vuelve á
comenzar la operación. Otro cuarto de hora de silencio; otro suspiro de
descanso; más signos negativos por parte del profesor.
--Tampoco es eso, Sr. Utrilla.
Y Utrilla borra de nuevo, y de nuevo comienza á trazar guarismos. Pero
esta vez desfallecido, confuso, lívido, pensando ya en la muerte.
--Tampoco, tampoco es eso, Sr. Utrilla--manifiesta el profesor con
acento compasivo.
El de Álgebra sonríe mefistofélicamente, y dice con _retintín_ en
andaluz cerrado:
--De tre manera lo sé esí... _percuraaor_... _porcurador_ y
_precurador_.
Los señores del tribunal se tapan los ojos con la mano para ocultar la
risa. Aquella burla le llega al alma á nuestro cadete, quien muda de
color varias veces en pocos momentos.
--Puede usted retirarse--le dice el profesor de Mecánica, haciendo
esfuerzos inútiles por ponerse serio.
El hijo de Marte se retira tropezando con todos los objetos, porque no
ve. El cuello más largo, la nuez más abultada, el corazón roído por el
despecho y la cólera.
Después vino á casa, y por consejo del ama de llaves se desmayó. Su
padre, al saber la causa, lejos de socorrerle, exclamó furioso:
--¡Así te murieses, gran tuno! Me lleva consumido este chico más
paciencia y más dinero que él vale.
Después vino la consiguiente escena de familia. Al salir del desmayo le
pasaron recado de que su padre y su hermano le esperaban en el despacho
del primero. Allí padeció nuestro soldado nueva y dolorosa humillación.
Su padre le increpó con saña, le llamó imbécil y badulaque y le mostró
el libro de cuentas donde constaban sus gastos:--Por tantos meses de
preparación de matemáticas... tanto; clases de dibujo... tanto; uniforme
de gala... tanto; ídem de diario... tanto; etc., etc.
Mientras su señor padre daba lectura con voz alterada de esta cuenta, su
hermano mayor rechinaba los dientes como un condenado. De vez en cuando
dejaba escapar un sonido gutural lamentable, como si algún diablo
previsor viniese en aquel instante á echar más carbón en el horno donde
le tostaban. Al fin, en un momento de respiro, pudo exclamar sordamente:
--¡Y que un hombre se esté mortificando de la mañana á la noche, metido
entre sebo y porquería, para que lo que él suda se lo gaste un señorito
en cintajos y copas de cognac!
--¡No sucederá más, Rafal, te lo juro!--gritó el padre.--Desde mañana
este mocoso te ayudará en la fábrica. ¡Allí aprenderá cómo se gana el
pan!
El ex-cadete quedó anonadado. ¡Él, un caballero cadete del cuerpo más
aristocrático del ejército, pasar de pronto al servicio de una fábrica
de bujías! Para Utrilla, esto era el colmo de la degradación. Guardó
unos instantes de silencio, y al cabo profirió grave y pausadamente con
su voz de bajo profundo:
--Si se ha de arrastrar mi dignidad hasta convertirme en un capataz de
fábrica, valiera más que me sacasen ustedes al campo y me pegasen cuatro
tiros.
--¡Cuatro palos que te deslomen te voy á dar yo, haraganazo! ¡Aguarda,
aguarda!
Y el honrado fabricante giró en torno del despacho la irritada vista, y
percibiendo un bastón de caña, arrimado á la pared, se lanzó con furia á
empuñarlo. Pero ya Aquiles, el de los pies ligeros, había salido de la
habitación y en cuatro trancos se había retirado á su tienda.
Una vez en ella, después de haber dado vuelta á la llave con admirable
escrupulosidad y haber escuchado atentamente un rato con el oído pegado
á la cerradura, á fin de cerciorarse de que Peleo no había pasado del
promedio del corredor, pudo entregarse libremente á la meditación.
Comenzó á recorrer la estancia en sentido oblicuo con las manos en los
bolsillos, la cabeza hundida en el pecho, los hombros levantados,
pensando seriamente en que... Pero la espada tropezaba á cada instante
en los muebles y se le metía entre las piernas, estorbándole para andar.
Se despojó de ella y la tiró con displicencia militar sobre el sofá.
Pensó en que tenía dos caminos delante de sí. Uno, el de escaparse de
casa, sentar plaza y satisfacer de esta suerte la única vocación de su
vida. Otro, el de asistir á la fábrica y trabajar en ella como su
hermano. Era preciso tomar una resolución decisiva, como convenía á su
carácter inflexible y enérgico. Y en efecto, nuestro ex cadete, con una
energía que no encontrará muchos imitadores en esta época degenerada,
adoptó prontamente el acuerdo de trabajar en la fábrica de bujías.
Resuelto este punto importantísimo, quedó más tranquilo, y pudo
detenerse un momento á encender un pitillo. Quedaba otro, no obstante,
de gran trascendencia, el de lavar la afrenta que el profesor de Álgebra
le había hecho durante el examen. Utrilla razonaba de este modo:
--Si continuase en el ejército, la burla no sería injuria, porque ya se
sabe que la disciplina impide al inferior, pedir satisfacción al
superior, de las ofensas; pero una vez fuera del cuerpo y trasformado en
paisano, la cosa varía de aspecto... ¡Vaya si varía!--repitió arrugando
el entrecejo de un modo imponente.--Mañana quedará resuelto este punto.
Y en esta disposición aciaga de espíritu, nuestro cadete se puso á
redactar el borrador de la carta que pensaba dirigir al profesor de
Álgebra: «Muy señor mío: Si tiene usted alguna delicadeza (lo cual me
permito dudar), comprenderá usted que, después de la grosera burla que
usted ha tratado de hacerme ayer prevaliéndose del sitio que ocupaba, es
de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca de la tierra. Para
el efecto, se entenderá usted con mis amigos los señores (_aquí dos
blancos para los nombres, pues aún no había decidido cuáles habían de
ser_). Queda siempre á sus órdenes, etc.»
Después de leída tres ó cuatro veces esta carta, le pareció poco
enérgica. La rompió, y acto continuo escribió esta otra: «Caballero: Es
usted un miserable. Si esta ofensa no le basta para mandarme sus
padrinos, tendrá el gusto de ir á escupirle en el rostro su seguro
servidor, Q. B. S. M., _Jacobo Utrilla_».
Satisfecho plenamente del fondo y de la forma de la anterior misiva, el
heroico mancebo la puso en limpio con particular esmero, la cerró con
lacre bajo un sobre y la guardó en el cajón de la mesa hasta el día
siguiente en que pensaba mandarla á su destino. Ya se llegaba la noche,
y se metió en la cama sin querer tomar alimento alguno. El sueño tardó
en visitarle. El ángel de la desolación batía las alas sobre su frente,
inspirándole proyectos de exterminio á cual más horrendos. ¡Y sin
embargo, á aquella misma hora el profesor de Álgebra dormía acaso
tranquilamente sin sospechar siquiera la desventura que se cernía sobre
su cabeza! Al ocurrírsele tal pensamiento, Utrilla no pudo menos de
sonreir entre las sábanas de un modo siniestro. Al fin Morfeo logró
apoderarse de él, mas no para darle un sueño dulce y reparador. Mil
ensueños funestos le agitaron toda la noche. Desde la una hasta las seis
de la madrugada se batió con un enemigo por todos los procedimientos
conocidos hasta el día, y por algunos también de su exclusiva invención.
Ahora se veía al frente del odioso profesor con un florete en la mano.
Aquél le había herido en la mano derecha, pero incontinenti, Utrilla
había exclamado:--¡Vamos con la izquierda! dejando á los testigos
admirados de su sangre fría. Y con la mano izquierda, ¡zas! á los pocos
golpes le hundía la espada hasta el pomo en el vientre. Ahora se
hallaban ambos con una pistola en la mano. Los testigos dan la señal de
avanzar. El profesor dispara y su bala le roza la mejilla; pero él
avanza, avanza siempre. Entonces el profesor, próximo á morir, se deja
caer de rodillas y le pide la vida. Él se la concede disparando al aire,
no sin decir antes con desprecio:--¡Y que este hombre haya insultado á
Jacobo Utrilla!
La Áurora divina, la del velo azafranado escalaba ya las alturas del
Guadarrama cuando el mancebo despertó en la misma fatídica disposición
de ánimo. ¡Triste día, aquel que comenzaba, para una familia inocente
(el profesor de Álgebra tenía seis hijos) si Júpiter no se hubiera
apresurado á enviar á la cabecera del héroe á su hija Minerva en figura
de ama de gobierno!
--Jacobito, querido, te estarás muriendo de debilidad, hijo mío. Aquí te
traigo el chocolate con ensaimada, que es lo que más te gusta.
Restregóse los ojos el mancebo, dirigió una severísima mirada al
chocolate que tan tiernamente le presentaban, y se dispuso á tomarlo, no
sin rechinar antes los dientes de un modo fatal que puso en alarma á la
buena D.ª Adelaida.
--Vamos, Jacobito, hijo mío, no te apures ni te disgustes tanto, que vas
á caer enfermo... La cosa ya no tiene remedio... El acostarte sin tomar
nada ha sido una locura. Tu padre se irá conformando, al cabo, y todo se
arreglará. Habrás dormido muy mal, ¡claro está! ¡Te empeñas en jugar con
el estómago!... ¿Y ahora qué piensas hacer, hijo mío? Te tengo miedo con
ese geniazo tan arrebatado que Dios te dió.
Jacobo al oir esta pregunta suspendió un instante la faena odiosa de
engullir el chocolate, levantó la airada vista hacia el ama y exclamó
con furor reconcentrado:
--¿Qué pienso hacer?... ¡Ya se verá, ya se verá lo que pienso hacer!
Y aquí se puso de nuevo á rechinar los dientes de tal modo que D.ª
Adelaida, sobresaltada, se apresuró á decir:
--¡Vaya, calma, calma, Jacobito! Ya sabes que yo te he visto nacer, y
que tu santa madre, que te dejó bien chiquito la pobre, me ha encargado
velar por ti. Si hicieses algún disparate, me matarías de pena... Vamos,
hijo mío, díme qué piensas hacer...
El mancebo, rechazando con un movimiento enérgico la jícara vacía y
rodando convulsimamente los ojos, gritó más que dijo:
--¿Quiere usted saber lo que pienso hacer?... ¡Pues voy á decírselo
ahora mismo!... Iré á la fábrica, me pondré la blusa, mancharé mis manos
con el sebo, arrastraré las cajas de bujías, me tostaré la cara al pie
de los hornos... Y cuando alguna persona desconocida llegue á la
fábrica, los obreros podrán decir:--¡Ese que usted ve ahí sucio,
asqueroso, hediondo, ha sido en otro tiempo un caballero cadete, un
cadete de Estado Mayor!... ¡Ah--terminó con voz sorda,--no saben, no
saben todavía de lo que es capaz Jacobo Utrilla!
El ama que, aunque esperaba una resolución violenta, no era de este
carácter, prorrumpió en un grito de alegría.
--¡Eso, eso, hijo mío! Esa es la mejor manera de darles en cara á tu
padre y á tu hermano, que me tienen ya apestada, diciendo que no sirves
para nada, que eres un holgazán...
--Mas antes de eso--interrumpió Jacobo extendiendo ambas manos en ademán
de contener alguna avalancha que se viniese encima--es forzoso que uno
de los dos perezca.
--¡Virgen de Atocha!--exclamó D.ª Adelaida.--¿Quién ha de perecer,
Jacobito? ¡Por Dios, no te vuelvas loco! ¿Quieres que muera tu padre?
--¡No es eso, señora, no es eso! Se trata del profesor de Álgebra, con
el cual probablemente esta tarde ó á más tirar mañana por la mañana
cambiaré una bala.
--¿Y qué te ha hecho el profesor de Álgebra? ¿Sacarte mal en el examen?
Pues si hubieras estudiado, como tu padre te mandaba, no te hubiera
sucedido eso.
--¡Señora--gritó Utrilla con voz estentórea, infernal, de tal modo que
D.ª Adelaida dió un paso atrás asustada,--no hable usted de lo que no
entiende! El Álgebra ya me duelen las narices de tenerla aprobada. Lo
que me ha hecho es una burla, que no puede tolerar el hijo de mi padre,
¿sabe usted?
--Vamos, sosiégate, Jacobito. Estás muy alterado desde ayer. Acaso no
sea eso que tú piensas. Puede que ese señor no haya tenido intención de
burlarse de ti.
--Aunque no haya tenido intención, el hecho es que se ha burlado, y yo
no he tolerado hasta ahora, no tolero, no toleraré jamás que nadie se
quede conmigo. Ya sabe usted que en este punto soy un hombre muy
especial.
--Ya lo sé, Jacobito, ya lo sé. Tienes el genio lo mismo que tu abuelo
(q. e. g. e.). ¡Qué señor aquel! Era una pólvora. Figúrate que una vez
estando afeitándose oyó un grito en el patio; volvió la cara tan
deprisa, que se dió un tajo en las narices tremendo... Pero es necesario
contenerse, hijo mío, reprimir un poco el genio para poder vivir en el
mundo. Yo creo que si ese profesor se ha querido reír de ti, lo que
debes hacer es reirte de él.
Tal fué, con leves variantes, el consejo que en los tiempos primitivos
de la Grecia dió Minerva, la diosa de los ojos resplandecientes, al
divino Aquiles en su famosa reyerta con el Atrida Agamenón. Fuerza es
reconocer que nuestro héroe no se mostró tan sumiso á las órdenes de la
diosa como el hijo de Peleo. En vez de envainar como éste la espada
inmediatamente y someterse, se negó á incoar otro procedimiento que no
fuese el de la fuerza. Lo único que D.ª Adelaida pudo conseguir, después
de muchos ruegos, fué que aplazase para otro día la destrucción del
profesor.
Aquella misma mañana, sin embargo, puso por obra su enérgica decisión de
ir á la fábrica y trabajar allí todo el día «como un perro», lo cual es
de presumir que dejaría enteramente avergonzados y confusos á su señor
padre y hermano, aunque lo disimularon perfectamente. Vencidas de esta
suerte, gracias á su increíble audacia y sangre fría, la mayor parte de
las dificultades que su posición excepcional le había originado, lo
único que le traía desasosegado era que Julita no llevase á bien aquel
prematuro retiro del servicio militar. Así que tardó algunos días en
comunicárselo. Mas no fué parte sólo el temor de enojarla para ello,
sino también el que desde hacía algún tiempo no veía tan á menudo á su
novia como antes. Julita había dado en la funesta manía de no salir al
balcón sino raras veces, y en la no menos desastrosa de poner obstáculos
al envío regular de las cartas. No obstante, Utrilla le escribió una
noticiándole que «por razones de familia, y para atender al arreglo de
sus intereses, se había separado del servicio». Fué la manera más
decorosa que halló de decirle que le habían reprobado. Contra lo que él
presumía, á Julia no le produjo gran efecto la noticia; tanto, que tardó
cinco ó seis días en contestarle, y al cabo le dijo: «que si había
dejado la carrera porque así le conviniese, hacía perfectamente; pero
que de allí en adelante hiciese el favor de no escribirle por medio de
la portera, pues tenía razones para oponerse, y que esperase á que ella
le dijese á quién había de entregarle la carta.»
Justamente en estos días fué cuando Miguel tropezó con el ex cadete dos
veces. Éste se alegraba tanto de verle y le mostraba tal simpatía y
cariño, que Rivera no podía menos de corresponderle, llevando su
magnanimidad hasta llamarle alguna vez «futuro cuñado».--Si de todos
modos se ha de llevar un pillo á mi hermana, más vale que sea usted,
amigo Utrilla--le decía. El antiguo cadete se hinchaba de gozo hasta
rompérsele el pellejo, no sólo por la perspectiva del matrimonio con
Julia, sino por oirse llamar pillo de modo tan galante. En ambas
entrevistas le rogó encarecidamente que le hiciese el honor de visitar
su fábrica, pues tenía grandes deseos de mostrársela, y de manifestarle
las grandiosas reformas que pensaba operar en ella, si su padre y
hermano (que aquí para los dos son unos rutinarios) no se oponían
fuertemente. Con tal viveza expresó su deseo, que al fin cierta tarde,
Miguel se decidió á tomar un coche y plantarse en los Cuatro Caminos,
donde no le fué difícil topar con la fábrica de bujías de Utrilla y
Compañía.
--¿Está el Sr. Utrilla?
--D. Manuel no suele venir por la fábrica. Vive en la calle del
Sacramento, número cuarenta y seis.
--Busco á su hijo.
--¡Ah, D. Rafael!--dijo el portero.--Sí, señor, está pase usted.
--Es á D. Jacobo á quien busco.
--¿D. Jacobo?--manifestó el portero indeciso y sonriendo.--¡Ah, sí
señor, Jacobito! ¡Ya no me acordaba! También está, pase usted.
Utrilla estaba escribiendo en compañía de su señor hermano, el cual, al
saber que se trataba de un amigo de Jacobo, apenas se dignó levantar la
vista y saludar con un leve movimiento de cabeza. En cambio, Utrilla se
puso colorado hasta las orejas y vino á abrazarle con presteza.
--¡D. Miguel! ¿Usted por aquí?... ¡Cuánto le agradezco!...
Rafael--añadió dirigiéndose á su hermano,--voy á enseñar la fábrica al
Sr. Rivera...
Rafael sin levantar la cabeza respondió secamente:
--Está bien.
Salieron del despacho y recorrieron los talleres lentamente, parándose á
examinar el mecanismo de cada operación, que Utrilla explicaba en voz
alta. De vez en cuando llamaba con tono imperioso.
--Pepe, tráete ese molde... Enrique, levanta esa tapa.
Los subordinados no se apresuraban á cumplimentar estas órdenes, y era
necesario entonces que las repitiese con una voz que envidiaría
cualquier bajo de ópera.
El traje del ex cadete por la fábrica no podía ser más sencillo:
pantalones de dril, camiseta encarnada, zapatillas y una americana vieja
con el cuello levantado. Aunque hiciese mucho calor, Utrilla, lo mismo
en la calle que en casa, llevaba siempre el cuello de este modo, lo cual
daba á su figura cierta expresión de hombre arruinado por los vicios; y
esto era lo que á él le encantaba. En el taller de mujeres, Utrilla se
autorizó con las operarias algunas libertades, como guiñarles el ojo,
tirarles suavemente del pañuelo y decirles una que otra cosita
picaresca.
--Usted me dispensará, D. Miguel; son resabios de la vida militar.
Aunque á uno le peguen cuatro tiros, no puede menos de decir alguna
_guasa_ á las muchachas.
--Nada, nada, por mí no se reprima usted, amigo Utrilla.
--Hombre, va usted á ver una cosa muy original que se me ha ocurrido
estos días. ¡Se va usted á sorprender!... Ya me decía el maestro del
taller: «Lo que á usted no se le ocurre, señorito, no se le ocurre al
diablo».
--Veamos.
Le condujo entonces al depósito, y abriendo un armario le mostró algunos
paquetes de bujías con unas etiquetas litografiadas que decían _Julia_
(bujía extra-fina).
--¿Qué tal?--preguntó con aspecto radiante y triunfal.
--¡Muy bonito! ¡Muy delicado!--repuso Miguel sonriendo.
--Llévese usted un paquete.
--Hombre, no, muchas gracias.
--Nada, nada, se lo lleva usted... y si no se lo envío.
Desde allí le condujo á un cuarto que era un departamento destartalado,
con un mal sofá de paja, tres ó cuatro sillas y una mesa con pupitre. En
la pared había una panoplia con el ros, la espada, las espuelas del
uniforme de cadete, un par de floretes y una careta. Utrilla confesó á
su amigo que no podía mirar á aquella panoplia sin tristeza, recordando
«los buenos tiempos del servicio».--¡Qué vida tan alegre la del militar!
Crea usted, Sr. Rivera, que á pesar de lo riguroso de la ordenanza, la
echo mucho de menos.--Después le ofreció un cigarro, y sacando una gran
boquilla de espuma de mar, se puso tranquilamente á _culotearla_,
refiriéndole al mismo tiempo, con la satisfacción de un veterano,
algunas anécdotas de su vida de academia.
--Es bonita esa boquilla. ¿Qué representa?
--Un cañón sobre una pila de proyectiles... Quédese usted con ella, D.
Miguel.
--No faltaba más--respondió éste devolviéndosela.--Está muy bien
empleada.
--Pues yo tengo mucho gusto en que usted se quede con ella, y no la
tomo.
--¡Vamos, no sea usted así, amigo Utrilla!
--Tírela usted al suelo si quiere, pero yo no la tomo.
Y no hubo más remedio que guardarla.
Después el antiguo cadete hizo que la conversación recayese sobre Julia,
para implorar de su hermano protección, pues le había escrito cuatro
cartas y á ninguna había contestado.
--Usted comprenderá, querido Utrilla--dijo Miguel poniéndose serio,--que
este asunto es muy delicado y que yo no debo mezclarme en las cosas de
ustedes.
--Es que--repuso el cadete exhalando un suspiro--con este carácter
violento que Dios me dió, le he mandado hoy una carta diciéndole que, si
persistía en su conducta, hiciese el favor de no escribirme más... y
temo que se enfade de veras.
--Yo también temo--dijo Miguel riendo--que cumpla al pie de la letra su
encargo.
El cadete quedóse algunos momentos pensativo y sombrío. Después,
saliendo de su estupor doloroso y pasándose la mano por la frente, dijo:
--Pero, á todo esto, usted no se ha lavado las manos, D. Miguel.
Éste le miró con sorpresa.
--En la fábrica--siguió el cadete--siempre se ensucian. Aquí tiene usted
jofaina y jabón.
--Muchas gracias, no las tengo sucias.
Pero Utrilla le presentaba al mismo tiempo la jofaina trasvertiendo de
agua clarísima, y la jabonera, de tal modo que Miguel, por no aparecer
enemigo de la limpieza, consintió en lavárselas. El jabón despedía un
fuerte olor á naranja.
--¿Sabe usted que es un jabón muy fino y muy agradable?--dijo Rivera por
decir algo.
--¿Le gusta?... Pues voy á darle á usted una pastilla...
--¡Amigo mío, por Dios!
Utrilla, sin escuchar sus protestas, sacó del pupitre el jabón, lo
envolvió en un papel y se lo metió casi á la fuerza en el bolsillo. De
allí en adelante se guardó Miguel de alabarle ningún objeto que
estuviese á la mano.
Al despedirse, el ex cadete le apretó las manos con efusión y le dijo
con voz conmovida:
--No deje de hablarla. ¡Si viera usted qué triste y qué inquieto estoy!
La verdad es que harto motivo tenía para ello, como se verá en el
capítulo siguiente.
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