AUNQUE no había hablado de ello, Miguel tenía resuelto
vivir en casa aparte; pero que fuese vecina á la de su madrastra. Cuando
Julita supo esta decisión, experimentó grave disgusto y quiso indignarse
contra su hermano. No tardó, sin embargo, en comprender que obraba
cuerdamente. La brigadiera trataba á Maximina con toda la amabilidad de
que era susceptible. Aquélla la abrumaba con atenciones y caricias; y á
pesar de todo, no era posible vencer su timidez. No se la oía pedir nada
de lo que la hiciese falta, lo cual hacía presumir que muchas veces se
quedaba sin ello. En la mesa, cuando deseaba alguna cosa, lo más que se
autorizaba era hacer disimuladamente una seña á Miguel para que se la
diese. Jamás ordenaba cosa alguna á los criados de la casa. Sólo con su
doncella Juana se entendía para los mil menesteres de la vida. Miguel,
con esto, andaba un poco inquieto, porque bien se le alcanzaba, á pesar
del rostro alegre de su esposa, que no debía de estar muy á su gusto en
la casa; y aun la había reprendido suavemente por su falta de confianza.
Un día, á los pocos de haber llegado, viniendo de la calle y
disponiéndose á entrar en su cuarto, Juana le llamó aparte con mucho
misterio y le dijo:
--Señorito, voy á decirle una cosa para que la sepa... La señorita tenía
costumbre de merendar allá en su casa... Aquí se conoce que no se atreve
á pedirlo... Hoy me ha mandado comprarle unas galletas... Mire usted,
aquí las tengo.
--¡Ay, probrecita mía!--exclamó Miguel con emoción.--¡Pero qué tonta!
--No vaya por Dios á decírselo, porque entonces ya no vuelve á tener
confianza conmigo.
--Pierde cuidado.
Y se entró en el cuarto de su esposa diciendo:
-Maximina, traigo el apetito muy despierto de la calle. No puedo
aguardar la hora de comer. Anda, vé al comedor y dí que me traigan algo.
--¿Qué quieres?
--Cualquier cosa... Lo que tú hayas merendado.
La niña se quedó suspensa.
--Es que... es que yo todavía no he merendado.
--¿Cómo no?--exclamó Miguel en el colmo de la sorpresa.--¡Pues si ya son
cerca de las seis!... ¿No te lo han traído?... Á ver, Juana, Juana (á
grandes voces), llame usted á la señorita Julia.
--¿Qué vas á hacer? ¡por Dios! ¿qué vas á hacer?--exclamó la chica llena
de terror.
--Nada, enterarme de por qué no te han servido el dulce, ó los pasteles,
ó lo que tomes...
--¡Pero si no lo he pedido!
--No importa; tienen obligación de servirte á la misma hora lo que
acostumbres á tomar.
--¿Qué querías, Miguel?--preguntó Julia entrando.
--Quería preguntarte por qué no han servido la merienda á Maximina,
siendo ya cerca de la seis.
Julia quedó á su vez confusa.
--Es que... es que Maximina no merienda.
--¿Cómo que no merienda?--exclamó estupefacto.
--Se lo he preguntado el primer día y me dijo que no tenía costumbre.
Miguel volvió los ojos á Maximina, que bajó los suyos ruborizada como si
hubiese cometido un delito.
--Pues yo te digo que sí--profirió en alta voz volviéndose á Julia con
semblante severo.--Yo te digo que tiene esa costumbre, y has hecho muy
mal, conociendo su carácter, en no insistir, ó al menos en no
preguntármelo á mí.
--¡Por Dios, Miguel!--murmuró la esposa con acento de angustia.
Julia se puso fuertemente colorada, y girando sobre los talones, se
salió de la estancia. Maximina estaba petrificada. Su marido dió algunos
pasos con semblante hosco, y salió también yendo derecho al comedor,
donde halló á su hermana muy triste, sacando platos. Tomándole la barba
entre los dedos y soltando una carcajada, le dijo:
--Ya sabía que Maximina no merendaba. No hagas caso de lo que te he
dicho. He querido ponerla en este apuro á ver si la curo de su timidez.
--Pues mira, chico, te ha salido el tiro por la culata, porque á quien
has puesto es á mí--respondió la joven, enojada realmente.--¡Ya se han
concluído para mí los mimos!
--¡Hola! ¿Celos tenemos?
--¡Eso quisieras tú, fatuo!
--Vamos, confiesa que sí--dijo sujetándola por los brazos y dándola un
mordisco en el cuello.--Confiesa que ya han parecido...
--¡Quita, tonto, retonto!--contestó, forcejando por desasirse.--¡Que te
estés quieto, Miguel! ¡Déjame, Miguel!
Y dando una fuerte sacudida, se zafó de sus manos y escapó airada de la
habitación, mientras su hermano quedaba riendo.
En los días siguientes pudo éste convencerse de que Maximina había caído
en gracia á todos en la casa. Ni era posible que otra cosa sucediese
dada su condición apacible, callada y modesta. Sin embargo, nuestro
joven observó con cierto disgusto que de esta condición se abusaba en
algún modo, pues no se la consultaba para nada, y se ordenaba el plan
del día, las salidas al paseo, á los teatros, á las tiendas y á las
visitas, sin preguntarle siquiera si deseaba quedarse en casa. Esto
contribuyó mucho á que apresurase su traslación, decidiéndose por un
cuarto principal de la vecindad, muy amplio y hermoso, aunque un poco
caro para su fortuna; pero contaba compensar el exceso privándose de
otras cosas superfluas.
Era para nuestro héroe gratísimo solaz el salir con su esposa á comprar
los muebles que les hacían falta. Desgraciadamente, la brigadiera y
Julia les acompañaban la mayoría de las veces, y entonces ya se sabía
que ante aquélla todos perdían el derecho de elección y hasta el de
emitir dictamen. Molestaba esto no poco á Miguel, y por eso siempre que
podía evitaba el que su madrastra les acompañase; pero, con sorpresa
suya, Maximina no se mostraba ni más contenta ni más dispuesta á dar su
opinión. Parecía que todo le era indiferente, y que aquel lujo que jamás
había visto la impresionaba de mal modo. De vez en cuando apuntaba
tímidamente que tal armario ó tal sofá eran bonitos, «pero caros».
Miguel se había impacientado en dos ó tres ocasiones viendo su
indiferencia, pero se había arrepentido luego al notar el gran efecto
que cualquier contestación seca causaba en su esposa, y había concluído
por embromarla por sus tendencias á la economía. Lo que más le placía á
Maximina en aquellas salidas era ir sola con su marido por las calles, y
eso que no había consentido en apoyarse en su brazo de día, á pesar de
los ruegos que le había dirigido.
--Me da mucha vergüenza; todo el mundo mira para nosotros...
--Es que les sorprende que me haya enamorado de una mocosuela tan fea...
Maximina levantaba hacia él sus grandes ojos tímidos y sonrientes, para
expresarle su agradecimiento.
--Yo también me sorprendo... Ahora que veo tantas mujeres hermosas por
todas partes, no sé cómo has podido fijarte en mí.
--Porque siempre he tenido muy mal gusto.
--Eso será.
Miguel conmovido le apretaba con disimulo la mano.
Por la noche ya era otra cosa. Entonces consentía en que fuesen de
bracero, y no podía ocultar el inmenso placer que esto le causaba. Sólo
al pararse delante de algún escaparate y quedar bañados en luz, buscaba
pretexto para soltarse. Una noche al salir de casa, fuese por
distracción ó por broma, Miguel no la ofreció el brazo. Al cabo de un
rato, Maximina, como si adoptase una resolución enérgica después de
grandes cavilaciones, se apoyó sobre él bruscamente. Miguel la miró
sonriente.
--¡Hola, qué bien has aprendido á tomar lo que te pertenece!
La niña bajó la cabeza ruborizada, pero no se soltó.
La brigadiera encontraba muy de su gusto á la esposa del hijastro, por
más que le doliese que hubiera descendido hasta ella. Así lo expresaba á
sus amigas y á Julia. Á Miguel no le decía nada, mas no por eso dejaba
de estar enterado de tan favorable opinión. Sin embargo, no acababa de
tranquilizarse, porque observaba que su madrastra iba ejerciendo sobre
la joven esposa el mismo poder omnímodo y tiránico que sobre Julia, y
aun mayor si cabe, por la condición más tímida y apacible de aquélla. Ni
podía ocultársele que la simpatía en caracteres como el de la brigadiera
está siempre en razón directa del grado de sometimiento á que llegan las
personas que con ellas se relacionan. Al salir Julia una tarde del
cuarto de los esposos, exclamó Maximina en un momento de expansión:
--¡Cómo me gusta tu hermana!
Miguel le clavó una mirada penetrante.
--¿Y mamá?
--...También--respondió la niña.
No le hizo más preguntas; pero aquel mismo día el hijo del brigadier
avisó al administrador que no podía tomar el cuarto principal de aquella
casa, y eligió otro en la plaza de Santa Ana. El pretexto que dió á su
familia para este cambio fué que no podía vivir tan apartado de la
redacción del periódico, ahora que iba á emprender una campaña más
asidua. Y no le pesó, en verdad; antes á los pocos días tuvo ocasión de
confirmarse en su acuerdo y darse por él la enhorabuena. Sucedió que un
día, viniendo de dirigir los trabajos de instalación en su nuevo cuarto,
encontró á Maximina con los ojos un poco enrojecidos como de haber
llorado. El corazón le dijo que había pasado algo, y le preguntó con
ansiedad:
--¿Qué tienes? Has llorado.
--No--contestó la niña sonriendo,--es que me he lavado hace un momento.
--Sí, te has lavado, pero por haber llorado antes. Díme, díme pronto qué
ha sido.
--Nada.
--Bien--replicó el joven con firmeza,--yo lo sabré.
En efecto, Juana, aunque de un modo confuso, le enteró de lo ocurrido.
--Mire usted, señorito, al parecer, la señora le dijo hace ya días á la
señorita que no le gustaba que estuviese hasta tan tarde sin arreglarse,
porque podían venir visitas. Todos estos días la señorita se ha aviado
temprano; pero hoy no sé cómo se descuidó y la señora la ha reprendido.
--¿Qué le ha dicho?
--Yo no sé. La señorita no ha querido decírmelo... pero ha llorado
bastante.
Miguel entró en su cuarto rojo de ira.
--Maximina, avíate y arregla los baúles... Nos vamos ahora mismo de esta
casa... Yo no consiento que nadie te haga llorar.
La joven quedó mirando á su esposo con más expresión de susto que de
reconocimiento.
--¡Si nadie me ha hecho llorar!... He llorado sin saber por qué... Me
sucede muchas veces... Puedes preguntárselo á mi tía...
--Nada, nada, ahora mismo nos vamos...
--¡Oh, Miguel, por Dios no hagas eso!
--¡Que sí, que nos vamos!
Maximina se arrojó en sus brazos llorando.
--¡No hagas eso, Miguel, no hagas eso! ¡Enfadarte con tu madre por mi
culpa!... ¡Prefiero morir!
La cólera del joven fué cediendo y consintió al cabo en disimular su
desabrimiento, si bien quedó decidido que al día siguiente irían á
dormir á su casa. Así se realizó. Mas la brigadiera no se dejó engañar,
y entendió bien los motivos que Miguel tenía para precipitar su
traslación. No hay para qué decir que desde entonces Maximina perdió
para ella gran parte de su valimiento.
El cuarto de la plaza de Santa Ana estaba alfombrado, pero aún había
pocos muebles. Sólo tenían arreglados, y no enteramente, el comedor, un
gabinete y su alcoba. En el resto de la casa había algunas sillas
diseminadas y tal cual armario ó espejo fuera de su sitio. Á pesar de
eso, Miguel y Maximina lo hallaron delicioso. Al fin estaban solos, y
eran dueños de sus acciones. La independencia les embriagaba de gozo.
Aquel aspecto de interinidad seducía á Miguel como una cosa
extraordinaria y original. Maximina quiso hacer la cama por sí misma;
pero ¡ay! el colchón pesaba tanto, que no podía moverlo. Viéndola
forcejar hasta ponerse colorada, Miguel echó mano también y ayudó á
batirlo, riendo á carcajadas sin saber de qué; acaso de placer. Pero á
nuestros esposos se les había olvidado una porción de cosas
indispensables para la vida, entre ellas, las lámparas para alumbrarse.
Cuando llegó la noche, Juana tuvo que ir apresuradamente á comprar
bujías y unos candeleros, para poder comer. Aquella primer comida á
solas fué deliciosa. Maximina tenía el apetito casi siempre despierto,
lo cual era para ella un gran defecto, y procuraba ocultarlo, quedando
casi siempre con ganas. Mas ahora, delante de su marido solamente y
pensando que éste no se fijaba, echaba en el plato lo que bien le
placía. Cuando terminaron, Miguel le dijo:
--Has comido bien; mucho mejor que estos días pasados en casa de mamá.
Maximina se ruborizó como si le hubiesen descubierto un delito.
Adivinando lo que pasaba en su interior, Miguel acudió inmediatamente en
su auxilio.
--Vaya, ahora comprendo que no comías allí por vergüenza... Pues ten
entendido que hoy es moda comer mucho... Además, á mí no hay nada que me
cause tanto placer como ver comer con apetito; mucho más si es una
persona querida. Por consiguiente, si quieres darme gusto, procura
tenerlo siempre despierto... Para estómagos malos, basta el mío en la
casa.
Aquella noche decidieron no salir á la calle. Se fueron desde el comedor
al despacho, en donde no había mueble alguno, pues deseaba el joven
amueblarlo con calma y á su gusto. Pero en el gabinete no había chimenea
y allí sí. Juana la encendió y además un par de bujías. Miguel las apagó
en seguida; prefería quedar con la luz de la chimenea solamente. Quiso
después ir á buscar al gabinete un par de butacas, pero Maximina le
dijo:
--Trae para ti solamente... Verás; yo me siento en el suelo y estoy más
á gusto.
Y como lo dijo lo efectuó, dejándose caer suavemente sobre el pavimento
alfombrado.
Su marido la miró sonriendo.
--¡Ah! pues entonces no voy por las butacas. No quiero ser menos que tú.
Y se sentó á su lado: ambos delante de la chimenea cuya llama iluminaba
la sonrisa feliz de sus rostros. El marido tomó las manos de la esposa,
aquellas manos regordetas, endurecidas, mas no desfiguradas por el
trabajo, y las besó con pasión repetidas veces. La esposa no quiso ser
menos, y después de vacilar un poco, tomó las del marido y las llevó á
los labios. Á Miguel le hizo gracia aquel rasgo de inocencia y sonrió.
--¿De qué te ríes?--le preguntó la niña mirándole sorprendida.
--De nada... de placer.
--No; te has sonreído con malicia... ¿De qué te ríes?
--De nada te digo... Son aprensiones tuyas.
--¡Cuando digo que te ríes de mí! ¿He hecho algo mal?
--¡Qué habías de hacer, tonta! Me he reído porque no es costumbre que
las damas besen las manos á los caballeros.
--¿Lo ves?... ¡Pero yo no soy una dama!... Y tú eres mi marido...
--Tienes razón--dijo él abrazándola,--tienes razón en todo lo que dices.
Haz siempre lo que te salga del corazón como ahora, y no temas
equivocarte.
La luz azulada del cok saltaba alegremente por encima de los carbones,
surgiendo y desapareciendo á cada instante, cual si acudiese á escuchar
las palabras de los esposos, y se retirase solícita después á
comunicarlas á algún gnomo vulcanio. De vez en cuando un pedacito de
escoria se desprendía de la masa incandescente, atravesaba la reja y
venía rodando á parar á sus pies. Entonces Maximina aguardaba un
instante á que se enfríase, la cogía entre sus dedos y la arrojaba al
cenicero. No se oía más que el rumor estridente de los coches que
cruzaban hacia el teatro.
La charla de los esposos era cada vez más viva y más íntima. Maximina
iba perdiendo su cortedad, gracias á los esfuerzos incesantes de Miguel,
y se atrevía á dirigirle preguntas acerca de su vida pasada, á las
cuales el joven respondía con verdad unas veces, otras con mentira. Sin
embargo de todo ello, dedujo la niña que su marido había hecho algunas
cosas malas, y se asustó.
--¡Ay, Miguel! ¿Cómo te has atrevido á dar un beso á una mujer casada?
¿No temes que Dios te castigue?
El rostro del joven se oscureció de pronto. Una arruga profunda,
maldita, surcó su frente y se quedó un rato pensativo. Maximina le
miraba con ojos extáticos, sin comprender la razón de aquel cambio de
fisonomía. Al cabo, con voz un poco ronca, mirando para el fuego, dijo
Miguel:
--Si conmigo sucediese una cosa semejante, y lo averiguase, ya sé lo que
había de hacer... Lo primero sería poner á mi mujer en la calle, de día
ó de noche, á cualquiera hora que lo supiese...
La pobre Maximina se conmovió ante aquella salida, tan brutal como
inesperada, y exclamó:
--Harías bien. ¡Dios mío, qué vergüenza para una mujer verse arrojada
así!... ¡Cuánto más valdría morir!
La arruga de la frente de Miguel se desvaneció. Miró á su mujer
amorosamente, y comprendiendo que aquella lección había sido tan inútil
como inoportuna, le dijo besándole una mano:
--¿Por qué hemos de hablar de las maldades que acontecen en el mundo?
Afortunadamente yo he hallado una tabla de salvación, que es esta mano.
Á ella me agarro, seguro de ser bueno y honrado toda mi vida.
--Debes pedir perdón á Dios.
--Á Dios y á ti os lo pido.
--El mío ya está concedido.
--Y el de Dios también.
--¿Qué sabes tú... ¡Ay, qué tonta! Ya no me acordaba que te has
confesado hace unos días.
--Eso es--dijo Miguel, que tampoco se acordaba.
Después hablaron de los pormenores domésticos, de los muebles, de los
criados que necesitaban tomar. Maximina sostenía que bastaban Juana y
una cocinera. Miguel quería además otra chica para la costura y la
plancha. Con este motivo manifestó á su esposa los recursos de que podía
disponer.
--Me quedan cuatro mil duros de renta; pero voy á dejar á mi hermana y á
mamá mil para que puedan vivir decentemente... Con tres mil duros
nosotros podemos arreglarnos perfectamente.
--¡Oh, ya lo creo!... ¿Por qué no les dejas á tu mamá y á tu hermana la
mitad? Mira, ellas están acostumbradas al lujo, y yo no... Yo con
cualquier vestido me arreglo...
--Es que no quiero que te arregles con cualquier vestido, sino con el
que corresponde á tu clase.
--¡Si supieras qué gusto tan grande me darías cediendo á tu hermana la
mitad!
--No puede ser... Hay que pensar también en los hijos.
--Aún te queda mucho.
--¡Tú no estás enterada de lo que se gasta en Madrid, querida!
Después de reflexionar un instante añadió:
--En fin, que no sea ni uno ni otro: partamos la diferencia. Les dejaré
treinta mil reales, y nos quedaremos con cincuenta mil. Lo que sentiré
es que me salga un cuñado pillo que se coma el capital.
Así charlando, llegaron las diez de la noche, y decidieron irse á la
cama. Miguel se levantó primero y ayudó á su esposa á ponerse en pie.
Encendieron la palmatoria y se encerraron en su alcoba. Maximina
bendijo, como de costumbre, la cama pronunciando una porción de
oraciones aprendidas en el convento, y se entregaron tranquilamente al
sueño.
Allá hacia el amanecer, Miguel creyó oir á su lado un ruido singular, y
despertó. Al instante observó que su esposa le besaba repetidas veces
en el cuello, muy suavemente, con ánimo, sin duda, de no despertarle.
Poco después oyó un sollozo.
--¿Qué es eso, Maximina?--dijo volviéndose bruscamente.
La niña, por toda contestación, se abrazó á él, y comenzó á llorar
perdidamente.
--¿Pero qué tienes?... Díme pronto, ¿qué tienes?
Sofocada por los sollozos, comenzó á decir:
--¡Oh, acabo de soñar unas cosas tan malas!... Soñé que me arrojabas de
casa.
--¡Pobrecilla!--exclamó Miguel cubriéndola de caricias.--Te has
impresionado con lo que te he dicho esta noche... ¡Soy un estúpido!
--No sé lo que... habrá sido... ¡Qué angustia, Virgen mía!... Creí
morir... Si no despierto me muero... Pero tú no eres estúpido, no...
¡Soy yo!
--Bien, seremos los dos... pero tranquilízate--dijo besándola.
Al poco rato, ambos se quedaron otra vez dormidos.
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