IV

El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle

de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a

Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas.

Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros

alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir

en busca de su amigo el _Mosco_ y aprovechar de paso el viajo para hacer

a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de _Zaratustra_. La

pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo

la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener

contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y

¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero!

Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a

pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir

prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la

confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus

atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa.

Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del _Mosco_,

ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid.

En su miseria, no le abandonaba esa seguridad de la juventud que

aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero

se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que

sacarla de sus situaciones difíciles.

Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna.

Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella

acabaría por entregarse vencida.

Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de

Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de

Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena

época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que

éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no

verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no

ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de

la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La

vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su

protectora.

Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el

personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave

y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez

de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con

bondadosa sonrisa.

El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban

con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano

protectora:

--¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?...

El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era

implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis

sobre todo lo existente, describiendo el país como un establo de

bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase

conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso.

La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de

hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las

personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués

despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes

de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de

algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de

pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la

despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando

aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro.

-¿No terminó usted la carrera?--continuó el senador--. Ha hecho usted

bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted

ha nacido para escritor.

Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba

publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas,

pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura

«profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El

amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado,

próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír

que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que

el día menos pensado llegaría a ministro.

--Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted

que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo

que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la

entrevista.

Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al

día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en

una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad,

como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su

casa todas las mañanas.

Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar

la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le

siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su

inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le

acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval.

Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de

un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca,

manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores,

calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un

grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo

prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a

golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de

la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal

ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior.

Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre,

pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas,

cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente

sonsonete:

¡Ahí va! ¡Ahí va

el tío del gabán!

Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos a apoyarla saludando

con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse.

Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba

visitar la cabaña de _Zaratustra_ antes de ir a las Carolinas.

Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con

la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura.

Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una

oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la

cumbre. El carro de _Zaratustra_ parecía más grande que las viviendas;

se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto

unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como

una horca.

Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una

banda de perros. Eran los compañeros de _Zaratustra_. Los había de

varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una

baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde

en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante

Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.

No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco

propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El

joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a _Zaratustra_ y a

la señora Eusebia.

Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a

sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que

giraba en torno de él, oliéndole las ropas.

Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía

al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras

lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por

las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran

_Zaratustra_. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante

unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula.

--Perdona que no me levante--dijo con su voz de niño--. Tú eres de casa.

¡Ay, estas piernas!...

Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes

solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el

aspecto de un salvaje de teatro.

Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los

que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos

harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio

de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos

cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma

senil que inmovilizaba sus piernas.

Maltrana contempló curiosamente la mansión de _Zaratustra_, agrandada

con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La

actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los

despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero

sonrió viendo el asombro del joven.

--¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de

Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores...

Este cuerpo es el almacén--y señalaba la cabaña en cuya puerta

permanecía sentado--. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene

comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu

abuela y yo.

Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de

su vivienda, señalando sus diversas partes. El lo había construido

todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo.

Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en

los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran

puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los

despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a

trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás

estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose

empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva,

latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con

estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro,

trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida

diaria en Madrid.

Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza

de _Zaratustra_. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban

dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de

bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café.

Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro,

servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los

barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados,

formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no

podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos.

La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que

servía de chimenea.

El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas

corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas

largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la

obscura profundidad de las chozas. De vez en cuando aleteaba por cerca

de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre,

venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra

de una tumba.

Maltrana preguntó por su abuela.

--Estoy solo en casa. He enviado el _Bobo_ a Madrid a que vea las

máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de

Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca

para que cante oraciones.

_Zaratustra_, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído

hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía,

guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a

las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero

las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana.

En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las

locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que

faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana.

--Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los

trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los

elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada,

y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas

santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos,

dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si

no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para

qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las

hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros:

tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente,

porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un

botón, y me dejó en el apuro, sin querer decirme dónde guarda su

tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una

mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!...

De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al

cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro

chico, aunque su hombre vaya en cueros.

Quedó en silencio _Zaratustra_, mirando a Madrid, que cerraba el

horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el

más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de

gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar

la lejana población.

El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad

albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y

gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz

tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo

trascendental.

--La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en

eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio

que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso

caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un

canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás

exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el

señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El

hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los

trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para

que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor

que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos

los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no hay en

la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no

se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal

vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no

le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con

qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal

noble e inteligente.

Así hablaba _Zaratustra_.

Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las

moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de

corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente,

quería irse.

El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si

habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres

pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración

cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería

enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con

motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades

del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su

casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios.

--Aquí hay su poquito de señorío--dijo _Zaratustra_ incorporándose con

cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos

sobre el asiento.

Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas.

Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan

angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared.

La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de

claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en

su pálido rayo un enjambre de moscas.

A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las

paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los

intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían

unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas

ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de

una tienda de trapos.

La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme,

disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los

milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse

todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un

hombre. _Zaratustra_ saliendo de la cuadra, levantó una cortina de

percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad.

--Echa una cerilla--dijo el trapero.

Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una

botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño

que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias,

de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos

viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros

de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles.

--Aquí hay señorío--dijo el trapero--. Eso no podrás negarlo. Mira esa

cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a

palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas

allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la _Mariposa_,

unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos

a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que

la cosa lo merece.

Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma

antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios

mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba

verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que

filtraban la lluvia.

Después, _Zaratustra_ enseñaba con orgullo de artista los adornos de

algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos

de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido

al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en

el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero

enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la

cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de

tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos

en otros.

--Si quisiera--dijo el tío Polo--, podría convidar a todo el barrio de

las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di

si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de

la Puerta del Sol.

Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados

por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los

bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía

Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber

ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo.

El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan

bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para

dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de

una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas.

-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando hace frío o cuando hiela,

duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da

gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos

moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como

aquí.

El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado,

como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de

la paja.

--Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos

ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud;

pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene

mejores.

Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba

_Zaratustra_.

--Donde veas telarañas sólo verás salud--continuó--. Eso no lo saben los

mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios

como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las

ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y

mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra

salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las

enfermedades, se come a los microbios y demás insectos...

Así hablaba _Zaratustra_, paseando su luz cerca del techo; y surgían de

la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares,

como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con

fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los

frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con

su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba

con una telaraña caída junto a su boca.

--Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga con dinero. Si tu

abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo.

Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el

sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en

aquel antro saturado de polvo y estiércol.

Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con

torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de

humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje

que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El

pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su

primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna.

_Zaratustra_ procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una

charla en la que podía lucir su ciencia.

--¿Ves qué sol tan hermoso?--dijo--. Pues tendremos lluvia antes de que

acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna

es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del

cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes,

sangre...

--Adiós, gran _Zaratustá_--dijo Maltrana.

Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la

villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas,

huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago.

Iba en busca de su amigo el _Mosco_ y de su hija Feliciana, que tenía

para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las

únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez,

para ver a la abuela.

Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de

_Zaratustra_.

Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó desconcertado y confuso

por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada

con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las

máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño

llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo,

arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre,

cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios

de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño

pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un

gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran

máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas

multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas

verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el

pecho velludo entre los forros de seda de las solapas.

Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo

único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían

igualmente disfrazados.

En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los

corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la

basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el _confetti_ y las

cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el

residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero

con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban

banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos

caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana.

Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de

corral. Por encima de ellas asomaban las grandes pirámides de paja

podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos,

fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos

ladridos.

Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas

entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas

de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de

las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población.

Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran

repugnancia. Recordaba las confidencias del _Mosco_, indignado contra

ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo

traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo

era un esqueleto descarnado.

Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo

libre y de la sierra disipó su impresión de náusea.

El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa

coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida

por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del

cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los

derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la

miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su

subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes.

Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas,

que era la del _Mosco_. Frente a él, al final de la doble fila de

míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño

Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del

Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque.

El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos. Al frente marchaba

un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con

arpilleras y lazos de papel.

--¡No me conoces!... ¡No me conoces!

Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso

vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que

vociferaba aclamando sus gracias.

¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era _Coleta_,

que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo.

Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del _Mosco_ llamó en vano

repetidas veces a la cerrada puerta.

Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la

_Borracha_, la hembra de _Coleta_, una andrajosa que llevaba una venda

en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel

barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía

costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua

empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula

perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la

iban barrenando la carne, según decía _Coleta_ al insultarla en plena

embriaguez con el apodo de _Borracha_.

--No están en casa, señor Isidro--dijo con hipócrita mansedumbre--. El

_Mosco_ se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la

red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un

rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí

puede verla.

Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la

arboleda del cerro de los Pinos.

El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los

traperos, contrastando con la sórdida miseria del barrio, comenzaba el

bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había

hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles

rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con

muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado,

nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas

de las Carolinas.

Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y

trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un

trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato.

Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería

le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más

campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún

chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el

canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de

cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él

las máscaras que le había mostrado la mujer de _Coleta_.

--¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles!

El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al

bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían

que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí,

satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano,

jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse,

y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas,

gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero:

--¡No me conoces!... ¡No nos conoces!

Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la

espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas

enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las

medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que

ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una

muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes.

Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que

parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un

pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina

asomaban los rulos de su peinado chulesco.

Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de

almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la

busca para mayor esplendor de la fiesta.

--¡No me conoces!...--gritaban los golfos de abultadas amenidades,

tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus

mejillas.

--¡No me conoces!...--gritaba un bebé de color de rosa, en el que

Maltrana fijó su atención.

--¿Pues no te he de conocer, criatura?--exclamó el joven--. Tú eres

Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso

las llevas descubiertas, coquetona.

Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este

reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un

grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser

perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto

al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos,

fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras.

--Sí; tú eres Feliciana--volvió a decir el joven, cogiéndola las

manos--. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?...

--No soy Feliciana--chilló la máscara con una voz trémula en la que

parecía vibrar la cólera--. Feliciana tiene las manos más feas que las

mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la

pobre una palabra.

--Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta

tarde?...

--Tú eres un orgulloso, Isidro--continuó la máscara, hablando con

precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de

acabar--; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas

en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las

gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que

te rodean.

Maltrana la oía con extrañeza.

--Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha?

Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los

gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto,

el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los

agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.

--Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma...

más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que

eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en

ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la

fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en

los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles

cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!...

Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se

imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su

credulidad resultaba una ironía cruel.

--Pero muchacha--dijo--, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana.

--¡Y dale con Feliciana!--repuso ella con tono irritado--. Ya te he

dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo;

¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades.

Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho

beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los

hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que

callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito

serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego...

que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que

te convida su padre.

Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar.

Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.

Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué

decir, repitiendo lo mismo:

--¡Feliciana... Feliciana!

--Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué

repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la

has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú

te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una

señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje

de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana;

deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido,

canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de

haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, y

se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un

ladrón que se divierte fingiendo que no se entera.

Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al

pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos,

lacrimosos.

Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar.

Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él.

Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de

lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después

intentó sonreír.

--Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y

olvida esas tonterías.

--Feliciana--dijo el joven gravemente--, no llores. Broma o realidad,

bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón:

soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se

fija.

Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la

muchacha, deslizándose instintivamente por su talle.

Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta,

que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su

talle parecía doblarla, vencerla.

Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta

rápida aproximación.

Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo

volvía de la cañada perseguido por los mozos.

La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la

abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos

sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto

de espanto que si despertase de súbito completamente desnuda a la vista

de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol

inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos.

No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de

veras, y gemía entre suspiros:

--¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza!

V

--Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considero

como de la familia.

Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellas

palmaditas protectoras que enorgullecían al joven.

Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con la

severidad que correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Las

sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librería alineábanse

los tomos de las _Sesiones del Senado_, juntos con memorias,

estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño, impresos a

expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes,

exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas sociedades,

acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigio

de caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a

su «digno senador» por sus brillantes discursos en defensa de la

protección a los trigos.

Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado del

despacho. El marqués aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, con

todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su salón y

sosteniendo con la diestra mano su frente cejijunta cargada de

pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurón con el

pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su

poderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintió

ganas de reír ante la seriedad y el empaque con que el senador se

mostraba en el retrato. Era un caballero que se hacía representar de

visita en su propia casa.

El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector,

parecía titubear en presencia de Maltrana.

Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuviese

lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus

luchas y aspiraciones, mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecía

buscar un pretexto para conducir la conversación adonde era su deseo.

Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro.

--Pues sí, joven amigo--dijo con la entonación solemne que empleaba al

charlar en los corrillos de la Alta Cámara--. Yo me he tomado la

libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que

considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que

proteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos, por más

que muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a problemas

graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño,

como ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hay

que aceptarla con toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez sea

beneficioso para usted será indudablemente muy útil para mí, y si usted

lo acepta, merecerá mi agradecimiento.

Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo

su relleno de retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba el

señor marqués? Allí estaba él para servirle; podía decir cuál era su

intención.

El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como si

temiese descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era el

hombre que en todo Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfacción

a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los

trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda católica y de

religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de

unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no

faltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partido

con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya

tertulia no le era lícito faltar, y tenía que ocuparse de la educación

de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas

sanas de su padre y merecían los elogios de sus antiguos maestros, los

buenos sacerdotes de la Compañía.

Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interiores

estas palabras. Conocía de vista a los hijos: les había encontrado

muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las

«estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba pagarés en blanco a

todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento

de cierta _divette_ procedente de Perpiñán.

--En estas condiciones, pues--continuó el senador con entonación

oratoria--, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de

pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo

Maltrana, también soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los

jóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, según

dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy más

escritor que orador. He publicado poco; mi modestia me lo impide. Pero

¡si viese usted el montón de papel que llevo emborronado!...

Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró a

añadir:

--No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga

a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me

empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la

colaboración de un joven ilustrado que sea dueño de todo su tiempo para

escribir: uno como usted.

Isidro comprendió que el personaje había llegado por fin adonde quería.

Adivinábase en su rostro la placidez de haber soltado una proposición

vergonzosa que era su tormento. El joven aceptó con breves palabras. ¿En

qué había de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy

agradecido de que se fijase en él.

Y el pobre Maltrana lo sentía así, apreciando como un gran honor la

propuesta del personaje.

Lo que deseaba el marqués de Jiménez era escribir un libro, pero un

libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador

serio. No quería tener secretos con Maltrana, y le confesó que el tal

libro sería un escalón, el último, para alcanzar la cartera de ministro

el día que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometía

escribir un prólogo para la obra.

--Ya ve usted, amigo Maltrana. ¡Qué honor! ¡qué honor para nosotros!...

Este «nosotros» dejó frío al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que

no fuese la retribución que el marqués quisiera darle.

--Usted escribirá--continuó el personaje--; yo le daré las ideas; y con

esto creo que su trabajo será coser y cantar, como quien dice... Usted

es un joven discreto que «se entera» de las cosas, y tendrá cuidado de

no «salirse del tiesto» mezclando en la obra ideas de esas diabólicas y

modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro irá

dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle más. Una dedicatoria

sencilla, pero hermosa, que usted tendrá la bondad de escribir. Asunto

de decirle que, así como es el primer soldado de la nación, el primer

agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de

dirigir la política como de dirigir un automóvil, es también, para mí y

para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer

sociólogo. ¿No será bonita una dedicatoria en este sentido?...

Isidro contestó con movimientos de afirmación.

--Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste

usted: socialista del verdadero socialismo, del práctico, del que puede

ser, del que defendemos los espíritus sanos, uniendo las exigencias de

la época con las santas tradiciones y los intereses creados.

El joven le pidió las ideas que habían de servirle de guía, la trama

poderosa, sobre la cual no tendría él otro quehacer que alinear palabras

con la pluma: «coser y cantar», como decía el personaje.

--El libro--dijo éste--podría titularse _El verdadero socialismo_; pero

si usted encuentra otro título más bonito, por mí no se prive usted; yo

no tengo en esto empeños de amor propio. Usted manda, usted es el amo.

Haga todo lo que considere más acertado; cuantas más iniciativas tenga,

mejor.

Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una

extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la

caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a

los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia

católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad el

Papa, el primer socialista del verdadero socialismo.

--Creo que con esto--continuó--ya tiene usted bastante para hacer el

libro. No queda mas que el escribirlo, lo más fácil; sólo que esto exige

tiempo, y yo no lo tengo. Reconocerá usted que estas ideas no son

cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De

exponer cuestan muy poco; pero yo sé el tiempo que llevo rumiándolas,

dándoles forma, preparándolas, para que usted no tenga mas que

escribirlas. Además, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del

libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastará

en imprenta lo que sea preciso. Los capítulos deben ostentar al frente

esos párrafos en letra, pequeña que llaman sumarios. Esto me ha gustado

siempre; da cierto aire de seriedad y de método. Luego deseo que todas

las páginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto.

He visto que todas las obras importantes van así. También esto da aire

de seriedad y prueba erudición en el autor. Hay que citar muchos nombres

y que sean extranjeros; cuanto más enrevesados, mejor. Esto lo hará

usted fácilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas

semanas en la Biblioteca. ¡Si yo tuviese tiempo!...

Maltrana sonreía escuchando las indicaciones de su protector.

--La tarea es fácil--prosiguió el marqués--. No crea usted que yo ignoro

dónde están las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escándalo

hemos coincidido algunos hombres de Europa. Según me dijo el jefe, hay

un señor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito

algo muy sonado sobre el socialismo católico. Uno no tiene tiempo de

leerlo todo. Búsquelo usted, y ya tiene una fuente más, después de las

mías.

El senador habló aún largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la

facilidad con que podía escribirla contando con la firme base de sus

ideas.

--Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su

tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Además, amo a

la, juventud y deseo protegerla. Le daré a usted tres mil reales por su

trabajo; pero que sea grueso el libro, ¿eh?, y sobre todo, notas...

muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he

concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte

duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas.

Maltrana cogió el billete con cierta emoción, contestando aturdidamente

a todas las recomendaciones del personaje.

--A trabajar, joven. La vida no es un sueño; hay que trabajar, hay que

ser prácticos. Tratándose de un joven formal como lo es usted, creo

inútil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Además,

no supone gran cosa: sólo significa que me falta el tiempo. El libro lo

doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. ¡Ay, si yo no estuviese

tan ocupado!

Aún le recomendó otra vez que no olvidase los sumarios de los capítulos

y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores.

--Esto viste mucho. Cuando usted tenga un capítulo, me lo trae, y así

con todos los demás. Yo los iré copiando, para que vaya de mi letra a la

imprenta. Aunque ocupadísimo, creo que tendré tiempo para este pequeño

trabajo.

Maltrana, al verse en la calle, creyó que la Fortuna marchaba ante él,

abriéndole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No sentía el más

leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de

encargarle. Se reía del socialismo católico y de las «ideas» de su

protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el

esqueleto de un libro. ¡Valiente atún era el señor Jiménez!... Pero lo

respetaba, viendo en él al hombre providencial que cambiaría el curso de

su existencia, al suceso esperado que había de sacarle del atolladero de

su voluntad.

El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco

pesábale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; veía tras él

la seguridad de otros billetes, de más dinero, todo a cambio de llenar

unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de

disparates para él inadmisibles, que el grave senador firmaría sin

titubear, poniéndolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad.

Podía dormir tranquilo el solemne marqués de Jiménez. Tendría el libro

más pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con

sumarios, hasta con apéndices, desfilando por el piso bajo de sus

páginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores

conocidos y desconocidos, con algunos más que él inventaría. Difícil era

que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a

ser autor a tan poca costa, repetiría el encargo, dándole ideas para

nuevos libros. El le sugeriría el deseo de ser académico, de conquistar

la inmortalidad apedreándola con grandes volúmenes de interminables

notas que nadie leería. Acababa de encontrar un filón; iba a tener una

renta fija.

Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratería literaria,

aceptándola alegremente como una liberación de la miseria, pensó en

cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar.

Era más de mediodía. Maltrana se fue a la «taberna de los genios», que

únicamente visitaba en los días prósperos. ¡Flojo atracón iba a darse!

Buscó en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres leía

melancólicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro

capital que una peseta. ¡Viva la abundancia! Comió a su antojo de lo más

caro, tomó café, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la

calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Había que solemnizar

el suceso.

Saboreando la copa de coñac y envuelto en la nube azulada de oloroso

humo, sentía la placidez de una buena digestión, aquella fe en el

destino que surgía en él al llenar el estómago.

Pensaba en el porvenir. Su protector tenía razón: la vida no es un

juego; debía cambiar inmediatamente de método. El trabajo exige orden;

suprimiría la vida nocturna: dejaría de ir a la redacción. Ya no podía

estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su

padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla él. Se acabó la

bohemia triste y errante. Tenía derecho a una casa, como todos... ¿Y por

que no a una mujer que le acompañase en esta ascensión hacia la Fortuna,

que creía haber comenzado ya?...

La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como él la llamaba, pareció

surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul.

Aún duraba en él la impresión de sorpresa y de orgullo que le produjeron

las palabras de la muchacha cuatro días antes. El, tan feo y miserable,

que sólo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, veíase amado, y

para mayor asombro, era la hembra la que salía a su encuentro,

ofreciéndose en un arrebato de audacia.

No dejaba de reconocer que en este amor había mucho de admiración. La

pobre muchacha de las Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el

único hombre que la había revelado la existencia de una vida distinta de

la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba.

«Para la pobre Feli--pensó Maltrana--, yo soy la poesía; un pedazo de

cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un

mismo tiempo. ¡Con tal que no pierda las ilusiones al verme de

cerca!...»

La Fortuna le había azotado largos años, para dárselo todo a un tiempo:

dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesión, él no podía dormir sin

que se cortase su sueño con visiones, en las que aparecía la hija del

_Mosco_ acariciándolo con la sonrisa, tendiéndole los brazos. Al

despertar, la imagen quedábase fija en su memoria, ennoblecida y

hermoseada por el ensueño, como una ilusión más de las muchas que

llevaba en el bagaje de sus esperanzas.

Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permanecía indeciso,

no sabiendo ciertamente qué contestar. El no conocía otro amor que el de

las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era

de este género. Habituado por sus aficiones filosóficas a buscar la

causa de las cosas y a desentrañar las pasiones, abriéndolas en canal

para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos

descarnados los sentimientos más vivos.

No; él no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentíase atraído por

ella dulcemente. En esta atracción había un poco de agradecimiento y

algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, además,

por egoísmo, viendo en ella una hembra apetecible que podía embellecer

su existencia.

Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filósofo, soñaba

despierto muchas veces al pensar en su porvenir. Cuando su imaginación

tomaba vuelos de águila, se veía aclamado por las naciones, reconocido

por todas como el genio más grande del siglo, presidiendo, en nombre de

la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivían felices gracias a

Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napoleón de las grandes conquistas

del progreso.

Otras veces, sus ensueños aleteaban más bajos. Nada de dominaciones, ni

de Estados Unidos de Europa y otros líos: contentábase con ser un hombre

que tuviese asegurada la satisfacción, sus necesidades, y pasase la vida

plácidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir

sus traducciones, soñaba con tener algún día habitación propia, muchos

libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado

por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgirían por

detrás, estrechándole, y una boca acariciadora le rozaría las orejas

murmurando palabras de cariño.

Esto no era imposible; podía conseguirlo. Llegaba el momento de realizar

sus ensueños. La buena hada de las leyendas marchaba ante él con la

varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino.

Salió de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo

ante él, como si las ilusiones se le escaparan por la boca,

precediéndole en la marcha.

El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecían

colarse en su alma. Aún vagaban por las calles algunos mascarones,

últimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonreía,

encontrándolos interesantes; también por su imaginación se paseaban como

máscaras las más abigarradas ilusiones.

Con la alegría del bienestar, emprendió a pie su marcha hacia los

Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a

la fábrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de ésta

para hablarla de la fortuna que inesperadamente embellecía su vida.

Paseando por un andén de la ancha calle, más allá de los Depósitos

viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido.

--Vaya usted con Dios, don Vicente.

Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por

su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El

sombrero, más grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por

ocultas cintas de papel. Tenía la cara rojiza, con profundos surcos en

cuyo fondo la piel aparecía blanca y brillante. Los ojos parpadeaban,

inflamados, sin pestañas, con las córneas manchadas de sangre. Las

orejas sobresalían, casi despegadas del cráneo, como si fuesen a

aletear. Las púas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban

la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente.

Parecía fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores

rudezas, pero las privaciones habían amojamado su cuerpo y daban a su

paso cierta irregularidad, como si las piernas sólo pudiesen avanzar a

costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso

de la extrañeza de las gentes. De vez en cuando se detenía, y apoyando

un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una

arruga vertical.

Al oír que el joven le saludaba, dudó algunos instantes, como si sus

ojos inflamados no pudiesen reconocerle.

--¡Ah! ¿Es usted, señor de Maltrana?--dijo con voz dulce--. Que la

Virgen le guarde. ¿Trabaja usted mucho?..

Maltrana le había conocido por sus hábitos de noctámbulo. Como él se

acostaba bien entrado el día y aquel hombre levantábase mucho antes de

amanecer, se habían encontrado varias veces en las calles de Madrid,

cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la mañana.

Isidro sentía por él irónica admiración. Había llegado tarde al mundo,

así como él, en su petulancia juvenil, creía haber nacido demasiado

pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre

habría venerado al señor Vicente; los reyes le habrían visitado en su

tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habrían caído

sobre su cadáver, arrancándole los pelos y pedazos de su hábito como

santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figuraría en los altares,

trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro.

Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenían

oraciones, de pequeñas estampas y de periódicos de religiosa procacidad

que le entregaban las asociaciones católicas para que los repartiese.

Maltrana le había tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada

peleándose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con

acompañamiento de tremendas blasfemias. El señor Vicente se arrodillaba

con los brazos en cruz ante el pecador, pidiéndole que le pegase con el

látigo, que saciase en él su furia, a cambio de dejar en paz el santo

nombre de Dios, pues antes quería morir que verlo insultado. El joven

había sentido interés por este loco que vagaba por Madrid entre la

extrañeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros

tiempos, habría fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su

huella en la Historia.

Después le vio muchas mañanas deteniendo a las criadas en las

inmediaciones de los mercados para darlas estampas y oraciones,

hablándolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin

fijarse en las risas de las muchachas, que sentían cierta lástima por la

guilladura de este buen señor, que al mismo tiempo era persona fina.

Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando

con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de _El Motín_

pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los

santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del

martillo sobre la suela.

Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres

compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El

vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por

tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos

aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones

simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había

visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su

tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para

provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la

cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su

paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la

corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la

violencia: sus puños se cerraban amenazantes.

--¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!--rugía con una entonación semejante a

la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios.

Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba

la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se

dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.

Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos,

entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los

merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del

plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas

por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las

vueltas que acababan de dar al compás del piano.

--Mis negocios van bien, señor Vicente--dijo Maltrana contestando a su

pregunta--. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda?

El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos.

--No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba

para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las

fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su

bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el

desengaño.

Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables

de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado

aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al

centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras

sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían

pensar en locuras.

--En todas partes existen pecadores necesitados de consejo--dijo el

señor Vicente--. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los

teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se

encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto

como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme.

Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas!

Catorce años empleé en traer al buen camino a un zapatero, que es la

mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho

perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al

redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el

alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal

cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen--aquí el

señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia--. Pues bien;

le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad

del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.

--¿Y esos ojos cómo van?--preguntó Isidro.

--¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me

dan muchos disgustos los pecadores.

Maltrana le aconsejó la calma.

--¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?--gritó el señor Vicente

exaltándose--. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia

cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que

si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí

señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias.

Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si

ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos

transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y

las piernas cual si retase a invisibles enemigos.

--Calma, señor Vicente--dijo Maltrana--. Cuídese; guarde la vida para

servir a su Dios.

--¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!--exclamó el devoto con

cierto respeto--. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco;

usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no

se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y

llegará el día en que Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo

nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y

sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su

alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se

olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día

sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará

de lo que le dice el hermano Vicente.

Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje

original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro

Caminos.

--Usted fue soldado, ¿verdad?--dijo para prolongar la conversación.

--Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.

Y al recordar sus tiempos de soldado, latía en sus palabras cierto

orgullo; la misma satisfacción soberbia que muestra la Iglesia al decir

que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada.

--¿No se lo dije en otra ocasión, amigo don Isidro? fui militar y estuve

en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe

usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cádiz; dieron el grito y

tuve que echar detrás de los mandones, disparando tiros en contra de la

religión, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor

de mi vida; pero Dios me lo perdonará, porque fui forzado y no tuve

intención de ofenderle... Después salí del servicio y me dediqué a las

cosas santas.

--¿Y por qué no se hizo usted fraile?

--No me faltaron ganas, señor de Maltrana. Un marqués, antiguo coronel

mío y persona muy devota, puso empeño en que me admitiesen en un

convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes méritos para

vestir el hábito.

Lo decía bajando la cabeza, encogiéndose para mostrar mejor su humildad.

El joven pensaba que los frailes habían tenido miedo a las exaltaciones

del señor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega

no podía permanecer en un convento.

--Pero vivo lo mismo--continuó--que si perteneciese a una orden. Tengo

mi regla. Un señor sacerdote me escribió en un papel lo que debo hacer a

todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Señor.

La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de

ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro señor sacerdote reformó

el primer papel, ordenándome aún más horas de paseo; toda la tarde en el

campo. Dicen que de no hacerlo así puede turbárseme la cabeza y el

demonio me dará martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco:

todas las tardes salgo al campo; cada día a un sitio de las afueras. He

dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los

alrededores niño ni mujer que no conozca al hermano Vicente. ¡Las

estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los

pájaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me

acompañan en el camino; pero ¿dejar de pensar en las cosas santas? no

puedo... ¡no puedo!... y peco por desobediencia.

El señor Vicente irritábase contra esta imposibilidad de olvidar por

unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo.

--Dicen que pienso demasiado, señor de Maltrana, y tal vez tengan razón.

Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El

Malo me martiriza con imágenes infames. Dicen además los señores

sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco,

que debía atender más al cuerpo... Eso no; santos famosos hubo que

comían menos que un pájaro, y yo, señor, hay días en que no ayuno y

gasto un real o más en mi manutención. Las buenas señoras que me

protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y

yo digo que sí a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres

que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se

arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo

que voy bastante bien.

Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fijó en su

camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas

de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parásito movíase

entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello.

--No necesito más allá de un real para vivir--continuó el devoto con

cierto orgullo--. Nunca he comprado un periódico, ni sé lo que es tener

una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes,

ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la política.

A estas horas no sé quién manda en España. Lo mismo da que sean unos que

otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso

de la política, zarandajas, marañas, patrañas y tonterías.

El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente;

inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.

--El liberalismo, señor de Maltrana, y todo eso del progreso y las

revoluciones está condensado en pocas palabras; lo que yo digo: «matar,

robar y no hacer daño a nadie...» Matan el alma, se la roban a Dios, y

después dicen que no hacen ningún daño... ¡La libertad! La gente se va

detrás de sus patrañas, porque éstas halagan a la bestia que todos

llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el hombre es malo y

necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa

libertad, y veremos barbaridades.

Maltrana, entretenido por esta charla, fingía aprobarlo todo con

movimientos de cabeza.

--Usted habrá leído mucho, don Vicente.

--Nada, señor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender

las obras de Teología. Además, estos ojos no están para lecturas... Pero

tengo muchos libros, muchísimos: no caben en tres carros. Me gasto en

ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y

apenas cae en sus puestos una obra antigua de teología moral, de cánones

y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan,

diciendo: «Para el hermano Vicente.» ¡Lo que me cuestan los libros! Yo

podría vivir en una buhardilla o ser huésped de una familia cristiana;

pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho

duros para que estén bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no

enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergón; pero las obras están

en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un

seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer

pecaminoso. Me parece que forman un jardín, el jardín de la sabiduría

eterna. Cada libro es una flor, con su riquísimo perfume de pergamino y

de polvo. Yo no he leído mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a

San Juan de la Cruz. Pero si algún día me honra usted con su visita,

verá un ejemplar de la _Summa_ en muchos tomos, ¡en muchos!, y usted,

que está más acostumbrado a los estudios, pasará un rato celestial. Yo

no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas

leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento

que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies.

El devoto mirose los zapatos y añadió:

--Me aguardan en Bellasvistas, señor de Maltrana. Llevo tres reales en

el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla está muy

mal; tiene un batallón de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dónde

vivo. A ver si me honra un día con su presencia y visita mi jardín. No

tiene mas que preguntar por el señor Vicente, don Vicente o el hermano

Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que

sus negocios marchen bien. Sólo tengo que hacerle una recomendación,

porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su

Santa Madre María y en nuestro poderoso patrón San José, y con estas

ayudas crea que todo le saldrá bien, y si no es en la tierra, será en el

cielo... Buenas tardes, señor de Maltrana.

Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevándose la

mano al sombrero y descubriendo un instante su cráneo rapado,

puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Después se alejó

manoteando, como si no pudiera aplacarse fácilmente la exaltación que se

despertaba en él al mencionar sus celestiales protectores.

Maltrana siguió con la vista un buen rato al interesante personaje,

motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los

desocupados que se reúnen en tabernas y portales.

«¡Y pensar--se decía Isidro--que si nace dos siglos antes hubiésemos

tenido un San Vicente más!...»

El joven olvidó pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres

de la fábrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y

mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su

presencia por haberle visto desde las ventanas de la fábrica.

La muchacha emprendió su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse

con las otras del oficio y de no aguardar a la compañera con la que

llegaba todas las mañanas al taller.

Maltrana salió a su encuentro. Bastó un saludo algo tímido para que Feli

sonriera, olvidando todos los propósitos de seriedad que se había

forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo

ocurrido en la tarde cíe Carnaval.

Isidro comenzó a hablarla con emoción. Desde que la muchacha le había

confesado su afecto, no podía contemplarla con la misma frialdad que

cuando sólo era la hija de su amigote el _Mosco_ y comía él las famosas

cachuelas sin fijarse en sus miradas.

El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqués de

Jiménez, que le parecía el primer anuncio de la riqueza, le devolvió su

aplomo de hombre superior.

--Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos

sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes.

Los dos atravesaron la calle, saliéronse de ella, y sin darse cuenta de

lo que hacían, se internaron en los campos, siguiendo la linde del

tercer depósito, hacia el cementerio de San Martín, que alzaba en el

fondo su masa de cipreses.

La muchacha intentó detenerse. ¿Adónde iban por allí? Pero Isidro la

empujó con dulzura.

--Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero.

No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sería

imposible hablar.

Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla

de una fábrica cercana.

--Feli--continuó el joven--, era preciso que hablásemos. Después de la

otra tarde en el Caño Dorado, de las cosas que me dijiste... yo

necesitaba hablar. Tus amigas no me dejaron. Además, tú llorabas como si

fueses a morir.

--¡Pero si yo no dije nada!--exclamó la muchacha con las mejillas

arreboladas--. Y si dije algo, no lo recuerdo. No sabía lo que hablaba;

estaba borracha.

Isidro se aproximó más, pegando todo un lado de su cuerpo al de Feli,

percibiendo la firmeza elástica de su carne, su tibia suavidad, al

través del mantoncillo y la falda sutil.

--Oye, Feli, no nos pongamos tontos. ¿A qué ir con disimulos y

coqueterías, como si nos viésemos ahora por primera vez?... Yo te

quiero; tú me quieres; los dos nos queremos. ¡Me parece que más

sencillo!... No hay otra diferencia entre nosotros, que tú, como mujer,

eres más lista en asuntos de amor y te has enterado antes de la verdad.

Yo soy un pazguato y he necesitado que vinieras tú a decírmelo, como si

fuese una señorita boba. En resumen: Feli, ¡rica! yo te quiero... ¿Y tú?

La muchacha no contestó con palabras. Bajó los ojos, y su cabeza fue

inclinándose dulcemente en señal de asentimiento.

Maltrana metió un brazo por debajo del mantoncillo, enlazándolo con el

de la joven. Así, muy agarrados, muy juntos. Este mudo apretón, este

contacto invisible, valía más que todas las palabras.

Caminaban lentamente, sin mirarse, como si toda su atención y el calor

de su vida estuviesen concentrados en los brazos, que se apretaban con

estremecedor contacto, confundiendo los latidos de sus venas.

Maltrana creía caminar en medio de una bruma que le ocultaba los

objetos, que hacía elástico el suelo, dando a sus pisadas una ligereza

sobrenatural.

Un perfumo extraño, de embriagadora suavidad, acariciaba su olfato.

Parecíale imposible que una muchacha criada en las Carolinas, entre los

desperdicios de la villa, oliese tan bien. Surgía de su cabellera negra

peinada a la diabla, con gracioso descuido; de su cuerpo esbelto, del

revoloteo de sus faldas. Era una esencia sobrenatural que seguramente no

podía comprarse en perfumería alguna, que tal vez era un engaño de la

imaginación, pero se le subía a la cabeza como el más fuerte de los

vinos. Ninguna mujer, al pasar junto a Maltrana, olía así. El joven iba

ya enterándose de lo que eran el amor y sus dulces engaños.

Vieron venir hacia ellos un viejo de cara hosca con un cayado al brazo,

un guarda de Consumos que paseaba. Los dos, instintivamente, se

separaron desenlazando los brazos.

Esta sorpresa les sacó de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las

impresiones eran menos duraderas, volvió, como él decía, a la realidad.

Aquella noticia importantísima que deseaba comunicar a Feli era,

sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que

llegaba inesperadamente, enloqueciéndole de alegría, cual si le

asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia.

--Tú me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a

serlo los dos.

Y como la muchacha quisiera saber en qué consistía tanta riqueza, Isidro

tuvo que explicarse con cierta vacilación.

--Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme

mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros

vendrán. Lo que importa es encontrar el camino, y en él estoy ya...

¿Sabes por qué era ciego, Feli, por qué no me fijaba en tu

regraciosísima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin

casa, sin una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. ¿Cómo iba a

pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?...

Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, había estado hasta

entonces, pero la muchacha lo atajó. Que era pobre, ¿y qué? Ya lo sabía

ella. Muchas veces se había fijado en la voracidad con que comía en casa

de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era

sabio, y para ella el hombre más guapo del mundo.

--¡Guasona!--exclamó Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del

mantón--. ¿Es que quieres burlarte de mí?

--Lo digo como lo siento--continuó la muchacha con sencillez--; el más

guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, señorito.

Ella se había enamorado sin saber cómo. Su padre la hablaba con

admiración de los grandes hombres desconocidos a los que había tratado

en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pensó que era

uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del dañador,

aparecían como semidioses.

La _Mariposa_ hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algún

día le verían entre los mandones; el _Mosco_ reconocía en Isidro un

talento que se aproximaba al de sus grandes ídolos; el señor Manolo el

_Federal_ lamentábase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto

mérito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por

estos elogios, mirábale con creciente admiración, escuchando horas

enteras de sus labios cosas que no entendía, pero que sonaban en su oído

como música celeste.

De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abría un

desgarrón, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un

cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que sólo habitaban los

seres como Isidro. Cuando éste recitaba versos al final de sus meriendas

con el _Mosco_, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivían

en el extranjero con honores de príncipe, a la pobre Feli le temblaba el

corazón, sentía que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para

llorar, como si estuviese en presencia de una religión nueva.

Comenzó a pasar las noches en continuo ensueño, viéndole a él, siempre a

él, hermoso como un ángel, asombrando a los hombres con su grandeza;

siendo lo más extraño que al día siguiente, contemplándolo en su

realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos

atractivos de la nocturna visión.

--¡También tú!--exclamó Maltrana--. ¡También tú sueñas!...

Feli habló luego con tristeza de las dudas que le habían atormentado.

Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre

muchacha hija de un dañador que vivía entre la gente miserable de la

busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los

almuerzos y las meriendas del _Mosco_, experimentaba ella una alegría.

Aplicábase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los

gazapos. Bendecía estas privaciones de la existencia bohemia, como algo

providencial que aproximaba al hombre amado, dándola nuevas esperanzas.

Pero luego transcurrían largas temporadas sin que le viese. Estaba en

Madrid... ¡en Madrid! Y la muchacha repetía la palabra con cierta

cólera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones.

Isidro debía tener allá mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo

de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. ¡Las noches

que había pasado gimiendo de desesperación, creyendo perdidas sus

ilusiones!...

La inocente Feli decía esto trémula aún de miedo, como si no tuviese la

seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen

aquellas tentaciones que abultaba con fantástico relieve. Maltrana rió

de la simpleza de la muchacha. ¡Alma cándida y trémula!... ¡Si conociese

la realidad de su vida!... ¡Suponerle de jolgorio entre actrices y

grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre,

pensaba en la cazuela bienhechora de la redacción! ¡Creerle favorecido

por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se

burlaban de la ruindad física del pobre _Homero_ y le herían con sus

bromas!...

Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una ironía

cruel. Maltrana siguió riendo de la inocencia de Feli cuando ésta le

dijo con un gestecillo hosco:

--Se acabaron las calaveradas, ¿eh? Sólo me querrás a mi: no harás caso

de las señoronas. Porque advierto a usted, señorito, que yo soy muy

celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandísimo pillo, me la

pagarás... ¡vaya si me la pagarás!

Habían entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal

de San Martín. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas

de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino.

Los dos jóvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal.

Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el

silencio. De vez en cuando oíase el chillido de un pájaro y el follaje

se estremecía con invisibles aleteos.

Feli, que siempre había visto de lejos este cementerio, sintió gran

inquietud al encontrarse cerca de él. Por entre el ramaje y el hierro de

las verjas veíase la blancura del mármol de los panteones. El brazo de

la muchacha se estremeció de inquietud, apretando el de su novio.

--¡Tonta!--exclamó Maltrana--. ¡Si esto es un jardín! La última que

enterraron fue mi protectora, y antes de que trajesen su cadáver habían

pasado muchos años sin entierros... Esto es muy bonito: hace pensar en

el amor más que en la muerte.

Contemplaba la joven desde el parterre todo el frente del cementerio:

dos pabellones color de rosa unidos por una doble columnata del mismo

tinte alegre. En un pabellón estaba la capilla, cerrada muchos años, con

una espadaña de hierro en el tejado, de la cual pendían dos campanas

cubiertas de herrumbre. El pabellón opuesto servía de habitación al

conserje, y en una ventana de medio punto alineábanse macetas de flores

bajo una cortina de tonos alegres que la brisa hacía ondear.

Una verja cerraba la columnata, y por entre sus hierros veíase todo el

cementerio como un frondoso jardín. Los cipreses, esbeltos y elegantes,

alineábanse a lo largo de las avenidas. En el espacio comprendido entre

sus troncos agrupábanse altos rosales de hermosa vejez. Las plantas

trepadoras enroscaban sus verdes ondulaciones en las columnas de los

claustros, llegando hasta los arcos de herradura. Los mausoleos, las

imágenes yacentes, los ángeles de mármol, en medio de las platabandas de

tupida vegetación, parecían estatuas de jardín.

Maltrana, siempre que veía de lejos este cementerio, destacando en el

cielo las techumbres redondas de sus pabellones, las columnatas y la

helénica vegetación de sus esbeltos cipreses, pensaba en una acrópolis

clásica de aquellas que eran fortaleza, santuario y paseo a un tiempo.

La dulce calma, cortada por el rumor del follaje y el piar lento de los

pájaros, disipó la inquietud de Feli.

--Entremos--dijo su novio--. Esto es un cementerio de novela; un jardín

como no hay otro en Madrid.

La enamorada pareja sentíase atraída por el poético silencio de este

rincón olvidado.

En la columnata vieron a una vieja haciendo calceta, y junto a ella un

hombrón, que fijó en los jóvenes su mirada escrutadora.

--¿Vienen ustedes por algún pariente?--dijo.

Maltrana contestó con la firmeza del que dice verdad:

--Tengo aquí lo mejor de mi familia.

El guardián no parecía satisfecho.

-¿No vienen ustedes a pintar?--preguntó de nuevo--. Porque para pintar

se necesita permiso.

Isidro sonrió, echando atrás las aletas de su macferlán. ¡Pintar! ¡ Vaya

una pregunta! ¿En dónde iba a ocultar los colores y la paleta?...

Los dos jóvenes, tras un gruñido de asentimiento del portero, entraron

en la Patriarcal, comentando las extrañas preguntas de éste con risas

que parecían alegrar el fúnebre silencio.

Maltrana quiso que Feli viese la sepultura de su protectora, y los dos

salieron de la avenida central para descender por una escalerilla en

forma de túnel a un patio inmediato.

En este rectángulo, mucho más bajo que el centro del cementerio, no

vieron árboles ni platabandas. El suelo estaba totalmente ocupado por la

muerte; las tumbas se apretaban entre las galerías del claustro.

Embellecía el abandono este rincón con desolada poesía. Las grandes

losas sepulcrales estaban curvadas por el tiempo y la lluvia, con las

inscripciones borrosas; las plantas parásitas, creciendo entre las

piezas de mármol, las hacían saltar, desuniéndolas con el impulso vital

de sus raíces. Las coronas, pendientes de cruces de hierro mohoso,

habían perdido sus flores, sus doradas siemprevivas; eran aros de paja

negra y putrefacta, guardando en sus briznas un hervidero de insectos.

Los pasos de los dos jóvenes hacían resonar las oquedades repletas de

huesos; por todos lados, en el suelo y en las paredes, la sensación de

lo hueco, la repetición interminable del más leve ruido, la nada sonora

de la muerte.

Maltrana se detuvo ante un nicho. Allí estaba su ángel bueno, la que él

llamaba por antonomasia «la señora». Acordábase, conmovido, de las

palabras de la buena anciana cuando le prometía buscarle una esposa que

le hiciese feliz. Señora, la compañera estaba allí: venía a saludarla,

agradecida por lo que había hecho con él. No era rica, tal vez no era

buena cristiana, como la deseaba ella; pero embellecería su existencia,

dándole ánimos para seguir aquel camino áspero en el que le había

abandonado su mano protectora, paralizada por la muerte.

Al salir del fúnebre patio, les pareció aún más hermosa la avenida

central del cementerio. El jardín, con su belleza melancólica,

ahuyentaba toda idea de muerte. Era distinto de los patios cercanos,

henchidos de cadáveres. Sus diseminadas tumbas parecían monumentos de

adorno, colocados allí sin otro objeto que alterar la verde monotonía de

la vegetación. Eran sepulturas de ricos, de privilegiados, que aun

después de muertos parecían guardar la tranquila compostura de los

felices. Los nombres de antiguos ministros, de generales, de duquesas

famosas por sus gracias, brillaban en las caras de estos enormes

juguetes de mármol.

Las primeras mariposas movían sus alas sobre los rosales, cuya sequedad

invernal comenzaba a hincharse a impulso de los tiernos brotes. Zumbaban

los insectos en el ambiente dorado de la tarde; la tierra se agrietaba

para dar paso a una vegetación salvaje, a una maraña verde, que parecía

la cabellera primaveral surgiendo lentamente de la tierra. Las hormigas

removían el suelo, elevaban pirámides junto al túnel de su vivienda, y

en negros rosarios atravesaban los andenes, realizando bajo la hierba

obscuras epopeyas de combates, conquistas y trabajos hercúleos. De

ciprés en ciprés aleteaban pájaros negros, rasgando el silencio con su

silbido. Eran los mirlos y las currucas ocultos en la espesura de la

Patriarcal, único refugio de follaje en medio de las yermas colinas.

Tres niños con blancas blusas, sonrosados y mofletudos como angelotes,

tres pequeñuelos de la familia del conserje o de alguna casucha cercana,

jugueteaban puestos en cuclillas sobre la hierba, hurgando los

hormigueros y arrojando pedradas a los pájaros, que apenas si movían las

alas. Feli los contempló con ojos amorosos; sentía deseos de abrazarse a

ellos, de comerse a besos sus hociquillos sonrosados y sucios, como si

fuesen una imagen de la vida triunfadora, invadiendo el rincón del

olvido.

Maltrana, bajo la influencia de este ambiente melancólico y dulce,

hablaba a Feli de sus ideas. Le gustaba el cementerio de San Martín, con

su rumorosa vegetación de jardín abandonado, porque ofrecía la belleza

de la Muerte tal como él la había concebido.

La Muerte no era un esqueleto de burlesca risa y grotescas cabriolas,

cual la representaba el bárbaro arte de la Edad Media en su horror a la

carne. Era una gran señora de belleza triste, pálida, intensamente

pálida, con una piel mate que parecía absorber la vida del aire, sin

dejar en su superficie brillo ni jugo; con unos ojos negros, intensos,

helados, profundos, que recogían la luz del espacio sin devolver el más

leve fulgor. Era una matrona de potentes caderas, en cuyas entrañas

renacía la vida; de robustos y voluminosos pechos, siempre hinchados de

leche densa y amarga. A un pecho se agarraba el Recuerdo, gimiendo al

paladear el líquido de acíbar; al otro el Olvido, que chupaba cerrando

los ojos, queriendo dormir. A su paso callaban los pájaros, mustiábanse

las flores, caían al suelo los seres animados, se hacía el silencio. Sus

pies, invisibles bajo la túnica de crespones, hacían temblar la tierra

cual si estuviesen calzados con coturnos de hierro. Pero apenas pasaba,

todo resurgía a su espalda, casi en los bordes de sus fúnebres velos:

revivían las flores con nueva fuerza, trinaban otros pájaros, y del

polvo donde habían caído los viejos, los inútiles y los débiles, volvían

a levantarse, transfigurados por la juventud. Ella era el abono de la

vida, la hoz que siega el prado para que resurja con mayor fuerza.

Maltrana la conocía: la había visto pasar ante sus ojos, con todo su

esplendor melancólico, evocada por la más sublime de las exaltaciones

artísticas. Wágner la sacaba de las tinieblas de lo misterioso,

haciéndola marchar entre graves melodías que eran ecos del dolor humano.

Por dos veces la había contemplado Maltrana cerrando los ojos, con su

piel pálida, sus ojos negros y fríos que brillaban hacia adentro, sus

caderas de eterna creadora y sus pechos amargos: cuando el salvaje

Sigmundo habla a la walkyria que le anuncia la muerte; cuando la

desesperada Iseo se enrosca de dolor y se mesa los cabellos, agitados

por el viento del mar, ante el cadáver de Tristán.

Era ella, la verdadera, la única, la que inspira miedo y consuelo; la

belleza triste que nunca se aja; la pálida señora del mundo; la beldad

que llega puntual a la cita con su beso de olvido y de paz, con el

supremo espasmo de la insensibilidad y el anonadamiento.

Feli escuchaba a su novio con los ojos dilatados por el asombro,

pugnando por entenderle.

--¡Cuánto sabes, Isidro!--murmuró acariciándole con la mirada--. Por eso

te quiero tanto: porque dices cosas bonitas.

Maltrana rió de la sencillez de la muchacha, sintiéndose halagado al

mismo tiempo por su admiración. Casi se arrepintió de lo que llevaba

dicho: eran tonterías; la hablaba como si fuese un compañero al que

quisiera turbar con sus paradojas. Se cogieron del brazo otra vez, y

Maltrana condujo a la joven a una galería de nichos, en lo más hondo del

cementerio.

--Quiero enseñarte cómo acaban los hombres de talento, cómo reposan los

que en vida tuvieron aduladores y fanáticos... Mira.

Y después de una rápida busca con los ojos, le señaló un nicho, el más

mísero de todos. Su boca apenas estaba cubierta con un hule, desprendido

de las puntas; un andrajo negro con letras amarillas y borrosas. Feli

leyó con algún trabajo: «Aparisi y Guijarro».

--Ese señor--continuó Isidro--fue famoso en vida. Pronunciaba en el

Congreso discursos que duraban varias sesiones. Los curas de toda

España, los devotos, las mujeres, aguardaban con impaciencia los

periódicos para leerle. Y ahora, mírale: cualquier tabernero tiene mejor

alojamiento después de muerto... Era un poeta, un soñador; y los poetas,

no sé por qué, tienen mala sombra en la política... Yo no creo en él;

pero le compadezco y le defiendo por espíritu de cuerpo. Este olvido nos

consuela a los que trabajamos sin esperanza en la tienda de enfrente,

que es la de los pobres, la del populacho.

Maltrana siguió hablando con tono de cólera. Bien podía el rey de aquel

tribuno adecentar su tumba; bien podían los representantes de la

tradición acordarse un poco del gran artista que les había enardecido

con sus himnos oratorios. Equivalía a una burla infame citar su nombre a

todas horas, como gloria y bandera de las aspiraciones hacia el pasado,

mientras sus restos permanecían en un rincón, sin el más leve signo de

homenaje, como los de un hombre que hubiese atravesado la vida sin ruido

y sin afectos.

Feli deletreaba las inscripciones en lápiz que ennegrecían el yeso

alrededor del nicho. Eran versos disparatados e ingenuos en honor del

«Cicerón español», del «paladín de la fe y las tradiciones»; testimonios

de entusiasmo de algunos curas de misa y olla, que, al venir a Madrid,

no habían querido tornar a sus pueblos sin ver la tumba de su grande

hombre. El hule caído parecía reírse con sus arrugas de tales elogios,

que sonaban a falso en este abandono.

Maltrana examinó las firmas.

--Todas son del populacho: curas pobres, guerrilleros ilusos; gente de

abajo, de la que tiene corazón.

Aquel soñador de Levante, artista engañado, también tenía corazón, y por

eso reposaba en el olvido.

--Era pobre y defendió a los ricos--continuó Maltrana--; era plebeyo y

pidió la resurrección del pasado con sus privilegios de raza; tenía el

carácter independiente y un tanto levantisco de su tierra y deseaba el

absolutismo. Los que él defendió no se acuerdan de él, y tal vez siguen

con esto al instinto, que no engaña. Vivió para ellos, pero no fue de

su familia.

Los dos jóvenes se alejaron de este rincón, volviendo a la avenida

central. Remataba ésta en un edificio abierto, especie de ábside, que

ocupaba el fondo del cementerio, con muros en semicírculo y media

cúpula. En las paredes habíanse abierto grandes hornacinas con ricas

urnas funerarias. Los segmentos de la bóveda ostentaban varias pinturas

representando la resurrección de Jesús. La gran puerta del fondo,

cerrada por una verja mohosa, dejaba ver al través de sus vidrios el

cerro de enfrente y un grupo de álamos entre dos casitas rojas en lo más

hondo de una cañada.

Sobre esta puerta abríase un medio punto de vidrios de colores, por el

que se filtraba el sol de la tarde, dando a las paredes, a las tumbas,

al suelo, las palpitaciones policromas del iris. La luz fantástica

parecía prestar vida a las figuras de la bóveda, animándolas con

esplendores de apoteosis.

--¡Qué bonito!--murmuró la muchacha.

Esta luz alegraba los ojos, borrando la lúgubre significación del sitio.

A Feli le parecía el ábside un salón de baile alumbrado con luces de

colores: creía que todos los muertos, con trajes vistosos, sonrientes y

sin infundir miedo, iban a mostrarse para intervenir en la fiesta. Los

pájaros piaban en el inmediato jardín o revoloteaban bajo las arcadas,

como atraídos por la hermosa iluminación.

La clase social de las gentes enterradas en esta parte del cementerio

sólo evocaba imágenes de lujo, de placer y de fiestas. Eran duquesas

famosas por su hermosura, damas palaciegas que habían muerto en lo mejor

de su edad, mujeres que gozaron sus épocas de reinado y adoración. Los

nombres que brillaban en letras de oro sobre la blancura láctea del

mármol hacían soñar en fiestas elegantes, amorosas entrevistas,

tocadores lujosos impregnados de suaves esencias, adornados con flores

costosas.

Maltrana, como si sintiera los efectos de este recuerdo de voluptuosidad

y amor que las ilustres muertas evocaban con sus nombres, fijó los ojos

en Feli, que contemplaba absorta las hermosas tumbas. Pasó un brazo por

su talle, la atrajo hacia él y la besó donde pudo, donde alcanzaron sus

labios, entre el lóbulo sonrosado de una oreja y el cuello moreno, que

erizó su piel, estremecida al contacto de los labios.

La joven se desasió con rudo empujón.

--¡Isidro!--exclamó avergonzada--. ¡Isidro!...

Y bajó la cabeza tristemente, como dolorida por la audacia del amante.

Después habló para acusarse a sí misma, sin dirigir el menor reproche al

joven. Ella tenía la culpa: debía haber evitado esta soledad, negarse a

entrar en el cementerio con Isidro, que estaba acostumbrado a los

mayores atrevimientos con sus impúdicas amigas de Madrid... ¡Besarla!...

¡y en aquel sitio!...

Miró en torno, como si esperase que se abrieran las tumbas, irguiéndose

airados los cadáveres por tal profanación.

Maltrana sonreía. ¡Tonta! ¿a qué tal miedo? Aquel sitio era lo mismo que

otro; mejor aún, por su poesía silenciosa de jardín abandonado, propicio

al amor. Ellos no hacían mas que repetir el eterno himno de la vida.

Antes lo habían cantado aquellas gentes que fueron felices y dormían

ahora en sus envolturas de mármol. Lo único verdadero de la vida era el

amor. Si los muertos pudiesen recordar el pasado, la memoria de las

horas amorosas sería el consuelo de su eterna noche. Aquellas

aristócratas ocultas tras la piedra que pregonaba sus títulos, sus

bandas y su caridad no pasaron toda la vida con la diadema nobiliaria

en el peinado y los cintajos en el pecho, echándolas de damas benéficas.

Habían sido mujeres orgullosas de su hermosura, propicias a conceder la

admiración de sus encantos como una limosna regia.

Isidro, con impúdica imaginación, se las representaba en el abandono de

su dormitorio, mostrando misterios de nácar y rosa al través de la

espuma de sus blondas, agarradas al hombre amado con el supremo

estremecimiento del deseo, olvidándose de las vanas grandezas de la

vida, concentrando toda su existencia en el violento estrujón carnal.

Aquel personaje tendido sobre su sarcófago con la severa toga del que

juzga a sus semejantes no siempre había sido ceñudo y austero, como lo

mostraba el escultor. Alguna vez el hombre vencería al personaje, y

recatándose como un mozuelo, dando al diablo su gesto imponente, habría

buscado un rayo de felicidad en misteriosos rincones, lejos de la

familia, abominando de su moral avinagrada y áspera. Los muertos habían

conocido la dicha mucho antes; ahora les tocaba el turno a ellos, y

debían aprovecharse de la buena suerte.

--Feli, vida mía--exclamó Maltrana con su vehemente exageración--, ríete

de los muertos; no nos odian, nos envidian. Grita conmigo: ¡viva el

amor!...

--No; vámonos--murmuró la muchacha--. Fuera de aquí hablaremos; gritaré

lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da

mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.

Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero

al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo,

lanzando una exclamación de asombro.

La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores

palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar

todo su cuerpo como si estuviese formado con las tintas del iris.

--¡Qué bonita!--exclamó Maltrana con arrobamiento--. ¡Si pudieras

verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color

naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas

claveles en la frente.

Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de

que su novio la viese tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico de

sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en

sus ropas y su carne.

El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio, con esa

facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten

acariciadas en su vanidad.

Algo más que el contacto ardoroso de la luz sintió de pronto Feli. Su

novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella

intentase resistir.

--Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el

azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las

violetas de tus ojos.

Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de

pasión, que agrandaba el eco del cementerio.

Feli revolvíase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos.

Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra

de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por

su boca. Maltrana no perdonó uno; quiso saborearlos todos, en medio de

aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.

Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos,

vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos,

sintiéndose próxima a caer al suelo, como si las piernas temblorosas no

pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:

--Basta... déjame... Que me matas: que grito... Asesino...

Por fin pudo desasirse: y arreglándose el mantón, atusándose el pelo

alborotado por los viriles apretones, fijó sus ojos en el novio, con una

mirada en la que había reproche y agradecimiento.

--En seguidita me coges otra vez... ¡Y cómo se ha divertido el niño con

esa tontuna de los colores! Vámonos o reñimos.

Echó a correr hacia la salida, como si quisiera evitar las explicaciones

de Maltrana, y éste la siguió. Cerca de la verja, los dos acortaron el

paso y marcharon unidos, con rostro grave, como si saliesen tristes de

su visita a las tumbas.

Pasaron sin despegar los labios ante el portero que les había acogido

con tan extrañas preguntas; pero, al alejarse, Feli volvió la cara para

mirarle y prorrumpió en una carcajada de niña. Isidro adivinaba el

pensamiento de su novia; recordó el gesto hosco con que el portero les

había preguntado si entraban a pintar.

--El tío presentía el suceso--dijo Maltrana alegremente--. De enterarse

a tiempo, hubiera sido capaz de pedir su parte de colores.

El recuerdo de las caricias le hizo juntarse, enlazar sus brazos,

caminar apoyados uno en otro, mirándose con ojos en los que aún brillaba

el fuego de las recientes sensaciones.

Feli olvidaba su enfado. Al verse en campo raso, donde no podía temer

nuevos arrebatos del novio, se abandonaba, apoyábase en él con desmayo,

acariciándolo con el soplo de su respiración, mirándole de tan cerca,

que Maltrana creía sentir el calor de sus ojos de brasa.

Finalizaba la tarde. Ocultábase el sol, y en el cielo de suave color de

violeta flotaba la luna como una nubecilla pálida, borrosa aún por la

luz diurna.

Los dos amantes siguieron el camino a lo largo del tercer depósito,

haciendo crujir bajo sus pies el polvo de carbón que ennegrecía el

suelo. Pasaban hacia Madrid mujeres astrosas con niños dormidos en sus

brazos; viejas arrugadas y negras como brujas, con pucheros destinados a

recibir el rancho de San Bernardino.

Estas infelices, al cruzarse con la joven pareja, husmeaban el amor con

su instinto de hembras, e imploraban una limosna. Isidro repartió

pródigamente el dinero, acompañándolo de inmorales consejos, que hacían

reír a Feli. Nada de comprar pan: aquella limosna era para vino, para

tomar la gran _curda_. El mundo había de alegrarse y saltar loco de

embriaguez; debía reflejar la felicidad que rebosaba en su alma al verse

amado por Feli.

También ellos dos iban en busca de un merendero, de un lugar bonito,

para comer, para beber, para darse dos vueltas de vals al son de un

piano.

¡Viva la vida! Maltrana, recordando las afirmaciones de otros tiempos,

repetía a su novia que la vida es alegre, que la vida tiene un sentido

helénico, que el dolor, que parece interminable, no es mas que un

accidente pasajero, el aperitivo de la felicidad, tras el cual se atraca

uno mejor de las dichas de la existencia.

Pasó un hombre con un cesto de naranjas, y al sorprender Isidro una

ávida mirada de su novia le hizo detenerse. ¡A soltar en seguida lo

mejor del cesto! A Feli le gustaban las naranjas; aún no las había

probado aquel año, y él era capaz de tender a sus pies, como alfombra de

oro, toda la cosecha de los campos valencianos.

Feliciana sólo quiso aceptar una naranja, la más hermosa, y los dos

siguieron adelante, jugueteando ella como una niña con la pequeña esfera

de color de fuego, haciéndola saltar entre sus manos. Acabó por abrir un

agujero en ella y por chupar su jugo apretándola entre los dedos. Un

chorro de ámbar descendió por la comisura de sus labios hasta la

barbilla de graciosa redondez, endulzando su piel. Isidro quiso beberlo,

y de nuevo rozó con su boca la boca de Feli.

--¡Otra vez!--exclamó la muchacha, echándose atrás entre sonriente e

indignada--. Pero, condenado, ¿no ves que nos miran... que pasa gente?

Después rió del gesto desalentado de Isidro, el cual bajaba la cabeza

como un niño enfurruñado. Con mimosa gracia puso en su boca la naranja.

--Toma y no llores... Yo he puesto ahí los labios; chupa, y cuidadito

con volver al besuqueo... A ti habrá que tratarte como a un niño de

teta. Zurra... zurra al nene, que es malo.

Y con su mano fina y blanca, aquella mano de señorita, que era el

asombro de las Carolinas, abofeteó cariñosamente la cara del joven.

Al anochecer entraron en un merendero de la hondonada de Amaniel. La

muchacha habló débilmente de la necesidad de volver a casa en seguida,

pero Isidro protestó. Su padre no iba a inquietarse por tan poca cosa;

la creería, como otras veces, en casa de su compañera de Bellasvistas.

Tal vez a aquellas horas estaría ya en el «Ventorro de las Latas»,

preparando su marcha a El Pardo.

Unos faroles de papel iluminaban el merendero con difuso resplandor. Los

tranvías viejos habían servido para su construcción, igual que en el

barrio de las Carolinas. Los bancos de movibles respaldos procedían de

una jardinera; los tabiques eran de persianas de ventanilla. Junto al

techo, a guisa de friso, alineábase un saldo de fotografías

amarillentas, mezclándose las vistas de la Habana y de los bulevares de

París y Viena con reproducciones de la Fuente de la Teja y el Viaducto.

Cabezas de angelotes pintarrajeadas y doradas, restos de una anaquelería

de tienda pretenciosa, aparentaban sostener las viguetas del techo.

Isidro, que lo veía todo de color rosa, admiraba el adorno del

merendero. ¡Muy hermoso! ¡muy original! ¡Aquello era arte moderno!

Y el amo, satisfecho por estos elogios de un señorito que parecía

inteligente, contestaba con modestia:

--Un poquito de gusto, y nada más. Así y todo, me cuesta, un porción de

dinero... ¿Qué van ustedes a tomar?

El merendero completo quería Isidro para Feli. Pero ésta no sentía

apetito, no quería nada; y al fin, por no contrariarle, pidió una

botella de cerveza.

Otras parejas ocupaban los rincones, silenciosas, en íntimo contacto por

debajo de la mesa y devorándose con los ojos. Maltrana se creía en un

mundo nuevo, mejor que el que había conocido hasta entonces. ¡Viva la

alegría de la vida... y el helenismo también!

Tras un macizo de plantas estalló de pronto, como un cohete, el sonido

de un piano, con acompañamiento de golpes de timbre. Isidro miró con

admiración al muchacho de boina, pañuelito al cuello y anchos pantalones

de odalisca que daba vueltas al manubrio. Pero ¡qué talento tenía aquel

golfo! ¡Qué musicazo! Nunca había experimentado Maltrana igual

impresión: ni en los mejores conciertos. Aquel vals, que a primera vista

parecía escrito para un baile de criadas, era una pieza sublime: la obra

tal vez de un gran genio desconocido. El joven no vacilaba en sus

afirmaciones; aquello era tan magnífico como la _Novena sinfonía_.

--Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cómo meneas ese

cuerpecito gitano.

Ninguno de los dos sabía bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante,

había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la

Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la

que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música,

arrastrando a su pareja.

¡Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los

parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno

del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitiéndose el alma

con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos.

Sentían una alegría loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de

beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por

un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos,

acariciados por la humedad de la lengua, parecían atraerse al través de

la pequeñísima distancia que los separaba.

Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos,

por la soledad del campo.

Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su

cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurría silenciosa.

Los dos huyeron de la luz. Querían descansar; sentíanse sin fuerzas para

seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultándose en la

sombra que proyectaba la masa de tierra.

Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta.

Feli hablaba quedamente, con llorosa voz.

--Júrame que no me abandonarás. Que me querrás siempre... que no me

desprecias porque soy débil contigo... porque te quiero.

Isidro lo juraba todo sin hablar; lo juraba con sus manos inquietas, con

sus labios acariciadores, con el viril estrujón que hacía caer vencida y

esclava en entre sus brazos a aquella alma simple y primitiva, ansiosa

de ideal.

La horda · 第 9 / 16 题