VI

Un domingo por la mañana, Isidro y Feli bajaron al Rastro.

La tarde anterior, el joven había hablado con acento de resolución.

--Feli, de mañana no pasa. Ya es hora de vivir juntos. Estoy harto de

que vaguemos por los desmontes como gitanos. Yo trabajo para ti y

tenemos derecho a formar nuestro nido.

Feliciana dudó un instante. ¿Y su padre?... Pero una mirada de él bastó

para vencer su resistencia. Estaba en plena embriaguez de amor, sin otra

voluntad que la de adorarle y seguirle. ¡Con él, con él, aunque hubiese

de renegar de todo su pasado!

Maltrana tenía dinero y se aburguesaba, según decía él irónicamente al

hablar de su opulencia. Necesitaba poseer una casa, vivir bajo un techo

que fuese suyo, tener un refugio donde encerrarse y trabajar acariciado

por el calor de la intimidad amorosa.

Su obra _El verdadero socialismo_ estaba próxima a terminarse. Había

trabajado con gran actividad, escribiendo durante el día en la

Biblioteca Nacional, en el Ateneo, allí donde encontraba silencio y

libros. La tarea avanzaba rápidamente, sin que se le olvidasen las

recomendaciones del marqués de Jiménez, gran amigo de la erudición.

Cada página llevaba al pie un gran cimiento de letra menuda y apretada

citando autores de todas las naciones, libros de todas las literaturas,

y hasta largos fragmentos en diversos idiomas.

No hacía afirmación, por simple que fuese, que no la acompañase con el

testimonio de media docena de escritores. El autor caminaba despacio,

con largos titubeos, pero cuando avanzaba el pie, lo ponía en firme,

como hombre a quien guían y llevan del brazo todos los sabios de la

tierra.

La erudición corría como un torrente por la parte baja del libro.

Amontonábala Maltrana con una facilidad exenta de escrúpulos. Cuando

quería demostrar algo con textos ajenos y no los hallaba a mano, valíase

del ilustre Murfinos, de la Academia de Noruega, de Max Stradivarius,

célebre catedrático de la Universidad de Gottinga, y otros sociólogos no

menos fantásticos, inventados por él para deslumbrar a su cliente. Al

fin, él no había de firmar la obra. El marqués de Jiménez recibía un

capítulo cada dos días, y al copiarlo de su letra--a pesar de sus

grandes ocupaciones--, admirábase de la sabiduría del joven.

«Esto va a dar golpe--pensaba--. Tal vez es demasiado bueno; hay que

poner un poco de estilo propio.»

Y para comunicar a la obra el «estilo propio», cambiaba de lugar las

comas o el orden de las palabras; escribía «ilustre» allí donde Maltrana

había puesto «célebre», o viceversa. Un trabajo pesadísimo para él... ¡Y

aún habría quien dudase, al publicar el libro, de que era obra suya!...

Maltrana, obligado a trabajar durante el día, había abandonado el

cuartucho de la calle de los Artistas, ya que su único camastro lo

ocupaban por la noche el señor José y su hijo. El joven dormía en

Madrid, en el hospedaje de un compañero de bohemia, poro esto era con

carácter provisional.

Necesitaba una casa. Le repugnaba vagar con Feli todas las tardes por

los campos inmediatos a los Cuatro Caminos, acompañándola después a su

barrio, cuando cerraba la noche.

El _Mosco_, aunque no ponía gran atención en los actos de su hija,

comenzaba a mostrar cierta extrañeza por la tardanza con que se

presentaba de vuelta del taller, alegando ocupaciones extraordinarias

para justificar su retraso.

Las áridas cercanías de Madrid embellecíanse con la llegada de la

primavera. Cubríanse los cerros de verde al crecer la cabellera de las

cebadas y los trigos. En las cañadas, los grupos de almendros

adornábanse con flores: unas blancas como el nácar; otras sonrosadas,

con el color de la carne femenil. Las lilas pendían como racimos de

violetas de las altas ramas. Zumbaban los insectos, ebrios de calor y

vida; aleteaban los pájaros, poblando el follaje de estremecimientos y

suspiros; chirriaban los primeros grillos, ocultos en la hierba. El

campo parecía embellecerse para ocultar en sus espesuras las caricias

del amor, para arrullar a las parejas con los perfumes y cantos de su

vida exuberante.

Junto a la Huerta del Obispo, un camino bordeado de almendros atraía

todas las tardes a Isidro y Feli. Paseaban cogidos del talle entre los

árboles, que extendían sobre sus cabezas una bóveda de flores. Sus

corolas rojas, inflamadas, parecían abrirse para saludarles.

--Míralas--decía Feli--; son boquitas que nos sonríen, que quieren

hablarnos.

Maltrana aceptaba esta cándida afirmación de la muchacha. Sí; eran bocas

de flor que se abrían para decir a Feli que era muy bonita.

--Y yo--continuaba con gravedad--me adhiero a la sabia opinión de este

mitin florido.

La brisa de la tarde estremecía los árboles, y una nevada de pétalos

caía sobre Feli, enredándose en su peinado.

Sentábanse en los ribazos cubiertos de hierba, y al hablarse arrancaban

las margaritas silvestres que crecían al alcance de sus manos. Así

esperaban la llegada del crepúsculo, y las sombras les sorprendían

muchas veces en las inmediaciones del canal silencioso y profundo, que

había presenciado sin un murmullo, con la bonachona complicidad de la

luna, la comunión primera de su amor.

Feli vivía en dulce somnolencia, absorta por su felicidad, algo

asombrada de que el mundo guardase ocultas tantas delicias. Todo le

parecía bueno; se abandonaba con sublime impudor; sentíase capaz de caer

en los brazos de Isidro en plena glorieta de los Cuatro Caminos con el

mismo arrobamiento que si estuvieran en despoblado.

Maltrana era más exigente y descontentadizo. ¡Muy bonito el campo de

primavera, con su ambiente poético y aquellos crepúsculos, que eran lo

mejor del mundo! Pero ellos no iban a permanecer así toda la vida,

vagando como perros enamorados, en busca de un rincón solitario, huyendo

de las gentes, estremecidos de espanto al menor ruido.

Además, pensaba en el _Mosco_, que podía sorprenderles, enterado de lo

que ocurría por cualquier murmurador. No nombraba a su terrible amigo,

pero le parecían peligrosos e insostenibles estos idílicos encuentros en

campo libre, cerca de las Carolinas.

Isidro tuvo la audaz resolución de los débiles. El miedo al _Mosco_ le

hizo ser atrevido y arrostrar el peligro de una vez... ¿Era de veras que

Feli le quería? Pues a seguirle, a vivir juntos, olvidados de todo lo

que no fuese su amor.

Los dos hablaron sin emoción alguna, con el egoísmo de la pasión, de

abandonar al padre, de engañar al amigo.

Maltrana tenía dos mil reales, un capital, pues jamás había visto tanto

dinero. Vivirían en el interior de Madrid, donde no les conociesen.

Serían marido y mujer para las gentes que sólo comprenden el amor con

documentos y sellos. Más adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensarían

en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus últimos escrúpulos,

contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella

también deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a

aquel barrio de traperos, que le parecía ahora más sucio, más triste.

Maltrana discutió con Feli largamente los detalles de su instalación.

--Hay que ser prácticos--decía--; hay que ser burgueses...

Y Feli contestaba, con no menos seriedad:

--Ya verás hacer economías y vivir bien.

Isidro, en su deseo de ser práctico, buscaba una casa en el extremo

opuesto de Madrid, un rincón donde no pudiesen dar con ellos, después

del escándalo que seguiría a su fuga. ¡Pero los alquileres eran tan

caros!...

Un sábado expuso a Feli su resolución. Ya tenían casa; al día siguiente

irían a ella. Había encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que

repartía papelillos católicos y propagaba la religión en las afueras.

Vivía en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro había subido

a la habitación, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de

sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca.

Vivirían con él. Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros

defectos que su manía de santidad. Había tenido en su casa a varios

obreros con sus familias, pero acabó por despedirles, a causa de los

chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quería más

huéspedes; pero el señor de Maltrana--como él decía--era un hombre

cortés y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una

burla. Al decirle el joven que se había casado, aceptó con gozo la vida

en común que le propuso Maltrana.

Enumeró éste a Feli las ventajas de tal arreglo. Vivirían al otro

extremo de Madrid: listos habían de ser los que les encontrasen. Sólo

pagarían tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargaría

«el santo», que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de

libros viejos. Ellos tendrían por suyas la cocina, jamás utilizada por

el señor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentación de pájaro; una

habitación grande, e la que escribiría él, y desde cuyas ventanas se

abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les serviría de

dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor,

ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos.

Sólo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el

entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupación, que era de

burgueses, según decía Maltrana.

Feli abandonó para siempre la casa de su padre y el barrio de las

Carolinas. El _Mosco_ dormía aquella mañana, cansado de su expedición de

la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sintió la joven: huyó

sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde había transcurrido

su vida. Sólo pensó en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la

glorieta de Bilbao.

A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conocía

esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetuán, sintió

cierta inquietud viéndose empujada por el gentío en los alrededores de

la plaza de la Cebada.

Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de

perejil, pregonaban sus mercancías a grito pelado. En la calle de la

Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el

asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de

pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa

panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de

los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban

con sus puestos exteriores de las estrechas aceras.

Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descansó un instante

apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro.

Maltrana parecía reflexionar, y acabó por hundir sus manos en los

bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un

puñado de monedas de plata.

--Guarda tú el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en

chucherías antes de que compremos nuestro ajuar.

Feliciana acogió con agrado esta prudente resolución, y envolvió en su

pañuelo la pequeña fortuna, apretándola entre ambas manos con un mohín

de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero.

Después avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrépito del

Rastro.

Abríase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que

las últimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle.

Por encima de las cubiertas de las _Américas_ veía Feli la ondulación de

los cerros amarillentos, la llanura castellana, de suaves hinchazones,

con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias.

Así como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achicó el

panorama, fue hundiéndose, hasta ocultarse detrás de los tejados de los

almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos

de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los

chamarileros tradicionales, que viven todo el año en el Rastro.

En el suelo, sobre viejas lonas, esparcíanse los más heterogéneos

objetos: espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los

teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza

desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras

lañas, viejas litografías de vidrios empolvados representando las

desdichas de Atala o las hazañas de Hernán Cortés, lienzos embetunados,

en cuya negrura distinguíase una pincelada roja que era una pierna, una

mancha amarilla que era una calva.

Los palos que sostenían los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y

pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas

levitas, pantalones roídos por el roce, sobrefaldas de gasa que habían

sido de moda treinta años antes, sayas que olían a humedad y a polvo,

delatando el olvido en los cofres de algún desván.

Otros puestos eran de géneros nuevos, y los vendedores, en vez de

permanecer inmóviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del

comprador, agitábanse pregonando la baratura de las mercancías,

anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la

elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se

usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas

y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser

aprovechado. En otros puestos se exhibían viejos telescopios,

cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre

las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las pálidas

rosas de alguna casulla.

Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes

cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria

al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que

para atraer al público se agitaban como epilépticos, corriendo en torno

de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artículos, entregándolos a

ciertos compinches que se fingían compradores para impulsar a la gente

reacia.

--¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!--gritaba uno

con voz de trueno.

--¡Lleven y compren!--mugía otro--. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen!

Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras

brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una

instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del

domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y

entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una

baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.

Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles,

y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las

tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas,

otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase,

asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias

a un tiempo y sin decidirse por ninguna.

Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en

la entrada del Rastro. Abajo, en las _Américas_ tenía él amigos, tenía

parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso.

En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las

buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres

atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo,

ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el

par».

Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli.

Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a

ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le

tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué

media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero.

Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado.

--Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta

buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va

a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus

pantorrillas de diosa!...

Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete.

Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de

su amante:

--Las medias hacen reñir; es un regalo que trae mala sombra: lo he oído

muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo.

Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los

objetos más diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con

una esfera dorada a guisa de tapón. Feli lo compró después de largo

regateo, entregándolo a Maltrana.

--Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mío, hasta que lo agotes.

Siguieron adelante, y entraron en el corralón de las _Nuevas Américas_.

Allí estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y

los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en

casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no

encontrando espacio en tales estrecheces, esparcíase por los callejones

y plazoletas del corralón.

En un sitio predominaba el mármol, y se exhibían en número considerable

cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta

sepulturas, cuyos constructores se habían declarado en quiebra antes de

llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras,

plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados

colores de su revés. Mostrábanse las filas de herramientas industriales

y agrícolas, con reflejos de obscuro azul, los rótulos arrancados de

puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y

peluquerías elegantes que ya no existían.

En las plazoletas elevábase en montañas el hierro viejo y oxidado, tan

frágil por la herrumbre, que parecía próximo a quebrarse como el

cristal. Eran máquinas desmontadas, cuyas ruedas yacían empotradas en el

barro; calderas enormes, con el cóncavo vientre hundido en pilas de

planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas

y más filas de balcones en correcta formación, y verjas de jardín

guardando en sus garras el yeso de las pilastras.

Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro.

Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros

libres que no podían pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el

canturreo de un crimen célebre ante el cartelón pintarrajeado con las

escenas más truculentas del suceso, y entraron en otro corral.

--Esto--dijo Maltrana--es el Rastro del Rastro; lo más barato de la

baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aquí como puedan

mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol.

Al entrar vieron librerías de lance, en cuyo interior se agrupaban

viejos señores de traje raído hojeando volúmenes, hundiendo en ellos su

nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible

amontonamiento, en las que se confundían cuadros de agujereado lienzo,

piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro

descascarillado y los remates incompletos.

Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en

las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servían

de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de

guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundían en el fango,

desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos

callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de

islas de pedruscos y mares tortuosos de fango líquido, daban al Rastro

gran semejanza con las avenidas angostas y sombrías de un zoco moruno.

En la plaza vieron a los vendedores más míseros, con sus puestos de

objetos rotos, de una utilidad desconocida.

Maltrana señaló riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en

conjunto no ascendía a más de tres pesetas. Sobre unos periódicos viejos

exhibíanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin

empuñadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de

revistas ilustradas. El vendedor permanecía inmóvil en una silla rota,

sin prestar gran atención a las moscas que revoloteaban en torno de sus

labios; y más para espantarlas que para atraer al público, gritaba de

tarde en tarde: «¡A perra chica... a perra chica la pieza!»

Lo que más abundaba en los puestos era la ferretería vieja y rojiza por

el óxido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que,

necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano,

iban toda la mañana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo

montones de hierro.

Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar

utilidad de sus despojos, fijándose en las grietas y desportilladuras de

un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por

todo ello cinco céntimos.

Un puesto de muñecas viejas atrajo la atención de Feli. Eran bebés que

habían vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos

de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaña, ofreciéndose a

la niñez pobre, a los pequeñuelos de la miseria, obligados a buscar su

alegría en este estercolero.

Una pobre mujer con una muñeca en la mano discutía con el vendedor,

mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo

monigote, que tenía la cara ennegrecida y una de las piernas quemada.

--¡Dámela... la quedo!--lloriqueaba la pequeña con balbuceo infantil.

Pero la madre dejó la muñeca en el suelo.

--¡Si piden tres perros, hija!... Eso es sólo pa los ricos.

Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepción de la

pequeña.

--Tómela usted, señora... Yo se la regalo.

Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el

mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre:

--Gracias, señora... muchas gracias.

Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a

uno de sus tíos, apodado el _Ingeniero_, el cual, según noticias, aunque

retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos.

En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un

órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando

se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores.

Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento

del órgano.

La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el

_Ingeniero_, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el

arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un

gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su

gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de

paño que abrigaban su vista enferma.

Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas

curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y

deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.

A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un

taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de

encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.

Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del _Ingeniero_.

Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado

viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera

de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas,

tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase, valiéndose

del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que

todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas

de escándalos y riñas, sin que el ilustre _Ingeniero_ se decidiese

formalmente por ninguna.

Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los

chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies

vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién

podría ir al Rastro en busca de tales cosas!...

El _Ingeniero_, percibiendo al través de las negras antiparras una

pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador.

--Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado.

Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la

marcha de _El Profeta_.

Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta

odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación.

--¡Pero tío, si soy yo!--dijo Maltrana.

--¿Y quién eres tú?...

--Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a

comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.

El _Ingeniero_, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino,

abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a

Feli sus antiparras, contemplándola largo rato.

--Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena--dijo con sonrisa de

inteligente en el género--. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga

usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega.

Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia!

Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera, con el mismo acento

que si hablase a un perro:

--Oye, tú, ¿no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la

cigarrera de la calle de Mira el Sol?...

--No señor, no se parece--dijo la mujerona con no menos rudeza,

mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las

salchichas de sus labios--. Bien se ve que estás ciego. La señora es más

guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos.

-¡Muuú!--mugió burlescamente el _Ingeniero_--. Ya la has metido; ya has

soltado una barbaridaz. No la hagan ustés caso--continuó, dirigiéndose a

los dos jóvenes--; le tié tirria a la Nicanora porque la chica está por

mí. La semana pasá se tiraron del pelo y fueron a la delegación del

distrito.

--Que sus den morcilla a los dos--dijo la gorda con bronco vozarrón.

Y satisfecha de este caritativo deseo, se removió en el asiento,

enderezó la sombrilla, y quedó inmóvil, con los morros apretados,

fingiendo no ver ni oír al _Ingeniero_ y sus parientes.

El chamarilero, sentado en el sillón, aconsejaba a su sobrino dónde

debía hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora

de sus hijos; se la había traspasado para quedar en completa libertad.

Bien podía divertirse después de tanto trabajar. Pero le restaba la

afición al negocio, sobre todo a los instrumentos de música. Los

compañeros no adquirían un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen

para que lo arreglara; siempre tenía alguna joya como aquel órgano, y

todos los domingos colocaba su puesto en las _Américas_, para no perder

la costumbre.

El _Ingeniero_ indignábase al hablar de sus parientes. Su hermano el

anticuario era un orgulloso, que desde que trataba, por su negocio, con

marqueses y curas ricos, no había quien lo sufriese. No se veían una vez

que no le echase en cara sus aventurillas y escándalos. Era un jesuita,

un hipócrita; vivía como un imbécil, sin alegría, sin amables

desórdenes. ¿De qué le servía el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que

no entrase a verle en el viejo patio de las _Américas_.

--Te recibirá con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos

tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su tío. Se pelean

conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y

alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la

otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por

el traspaso de la tienda. ¡Qué les importa a esos judíos lo que haga su

padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aquí no hay otro joven

en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el

_Ingeniero_.

Después aconsejó a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus

hijos. Tenían géneros baratos y nuevos. No debía adquirirla en las

_Américas_. Eran todas de largo uso; la que menos, había visto morir a

toda una familia. Sus primos le darían con economía lo que necesitase.

Luego preguntó por su madre, la señora Eusebia. Más de un año hacía que

no la había visto. ¿Cómo le iba a la abuela con el señor Polo? Un día

que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetuán. Ya no conocía a

las gentes de allá. Madrid terminaba para él en el Café de San Millán,

donde se reunía con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la

plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya sabía

dónde: siempre en su «farmacia». Le tenía ley al Rastro y sus

alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual a

aquellas casuchas de Tetuán de donde procedía la familia. Traperos

todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por

igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia

diaria, la comida y los trapos rotos, los expelía Madrid hacia lo alto;

los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los

vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en

el estercolero de las _Américas_.

--¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen!

Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía

sonó otra vez.

Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo

un arranque de generosidad.

--Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo.

Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las

cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con

el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias.

--No os ofrezco el órgano--siguió diciendo--porque le tengo querencia a

la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos

ratos.

Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del _Ingeniero_, de sus

pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba.

--Es un hombre temible--dijo Isidro con tono irónico--. El terror del

barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros...

Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las _Viejas

Américas_. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las

de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los

sombríos rincones del caserón. Isidro mostró a Feliciana un hombre

obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas

pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían

pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.

Permanecieron más de una hora en la tienda de los hijos del _Ingeniero_.

Maltrana reconoció que sus primos eran unos judíos, como decía el padre,

sin alegría, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo

amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa,

temiendo que apelase al parentesco para no pagar.

En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos

precio. Pagaba el parentesco y la vergüenza del regateo. Compraron una

camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un

colchón con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio;

pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareció a los dos un

derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestación de su

propósito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les costó

esta joya. Los dos se miraban con inquietud. ¡Qué modo de gastar el

dinero! Pero este remordimiento desvanecíase al examinar la cama otra

vez, fijándose especialmente en el colchón de muelles. ¡Ella, que no

había conocido otro lecho que un jergón sobre tablones en la casucha del

_Mosco_! ¡El, que durante años aguardaba a que le dejasen libre el

camastro para descansar sus huesos!...

Los dos abandonaron la tienda, trémulos de emoción por las adquisiciones

que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueños

de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendrían los

muebles en su casita, en aquel nido próximo a las nubes.

--¡Cuánto dinero hemos gastado!--decía Feli, apreciando con el tacto la

disminución del envoltorio que llevaba en la mano--. Si seguimos

derrochando así, dentro de poco pediremos limosna.

Isidro la tranquilizaba: aún tenía más dinero para las necesidades de la

casa. Y después, ganaría nuevas cantidades; contaba con su pluma para

vivir.

Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero

aguardase impaciente que él se dignara escribir algo para adquirirlo.

Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los

puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en

las calles. Tenían ante ellos grandes montones de zapatos húmedos,

extraídos de una gran cuba, y agarrándolos como animalillos muertos, les

arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable.

Lo inservible caía en el suelo, pegándose a las piedras como inertes

piltrafas.

Junto a la estatua del héroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros

que volvían de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de

compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas,

cubríanse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las

enseñas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de

copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban

gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar

atención a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del

_Manco_ para hablar de sus asuntos entre dos «tintas».

Isidro y Feliciana sentían impaciencia por verse en su casita. Dudaron

un instante ante la puerta de un café, no sabiendo si almorzar en él.

No; mejor sería en su casa, completamente solos, sin la molestia de las

miradas del público.

Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde

ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del señor

Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y

almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la

juventud, con esa excitación que proporciona la novedad de los cambios

de sitio.

Feli, de vez en cuando, fruncía el entrecejo con sus preocupaciones de

amita de casa.

--Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato

que han traído del café tengo yo para dos días.

Maltrana contestaba con risas. Había que alegrarse: aquel domingo era el

de sus bodas, el primor día que pasaban juntos. Ya pensarían luego en

las economías.

Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la

empañadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y

bocado, marcándose en las mejillas redondeles de vino y de grasa:

--¡Cochino, cómo me pones!--decía Feli con gracioso mohín, limpiándose

la cara--. ¡Ay! ¡Déjame comer! ¡déjame tranquila! Mira que estoy

cansada, que deseo paz... que aún nos queda mucho por arreglar.

La presencia del señor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta

tranquilidad. Venía de oír varias misas, de asistir a una reunión de

Hermandad, de hablar con los señores de la Conferencia, que le

entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impíos de la plebe.

Los domingos eran días de gran trabajo.

Se negó a aceptar los restos del almuerzo que le ofrecía el joven.

Gracias, señor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y

él ayunaba rigurosamente. Había devorado en la calle su modesta

colación; la carne pecadora ya tenía bastante.

Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la

presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los

estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la

sabiduría y la santidad del mundo.

--¿Conque usted es la señora del señor de Multrana? Vaya, vaya... Que

sea por muchos años.

Y al decir esto, paseaba por la habitación con sus zapatos de cura, que

parecían querer escapársele a cada paso, acompañando sus movimientos con

un monótono chac-chac. Tenía en sus piernas algo inexplicable que

parecía repeler los lacios pantalones que las cubrían. Feli pensaba que

aquel hombre había nacido para llevar una sotana, un hábito, una

envoltura talar. Se movía y andaba como si unas sayas invisibles

estorbasen su paso.

--¿Conque usted es la señora del señor de Maltrana?--repitió otra vez,

no sabiendo qué decir--. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la dé

muchos hijos, para que la acompañen en el ciclo... Tiene usted cara de

buena; el señor de Maltrana también es bueno, aunque algo olvidado de la

salud del alma. Usted le guiará por el buen camino: las señoras, para

estos casos, saben más que nosotros. Creo que nos entenderemos, que

viviremos como buenos cristianos, en santa paz.

El señor Vicente entró a detallar su futura vida. Libertad completa para

todos. Ellos tenían su llave, y él guardaba la suya. Cada uno podía

entrar y salir cuando quisiera. No hacía falta llamarse mas que en casos

de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando

aún había sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la noche.

Se retrasaba peleando con algún pecador de lengua blasfema; velaba

enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a última hora. La

noche era tan buena como el día para servir a Dios. Además, dormía poco:

le repugnaba el sueño, por ser el momento que aprovecha el Malo para

tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates.

Ansiaba la llegada del día como un descanso, y antes de apuntar el alba

estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se

levantasen, ya andaría él muchas horas por el mundo.

--No crea usted, señora--continuó--, que siempre he vivido tan

cristianamente. He tenido mis épocas de calavera, de trasnochador.

Al decir esto, sonrió con una candidez que pretendía ser maliciosa.

--Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometió

enormes sacrilegios, y cuya conversión no sé si se la habrá contado don

Isidro, entonces pasé meses y aun años acostándome después de la salida

del sol. El pecador tenía gusto en oírme, y yo me agarraba a él,

acompañándolo a las tabernas y a sitios peores, señora... a sitios donde

fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vírgenes para ser

atormentadas en lo que más estimaban. El Señor me lo perdone... El bebía

y hacía cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin

hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para

ver si de este modo podía meterlo en una iglesia y que oyese una misa,

una tan sólo, con la esperanza de que Dios y su Santísima Madre me

habían de ayudar, tocándole el corazón. ¡Y costó, pero llegó! Pasé años

haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al

Señor... Ya le contará más despacio el señor de Maltrana mi conquista

del zapatero.

Y paseaba, guiñando los sanguinolentos ojos, frotándose las manos,

celebrando su malicia y aquella conversión que era el acto más glorioso

de su vida.

--Aquí estará usted muy bien, señora--continuó--. Hay de todo en el

distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las

horas. Además, casi a la mano, está la catedral. San Isidro, con su

famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha oído, vaya a oírla. Un coro

de ángeles, una bandada de querubines, que la dejarán con la boca

abierta.

Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte

de los muebles, el señor Vicente se despidió. Tenía que hacer propaganda

aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura:

unos pobrecillos sin más medios de existencia que el trabajo en los

tejares durante el verano y el robar cardillos y leña de la Casa de

Campo. Allí se quedaban los dos como dueños de todo. Con otros huéspedes

no osaría tales confianzas. Pero el señor de Maltrana podía hacer lo que

gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban

abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, allí tenía

un poco de todo, en el cajón de los chismes. Y le mostró en el fondo de

una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo

recolectado en sus excursiones por las afueras y traído a casa con una

minuciosidad que le hacía aprovechar cuantos objetos veía en el suelo.

Si la señora necesitaba botones, hilos o agujas, también encontraría

gran provisión en una tabla de la biblioteca.

Los amantes, viéndose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo

de los muebles. Los habían dejado los portadores agrupados en el centro

de la habitación que destinaba Isidro para despacho. Después de largas

reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jóvenes a

colocarlos.

--Aquí la mesa, junto a la ventana--dijo Feli--. Tú escribirás de

espaldas a la cocina, y yo vendré de puntillas, poquito a poco, y...

¡zas! te daré el gran susto, cuando menos lo esperes, echándote los

brazos al cuello, besándote... así, así.

Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovíase

escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de

pasión que acompañaban a los fuertes abrazos.

Al colocar la mesa de comedor, sentáronse frente a frente; pero

arrepentidos de establecer entre los dos este obstáculo, diéronse las

manos por encima de ella, mientras por debajo se buscaban los pies.

Luego, soltándose Feli con inesperado tirón, se levantó y corrió

alrededor de la mesa, perseguida por Isidro, que lo acosaba con rugidos

de ogro.

--¡Que te como, feísima!... ¡Que te devoro, sosa... desgalichá!

Con tales intermedios, el arreglo de los muebles, a pesar de ser pocos,

amenazaba prolongarse hasta bien entrada la noche.

La colocación de la cama fue el asunto magno de la tarde. Cambiáronla de

sitio un sinnúmero de veces, sin que llegase a quedar nunca a gusto de

los dos. Sudaban, con la cara roja de fatiga, al mover y dar vueltas a

este armatoste dorado en la estrechez de la habitación.

Feli, arremangándose los brazos, pegados a su frente los rebeldes rizos

con el sudor y el polvo, daba pataditas en el suelo y torcía el gesto,

no encontrando nunca a su gusto la posición de la cama. Quería que se

viese bien, que la luz hiciera brillar el oro con todo su esplendor:

para esto habían gastado el dinero. Y cuando la veía colocada en estas

condiciones, surgían otros inconvenientes. ¿Es que iba a dormir ella

junto a la pared?... No; ella sería la primera en levantarse; había de

madrugar para el buen arreglo de la casa, y no quería que Isidro viese

turbado su sueño.

Nuevos cambios de sitio, otros tirones y esfuerzos, sin que el maldito,

lecho llegase a colocarse a su gusto en la estrecha habitación.

Feli, para apreciar en todos sus detalles la hermosura de este mueble,

que la llenaba de orgullo, colocó el colchón, las mantas y las almohadas

sin funda. Sábanas ya las compraría al día siguiente, pues había sentido

repugnancia por las que le ofrecían en el Rastro. Quedó largo rato

contemplando la cama con cierta indecisión.

--¿Estará bien así, Isidro? ¿Qué dices tú?...

Maltrana, cogiéndola del talle, la hablaba al oído, cosquilleándole una

oreja con su aliento. Así o de otra manera, bien estaba. ¿Iban a pasar

la tarde sudando y haciendo fuerza como gallegos? La pobre cama tenía

derecho a quejarse con tantos arrastres y vueltas. Había que dejarla

quieta... hacerla los honores de la nueva instalación...

Feli se abandonó, vencida, trastornada por el susurro tibio que

acariciaba su oído, erizando al mismo tiempo la suave película de su

mejilla. Durante una hora durmieron los ecos de la casa del santo, sin

otros estremecimientos que el metálico ruido del armatoste, que parecía

condenado a no descansar.

Cuando los amantes, dando por terminado el arreglo del dormitorio,

volvieron a lo que había de ser despacho, Maltrana buscó el martillo y

los clavos.

Quería adornar su habitación de trabajo colocando unas láminas regaladas

por un amigo. Eran retratos, y el joven explicó a Feli la grandeza de

todos aquellos señores que mostraban sobre el papel su gesto leonino,

mirando a lo alto con ojos ardientes de inspiración.

--Fíjate, nena; éste es Víctor Hugo, un semidiós. Cuando yo arregle mis

libros, te daré a leer algo suyo. Este otro es David-Federico Strauss,

uno que se metió a examinar la vida de Jesús y no dejó en ella títere

con cabeza. Este barbudo es Darwin; el otro, que parece un erizo blanco,

mi gran tío Schopenhauer; el de más allá, Zola, con su mirada triste,

como si fuese a llorar; aquel viejo tan guapo y simpático, el amigo

Hæckel... Todos gentes distinguidas, apreciables puntos, que no se

ofenderán de vivir con nosotros en plena alegría juvenil. ¡Las cosas que

van a presenciar estos ilustres gachos!...

Feli sonreía contemplando los retratos, creyendo de buena fe, en su

sencilla ignorancia, que eran señores de Madrid a los que conocía y

trataba su amante. Esta misma amistad la hizo presentir que podían ser

mal vistos por el dueño de la casa.

--Pero Isidro, ¿y don Vicente? ¿No se ofenderá al ver a estos

caballeros?

Maltrana prorrumpió en una carcajada al oír el nombre del «santo». El

día anterior, al dejar los grabados en la casa, se los había enseñado,

quedando el devoto perplejo largo rato en su contemplación.

--Yo--dijo--desconfío siempre de los señores que tienen mucha fama. No

conozco a estos caballeros mas que para servirles; jamás leo periódicos;

pero me escamo cuando los papeles hablan mucho de un hombre. Ahora sólo

se habla de los grandes pecadores: los santos viven en la obscuridad.

Luego de una larga reflexión, había preguntado:

--¿No estarán entre estos señores Voltaire y Garibaldi?

El hermano Vicente no conocía mayores impíos. El nombre de Voltaire,

pronunciado con todas sus letras, le hacía estremecer, al mismo tiempo

que se alteraban sus ojos inflamados con el lagrimeo de la rabia.

-No; señor Vicente; no están.

-Me alegro. Porque si estuvieran Voltaire y Garibaldi, yo me marcharía.

No podría vivir bajo el mismo techo que esos demonios.

Y más tranquilo ya, examinó los retratos, alabando a algunos de aquellos

señores, que, por sus grandes barbas de plata y sus frentes serenas,

tenían, según él, caras de santo.

Cuando Maltrana terminó de clavar unas perchas en el dormitorio y dio

por definitivamente colocados todos los muebles, comenzaba a anochecer.

Había que pensar en la cena y en la luz. Las necesidades de la vida

turbaban su amoroso aislamiento, haciéndoles salir de aquella

inconsciencia de pájaros errantes que por primera vez construían nido.

Isidro tomó el sombrero para bajar a la calle y hacer sus compras.

--Adiós, niña... Rica, adiós: vuelvo en seguida.

Se despedían entre fuertes abrazos. Alejábanse y volvían a juntarse, con

nuevos besos, como si Fuese él a emprender un interminable viaje. Por

fin, se separaron en el rellano de la escalera.

--Cierra, bien--dijo Maltrana, como si temiese los mayores peligros

durante su ausencia.

Y sólo se decidió a bajar cuando vio cerrada la puerta y sonaron tras

ella los ruidos de la llave y el cerrojo.

Volvió a la media hora, con un paquete de bujías, dos chuletas empanadas

de una taberna cercana, una libreta, una botella de vino y un paquete de

dulces. ¡Juerga completa! Decididamente, la vida de burgués, con casa

propia y mujer única, tenía grandes encantos. La vida era alegre; había

que dar a la vida un sentido helénico, y el helenismo no podía ser más

fácil de conseguir: estaba en el escaparate de una confitería, en los

ojos de una tierna muchacha, aunque hubiese nacido entre los

estercoleros de Tetuán.

Feli le aguardaba en el rellano, trémula de miedo.

--Isidro, ¿eres tú?--preguntó con voz acongojada.

Había anochecido. Al invadir las sombras su nueva habitación, la

muchacha experimentó el terror de lo desconocido. La daban miedo los

libros en sus vetustas estanterías; pensaba con pavor en cierto Cristo

ensangrentado, con lacias melenas, que el señor Vicente tenía en la

pieza inmediata. Se había refugiado en la escalera y aguardaba

impaciente la llegada de Isidro.

Este encendió una bujía, y fue alineando sus provisiones sobre la mesa.

Feli, con la luz y los dulces, recobró la alegría.

Comieron y bebieron, hablando de acostarse al poco rato. Reían, pensando

en que otras noches, a aquellas horas, todavía vagaban por los campos.

Iban a dormir como las gallinas. ¡Oh la vida ordenada! ¡La vida

tranquila, lejos de todos, queriéndose mucho, aislados del mundo, en el

dulce egoísmo del cariño!... Les parecía imposible que las gentes fuesen

tan ciegas que no supieran vivir así.

Mientras comían, hablaron de lo que pensaban hacer a la mañana

siguiente. Visitarían las tiendas de la calle de Toledo para que ella

comprase las sábanas. Isidro, desoyendo sus protestas, pensaba regalarle

cierto vestido expuesto en un maniquí a la puerta de una tienda de

modas. Además, acordábase de que hacía tiempo que soñaba Feli con unas

botas altas, muy altas, de suave color de limón y con muchos botones.

--Pero ¡nos vamos a arruinar, nene!--suspiraba ella, posando la cabeza

en un hombro del amante--. Tú no tienes dinero para tanto.

Maltrana protestó. El trabajaría. ¿Y para quién era todo su dinero?...

Para su Feli, para su gorrera graciosa, que lo había abandonado todo;

siguiéndole a él, pobre y feo.

--¡No digas eso!...--suspiraba ella--. Tú eres el hombre más guapo de

Madrid, el que más sabe. Aunque me buscase el mismísimo príncipe de

Asturias, le diría que no. Ya tengo a mi Isidro, que es para esta

pobrecita mucho más que los príncipes y los reyes. ¡Si supieras qué

celos me daba una compañera de taller cuando decía que, aunque feo, eres

simpático!...

Terminada la cena, devoraron los dulces y bebieron las últimas gotas de

vino. Feli, sin darse cuenta, habíase deslizado de su asiento, acabando

por acomodarse en las rodillas de Maltrana. Le ofrecía entre sus labios

un dulce; lo partían con largo y meloso beso, y el joven, después de

esta caricia, hablaba gravemente de su porvenir.

--Vivimos mal, Feli--decía--. ¿Crees tú que estoy satisfecho de la

existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos

jóvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos

con el plato más insípido: la alegría y el amor...

--Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre así... con la

cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca.

--Pues yo deseo más. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que

vistas como una señora, y vayas al teatro, y algún día la gente te

salude, y digan todos: «Ahí va la mujer de Isidro», y hasta en los

periódicos se hable de «la bellísima señora de Maltrana».

Feli rió como una niña.

--Pero ¡qué tonto!... ¡Qué cosas tan _superficiales_ deseas! Lo que

importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que

mejor le plazca.

Maltrana quedó largo rato pensativo. Sentía el entusiasmo, la fe en el

porvenir, los ensueños de ambición que acompañaban todos sus momentos de

bienestar físico.

--Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que

subieron muy alto... Tú no te das cuenta de adónde podemos llegar. Me

quieres, pero ignoras en realidad quién es tu Isidro. Hasta el presente

he luchado con la mala suerte; pero tú me traes la Fortuna. Trabajaré,

escribiré mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que

no había conocido nunca. La gente acabará por fijarse en Maltrana, por

ver en él un gran escritor, un talento extraordinario.

--¡Quién lo duda, bobito!--exclamó Feli--. Tú tienes mucho talento: eso

lo he dicho yo desde que te conocí. Deja que te bese esa frente donde

guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacén de

donde sacas tus cosas bonitas.

Oprimía entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida,

como si quisiera morder su frente enorme y rugosa.

Maltrana, después de desasirse, continuó con entusiasmo:

--Me dedicaré a la política; quiero que seas una gran señora, y en este

país no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El día

que me conozcan, impondré respeto. Seré director de periódico, seré

diputado... ¡Llegaré a ministro, Feli, y tú serás mi mujer, la esposa de

Su Excelencia!...

El joven hablaba con la fe de todos los humildes de alguna imaginación,

que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las

alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan

inmóviles la riqueza o la fortuna política para que las tomen con sus

manos.

Feli reía con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de

las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueños podían

realizarse al día siguiente.

--¡Yo, ministra!--exclamó--. ¡Y tendré coches, y los lacayos se me

quitarán la chistera con galones dorados, y mi tío el _Federal_ se

quedará con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la

Puerta del Sol, frente a su oficina!... ¡Y tú irás a Palacio y te

tratarás con las grandes damas, y...!

El rostro de Feli pareció entenebrecerse. Apretó los labios, le

brillaron los ojos, y dijo con enfurruñamiento:

--No; tú no serás ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, ¿lo

entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptarás aunque te lo ofrezcan;

dimelo, o reñimos... El mundo está lleno de tentaciones, y ¡no digo nada

si acudirían las señoronas al ver a este feo, que habla como los propios

ángeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de

esas que tienen la pechera bordada de ojos!... ¡lo mismo que las moscas

a la miel! ¡Ojo, señorito! Yo tengo mucho quinqué, y adivino las cosas.

No serás ministro, no. Dime en seguida que no lo serás, o te pego.

Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor,

abofeteábale con su blanca manecita. Después, pareciéndole poco este

castigo, metía sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin

compasión de los mechones.

--No, no lo seré--exclamó Maltrana--. Presento la dimisión de la

cartera; crisis total. Pero ¡déjame el pelo, niña, que me haces daño!

--Está bien--dijo Feli más tranquila--. Te dejo, pero ¡cuidadito con

faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos como

esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envían sus

lujos a un colegio, tienen su buena casa allá en el barrio de Salamanca,

salen a paseo juntos, y los días que hace mal tiempo se dan una

vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. ¿Puede

ser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo no

he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lo

dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.

Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos

con sus labios.

--Podías hacer también cosas para los teatros; mi tío dice que eso da

mucho dinero... Pero no: ¡qué bruto soy! Dime que no en seguida, o te

araño. ¡Dónde iba yo a meterte!... Nada de teatro: queda prohibido.

Escribirás en los periódicos, escribirás libros; y si alguna vez las

señoronas te envían cartitas, entusiasmadas por esas cosas tan monas que

sabes decir, ¡cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que tú aún no me

conoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor que

una mosca.

Y la pobre Feli, haciéndose la temible, se apretaba contra Isidro, le

estrechaba en sus brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, le

acariciaba el cuello con el raso de sus labios.

Sentíanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo de

descansar en algo más sólido que las frágiles sillas... ¡A dormir! Pero

no durmieron: no tenían sueño.

Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad, el rechinar de la

cerradura y la entrada del señor Vicente, a tientas, en su habitación.

Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase su

risa, seguía, regocijada, todos los ruidos del «santo», adivinando su

significación. ¡Plam! ¡plam! Era que se quitaba, los zapatones de

fraile, arrojándolos lejos. Ahora, se desnudaba; después se tendía en el

jergón.

La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con grandes

contorsiones para ahogar su risa. Isidro le preguntó al oído, riendo

igualmente, sin saber por qué. ¿En qué pensaba?

--Pienso...--murmuró la muchacha--pienso en la figura que hará el santo

en camisa.

Y los dos, fuertemente abrazados, volvían a reír, estremeciéndose sus

carnes desnudas bajo la manta, rozándose con el temblor del regocijo

sofocado.

Sonó largo rato un murmullo en la vecina habitación. El señor Vicente

rezaba sus oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cortó el silencio.

Los amantes no durmieron. Reían de este roncar grotesco interrumpido por

largos suspiros. El señor Vicente despertaba unos instantes, mascullando

santas exclamaciones: «¡Ay, señor!», y volvía a sumirse en su sueño

intranquilo, cortado por las visiones del ayuno y la exaltación.

Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:

-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí!

Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó en

el silencio como una campanilla de plata.

Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como si

durmiesen. En su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual si

anduviesen ratas por debajo de ella.

Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecido

por el horror de sus visiones.

--Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esas

asquerosidades... Mi carne está muerta... Gloria al Señor... La impureza

no entrará en la casa de su siervo.

La horda · 第 10 / 16 题