III

Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería.

Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo que

pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su

protectora.

Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en

la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y

académicos, que le daban por este trabajo una exigua retribución. De vez

en cuando, algún amigo le pasaba un libro para traducir, quedándose con

la mitad del precio. Además, escribía artículos para un semanario

social, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba el

director, dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada,

ni mucho menos.

Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando los

restos de su biblioteca de las patronas que le perseguían por

irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro

Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al

señor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad de

la buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batalla

de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo

corporal.

Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajaba

en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con

los parientes de su madre.

Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habían

acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la

Ribera de Curtidores, dedicándose a la especialidad de armas y viejos

instrumentos de música, que arreglaba con maestría extraordinaria. Otro

era el grande hombre de la familia; todos hablaban de él con respeto, a

causa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía pintar su

firma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio de

las _Américas_ viejas.

Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado

hasta ellos su fama de sabio. Además, la esperanza de que pudiese

heredar a su protectora les inspiraba gran consideración. La primera vez

que se presentó a ellos con su madre acogiéronle con grandes agasajos.

Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto afecto, creyéndolo

poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendería

su protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con un

aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje

brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con

frialdad y visible recelo.

«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana.

Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientes

del Rastro.

En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las

gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por

la _Mariposa_, una de las traperas más antiguas.

Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el

mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos

su alero de tejas viejas.

En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos,

hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de

garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo

formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las

casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid.

La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la

familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores,

pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él

sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de

latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo

rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con

una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra,

quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través

de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en

otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba

pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas

al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero

bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el

bordado del primitivo terciopelo.

Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la

vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar

con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y

brillantes, en las que el agua debía producir el doloroso efecto de un

escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su

carne!...

La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué

señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel

nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella,

gran caso en Madrid.

Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar

a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un

tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada

el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.

La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la

triste suerte de su hija.

Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera.

Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente

abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir,

cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos

los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los

que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas

de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban

como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o

subían a los mejores pisos de la calle de Serrano.

«Tía _Mariposa_, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser

su yerno.»

Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas

presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeñada en

despreciar lo más respetable del comercio, enamoricándose de un

albañilillo que trabajaba cerca de la casa de sus señores. Por fin, se

había salido con la suya, casándose. Hambre todos los días, paliza todas

las semanas, viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas

obscuras; frío en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como

término, la muerte en el hospital. ¡Anda y toma albañilillo! Y todo por

darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser señora, de

mirar por encima del hombro a las pobres traperas... ¿No era la

industria de sus padres tan respetable como otra?

--Pagamos contrebución, Isidrín, como cualsiquiera de los que tien

tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el

Ayuntamiento por la licencia: un porción de dinero. Y por lo que toca a

parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que

entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este

comercio. ¿Ves esta falda? Pues me la regaló una señora que iba a

Palacio y trataba casi de tú a los reyes. ¿Ves este corpiño? Pues fue de

una cómica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ¡ya ha

muerto la pobre!

Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo

ganancia. A él, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero

nada perdía conociéndolas. Como estaba sola, tenía a su servicio un

muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. El cuidaba del

burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a

Madrid, el subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle

del vehículo. Al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación

consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban

las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de

los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella,

además, conocía a sus parroquianos, los clasificaba según su estado de

salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas

otras donde había señores amarillentos, siempre encorvados por la tos o

que mostraban enfermedades repugnantes.

--Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; ¿te enteras, pequeño?

Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio.

Si yo fuese blanda, el tío Polo no saldría nunca de aquí. Le tiene ley a

lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, ¡echa y no te canses! Todos

los días hay rancho para un regimiento... ¡Y los chascos son buenos! A

lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de

bisté. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas

cositas negras como carbón que llaman trufas, y que los señores pagan

como si fuesen de oro. Así está el chiquillo que me sirve: colorado y

gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la

parte, de duro que está, y cuando le tomé, traía más hambre que un

lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrín.

Y a continuación revolvíase indignada contra las otras casas, las de los

señores malos, que dejaban la comida hecha una basura. ¡Qué cocinas,

Señor! Las criadas eran unas puercas y las señoras unas abandonadas. Los

restos del puchero tenían mondaduras de patatas, hojas secas de col,

huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces había encontrado en

el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de niño. ¡Y

pensar que otros del barrio, que sólo tenían casas de éstas, habían de

alimentarse con tal bazofia, después de limpiarla como podían!... Ella

la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las

afueras a más precio. Sólo los alimentaba con las sobras de los señores.

No se atrevía a darles «otras cosas» que gustaban a aquellos

animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tenía demasiada

conciencia para eso.

Entusiasmábase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a

montones; había día que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las

gallinas, hartas, no querían más. Por las mañanas, al levantarse, el

rico café. Se lo daban en las casas, después del recuelo; pero ella lo

esparcía en el corral sobre un periódico, secándolo al sol, para el

desayuno. Un saco de papel guardaba llenito...

La casa era suya; tenía en el corral un montón, más alto que el tejado,

de paja de cuadra, que luego de bien desecha se vendía a los hornos de

ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho,

a más de la comida, tenían asegurado el vestir, pues mientras en la

villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se verían desnudos.

--Sólo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se

desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco

para todo el día. Aquí, fuera de puertas, el vino va regalado.

Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban,

como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos

inesperados.

Maltrana había oído hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro

oculto, que era motivo de misteriosa conversación en todo el barrio.

--Para rica, la tía _Mariposa_--decían los traperos en la taberna--. Esa

sí que tie suerte; no va mas que a casas de título. ¡Las cosas que habrá

encontrao esa mujer!

El famoso _Coleta_, cuando estaba en el período verboso de sus

borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de

recontar su tesoro en un rincón del corral, y cerraba los ojos como para

recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda

que le habían deslumbrado.

El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la

misma petición:

--Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enséñeme su tesoro.

La señora Eusebia protestaba. ¡Rica ella!... Mentiras de las gentes;

invenciones de _Coleta_ y otros borrachos; manías del tío Polo, que la

buscaba por esto desde que quedó viuda, y ya llevaba muertas cuatro

mujeres, proponiéndole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no

tenía nada. Y sonreía enigmáticamente al decir esto, le brillaban los

ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad...

pero que nadie lo vería nunca.

Los domingos eran los únicos días en que Maltrana hablaba con el señor

José y veía a su hermano. Cuando llegaba, después de amanecer, a los

Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepín en medio de la calle reclutando

muchachos para alguna excursión a Amaniel con carácter de _razzia_, que

ponía en alarma a los dueños de los merenderos.

Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dándole

lo que podía por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, según su

estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un «horno de

asados» de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos

inmediatos a Punta Brava.

Comían al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en

duros taburetes. Los tranvías llegaban con grandes cargamentos de gente

madrileña; esparcíanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones,

los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne,

más baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de

Consumos. Sonaban los pianos en atropellada melodía, matizando sus

escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dándose dos vueltas

de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los «tíos-vivos»

con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rítmica aparición

por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con

mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las

faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la

percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite

frito y sebo derretido.

El señor José era escuchado en silencio por Maltrana. Al albañil

gustábale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque

él fuese hijo de la Isidra, su educación convertíalo en hombre superior,

casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como

pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que él no

se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el

albañil a su lenta verbosidad, con voz bronca y monótona. No podía

hablar con los compañeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le

insultaban por reaccionario, por borrego, echándole en cara sus tiempos

de guardia civil.

--Tú eres un sabio, Isidro--decía--; tu raciocinas, y por eso puedes

comprenderme y hacerme justicia más que esos animales... ¿Y qué es lo

que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se

ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el

amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin él, y

siempre será así. Que eso de los metinges y de las sociedades sólo sirve

para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que

le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar

donde le den jornal, y ser bueno para que los señores le ayuden con la

limosna... Y también me da rabia que en todos esos metinges se metan con

los curas, y eso que, como tú sabes, hace un porción de tiempo que yo

no voy a misa. Pero ¿qué mal hacen esos pobres señores de la sotana al

trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos,

se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero.

Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo

y la anarquía, no dan ni un botón. ¡Qué han de dar, si son unos

pelagatos!...

El señor José, al hablar de los rebeldes, sentía la cólera de un antiguo

sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil

resucitaba bajo su blusa. Reconocía que todo estaba mal repartido y que

el pobre sufría mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y

su fin, cuando se sintiese viejo, sería mendigar en la calle o morir en

el hospital. Pero si metían sus manos aquellos arregladores que

predicaban contra los ricos, ¿quedaría el mundo mejor?...

--Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su

suerte--continuó el albañil--. Yo también he visto algo, Isidro, aunque

no sea letrado como tú... ¿Cuál es la cosa mejor organizada en todas las

naciones y que marcha más derecha?... No me negarás que es el ejército.

Yo he pertenecido a él y le debo mi buena crianza. ¿Y qué pasa en el

ejército? Pues que los soldados son los más, y comen rancho y se

joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y

los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor.

Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acabó

el ejército; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y

no habrá quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplícalo a

los paisanos, y comprenderás por qué pienso yo como pienso. Los que

hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo,

sin pensar en insurrecciones ni en hacer fuego por la espalda sobre los

jefes. Tú, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a

ver si algún día pescas la faja.

Maltrana sonreía escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y

hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y

las dos sillas que constituían todo su ajuar; en los días de paro

forzoso, que le obligaban a él a exprimir su miseria para prestar ayuda

al albañil.

--Y usted--preguntó el joven--, ¿qué va perdiendo con que el ejército

social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda

medio mundo?

--¡Ahora salimos con esas!--dijo el albañil, escandalizado--. ¿También

eres tú de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros

que llevas leídos. ¿Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me

acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que teníamos en

la Guardia civil. Se lo repartirían todo, entrarían a saco en las casas,

nos comeríamos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; piénsalo

con calma. ¿Cómo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin

soldados, sobre todo sin soldados?

Y el antiguo guardia civil acompañaba con un gesto de repulsión y de

horror esta tenebrosa pregunta.

--El hombre necesita pan y palo--decía luego, recobrada ya su

serenidad--. Un látigo muy largo para que marche derecho. El mundo está

lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se

arma.

Al final, el señor José se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz.

--Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los

alborotadores. ¡Que salgan, que salgan y sabrán lo que es bueno! Por eso

yo, cuando hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de señalar,

pero me voy a casa. ¡Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a

otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como

si las personas fuesen patos!...

Contraía sus manos al decir esto y guiñaba un ojo, lo mismo que si

empuñase un fusil imaginario. Sonreía como si le halagase la ferocidad

de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectación homicida del

aragonés, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Había

embellecido con su mansedumbre silenciosa los últimos años de la pobre

Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepín. Sus camaradas le

llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las

injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonreía como un

verdugo al desear las matanzas en masa, las cacerías de hombres, siempre

que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El

respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven

en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje.

Para él, la sociedad sólo podía marchar con los presidios llenos, un

fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas

sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una

bandera. Lo decía con una firmeza que inspiraba espanto, y a

continuación enternecíase ante su hijo, el travieso _Barrabás_. Cuando

éste cometía una de las suyas, el viejo animal de guerra limitábase a

fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca:

«¡Mira que te doy!...» Y el pillete reía, sabiendo que nunca llegaba a

darle.

En los días de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tenía en el

bolsillo algunas pesetas, encaminábase al barrio de las Carolinas, para

almorzar con su amigo el _Mosco_, el cazador furtivo, cuya gloria

llegaba hasta Colmenar. El célebre «dañador» de las posesiones reales

merecía por sus hazañas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra,

y eso que éstos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las

afueras de Madrid que vivían del huroneo en los bosques de El Pardo.

El _Mosco_ vivía cerca de la casa de la señora Eusebia, en una

construcción de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas

tejas traídas de los derribos de la población. Fuera, ocupaban todo un

muro tres filas de jaulas con pájaros de interminable canto, jilgueros y

pardillos, que le servían para la caza con red. Maltrana, al llegar a la

puerta, tenía que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante

delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de

parásitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus

sorprendentes habilidades.

Dentro se hallaba el _Mosco_. Su hija Feliciana, que era toda su

familia, estaba trabajando en la fábrica de gorras, y él iba de un lado

a otro, preparándose el almuerzo, después de bien pasado el mediodía.

También el _Mosco_ se levantaba tarde. Maltrana le había sorprendido

muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro,

las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y

espinas de selvática vegetación. Era un hombre pequeño, enjuto, de

nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tenía su cuerpo un balanceo

semejante al temblor de un muelle bien templado próximo a dispararse. La

vida en plena Naturaleza, la piratería en la selva, le daban, cuando

permanecía silencioso, una tosquedad huraña, semejante a la del árbol o

el pedrusco. Al hablar, revelábase el hombre de la ciudad, el evadido de

las grandes aglomeraciones humanas, para vivir solitario, en continuo

combate, ganándose el sustento con las armas o la astucia, como si

lejanos atavismos tirasen de él, arrastrándolo a la existencia del

hombre primitivo.

Al verle, Maltrana saludábalo siempre con la misma pregunta:

--¿Qué tal se ha dado la noche?...

El _Mosco_ sonreía unas veces; otras contestaba con gruñidos de mal

humor. Había noches magníficas, en las que caían dos o más corzos, que a

aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendiéndose

ocultamente entre los vecinos de Tetuán. Otras, sólo cazaba conejos, y

al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendíase en la cama sin

desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dormía con el cansancio del

que ha pasado la noche caminando a gatas, con el oído siempre atento,

creyendo de un momento a otro oír la voz de «¡alto!» y el silbido de la

bala.

Los dañadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en

los tejares y sólo a impulsos del hambre invernal se decidían a ir de

caza, admiraban al _Mosco_. Este no iba, como ellos, sin un arma en la

faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que

los llevasen a la cárcel de El Escorial, y de allí a presidio, sin

oponer la más leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores

selváticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la pólvora, que

perseguían a los guardas de árbol en árbol, hasta encerrarlos en sus

casuchas.

La noche que el _Mosco_ salía con escopeta y dejaba en casa el hurón, la

turba de inocentes dañadores estremecíase de inquietud y de orgullo.

Aquel era un hombre. Al día siguiente habría carne de corzo en Tetuán; y

el guarda que intentase impedirlo corría el riesgo de verse cazado, de

que le disparasen de entre la espesura sin darle el «¡alto!» Si no

había carne, era que el _Mosco_ estaba en la cama entrapajado, sucio de

sangre, con una ración de plomo debajo de la piel.

Maltrana había admirado muchas veces a su amigo cuando le mostraba el

cuerpo con el impudor de un bravo: dos postas en la cabeza, incrustadas

en los huesos del cráneo; un balazo en un hombro y otro en una pierna,

proyectiles redondos que le había extraído una curandera de la vecindad

con dolorosos procedimientos, y el resto del cuerpo hecho una criba por

los perdigonazos, a los que apenas daba importancia, considerándolos

accidentes vulgares.

Los almuerzos de Maltrana en casa del _Mosco_ eran suculentos. El pagaba

el pan y el vino, trayéndolo de una taberna cercana, mientras el famoso

dañador ponía sobre la mesa un guiso de gazapos o alguna liebre cazada

la noche antes.

--¡A la salud de la real familia!--exclamaba Isidro irónicamente--.

¡Viva el monarca que mantiene a sus súbditos!...

Estas piezas de caza que servían para la manutención del _Mosco_ eran

las únicas que podían encontrarse en su vivienda. Esperaba siempre algún

registro: los guardas reales tenían puestos los ojos en su casa; los

civiles la habían visitado muchas veces. No existían a la vista otras

pruebas de las aficiones del amo que las jaulas colgadas al exterior en

las horas de sol y los perros que dormitaban enroscados ante la puerta.

--Soy un cazador legal--decía con zumbona gravedad a los guardas cuando

éstos aparecían--. Me dedico a los pájaros con red, o llevo los perros a

las tapias de El Pardo, por si algún conejo se sale del término. Un

poquito de afición... lo demás que dicen de mí es mentira.

La escopeta estaba oculta bajo las tejas; el hurón dormía en el doble

fondo de una caja cubierta de guiñapos, respirando por los agujeros

abiertos en la madera.

Cuando se presentaba Maltrana, su amigo el _Mosco_, como una

demostración de gran confianza, le enseñaba la _bicha_, la joya de la

casa, lo que más amaba. Extraía del fondo del cajón la diminuta fiera,

que estiraba su cuerpo ondulante como el de un reptil y arañaba con sus

patas los duros dedos del cazador. El _Mosco_ se llevaba a la boca el

hocico bigotudo, de agudos dientes, envolviéndolo en su aliento,

mientras la _bicha_ acariciábale los labios sacando su lengüecita con

mohines felinos.

--Pero ¡qué rica!--exclamaba el cazador--. Mírala, Isidro: lo mejor del

mundo. Cincuenta reales me costó en Colmenar; no había quien la tocara:

una verdadera fiera. A uno le destrozó un dedo. Se agarraba a las manos

y ni Dios la hacia soltar. Yo la he criado tal cual la ves, y come en

mis labios y me quiere lo mismo que Feliciana. Pero esto sólo puedo

hacerlo yo. Si tú la tocases, te mordía. Pásale la mano por el lomo;

verás qué pelo tan fino... No tengas miedo, que no la suelto.

Y continuaba los elogios del repugnante y sanguinario animal. La hacía

cazar siete días seguidos sin fatigarla. Algunas veces mataba hasta

cincuenta conejos: siempre tenía sed de exterminio. Había que meterla

por las bocas de las madrigueras con un cordel en la pata, para tirar de

ella cuando se quedaba dormida, ebria de sangre. El _Mosco_, sin dejar

de hablar, sacaba del bolsillo un pedazo de queso, colocábase un

pellizco de él entre los labios, y la _bicha_ lo devoraba con grotescas

contorsiones.

--Pero ¡qué rica! Vuelve a mirarla--decía el cazador--. Aquí donde la

ves, se mantiene con quince céntimos de queso cada dos días.

El recuerdo de otra joya que había poseído, el famoso perro _Puesto en

ama_, conmovía al _Mosco_. Había dado el mismo nombre a otro de sus

canes, pero ¡qué valía éste comparado con aquél, del que hablaban con

asombro los guardas y era la pesadilla de los altos empleados de El

Pardo!... Saltaba el _Mosco_ a media noche las tapias, sin otro

acompañamiento que _Puesto en ama_, y se escondía junto a los arroyos,

en los remansos donde bebían los corzos. El que se aproximara podía

darse por muerto. El perro salía en su persecución al través de los

jarales: las dos bestias tronchaban las ramas con el impulso de su

carrera, producían un estrépito de huracán, y tras ellas corría el

dañador de ligeras abarcas. _Puesto en ama_, al alcanzar el corzo, le

mordía entre las patas traseras, en el órgano más sensible, y la bestia

quedaba en el suelo mugiendo de dolor, hasta que el _Mosco_ la daba

muerte. Asunto de unos minutos. Con este perro, necesitaba muchas veces

de la ayuda de los cobardones del barrio para llevar a cuestas las reses

cogidas.

El dañador casi lloraba recordando la muerte del valeroso camarada, la

descarga que le había hecho caer cerca de él, la alegría de los guardas,

desplegados en ala como un ejército para acabar con un animal que tenía

más astucia que muchos hombres, y la conducción del cadáver hasta el

pueblo de El Pardo, donde le admiraron como si entrase en triunfo

después de muerto.

El _Mosco_ se indignaba al pensar en su perro. ¡Y aún vivía el ladrón

que le había dado el escopetazo de gracia!... ¡Y él, el _Mosco_, aún no

lo había matado!...

Maltrana, escuchando estas proezas de la vida bárbara, el hombre cazando

a la bestia y siendo a su vez cazado por el hombre, pensaba con asombro

en el origen del famoso dañador.

Procedía de una familia de Tetuán, pero había nacido en Madrid y era de

oficio impresor. Llegó a regentar una imprenta en la que se tiraban

varios periódicos que nadie leía; pero los sábados, apenas terminado su

trabajo, cambiaba de traje y corría a Tetuán, adonde estaban sus

aficiones, dedicándose a la caza con los dañadores de más fama, como si

tirase de él una influencia ancestral, una herencia de sus antepasados.

Durante la semana, paseando entre las cajas del taller, manchado de

tinta y oliendo a papel húmedo, pensaba nostálgicamente en los cerros

cubiertos de pinos, alcornoques y robles, en los matorrales que se

abrían ante el hocico de los venados, escapando éstos después con un

bufido de alarma, en los grandes espacios de cielo azul, con las cimas

nevadas del Guadarrama en el fondo, como una muralla de almenas de plata

que brillan al sol.

Era un insocial: se ahogaba dentro de la villa, le repugnaban las calles

con sus aglomeraciones de personas marchando en la misma dirección.

Acabó casándose con la hija de una trapera, y abandonó su oficio para

abrazar el de su mujer. Pero apenas si fue con el carro a Madrid. La

trapería era un pretexto: su verdadera profesión fue cazar, seguir sus

aficiones.

El, según declaraba a Maltrana, había nacido para la acción violenta,

para vivir en aventura continua, arriesgando la piel. ¿Por qué había de

permanecer dentro de una población, juntando letritas de plomo,

agotándose en esta tarea de mujer?... Era hombre de pelea; le gustaba

torear a la Muerte todos los días--según sus propias palabras--, darla

el quiebro, recogiendo el pan de entre sus pies.

--Yo hubiese sido un gran soldado, amigo Isidro. Pero ya no hay guerras,

verdaderas guerras, como aquellas antiguas, donde cada hombre sacaba

toda la fuerza de sus brazos o de su caletre. Además, yo no me pongo un

uniforme por nada del mundo; no me visto de máscara, ni paso por eso de

disciplinas y ordenanzas... Para ser mandado, bien estaba allá en la

imprenta, con un durazo como un sol todos los días. ¡Ay, cuántos como yo

hay en presidio, que en otro tiempo hubiesen sido héroes!...

Amaba la guerra salvaje, ingenua, sin hipocresías de humanidad, sin

disfraces de civilización: aquellas guerras en las que los combatientes

mataban por la gloria que proporciona el exterminio, no alcanzando otra

retribución que el saqueo de la casa del vencido y el pillaje de sus

campos; pero había llegado tarde, según afirmaba con acento de tristeza,

y a falta de mejor escenario, entregábase, a las puertas de una gran

población, a una vida prehistórica, cazando a la bestia para comer, y al

hombre, si era preciso, para defenderse; considerando la tierra como

suya, sin respeto a tapias que podía saltar, ni a leyes representadas

por hombres que eran mortales como él.

De su pasado conservaba cierta veneración por los escritores. Por esto

era amigo de Isidro desde que le conoció en casa de su vecina la señora

Eusebia.

Algunas veces recordaba su época de impresor. El no leía los papeles

públicos, cuando de tarde en tarde iba a Madrid; pero creía que sus

tiempos habían sido mejores, y que los que ahora escribían estaban muy

por debajo de los que él había conocido. Y al pensar esto, miraba a

Maltrana, comparándolo mentalmente con los grandes hombres que aún se

mantenían en su memoria. ¿Había leído su amigo cosas de Fulano y de

Zutano? Y aquí nombres y seudónimos que firmaban, veinte años antes, en

revistas y diarios de escasa circulación, débiles flores de papel, cuyo

perfume mental había pasado inadvertido para todo el mundo. El _Mosco_

soltaba estos apellidos con cierta unción, entre admirado de su gloria y

orgulloso de haber conocido a los que los llevaban, y hacía un mohín de

asombro al oír que Maltrana declaraba francamente no conocerlos. Por

algo sospechaba que el periodismo estaba en decadencia.

La admiración del _Mosco_ se posaba en las más raras cualidades de

aquellos genios. Hablaba de uno con asombro porque escribía cantando,

sin que lo molestase ruido alguno, sin levantar la cabeza aunque

disparasen cañonazos junto a él. Otro merecía su entusiasmo porque

desafiaba a los acreedores, y siempre que el impresor le llevaba pruebas

a su domicilio encontraba en él a una nueva señora. ¡Qué tíos! Todos sin

dinero, debiendo en la imprenta varias tiradas, lampando tras la peseta,

lo mismo que Cervantes, «que no cenó al terminar el _Quijote_», alegres

como unas castañuelas y haciendo reír a los cajistas con sus chistes.

Pero al que recordaba con más veneración era a un señor elegante y

grave, autor de largos artículos sobre política internacional, que se

sentaba en cualquier rincón de la imprenta, sin mancharse, y escribía

con los guantes puestos.

--¡Sin quitarse los guantes, Isidro! ¿Hay muchos que puedan hacer eso

ahora?

Su rusticidad apreciaba esto como la mayor de las pruebas de talento, y

se miraba las manos, reconociéndose incapaz de tal hazaña, declarando

que no sabría cazar ni un gazapo con las garras enfundadas en piel.

Algunos domingos, el _Mosco_ invitaba a comer a Maltrana, anunciándole

que vendría de Madrid un hermano suyo, capataz de venta de periódicos,

el señor Manolo el _Federal_, gran personaje entre las gentes dedicadas

al comercio de papel impreso.

Maltrana le conocía. Era famoso en las redacciones por su lenguaje

enrevesado y pintoresco y sus juicios sobre la política. Se presentaba

en los periódicos, con su ancha cara sacerdotal siempre sudorosa, de

ojos saltones y terroríficos, unas veces para quejarse como «industrial»

(eran sus palabras) de las tardanzas de la administración en el reparto

del papel; otras como «ciudadano consciente» (también palabras suyas),

en nombre del comité del distrito, para pedir la inserción de algún

Manifiesto contra los _unitarios_, no menos nocivos al país que los

mismos monárquicos.

Isidro, a pesar de que no estaba inscrito en «el censo del partido»,

logró su amistad. Era un muchacho simpático, aunque «ciudadano

inconsciente».

--Cuando usted quiera que consumamos un turno--le decía--, ya sabe dónde

tengo las oficinas: Puerta del Sol, de cinco a ocho de la mañana, en la

acera de la botica de Borrell... aunque lluevan chuzos, aunque caigan

capuchinos de punta.

No bastaban la lluvia ni la nieve para que la oficina dejase de

funcionar. Al romper el día llegaba el señor Manolo con sus ayudantes

cargados de paquetes de periódicos. Tenía su especialidad, que era la

venta de las afueras. Todos los vendedores, viejas, chicuelos y hombres

haraposos, le rodeaban gritando, tendiendo sus manos para ser los

primeros. El no se turbaba ante esta aglomeración: hallábase

acostumbrado a mayores conflictos en su «larga vida política».

--¡Haiga orden, ciudadanos, y un poquito de crianza! ¡Que no se diga del

cuarto estado!... A cada uno se le dará según el orden de la discusión y

los derechos de su autonomía al respetive.

Y con gran calma iba repartiendo las manos de periódicos, exigiendo a

cada uno el producto de la venta del día antes, llevando de memoria las

intrincadas partidas de su contabilidad, apreciando al tanteo la

exactitud de las cantidades en calderilla, sonando las pesetas contra el

asfalto con tal ímpetu, que volvían de un rebote a sus manos como si

fuesen pelotas.

El «cuarto estado» era su frase favorita, en la que lo abarcaba todo, y

cuyo alcance había que adivinar. Unas veces, el «cuarto estado» era

únicamente los vendedores del papel; otras, la gente popular; y algunas,

todos los que compran periódicos.

Maltrana, al verle, le preguntaba invariablemente por el famoso «cuarto

estado».

--Anda algo roío--contestaba el señor Manolo--; hay tormenta en la

atmósfera metálica: la gente tiene pocas ganas de papel.

Cuando vendía un periódico nuevo, decía con énfasis:

--Hoy he tenido un éxito extramuros. Los redactores debían votarme un

mensaje de gracias, a pesar de que no me llamaron para darme voz y voto.

Yo soy el sentido práctico, y les hubiera presentado una moción y

consumido un turno para demostrarles que deben sacar el periódico dos

horas más tarde. Pero como uno no es letrado, le ojetan el argumento, y

el cuarto estado que se roa.

Su entusiasmo federalista excitaba el regocijo de Isidro, miserable

_unitario_, incapaz de comprender ciertas cosas. Para el señor Manolo,

estaba España dividida en catorce Estados, porque así lo habían

dispuesto los correligionarios por medio de solemnes y libérrimos

pactos. El era ciudadano de Castilla la Nueva; pero quería vivir en paz

y fraternidad con los extranjeros de los otros Estados españoles, así

fuesen aristócratas, como del «cuarto estado».

--¿Es usted de Reus?--exclamaba en la oficina al contestar a un

transeúnte--. Pues el Estado catalán ha pactado con el de Castilla.

Vamos a beber unas tintas, como buenos ciudadanos confederados.

Las comidas del domingo en casa del _Mosco_ eran tranquilas y plácidas.

Feliciana, la hija, del cazador, servía la mesa o permanecía inmóvil

junto a la pared, con los ojos fijos en Maltrana. Si éste hablaba,

parecía beber ella sus palabras, con una expresión admirativa en los

ojos, como si la subyugase la cultura del joven, que aún adquiría mayor

realce entre sus rústicos compañeros.

Isidro la miraba algunas veces. ¡Hermosa era la hija del _Mosco_! Cada

vez la encontraba más guapa. Adivinaba su admiración, pero aquellos ojos

negros fijos en él sólo le inspiraban un vago agradecimiento. Jamás se

le había ocurrido la posibilidad de perder el tiempo con una mujer. Eso

quedaba para los hartos, para los felices.

El señor Manolo comía con entusiasmo, alabando la carne tierna de los

animales de El Pardo. Olía a tomillo, a romero, a todos los perfumes del

bosque.

Los domingos eran para él días de descanso y plácido aislamiento. No

tenía periódicos; apenas si al amanecer repartía un poco de papel a la

chusma haraposa que le traía loco. Sin embargo, las preocupaciones de la

profesión lo asaltaban en medio de su descanso, e interrumpía la comida

para preguntar al _Mosco_ y a Maltrana:

--¿Por dónde andará ahora la partida grande?...

Los interpelados levantaban los hombros con indiferencia. La «partida

grande» era un grupo de vendedores de voz de trompeta, que sabían

sacarse del magín atractivos pregones: la aristocracia del oficio,

ocupada únicamente en lanzar periódicos nuevos y ofrecer libros faltos

de compradores, con enorme rebaja...

El señor Manolo, después de larga reflexión, informaba a sus amigos

sobre el paradero de la tal partida.

-Debe de andar por Zaragoza, vendiendo un papel nuevo, el del último

crimen, que interesa mucho al cuarto estado.

Isidro, al visitar la casa del _Mosco_, ya no se detenía en la vivienda

de su abuela. Esta había alquilado la casucha, yéndose a vivir con el

señor Polo, que tenía su cabaña en lo más alto de un cerrillo, desde el

cual se veía Madrid.

Por fin, la señora Eusebia había decidido casarse, sin la ayuda de la

Iglesia ni del Estado, con aquel consocio que la cortejaba desde su

viudez, y esperando el momento de que se ablandase, había contraído

matrimonio con varias comadres del barrio.

Los traperos celebraron con gran algazara la unión de estos dos

«comerciantes», los más antiguos de la busca. ¡Vaya un par de carroñas!

Pero nadie osó realizar los proyectos de cencerrada y otras bromas

molestas con que algunos intentaron obsequiarles. Merecían respeto: eran

los industriales más importantes del barrio, y habían hecho bien

uniéndose en una sola razón social.

Maltrana y el señor Manolo, en fuerza de oír hablar al _Mosco_ de sus

expediciones nocturnas, sintieron el deseo de asistir a una de ellas.

Una nada más, ¿eh? Con verlo bastaba. No era cosa de exponerse a recibir

un balazo por simple curiosidad. De vez en cuando, las noticias que el

cazador ingería en sus relatos enfriaban el entusiasmo de los oyentes,

haciéndoles retrasar la expedición para mejores tiempos.

--Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al

_Bonifa_, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una

semana, pillaron en El Goloso al _Bastián_ y al _Paleto_, les dieron

una paliza de muerte, y ahora están en la cárcel de El Escorial... En el

cuartel de Caños Quebrados hay un puñalero guarda que primero hace fuego

y después da el alto. En Navachescas hay otro ladrón que lleva muertos

dos dañadores, y, según dicen, tiene ganas de verme delante de su

escopeta.

Isidro y el vendedor de periódicos cruzaban una mirada de inteligencia.

Era cosa convenida: lo dejarían para más adelante. Pero el _Mosco_, de

pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostró empeño en

llevarles a una expedición; y los dos amigos, por amor propio y que no

se burlara de ellos, aceptaron la propuesta.

¡Adelante con la cacería! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen

con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el _Mosco_

llevaba meses y aun años sin verles.

Se citaron para el anochecer del día siguiente en el «Ventorro de las

Latas», y al caer la tarde reuniéronse en la glorieta de los Cuatro

Caminos el señor Manolo y Maltrana.

Iban con sus peores ropas--aunque ninguno de los dos sabía ciertamente

cuáles podían llamarse mejores--, con viejas boinas echadas sobre los

ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de

lo pavoroso de su misión. El capataz de periódicos guiaba, como

conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en

Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias

de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las

aguas de un canal.

Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras

que cerraban el horizonte hacían resaltar sobre una faja de oro

mortecino los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella

nadaba con lácteo fulgor en la bruma suave del crepúsculo. Sonaban

lentas y melancólicas las esquilas de invisibles rebaños; ladraban al

borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los

carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rústicas

esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares.

Encontraron al _Mosco_ sentado en un pedrusco cercano a la venta.

--Quedaos por ahí--dijo en voz baja--. Entrad a tomar una copa, y no me

habléis hasta que os llame.

Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta.

Era una cabaña de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos

que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de

conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de

petróleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos

empotrados en la pared exterior servían de bancos. El «Ventorro de las

Latas» era el punto de reunión de los dañadores antes de emprender la

marcha.

Comenzó a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que aún quedaba en

el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconocía su organización

recordando los relatos del _Mosco_. Cada pareja de hombres era una

«cuadrilla»; compañeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el

peligro, que al huir en distintas direcciones sabían por instinto dónde

encontrarse, partiéndose con fraternal equidad el producto de la caza.

Eran mocetones que por su aspecto parecían trabajadores de los tejares.

A pesar del frío, marchaban ligeros de ropa y sin manta; algunos de

ellos con la boina en la faja, como hombres que habían de emprender

largas caminatas y sudar mucho en el curso de la noche. Algunas

cuadrillas llevaban como refuerzo un muchacho cargado con la _aguja_,

pesada barra de hierro puntiaguda por un lado y rematada por el opuesto

con una anilla. Estos aprendices de dañador traían la barra pendiente

del hombro por medio de una cuerda, como si fuese un fusil, y se

pavoneaban entre los grupos con cierto orgullo, satisfechos de

participar de los peligros y aventuras de los hombres.

Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, después de

olisquear a Maltrana y su compañero, adivinando su carácter de intrusos,

juntábanse sobre un puente, del que partía el camino que sus amos habían

de seguir. Los había de todas castas, figuras y colores: unos de

elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas

lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor

rezongo, graves e inmóviles, como soldados que presienten la proximidad

del combate.

Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el

vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se

saludaban; algunos que no se habían visto en mucho tiempo se pedían

noticias. Uno hablaba de su hermano: había recibido por la mañana una

carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban

pocos meses de la pena que le habían impuesto por robo de caza en las

posesiones reales. Otros rodeaban a un compañero que, abriéndose la

camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba señal de las postas que

le habían metido entre las costillas. Después de dos semanas de

descanso, volvía aquella noche a la faena.

Hablaban de los compañeros que estaban en la cárcel de El Escorial,

discutiendo lo que les podría «salir».

Uno se despidió de sus amigos; ya no le volverían a ver en algún tiempo:

al día siguiente iba a Madrid a presentarse en la Cárcel Modelo, para

pasar en ella los ocho meses a que le habían sentenciado.

Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la

buena época, de la primavera, en la que se abrirían los tejares,

ofreciéndoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las

noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid.

Algunos habían pedido trabajo y querían emprender el viaje tan pronto

como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban

las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la

marcha, les hacían fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones.

¡Qué vida, caballeros! Era la peor época del año: comenzaba la cría. Los

conejos estaban flacos, costrosos. Sólo se cogían gazapillos, y por un

lío de éstos no daban más allá de una peseta. Además, abundaban las

malas noches, en las cuales las bestias parecían esconderse en lo más

profundo de la tierra, y el hurón entraba en las madrigueras sin

tropezar con el más leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la

libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. ¡Y

todavía los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les

perseguían sañudamente!... Los de caballería eran objeto de sus

maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia

infernal, con más talento y mala intención que los hombres; un monstruo

que, al perseguir a un dañador, le mordía, le derribaba entre sus patas,

machacándolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontándose,

tenía que socorrerlo para que llegase con vida a la cárcel. ¡Ah, la

mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella...

Algunas cuadrillas, después de un adiós apagado, emprendían la marcha,

precedidas de sus perros, y se perdían en la obscuridad.

--Adiós--contestaban los otros con entonación misteriosa--. Que se os dé

bien la noche.

Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los últimos

cuarteles de la posesión real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar,

cerca de Viñuelas.

Los que aún permanecían en el puentecillo comunicábanse los cuarteles en

donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La

Portillera, a Querá; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando

audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores

reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapeña, Trofas y La Zarzuela.

Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstruía el puente.

Alejábanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco

del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro,

empequeñecidas por la distancia, y desaparecían.

El _Mosco_ se aproximó a la venta:

--Cuando queráis...

Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la _bicha_, que

se apelotonaba en la cárcel de lienzo buscando el calor de su pecho.

Junto a él estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo

pequeño y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado _Chispas_, que no

pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que,

admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el año.

_Chispas_ llevaba al hombro la pesada _aguja_ para demoler las

madrigueras y abrir paso al hurón cuando éste se trasconejaba, no

pudiendo ganar la boca de salida. Además, metidos en la faja, guardaba

los _capillos_, las redes que se tendían a la salida de las madrigueras

para apresar a los conejos.

Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros dañadores. El

_Mosco_ marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y _Chispas_

cerraba la expedición.

--Podéis hablar; podéis fumar. Estamos aún en terreno seguro. Yo os diré

cuando haya que ir con más ojos que un lince.

Los dos neófitos marchaban tras los ligeros pasos del _Mosco_, el cual

no cesaba de hablar. Había permanecido en la venta lejos de ellos, para

que nadie sospechase que le acompañaban en su expedición. Temía que

alguien se _chivase_ y fuese con el soplo. Por e, nada; bien sabían los

guardas que cazaba todas las noches, así se viniera abajo el cielo.

Cuanto peor fuese la noche, más favorable para él. Pero al verle con la

impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podían aprovechar la

ocasión y darle caza. Porque él no era capaz de escapar; yendo con

personas que desconocían el terreno, antes se dejaría hacer pedazos que

cometer tal indecencia.

--Es un disparate--continuó--ir a esta faena con gente floja como

vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos

cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteréis de

lo que es esto... ¡Qué contentos van a ponerse esta noche los gameños y

los venados al ver que el _Mosco_ no quiere nada con ellos!...

Les preguntó si habían merendado fuerte antes de salir de casa. En el

monte sólo encontrarían algún arroyo donde beber un buche, y aun esto

había que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios más

frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas harían una

cachuela, el gran plato de los cazadores, que sabía a gloria: un guiso

de entrañas frescas de conejo.

Maltrana y el señor Manolo, oyendo al famoso dañador sus propósitos de

no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les había

encogido el corazón al oír a aquellas gentes que hablaban de heridas, de

palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio.

--¿Tú estás seguro de que no tropezaremos a los esbirros?--preguntó el

señor Manolo a su hermano.

--Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una

casualidad...

Un largo silencio acogió estas palabras poco tranquilizadoras. El

_Mosco_ seguía hablando para distraer a sus acompañantes de la fatiga de

la marcha. Describía la grandeza de El Pardo: nadie lo conocía tan bien

como él. En algunos sitios no podrían encontrarle todos los guardas

juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que

guardaban los reyes para sus cacerías. Esto sin contar la Casa de Campo,

La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... ¡Y los

demás que reventasen!

Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al señor Manolo,

lanzándose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la

práctica aplicación de lo que él llamaba, por antonomasia, «el

programa».

--El día en que el Estado de Castilla sea autónomo, se acabará este

escándalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me

río yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para

que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le

meteremos el arado a la tierra para que críe trigo, y ¡viva el pan

barato!... ¡Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto

estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... ¡Pero

si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema

unitario!...

Maltrana contemplaba los perros, que abrían la marcha, silenciosos, con

el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte,

sin un gruñido, sin prestar atención a los compañeros de raza que

ladraban en las lejanas huertas.

Llevaban más de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El

_Mosco_ notaba el jadear de sus compañeros, la fatiga que sentían en las

cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies.

--¡Animo!--les decía--. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estáis

acostumbrados a andar. ¡Pero si esto es un paseo!...

Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una

altura, volvió Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre

los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que

coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid

invisible. Más acá esparcíanse, por la línea irregular del horizonte,

grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la

tierra fuese una laguna de betún que reflejase los astros sombríamente.

El _Mosco_ extendió el brazo con la seguridad de un experto conocedor

del nocturno paisaje. Las luces más cercanas eran de Bellavistas y las

Carolinas; las otras de Chamartín y Tetuán. De frente, por encima del

oleaje de sombras, como débiles resplandores apenas perceptibles,

señalaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcón; y lejos, muy

lejos, donde sólo podían alcanzar sus ojos de búho, las luces de El

Escorial.

Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El _Mosco_ se

agachó para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su

resistencia. Era costumbre de los dañadores pasar los cursos de agua

llevando a cuestas al compañero. Al regreso, el camarada que pasaba a

lomos prestaba igual servicio, y así la mojadura repartíase entre todos

por igual. Únicamente los enfermos, los que iban a la caza

convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El

_Mosco_ consideraba como enfermos a sus débiles compañeros, fatigados

por la marcha.

Al otro lado del arroyo, Isidro y el señor Manolo vieron que el camino

se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El

_Mosco_ les ordenó que arrojasen los cigarros; ya no podrían fumar hasta

la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba «Mal

Paso». Muchas veces, los guardas de El Pardo, saliéndose de su

jurisdicción, se emboscaban allí para sorprender a los dañadores cuando

volvían a sus casas. En aquel sitio le habían dado un balazo a su

compadre el _Garrucha_, una noche en que volvían los dos cargados con un

par de gamos. El pobre camarada, después de sanar de la herida, fue al

presidio de Alcalá, por robo de caza mayor. El _Mosco_ se había librado

por pies, sin soltar su carga.

--¡Una injusticia--exclamó--; un abuso!... Este terreno no es suyo; aquí

no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero

pertenecen a la «casa grande», y no hay tribunal ni Dios que no se ponga

de su parte.

Aún caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de

tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al

atravesar una viña, chocó con un ceporro, hiriéndose una pierna. Pero

¿dónde estaban aquellos bosques de El Pardo, que parecían correr

hundiéndose en la sombra?...

-¡Animo!--decía el _Mosco_ en voz queda--. Ya estamos cerca; ya veo las

tapias.

Pero el señor Manolo y su amigo no distinguían nada. Isidro, con la

pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran

ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que lucía

en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontábase en el cielo;

cuando bajaban, hundíase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente.

Parecía jugar con ellos, atraerlos, para huir después de cima en cima.

Por fin, los dos neófitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo.

Maltrana consideró su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran

las murallas de la China. ¿Y había él de saltarlas? Prefería quedarse al

pie de ellas descansando. Esperaría tendido en el suelo el regreso del

_Mosco_, aunque volviese al amanecer.

--¡Chist!--murmuró el cazador, para que hablase más bajo--. Tú subirás:

yo me encargo de que subas.

La protesta de Maltrana era la última resistencia del miedo, el

retroceso del instinto ante aquella tapia sombría, tras la cual estaba

lo ilegítimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin

misericordia.

El _Mosco_ y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablándose

sin que sus palabras sonaran, moviéndose sin que sus pasos produjeran

ruido. A Maltrana le parecían fantasmas... ¡Arriba! El _Chispas_ apoyó

un pie en las manos de su maestro, arañó la tapia, y en un instante se

puso a horcajadas sobre ella.

¡Ahora, los perros! Los animales sabían su obligación; se dejaban coger

por el _Mosco_, y empujados por él, agarrábanse muro arriba, se mecían

un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejábanse caer en

la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligerísimo de hojas

secas.

Maltrana se sintió cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que

el _Chispas_, inclinándose, le agarraba por los brazos. Los dañadores

reían de su poco peso. Quedó un instante a horcajadas en lo alto de la

pared, aturdido por la ascensión, doliéndole el cuerpo por el roce

contra los ladrillos salientes. El _Mosco_ le saludaba desde abajo con

una gracia que ponía los pelos de punta.

--¡Qué buen blanco, gachó! ¡Qué escopetazo se pierden los guardas!

Isidro no tuvo fuerzas para protestar. ¡Vaya unas bromitas oportunas! Y

obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes,

tuvo que descender por la parte opuesta, ayudándole el _Chispas_, que le

había precedido y le sostenía por las piernas. El señor Manolo, más

ágil, saltó la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante después se

unió a ellos el _Mosco_.

Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que

le sería franquear aquel obstáculo si le perseguían los guardas. Pero la

impresión de miedo se amortiguó al mirar lo que le rodeaba.

La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo

nuevo. El salto de la tapia era como el tránsito de un planeta a otro.

Olvidó las colinas pedregosas, los bancales infecundos con más guijarros

que plantas, toda la campiña árida sumida en la obscuridad al otro lado

de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro.

Tenía ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de

las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetación

salvaje, unificando sus bravíos colores en una vaguedad fantástica de

inmenso jardín encantado. Maltrana creyó ver un gigantesco dibujo blanco

y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de

alfiler que daban paso a la luz.

La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de

leyenda. Maltrana pensó en Wágner y en su valeroso Sigfrido; en la

rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó,

por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón no

conocido por los guardas.

Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecían

arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura

de leche; los árboles formaban bóvedas de negro enrejado, por cuyos

espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto

de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul

sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si

quisieran acostarse.

No se veían las flores del fantástico jardín, pero Maltrana se las

imaginaba enormes, como nunca se habían abierto en la tierra a la luz

del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia,

tan denso, que parecía mascarse al respirar. Era una esencia para

olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgían gritos de

pájaros invisibles, saludos burlones a los bípedos que avanzaban en el

silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre

los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el

medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de

la cuadrilla.

Maltrana dudaba de la realidad. Debía estar soñando; aquel mundo no

podía existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar,

encontrándose en el camastro de la calle de los Artistas.

Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban

sin el más leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo

como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueño. De

ensueño también los dos cazadores que caminaban o se agachaban como

sombras, hablándose sin mover los labios, entendiéndose por señas, y

hasta el capataz de periódicos, que marchaba encorvado, con los ojos

saltones y la boca abierta, contrayendo el estómago a impulsos del

miedo. Sólo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y

este ruido le parecía tan grande, tan agigantado por el silencio, que

podía despertar a los guardas a muchas leguas de distancia.

De vez en cuando la selva agitábase con ondulaciones ruidosas. Una

ráfaga de viento moviendo una rama daba la señal. Toda la arboleda se

estremecía, inclinando las copas. Movían sus cabezas los olmos, los

pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del

bosque, y de un extremo a otro esparcíase el lamento de la sinfonía

salvaje, despertando los ecos en las cañadas, aguzándose en las alturas,

volviendo a descender en busca de nuevas masas de árboles que repitiesen

este suspiro de arpa temblorosa.

Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en

su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblándole las

piernas, pero conquistado el ánimo por el majestuoso silencio. En

aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes.

El _Mosco_, que conocía todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo

junto a una gran encina. Allí se abrían ciertas bocas que indudablemente

ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agacháronse por consejo suyo. Los

perros daban silenciosas vueltas alrededor del árbol, como si olfateasen

la caza oculta en las entrañas del suelo. El _Chispas_ se colocó de

rodillas a alguna distancia. Estaban allí las bocas de salida, y colocó

en ellas los capillos de red. El _Mosco_ abrió la bolsa y sacó el hurón.

La _bicha_ llevaba al cuello un cascabelillo de sonido débil, y en una

pata el cordel que la obligaba a volver a su amo.

Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El señor Manolo seguía con

interés la operación, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana,

tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul

escarchado de polvo luminoso. Había arrostrado el peligro por ver la

caza furtiva, y ahora no le inspiraba interés. Prefería permanecer

inmóvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz

que parecía descender de lo alto. Estaba allí como si la selva fuese

suya. ¿Por qué habían de presentarse los guardas? La hermosura de la

noche desvanecía su miedo, repelía de su ánimo toda posibilidad de

peligro.

El _Chispas_ dio un mugido de alegría; luego otro... luego otro.

«Tres... cuatro... cinco: la _bicha_ trabaja bien.» Iba recogiendo los

conejos de los capillos así como caían; unos sanos, otros con la cabeza

destrozada por el hurón y manando sangre. A los que salían ilesos,

huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus

duros dedos. Pasábale las piezas al señor Manolo, y éste reía, con el

goce brutal de la destrucción, ofreciendo a Maltrana los conejos para

que los tentase. Aún estaban calientes: ¡cómo los dejaba la _bicha_ al

morderles!...

Anunció el _Chispas_ que ya no salían más; la madriguera estaba

despoblada. El _Mosco_ tiró de la cuerda y volvió a sonar el apagado

cascabeleo. La embriaguez de la sangre había enardecido a la _bicha_.

El cazador lanzó un juramento sordo antes de volverla al saco; le había

clavado en un dedo sus agudos colmillos.

Isidro abandonó de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la

cuadrilla en busca de nuevas bocas. ¿Por qué no se retiraban ya? La

operación estaba vista. Pero el _Mosco_ protestó.

--¿Retirarme?... ¡Botones! La noche se presenta bien.

Anduvieron dos horas por las cañadas buscando los lugares más conocidos

del cazador por sus madrigueras. No había vivienda de conejo que no la

tuviese anotada en su memoria.

Isidro aprovechaba todos los altos del _bicheo_ para tenderse en la

hojarasca mirando a lo alto. El planeta que había contemplado en el

camino ya no lucía en el horizonte; se había ocultado, y nuevos astros

invadían el cielo. Miraba también a su alrededor, admirando la hermosura

bravía del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el

señor Manolo para cuando triunfase la autonomía del Estado castellano,

el abatir la selva y meterla el arado, sería una reforma muy

revolucionaria; pero así estaba mejor, era más hermosa, aunque la

pública utilidad rabiase de coraje.

Una señal de alarma de los dos perros sacó a Isidro de sus divagaciones.

Avanzaban cautelosamente, se detenían, volvían la cabeza para mirar al

amo. Su cola elevábase con movimientos que revelaban indecisión; sus

orejas aguzábanse con la inquietud.

--¡Chist! ¡chist!--murmuró el _Mosco_ para que sus acompañantes

permaneciesen quietos en la espesura.

Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo

mismo que los perros para oír mejor. El capataz abría la boca, como si

por ella fuese a escapársele el corazón, encogido por el miedo. Maltrana

sentía el zumbar de su sangre en las sienes.

Gruñó un perro, y el _Mosco_ pareció tranquilizarse. Alguien estaba

cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos

silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidían a gruñir,

era porque husmeaban gente conocida.

El cazador, incorporándose, dio varias palmadas en uno de sus muslos.

Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como

reproducidos por el eco. Después se llevó a la boca el dorso de una

mano, y un silbido tenue, de pájaro, rasgó el silencio. Otro pájaro

invisible le contestó.

--Adelante: son amigos--dijo el _Mosco_.

Troncháronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres

encorvados. Los perros de las cuadrillas frotáronse un instante con

otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al

_Mosco_.

--¿Qué lleváis cogido?--preguntó éste.

--Nada aún: dos gazapos.

--Que se os dé bien la noche.

La cuadrilla desapareció con sus perros, y el _Mosco_ siguió adelante,

prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en

seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas

inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo.

Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del

agua invisible saltando entre guijarros.

Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la

expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos

cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que

hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante.

Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de

pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios

brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro,

barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y

brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo,

creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada;

algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al

dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso

salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las

cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca.

El _Mosco_ acudió con gritos de cólera:

--¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se

burlan!...

Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado

de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil.

El encuentro con el venado quitó al _Mosco_ todo deseo de continuar la

caza.

--Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!...

Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia.

Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el

campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que

había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo

habían existido en su imaginación.

Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en

sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura.

--Toca, Isidro--decía el capataz riendo--. ¡Qué famosa cachuela vamos a

comernos!...

El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el

que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible

que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la

maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!...

El _Mosco_ examinó la posición de las estrellas.

--Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa.

Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal

Paso». El _Chispas_ y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve

indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la

noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y

sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos

cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo

de ganarse el pan!

Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver

los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se

cernía sobre Madrid.

Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus

lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo

al peligro.

Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida

moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas.

Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una

civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana

de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante.

Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el

voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo rojo

trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales

estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de

las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas,

cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los

desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los

abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir

del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz.

Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de

las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los

dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus

rugidos.

Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles,

se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las

tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea,

la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el

asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las

riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar,

monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho.

La horda · 第 8 / 16 题