Si se examinan las piezas de La Cueva, y se comparan con las obras

dramáticas posteriores, no se puede desconocer, que, tanto sus faltas

como sus bellezas, aparecen después en éstas, aunque algo modificadas.

Así consta no sólo de las imitaciones, que se hicieron de los dramas del

poeta sevillano, sino también de las de Lope de Vega y sus sucesores. El

brillo de su forma acostumbró tanto al público á ellas, que después no

gustó pieza alguna, que no ofreciese tan rica profusión de combinaciones

métricas, y la mezcla de épica y lírica, que las distinguía. Sus escenas

variadas y llenas de vida y su poético colorido lo arrastraba de tal

suerte, que sólo mereció el nombre de drama un conjunto romántico y

vario, una serie de situaciones sorprendentes, y hasta en el drama

histórico, como si fuese una poesía épica, se consintió tanta prolijidad

y tan larga serie de minuciosos cuadros. Los rasgos enérgicos que sembró

La Cueva en las inverosimilitudes, contradicciones y accesorios

antidramáticos de sus obras, sufrieron, sin duda, el natural influjo de

los adelantos del arte, aunque se muestran luego, en una época posterior

del drama español, con sus caracteres propios, hasta el punto de que no

cuesta mucho trabajo averiguar su procedencia. No es esto decir, que,

aun sin haber existido La Cueva, no hubiese tomado el teatro español la

misma dirección (favorecido sin duda por el espíritu y por el gusto

nacional), sino que nuestro poeta fué el primero que abrió esta senda,

no obstante su escasa cultura y sus notables faltas.

Para la historia externa del teatro, encontramos en la antigua edición

de las comedias de La Cueva dos datos no despreciables. Aparece de ella,

que entonces había en Sevilla tres diversos locales, destinados á las

representaciones escénicas: el jardín de Doña Elvira, las Atarazanas

(cobertizo, bajo el cual trabajaban en otro tiempo los cordeleros), y el

corral de un cierto D. Juan[301]. Los actores más célebres fueron

Alonso Rodríguez, Pedro de Saldaña y Alonso de Capilla.

Es de presumir que el ejemplo de La Cueva animó á otros poetas

sevillanos de este tiempo á consagrarse al teatro, aunque no se

conserven sus obras, excepto dos poco importantes de Joaquín Romero de

Cepeda, tituladas la _Comedia Salvaje_ y la _Comedia Metamorfosea_[302].

Rojas habla también de Berrio, el primero que representó en el teatro

combates de moros y cristianos, del comendador Vega (autor de _Laura_),

de Francisco de la Cueva[303] (_El bello Adonis_) y de Loyola (_Comedia

de Audalla_); aunque sin dar noticia alguna del lugar de su nacimiento y

del carácter de sus obras, lo cual es tanto más sensible, cuanto que no

hay otros datos que aclaren nuestras dudas. En este tiempo, según dice

Rojas, era costumbre que los ciegos cantasen en las representaciones

romances y letras; entre las cuatro jornadas se hacían tres entremeses,

y cuando á la conclusión había baile, salía el público muy contento.

[imagen]

[imagen]

CAPÍTULO X.

Andrés, Rey de Artieda.--Cristóbal de Virués.--López Pinciano,

sobre el drama español.

Más duradera memoria dejaron algunos poetas de Valencia, que cultivaron

la poesía dramática poco después de Juan de la Cueva. Valencia, que,

juntamente con Sevilla, fué la ciudad más rica y populosa de la antigua

España, estaba hacía tiempo en posesión de un teatro fijo, parecido al

de Madrid, y llamado _el corral de la Olivera_. No se sabe, sin embargo,

que ningún poeta importante compusiera comedias para representarlas en

él, hasta que en el año de 1580, ó poco después, aparecieron dos

ingenios, estimulados acaso por el ejemplo de Juan de la Cueva, los

cuales acometieron la empresa de naturalizar en ella un género más

elevado de poesía.

El primero de estos dos escritores, llenos de talento, dignos también

de alabanza por sus obras en otros géneros literarios, es Micer Rey de

Artieda, infanzón de Aragón, nacido, según unos, en Valencia, en el año

de 1549, ó, según otros, en Zaragoza[304]. Consagrado al estudio desde

sus primeros años, recibió á los diez y siete el grado de doctor; enseñó

largo tiempo en Valencia astronomía; entró después en el servicio

militar, asistiendo á las funciones de guerra más importantes de la

época, como al levantamiento del sitio de Chipre y á la batalla de

Lepanto, y distinguiéndose en ellas hasta alcanzar el grado de

capitán[305]. Parece que pasó en Valencia la última mitad de su vida,

pues se encuentra en ella desde el año de 1591 al de 1613, en que murió,

figurando entre los miembros de la Academia poética de _los Nocturnos_.

Pocas obras de las muchas que compuso, se han conservado por la

imprenta, contándose entre las primeras una tragedia titulada _Los

amantes_ (Valencia, 1581), única, que existe, de sus innumerables

dramas (_Amadís de Gaula_, _El príncipe vicioso_, _Los encantos de

Merlín_), de que habla Rodríguez (_Bibl. Val._, página 58)[306]. Toda la

estructura de esta pieza descubre claramente la escuela de La Cueva,

aunque haya en ella más tendencia á la regularidad, y una forma trágica

más pura. La historia de los amantes de Teruel, tan patética y popular

en España, que sirvió después á Tirso de Molina y á Montalván[307],

forma su base, y la vigorosa pintura de los afectos y la profundidad del

sentimiento de toda ella, dan prueba del eminente talento poético de su

autor. Y que su ingenio era esencialmente dramático, se revela en el

desarrollo de la acción, que, corriendo por estrecho cauce, se ve libre

de episodios, que retarden su curso, y en las pinceladas enérgicas, con

que distingue á los caracteres. Merece especial alabanza la sobriedad y

moderación del autor, en nada semejante á la exageración y grosero

colorido, que empezaba ya á dominar en el teatro. Por esta razón debemos

mirar á _Los amantes_ de Artieda como á una de las obras más notables

de la literatura dramática española de esta época, deplorando al mismo

tiempo la sensible pérdida de las demás obras suyas. Llama siempre la

atención que algunas de estas composiciones, como _Los encantos de

Merlín_, según testifica Rojas, gustaron mucho tiempo, y que, á pesar de

su probable mérito, no hayan dejado memoria duradera; y sólo nos lo

explicamos recordando, que, según se desprende de las últimas, Artieda

se opuso al drama nacional, y defendió las reglas clásicas, causa

bastante para contribuir á la vez á que el público mirase con prevención

al autor y á sus composiciones. Más adelante, al hablar de Lope y de sus

imitadores, hablaremos también de Artieda.

Hacia la misma época, en que apareció el autor citado, se publicaron

también los primeros trabajos de otro poeta de Valencia, cuya fama,

según se deduce de la mención frecuente que se hace de su nombre,

obscureció algún tanto la de su coetáneo. Cristóbal de Virués[308],

nacido á mediados del siglo, peleó en la batalla de Lepanto, que

describió después como testigo presencial[309]; sirvió en las guerras

de Milán y Flandes[310], y, según parece, continuó hasta su muerte,

ocurrida en el año 1610, alcanzando la efectividad de capitán. _El

Monserrate_ (Madrid, 1588) y sus _Obras trágicas y líricas_ (Madrid,

1609) son pruebas de su talento poético, á cuyo cultivo se consagró á

pesar de su agitada vida. Las últimas contienen cinco tragedias, que, si

bien se imprimieron más tarde, aparecieron ya en el teatro de 1580 á

1590, y formaron en él época[311]. Por ellas se sabe que las

composiciones dramáticas se dividían ya generalmente en tres actos ó

jornadas, aunque parezca oponerse á este aserto el dicho de Virués,

confirmado por Lope de Vega, de haber sido el primero á quien se debió

esta innovación, puesto que no sólo lo contradicen Artieda y Cervantes,

sino también Francisco de Avendaño, anterior á ellos[312].

Lope y Cervantes hablan en términos honoríficos del aplauso que

merecieron las obras dramáticas de Virués[313], desprendiéndose de sus

alabanzas que debía ser un poeta de primer orden. La crítica imparcial,

sin embargo, nunca podrá darle este nombre. No puede negársele

indubitable talento; pero debemos deplorar, que, así él como La Cueva,

empleasen mal sus esclarecidas dotes por falta de gusto artístico, y

produjesen poco digno de gran estima. Sus defectos se asemejan mucho á

primera vista á los del poeta sevillano, al cual se parece también por

las combinaciones métricas de sus piezas. Variedad extraña y falta de

enlace en la acción, caprichos y monstruosidades sin cuento, detalles

trabajados con singular esmero, y conformación imperfecta del conjunto,

son sus lunares más visibles. Cuando se examinan más atentamente se

observa que no tanto provienen, como en La Cueva, de su desenfrenada

fantasía, cuanto del ejemplo de su falaz modelo, y de sus nociones

inexactas acerca de lo que constituye la esencia de la tragedia.

Virués tenía sus ideas especiales acerca del arte trágico, y así

consta, no sólo de la conformación especial de sus obras, sino también

de varios juicios teóricos, que se hallan en sus prólogos. Él, según

dice, quería fundir lo mejor del estilo antiguo, en lo mejor del

moderno; pero desgraciadamente tenía, al parecer, sobre ambos,

principios muy erróneos. Toda su noticia de la tragedia antigua estaba

reducida al conocimiento de los abortos de Séneca, no de sus verdaderas

fuentes, y fácil es de sospechar qué extrañas creaciones saldrían de la

imitación de tales modelos. Caracteres repugnantes, crímenes horribles,

escenas, que atormentan, y declamación estrepitosa constituyen lo

trágico; y al mal gusto, al horror y á la barbarie acompañan de

ordinario las más atroces y repugnantes torpezas. Para ajustarse al

_arte moderno_ ó á la idea que el poeta había formado de él, necesitaba

valerse de aventuras amorosas, intrigas, escenas burlescas, juegos de

maquinaria y espectáculos teatrales de efecto; y esta mezcolanza produce

tal confusión, tal superabundancia de personajes y sucesos, que algunas

de estas piezas pertenecen á lo más disparatado é incomprensible que se

ha visto jamás en el teatro español. Tan extraño desorden, casi frisando

con la caricatura, se muestra ostensiblemente en _El Atila furioso_,

obra patibularia, sobrecargada de toda especie de horrores, en la cual

aparecen á la vista de los espectadores, del modo más espantoso, más de

cincuenta personajes. El protagonista es un verdadero monstruo, aborto

de la perversión humana, que sólo inspira repugnancia cuando no mueve á

risa con sus frases ampulosas. Para solazar al pueblo, quema vivos al

capitán y á la tripulación de un buque enemigo, que cae en poder de los

suyos; descuartiza á tres jóvenes que lo aborrecen; ata al gobernador de

Regensburgo á la flecha de una torre; corta la naríz y las orejas á un

embajador romano porque no le teme bastante; entrega á las fieras, para

que lo despedacen, á un rey vencido de Eslavonia, etc., etc. Complicados

amoríos se mezclan á estos actos de barbarie. La reina se enamora de

Flaminia, manceba de Atila disfrazada de hombre; el general Gerardo de

la reina, y Atila de una cautiva llamada Celia. No faltan tampoco

escenas nocturnas de balcón, disfraces, situaciones cómicas, y alguna

que otra indecencia. Flaminia trama la ruina de la reina para casarse

con Atila; éste, avisado por ella, sorprende á su esposa con Gerardo,

los mata y se casa al punto con Celia. Flaminia, llena de celos, le da á

beber un brevaje que le hace perder el juicio. Asesina delirante á su

nueva esposa, grita como un endemoniado, recita un monólogo de 350

versos, lleno de extrañas hipérboles y de incomparable ampulosidad;

ahoga á Flaminia, y cae en tierra muerto. Extravagancias y absurdos

semejantes, aunque no tan pronunciados, hacen también insoportables las

tragedias tituladas _La gran Semíramis_ y _La cruel Casandra_. La

primera es curiosa porque revela conocimientos de la historia antigua,

no comunes en aquella época, y porque sirvió más tarde á Calderón para

componer dos de sus dramas más notables. El nacimiento, infancia y

educación de Semíramis (de Diodoro de Sicilia, II, 4), la historia de

Menon (ibid., II, 6), que aquí no se ciega, sino se ahorca, la muerte

violenta de Nino (de Ælian., _Var. Hist._, VII, 1), las escenas en que

Semíramis se disfraza con las ropas é insignias de su hijo y gobierna en

su nombre (Justino, I, 2), son esencialmente idénticas en ambos poetas.

Verdad es que sólo en esto se asemejan, porque al paso que Calderón

utiliza estos elementos de la acción para desarrollar una idea más

profunda, subordinándolos á ella, Virués sólo ofrece una serie de

sucesos, sin lazo que los una; las groseras pinceladas, con que describe

la sensualidad de la reina y su pasión por su propio hijo, á cuyas manos

muere, no podían convenir al gusto más refinado de la época que le

siguió, y por esto, sin duda, ideó Calderón otra catástrofe. En _La

cruel Casandra_ abandona Virués la antigüedad, entretejiendo la vieja

historia del rey León con horribles escenas de su agrado; pasiones

exageradas se desencadenan aquí hasta el delirio, pero en esta confusión

espantosa de toda especie, reina, sin embargo, cierto colorido trágico.

En _La infeliz Marcela_ (parte de la cual está tomada de la historia de

Isabel, del canto XIII del Ariosto), encontramos cierta semejanza con

las piezas de espectáculo de La Cueva, no obstante el desorden romántico

de su argumento, la superabundancia de los sucesos y las digresiones

inconvenientes, y las terribles catástrofes y muertes que la llenan.

Si nuestro deber nos obliga á señalar los defectos capitales de Virués,

es justo añadir también en su honor, que, á pesar de los incomprensibles

absurdos, á que lo arrastraba una falsa idea del arte ó la indulgencia

consigo mismo, revela talento no común, que, mejor dirigido y habiendo

imitado modelos más perfectos, hubiese dado, sin duda, resultados más

provechosos. Claras muestras de lo que Virués hubiera hecho en

circunstancias más favorables, se descubren en todas sus obras, en las

cuales brilla á veces un vigor extraordinario, que se pierde en la

balumba de sus declamaciones, aunque de vez en cuando pinte los trágicos

afectos con singular fuerza. Y estas ráfagas luminosas, que aparecen de

repente en tan confuso caos, no son sólo pasajes aislados llenos de

entusiasmo lírico y de fogosa elocuencia, sino escenas enteras del más

poderoso efecto, cuales podían esperarse de un poeta de verdadero

talento dramático. La más rica en este género de bellezas es la _Dido_,

su última tragedia al estilo antiguo, con coros y observancia de las

tres unidades. La acción principal está perfectamente trazada, y

reálzanla á veces rasgos tan grandiosos como nobles. Una prueba de su

acierto en imitar la antigua grandeza, se encuentra en la escena del

templo de Júpiter, que hace de introducción, en donde Dido, rodeada de

los próceres de su reino, anuncia al embajador del rey de Numidia su

resolución de dar su mano á Yarbas, que amenazaba destruir á Cartago, y

en la descripción de la lucha de la reina entre su amor á Siqueo, y su

patriotismo, y principalmente en el desenlace, cuando la desdichada

hunde el puñal en su pecho, en medio de los preparativos nupciales, y en

vez de esposa ofrece un cadáver á su real amante. Si Virués hubiese sido

consecuente con estas ideas en las demás partes de su obra, sin perder

de vista su objeto, su _Dido_ sería, sin duda alguna, el primer ejemplo

de una tragedia verdadera de la época moderna; pero era imposible

lograrlo trazando intrigas amorosas, que dañan á la acción principal, é

impiden que se obtenga el deseado efecto.

Más tarde trataremos de los numerosos poetas valencianos, que sucedieron

á Virués y á Artieda, y que comparten con Lope de Vega la gloria de

haber creado el teatro nacional. El orden cronológico exige que

prosigamos nuestra historia hasta la conclusión de este período en los

teatros de Madrid, que, con los de Sevilla y Valencia, forman los tres

puntos principales de la Península, en que debe estudiarse con esmero.

Para continuar nuestra narración, y anudar el hilo abandonado de

nuestros trabajos, nos servirá una obra muy importante para el estudio

de toda la literatura de aquella época, que se titula _La filosofía

antigua poética del doctor Alonso López Pinciano_[314], especie de

comentario de Aristóteles en forma epistolar, en el cual se exponen las

reglas principales que debe observar la poesía castellana, á juicio del

autor, siempre siguiendo al antiguo filósofo, pero sin dejarse cegar por

su autoridad, y desarrolladas á veces con imparcialidad y sana crítica.

Parece que esta obra, aunque impresa en 1596, había sido escrita como

unos diez años antes, acaso hacia 1580, puesto que, en toda ella, y

especialmente en la carta cuarta sobre el drama, nada hay que se refiera

al estado de la literatura dramática de la época de Lope de Vega, y por

el contrario, mucho relacionado con el período que examinamos. Este

tratado da una idea tan clara del estado del teatro en aquel tiempo; es

tan importante por los juicios que contiene para conocer la crítica de

aquella edad, y ofrece tanto interés por su animada exposición, que

conceptuamos oportuno dar de él un extracto en su parte más esencial, y

con tanta mayor razón, cuanto que hasta ahora no ha servido para

ilustrar la historia del teatro español.

En su _Philos. ant. poét._, págs. 513 y siguientes, dice así:

«Dió la una, hora después de la del comer, al tiempo que vino al

Pinciano un recado de Fadrique, diciendo, que Hugo era venido, y que

tenían los dos determinado ir aquella tarde á una representación; que

tuviese por bien ser tercero con ellos. El Pinciano no respondió; mas,

tomando la capa, se fué á los compañeros; á los cuales, dijo el

Pinciano: Por cierto, señores, que según se emplea de mal el tiempo

ordinariamente (yo á lo menos), que no será éste el más mal empleado:

porque al fin, en el teatro, nos enseñan muchas cosas de que somos

ignorantes, que como nos las dan con voz viva, hacen más impresión que

si en casa se leyeran. Así es (respondió Fadrique), que si las acciones

son las que pueden y deben ser oídas de cualquier varón; mas la

naturaleza perversa las va adulterando, de manera que de honesto hace

deshonesto. Dicho esto, preguntó: ¿A do vamos, que en el de la Cruz se

representa _La Ifigenia_, y en el del Príncipe una comedia? Hugo dijo:

Muy amigo soy yo de una tragedia. El Pinciano: Yo de una comedia. Y

Fadrique: Pues echen suertes, que yo á todo me acomodo. No, sino

sentenciadlo vos (dijo el Pinciano á Fadrique, y lo mismo Hugo). Y

Fadrique: Pues así es, vamos al que está más cerca. Ya en esta sazón,

llegaban al monasterio de la Santísima Trinidad, porque se habían bajado

de la calle de las Urosas, y subido la de los Relatores. El Pinciano

dijo entonces: Más cerca están vuestras mercedes de la tragedia.»--Esto

dicho, se fueron á la calle de la Cruz. Y, entrados en el teatro,

discutieron si la profesión de actor era ó no digna de consideración, y

contaron que un sacerdote había sostenido, que los comediantes son gente

infame é indigna de recibir el Santo Sacramento. Los tres amigos

convienen en que hay cierto linaje de histriones infames y malos, como,

por ejemplo, los zarabandistas, que con sus lascivos movimientos excitan

á la lujuria; pero que la profesión de actores, así trágicos como

cómicos, no tiene en sí nada de despreciable, sino que, al contrario, es

útil y necesaria, aunque se pueda reconvenir á los directores porque

arrastran consigo á demasiada muchedumbre de actores; cuando con siete ú

ocho se podría representar la mejor tragedia ó comedia del mundo, y

ellos llevan en sus compañías catorce ó diez y siete. Las batallas y

alborotos pertenecen á la epopeya, y sólo se han de contar en el teatro.

»Admírase Fadrique del escaso número de espectadores, que hay, habiendo

de representarse por primera vez una pieza, á lo cual contesta Alonso

López, que cierto bailador de cuerda atrae á otra parte la gente.

»Mientras tanto comienzan los músicos á templar los instrumentos detrás

de la escena: asoma un actor en traje pastoril por el telón, y da motivo

á los amigos para hacer varias reflexiones acerca de su traje, ya por el

zamarro que llevaba con listas doradas, ya por su galana caperuza, ya,

en fin, por su gran cuello con lechuguilla muy tiesa, que debía tener

una libra de almidón. Extrañan la relación, que puede haber entre un

pastor y una tragedia, y hasta para pastor encuentran su traje

inconveniente. A propósito de esto, exponen algunas reglas, que deben

observarse en la decoración y en los vestidos de los actores. Estos

deben acomodarse á la edad y estado de los personajes, y al pueblo y

época en que se supone ocurrir la acción: causa más que suficiente para

obligar á los cómicos al estudio de la historia. Añaden que la

decoración del teatro, para ser lo que debe, ha de elegirse con cuidado,

atendiendo á la función que se ha de representar; si la escena es el

campo, ha de haber árboles; si poblado, casas, y de esta suerte deben

variar también las decoraciones. La construcción de la maquinaria ha de

hacerse con cuidado, pues para milagros han de ser distintas que para

sucesos comunes; los ángeles deben volar, los santos como andar por los

aires, y unos y otros bajar del cielo, mientras los demonios suben del

infierno. Dicen luego, que la música es parte principal de una buena

representación, y que se ha de cuidar que en la tragedia no disuene,

sino que se armonice con la acción. «Agora lo más ordinario es (dice

Fadrique) que la música es interposición del actor y no hechura del

poeta; no solía ser así, pero con todos hablo, con actores y poetas, que

no pongan cantilenas extraordinarias de la fábula...»

«Alonso López interrumpe estas y otras reflexiones muy sensatas acerca

de la conducta y porte de los actores, quejándose de lo mucho que tarda

la representación. Hugo le replica así: «No hay que tratar, sino que el

mejor entretenimiento de todos es la conversación del Sr. Fadrique. Mas

dejada aparte, no es malo el entretenimiento que aquí se goza con muchas

y varias cosas, con ver tanta gente unida, con ver echar un lienzo de

alto abajo (al patio digo), con un ñudo pequeño, y el ver al frutero ó

confitero que deshaciendo el ñudo pequeño de metal, hace otro mayor de

la fruta que le piden, y arrojándolo por alto, da tal vez en la boca á

alguno que fuera de su voluntad muerde la fruta sobre el lienzo; pues

las rencillas sobre este banco es mío y este asiento fué puesto por mi

criado, y las pruebas y testimonios de ello, y el ver cuando uno

atraviesa el teatro para ir á su asiento cómo se dan el grado de

licenciado con más de mil aes; pues qué cuando á la parte de las damas

andan los mojicones sobre los asientos, y alguna vez sobre los celos;

pues qué cuando llueven sin nublado sobre los que están debajo dellas.

Fadrique dijo: Todas esas cosas que decís son por cierto de mucho

entretenimiento, mas el mayor del mundo es el emplear el hombre el

tiempo en lo que es de su gusto, y hay personas que no gustan de las

cosas que decís.»

Después de esperar mucho que comience la representación, aparece un coro

de músicos, que canta un romance alusivo á la pieza que ha de seguirle

(la tragedia de Eurípides con nuevos episodios), probando con varios

ejemplos la instabilidad de la dicha humana. Así que abandonan el teatro

sale la Fortuna, dama que en vez de pies tenía dos ruedas y alas en las

manos, que recita el prólogo y se retira. Pinciano sostiene que el

argumento[315] ha sido bueno, y que la Fortuna ha representado su papel

á las mil maravillas. Hugo replica así: «¿Qué argumento? éste no ha sido

sino prólogo trágico, que dice solamente lo pasado, que es necesario

para entender lo venidero, que el argumento lo pasado dice y lo

porvenir, y contiene en suma toda la acción. Verdad, dijo Fadrique, que

los poetas nunca suelen hacer los argumentos de los poemas; otros, que

después se quieren hacer sus intérpretes, los hacen por más curiosidad;

que el poeta debe proceder con tanta claridad en su obra, que no sea

menester que él se interprete, y aun si fuese posible, sería bien que se

excusase el prólogo, el cual sólo dice lo antes pasado.»

La aparición de la Fortuna da margen á los amigos para discurrir sobre

el valor de las figuras alegóricas. Hugo contesta su introducción en el

drama; Fadrique, al contrario, aduce ejemplos sacados de Plauto y

Aristófanes, y opina que si faltan en las tragedias, no es motivo

bastante para confundir el no uso con su inconveniencia, y que no toda

innovación es vituperable por el solo hecho de no hallarse en Homero,

Virgilio, Eurípides y Sófocles.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 18 / 26 段