Los corrales, como hemos dicho, eran patios que daban á las casas

vecinas. Las ventanas de estos edificios contiguos, provistas

ordinariamente de rejas y celosías, según costumbre española, hacían las

veces de palcos, pues su número se aumentó mucho, comparado con el que

hubo al principio. Las del último piso se llamaban _desvanes_, y las

inferiores inmediatas _aposentos_; nombre, en verdad, genérico, que á

veces se aplicó también á las primeras. Estas ventanas, como los

edificios de que formaban parte, eran propiedades de distintos dueños, y

cuando no las alquilaban las cofradías, quedaban á disposición de

aquéllos, aunque con la obligación anual de pagar cierta suma por

disfrutar del espectáculo. Algunos de los edificios contiguos, y por lo

común la mayor parte, pertenecían á las cofradías. Debajo de los

_aposentos_ había una serie de asientos en semicírculo, que se llamaban

gradas, y delante de éstas el patio, espacioso y descubierto, desde

donde las gentes de la clase más ínfima veían de pie el espectáculo.

Este linaje de espectadores, así á causa del tumulto que promovían, como

por sus ruidosas demostraciones en pro ó en contra de comedias y

actores, se denominaban _mosqueteros_, sin duda, porque su alboroto se

asemejaba á descargas de mosquetes. En el _patio_, y cerca del

escenario, había filas de bancos, probablemente también al descubierto

como el patio, ó resguardados, á lo más, por un toldo de lona que los

cubría. Una especie de cobertizo preservaba á las gradas de la

intemperie, y á él se acogían los mosqueteros en tiempo de lluvia; pero

si el teatro estaba muy lleno, no quedaba otro recurso que suspender la

representación.

Al principio no se pensó en destinar un local aparte para las mujeres;

más tarde, esto es, un siglo después, se construyó, para las de la clase

más baja, un departamento, sito en el fondo del corral, que se llamó _la

cazuela_ ó _el corredor de las mujeres_. Las damas principales ocupaban

_los aposentos_ ó _desvanes_[291].

Además de estas divisiones principales de los teatros españoles, debemos

mencionar también algunas otras, cuya situación no se puede determinar

con exactitud; á saber: _las barandillas_, _el corredorcillo_, _el

degolladero_ y _los alojeros_. Dábase este último nombre á un lugar en

donde se vendía una especie de refresco, llamado _aloja_, compuesto de

agua, miel y especias; más tarde se agregó á él un palco, destinado al

alcalde que presidía la función, y se sospecha que el antiguo _alojero_

ocupaba el lugar de este palco, de creación más moderna, y situado sobre

la _cazuela_. En tiempos anteriores los alcaldes tenían su asiento en el

escenario.

Hay razones para presumir, que la construcción de los teatros más

importantes de las demás ciudades de España, se asemejaba en lo esencial

á la del de Madrid.

La hora ordinaria, en que comenzaba la función, era la de las dos de la

tarde, y por consiguiente no había necesidad de alumbrado. La renta

diaria, que sacaban las cofradías madrileñas de los teatros, ascendía

generalmente á 300 reales en el año de 1583. En consideración al piadoso

instituto, á que se aplicaban los productos de estas funciones, concedió

en dicho año el consejo de Castilla que se hiciesen también en otros

días de la semana, con la condición de que, una tercera parte de la

entrada de cada representación se destinase al hospital general, y que

lo demás, distribuído en sumas más pequeñas, se repartiese entre los

restantes hospitales de la corte.

Casi todos los autores mencionados, que desde la construcción de los

teatros visitaron á Madrid hasta el año de 1579, llevaron con derecho

dicho nombre, porque no eran sólo actores, sino también poetas

dramáticos. Lo mismo aconteció á los que representaron en los teatros de

la Cruz y del Príncipe, como Gálvez, Gaspar Vázquez, Angulo, Francisco

Osorio, Saldaña, Tomás de la Fuente, Botarga, Alcázar, Gabriel de la

Torre y Manzanos. Parece, sin embargo, que no se conserva de ellos obra

alguna dramática, al ménos de éste período más antiguo, si se exceptúa

la _comedia de la Costanza_, de Gaspar Vázquez, que no conocemos,

representada en Alcalá en 1570. Verdad es que Pellicer afirma que

existen algunas de Cisneros, Correa y la Fuente; pero basta leer sus

títulos para deducir que fueron escritas por sus autores en los últimos

años de su vida, esto es, ya en tiempo de Lope de Vega, en el supuesto

de que no provengan de otros de igual nombre. El más célebre fué Alonso

Cisneros de Toledo, compañero en un principio de Lope de Rueda, y

director después de otra famosa compañía á fines del siglo[292].

Estos actores fueron hasta el año de 1579 los que se dedicaron

principalmente al cultivo de la literatura dramática. Aunque no hay

datos bastantes para fijar la índole y carácter de sus obras, puede

afirmarse, sin embargo, que se acercaron poco á poco á la forma

dramática, que predominó luego exclusivamente en el teatro español.

De muy distinta especie son dos tragedias, impresas en Madrid en 1577,

que escribió Jerónimo Bermúdez, fraile dominico de Galicia, bajo el

pseudónimo de Antonio de Silva[293]. Parécense á aquellos ensayos

antiguos, de que hablamos, que intentaron imitar á los clásicos griegos

y latinos, aunque revelan más gusto y poesía. El autor tuvo la dicha de

elegir para asunto de sus obras, argumentos más simpáticos á sus

conciudadanos que los usados por los antiguos. La conocida historia de

_Inés de Castro_ forma la base de estas tragedias, que se suceden en

orden, constituyendo un todo orgánico. Ciertos bellos pasajes de ambas

revelan un talento poético poco común, aun cuando su composición es

débil por lo que hace al interés dramático. La primera, _La Nise

lastimosa_ es, bajo este último aspecto, la menos imperfecta: todos los

motivos trágicos, que ofrecía el asunto, ó que inventó el poeta, están

acumulados en ella, al paso que en la segunda sólo se hallan con

trabajo. Bermúdez, al pintar las persecuciones y el suplicio de la

desventurada princesa, tuvo la ventaja de seguir la _Inés de Castro_ del

portugués Ferreira, y el ingenio y el acierto suficiente para

imitarlo[294]. Su argumento es como sigue:

_Primer acto_: Monólogo del infante D. Pedro, en que se queja de la

separación de su esposa. Aparece después un secretario, que intenta

convencer al príncipe de lo opuesto, que es á la dicha de sus súbditos,

su casamiento con una dama de rango inferior, y de la necesidad de

anularlo. A este diálogo sigue un coro de doncellas de Coimbra, que

celebra el poder del amor.

_Acto segundo_: Los ministros Pacheco y Coello aconsejan al rey Alonso

que mande matar á Inés. El rey se queda solo, y se conduele de los

cuidados que afligen á los soberanos. Segundo canto del coro sobre la

dicha humana.

_Acto tercero_: Aparece Inés con sus tres hijos, y cuenta llena de

horror que ha tenido un sueño, en que le pareció verlos devorados por

tres leones. El coro le descubre lo que se ha resuelto acerca de ella, y

aumenta así su pena.

_Acto cuarto_: Los ministros aconsejan al rey que apresure la ejecución

de Inés. Esta aparece ante el trono con sus hijos, pide justicia y

compasión, y cae en tierra desmayada, después que acaba sus súplicas. El

rey vacila, y dice que él se lava las manos de esta muerte, y que la

deja al arbitrio de sus ministros. El coro cuenta después la ejecución

de su horroroso suplicio.--Hay partes en este cuarto acto dignas por su

elevación y pureza del estilo trágico, y superiores á cuanto se había

escrito hasta entonces en España en este género. En este acto cesa el

interés de la acción; y el quinto, en que el infante, al saber la muerte

de su esposa, prorrumpe en largas lamentaciones, es sólo una adición

extraña y fría.

Los restos del interés, que mueve la primera tragedia de _Nise

lastimosa_, desaparecen enteramente en la segunda, titulada, como ya

hemos dicho, _Nise laureada_, puesto que su argumento, incompatible con

la acción dramática, y reducido á la expiación de los asesinos de Inés,

se desenvuelve deplorablemente en cinco largos actos. Para compensar

esta falta de interés, el poeta emplea formas métricas más artísticas

que las usadas en la primera pieza, como canciones, sonetos, octavas,

tercetos, estrofas sáficas, etc., acompañadas de rimas ligadas, ecos y

otros refinamientos métricos semejantes, que imprimen en el conjunto

extraño sello. En cuanto le fué posible, observó Bermúdez en ambas

tragedias las reglas de las griegas; pero el plan se oponía tanto á este

ajuste violento, que no podía menos de sufrir ciertas transgresiones,

sobre todo en las relativas á las unidades de lugar y tiempo. El coro de

doncellas de Coimbra es en ambas completamente ocioso. Créese que

ninguna de ellas llegó nunca á representarse.

Llevados del mismo propósito de introducir en España los antiguos

modelos clásicos, publicó Pedro Simón de Abril, casi contemporáneo de

las tragedias de Bermúdez, imitaciones del _Pluto_ de Aristófanes, de la

_Medea_ de Eurípides, y de todas las comedias de Terencio, y tradujo D.

Luis Zapata el _Arte poético_ de Horacio, y Juan Pérez de Castro la de

Aristóteles[295].

Opúsose de nuevo al drama popular, ya que no en el teatro, al menos en

la literatura, cierta tendencia clásica y erudita, y la victoria

permaneció indecisa por entonces. Aunque la forma dramática popular

contase con las simpatías de la nación, y predominase sola en las

tablas, no era bastante, sin embargo, atendiendo á la circunstancia de

que en su mayoría estaban escritas por cómicos las obras de esta

especie, para ocurrir á las necesidades del momento, y no podían

contrapesar el influjo que ejercían en el ánimo de los hombres

ilustrados las obras clásicas. Esta contienda se hubiera resuelto de una

vez si hubiese aparecido un poeta de primer orden, que se consagrara á

cualquiera de estos dos estilos, que dividían á los dramáticos de

aquella época, arrastrando á la posteridad con el poder de su genio. No

es necesario decir á cuál de ellas se hubiese inclinado. En el período

siguiente había de aparecer este poeta; pero bastábale por ahora al

teatro que hubiese hombres instruídos y de talento poético, que se

decidiesen por la forma dramática nacional.

Juan de la Cueva[296], de una familia ilustre, nació en Sevilla hacia

1550, y, según parece, pasó en esta ciudad casi toda su vida. Alcanzó,

sin duda, hasta el siglo XVII, pues la dedicatoria de su _Ejemplar

poético_ al duque de Alcalá lleva la fecha de 30 de noviembre de 1606.

Tales son los únicos datos biográficos, que de él se conservan. De sus

obras innumerables en los diversos géneros de poesías, sólo debemos

mencionar la _Poética_ ya citada, y un tomo de comedias[297].

Representáronse, según indican sus epígrafes, en los años de 1579, 80 y

81 en Sevilla, y después probablemente en los demás teatros de España.

Presúmese que luego renunció La Cueva á la poesía dramática, ó por lo

menos no se hace mención de él entre los poetas dramáticos, que

rivalizaron con Lope de Vega. La última obra importante, que escribió,

fué un poema épico sobre la conquista de la Bética por San Fernando.

Los preceptos, que siguió en la composición de sus dramas, y que, en su

concepto, debían servir de norma al teatro español, se hallan en su

_Ejemplar poético_. Recuérdense las noticias, que hemos dado antes

acerca de los dramas al estilo antiguo, que tan en boga estuvieron en

Sevilla por algún tiempo. La Cueva alaba estas obras, pero sostiene

también que la reforma, que sufre el drama, y á la cual no dejó de

contribuir bastante, es un progreso necesario en el desarrollo del

arte, tan útil como provechoso.

Juan de la Cueva viene á decir, que el haberse mudado las leyes de la

comedia, no proviene de que falte en España instrucción ni talento

suficiente para seguir tan antigua senda; sino que, al contrario, los

españoles intentaron ajustar esas reglas á las distintas necesidades de

su época, y sacudieron la traba de encerrar tantos sucesos diversos en

el espacio de un día, pues sin rebajar á los antiguos poetas, y á los

griegos y romanos, sus imitadores, sin despreciar lo mucho bueno, que

hicieron, se debe confesar sin embargo, que sus comedias son cansadas, y

no tan interesantes é ingeniosas como debieran; y de aquí, que cuando se

aumentaron los talentos, mejoraron las artes, y se imprimió en todo más

vasta forma, se abandonó también el antiguo estilo, prefiriéndole otro

nuevo y más adecuado á su época, como hizo Juan de Malara en sus

tragedias, separándose algo del rigorismo de las antiguas reglas, aunque

no falten quienes sostengan que el mismo La Cueva traspasó los límites

de la comedia, ofreciendo juntos en el teatro reyes, dioses y viles

personajes, suprimiendo un acto de los cinco, y convirtiéndolos en

jornadas. Añade luego que esto nada tiene de extraño, porque los tiempos

y los gustos han cambiado; porque sus antepasados hicieron también lo

mismo; porque no puede negarse que la comedia ha ganado en invención,

ingenio, gracia y hábil disposición de sus partes, y que la moderna es

preferible á la antigua por su intriga más complicada y su desenlace

(arte, que desconocen los extranjeros); porque algo ha de perdonársele

por el inapreciable solaz, que ofrece, y sus divertidos chistes; porque

se distingue por sus hechos históricos, y porque excede en la exposición

ideal de la vida, y excita la admiración por sus amorosos afectos. Dice,

por último, que los hombres ilustrados prefieren la comedia moderna,

porque su forma es más artística y más variados sus argumentos.

Esto se refiere más bien, sin duda, á la forma posterior que tuvo el

drama en tiempo de Lope de Vega, que á su desarrollo y á la parte que

cupo en él nuestro poeta; y á la verdad, en cuanto á esto es inexacto y

falso, puesto que La Cueva debió conocer á los poetas sevillanos, que le

precedieron, representando en sus comedias á dioses y reyes. La división

del drama en cuatro jornadas, parece haber sido invención suya. Más

importante que ésta es otra, de que no habla en su _Ejemplar poético_.

Débese á La Cueva (dado el caso de que no se quiera suponer que siguió

las huellas de Malara), haber arreglado y dispuesto la forma métrica de

las composiciones dramáticas, admitida después generalmente con pocas

modificaciones. Sus personajes hablan en redondillas, octavas, tercetos,

yambos sueltos, canciones italianas, quintillas y versos octosílabos,

aunque de los últimos usa principalmente en las narraciones y en las

piezas, cuyo argumento se asemeja más á los antiguos romances populares.

Si á las formas métricas dichas se añade el soneto, y si se sujetan

todas á principios más constantes y sensatos, que los arbitrarios,

observados á veces por nuestro poeta, tendremos la versificación de las

piezas más antiguas de Lope de Vega.

Una cualidad característica de las comedias de Juan de la Cueva, que

heredó luego el teatro español posterior, es la predilección con que se

detiene en hacer largas narraciones en estilo épico, y la expresión de

sentimientos líricos á que propende, de tal suerte, que la dramática

parece agobiada por las otras dos, y sus diversas partes no se hallan en

relación con el todo.

Los epígrafes, que llevan los dramas de nuestro poeta, denominados unas

veces comedias y otras tragedias, y hasta su poética, no distingue

teóricamente y con claridad un género de otro. Carece, sin duda, de una

regla fija, á qué atenerse, y á no dominarle sus singulares

preocupaciones, hubiera confesado que todas ellas pertenecen á una sola

clase. Habiendo desaparecido la leve diferencia, que separaba el

espectáculo trágico del cómico, puesto que podían concurrir en una misma

composición móviles de ambas especies, la fútil razón de que descollara

más en ellas el uno ó el otro, ó de que su desenlace fuese feliz ó

desdichado, no fué ya bastante plausible para clasificar las piezas en

esta ó aquella categoría.

En todas las obras de Juan de la Cueva se observa el sello de un talento

poético verdadero. De la decidida vocación de este hombre extraordinario

á la poesía, dan pruebas suficientes la riqueza de sus invenciones, el

brillo de su exposición, la entusiasta animación de sus descripciones, y

el fuego y la energía de su lenguaje en la pintura de los afectos.

Parece que no se conoció bien á sí mismo, cuando confesaba que se creía

principalmente destinado á la dramática. ¿Deberá, acaso, atribuirse á la

ligereza, con que escribía, las faltas capitales de sus dramas en lo que

constituye la esencia de este género de poesía? Tan desprovistas están

en general de unidad, que bien puede suprimirse la mitad de sus escenas

y personajes sin que padezca detrimento el todo. Pocas veces se

descubre en ellas algo, que merezca llamarse plan; es tan arbitrario en

el desarrollo y traza de la acción, que nos obliga á pensar que el mismo

poeta no sabía casi nunca al empezar cuál había de ser su desenlace. Los

sucesos se amontonan unos sobre otros, y con tanta mayor complacencia

suya, cuanto son más extraordinarios y románticos, pero siempre falta

lazo interno que los una entre sí. La desenfrenada fantasía del poeta le

impide caminar por el cauce, que puede acercarlo á la verdad ó á la

verosimilitud; sobrepónese á todo escrúpulo para ofrecer una situación

interesante ó de efecto, ó un diálogo brillante; por lo demás, se le

importa poco que la acción siga sus pasos regulares, ó que sean ó no

constantes los caracteres de sus personajes. Escenas notables, de esas

que, separadas del conjunto, llenan plenamente y encantan á la par por

la energía y elevación del estilo, no faltan en ninguna de sus piezas;

pero ninguna de éstas puede llamarse drama verdadero. Las comedias _El

príncipe tirano_[298], _El viejo enamorado_ y _La constancia de

Arcelina_, carecen de plan de tal suerte, que apenas se descubre en

ellas el espíritu ordenador del hombre. Su argumento, rico con

profusión y variado, pasa como una sombra ante los ojos, sin dejar tras

sí impresión duradera. Encantamientos, apariciones de fantasmas,

metamorfosis, diversos amores que se cruzan, disfraces, asesinatos y

suplicios, no faltan en ellas. Dioses, furias, espectros, diablos,

figuras alegóricas, reyes, verdugos, pastores y alcahuetas forman

irremisiblemente el personal de sus composiciones, y están siempre

dispuestos á satisfacer los caprichos del poeta, á abandonar su papel y

á producir las catástrofes más violentas é infundadas. El lenguaje de

los diversos personajes no es jamás distinto; los de la clase más

abyecta recitan estrofas tan altisonantes como los reyes y dioses. La

irregularidad de la acción se da la mano con los cambios continuos y

arbitrarios de la escena, que ya es en Sevilla, ya en las montañas

cimerias de la Escitia, ya en Africa ó en el reino de Colcos, sin que en

estas perpetuas mudanzas varíe nunca el colorido local. No es posible

descifrar las épocas, en que se supone ocurrir tales sucesos, pues tanta

es la diversidad de costumbres, y tan caprichosas y arbitrarias las

mistificaciones de la mitología.

La comedia de _El infamador_, y su héroe Lucino, es menos notable por su

mérito, que por haber servido á Tirso de Molina, según todas las

probabilidades, para componer su _Burlador de Sevilla_.

_El tutor_ y _El degollado_ se diferencian de las anteriores en su plan,

algo más sensato. Mejores que todas éstas, cuya acción es inventada por

el poeta, son las que se fundan en sucesos históricos ó tradicionales,

no tanto por estar libres de las faltas indicadas, cuanto porque la

misma índole del asunto obligaba al poeta á refrenar su fantasía. _La

muerte de Virginia_ es su tragedia más regular, y la que más satisface á

las exigencias del drama. Las escenas episódicas y personajes inútiles,

que nunca faltan en las composiciones de La Cueva, aparecen en ésta en

último término, y no dañan al vivo interés que despierta la acción

principal. Otra pieza, sacada también de la historia romana, la _Comedia

de la libertad de Roma, por Mucio Escévola_, incurre, al contrario, en

todos los defectos indicados. Los tres primeros actos, llenos de los

sucesos más diversos, no tienen relación directa con el que sirve de

base á la acción, que comienza verdaderamente en el cuarto, y acaba á

toda prisa. La tragedia de _Ayax Telamon_ se distingue por sus notables

bellezas, no obstante su plan descabellado; entretéjense en ella varias

escenas imitadas de la de Sófocles, que lleva el mismo título, y algunas

otras de Virgilio y de Ovidio; todo lo cual, prueba lo familiares que

eran á nuestro poeta las obras de la antigüedad clásica. Entre los

mejores dramas de Juan de la Cueva, debe contarse también la _Comedia

del saco de Roma y muerte de Borbón_, que á pesar de hallarse muy

distante de lo que entendemos hoy por la palabra drama, nos ofrece, sin

embargo, una serie de cuadros animados y vigorosos, aunque sin enlace

alguno entre sí.

Otras tres piezas de este poeta, de las cuales no hemos hablado hasta

ahora, tratan de asuntos españoles tradicionales ó históricos, y son las

más antiguas de este género, tan manoseado después, y curiosas por lo

mismo[299]. Fúndanse las tres en viejos romances populares, los cuales

se copian á la letra, muy oportunamente, en los diálogos. El tono épico

domina en todas ellas, y el autor no muestra gran diligencia en

ajustarlo á la índole dramática de la composición. Los sucesos, en no

interrumpida serie, siguen en todo el orden de los cantos populares. Su

empeño en no omitir ninguna de las circunstancias, que refiere la

tradición, llega á tal extremo en _El cerco de Zamora_, que los

innumerables acontecimientos que lo forman, podrían ser desenvueltos en

un ciclo entero de dramas[300]. Verdad es que no carece de pasajes

interesantes, como el desafío de D. Diego Ordóñez y de los tres hijos de

Arias Gonzalo, que es una obra maestra; pero cada escena es un cuadro

aislado, cuya importancia en nada se disminuiría separado del conjunto.

Si La Cueva hubiese siempre imitado á sus modelos, se hubiera también

abstenido de los extravíos á que lo arrastraba su propia imaginación, y

siempre apareciera bajo un aspecto más favorable, que aquél con que se

muestra el dios Marte á la conclusión de su _Bernardo del Carpio_,

cuando pronuncia la apología del héroe y lo ciñe con el laurel de la

victoria, ó cuando en sus _Siete infantes de Lara_ recurre de nuevo á

sus amados conjuros diabólicos. El argumento de esta última, casi igual

al desenvuelto en el romance, es el siguiente: Los llamados infantes de

Lara, hijos de Gonzalo Bustos de Lara y de Doña Sancha, han provocado

la cólera de Doña Lambra, la cual, arrastrada por ella, excita á la

venganza contra todo el linaje de su suegro á su esposo Ruy Velázquez,

hermano de Doña Sancha. Ruy Velázquez realiza su deseo, entrega con

astucia á Gonzalo Bustos al califa de Córdoba, y atrae á los siete

infantes al campo de Almenara, en donde mueren á manos de los moros, con

su ayo Nuño Salido. Enamórase mientras tanto de Gonzalo la bella Zaida,

hermana del califa, y nace Mudarra de estos amores. Zaida teme que su

amante se escape de la prisión y la abandone, y conjura, con ayuda de la

encantadora Hafa, á los poderes infernales para que impidan su viaje. El

cautivo lo emprende, sin embargo, y llega á Salas felizmente. Mudarra

(que no ha nacido siquiera al final del segundo acto, y que aparece en

el tercero como mancebo ya crecido), se educa con arreglo á las

costumbres de los mahometanos, y al saber quién es su padre, se pone en

camino para buscarlo, llega á Salas, es recibido con alegría y se

bautiza. Se decide entonces á vengar la muerte de sus hermanos, mata á

Ruy Velázquez en singular desafío, y quema viva en su casa á Doña

Lambra.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 17 / 26 段