Valencia, allá por cierta desgracia, Solano y yo; el uno á pie y sin
capa, y el otro andando y en cuerpo... En efecto, llegamos á un lugar,
de noche, molidos, y con ocho cuartos entre los dos, sin las asaduras:
fuimos á un mesón á pedir cama, y dijeron que no la había, ni se podría
hallar, porque había feria. Viendo el poco remedio que teníamos de
hallarla, usé de una industria, y fuíme á una posada y dije que era un
mercader indiano (que ya veis que lo parezco en el rostro): preguntó la
huéspeda si traíamos cabalgaduras, y respondí veníamos en un carro, que
mientras llegaba con la hacienda nos hiciese dos camas, y aderezase de
cenar; hízolo, y yo fuíme al alcalde del pueblo, y díjele que estaba
allí una compañía de recitantes, que pasaba de paso, si me daba licencia
para hacer una obra. Preguntóme si era á lo divino, respondíle que sí;
diómela, volvíme á casa y avisé á Solano que repasase el auto de _Caín y
Abel_, y lo fuese á cobrar á tal parte, porque lo habíamos de
representar aquella noche. Y entretanto yo fuí á buscar un tamborino,
hice una barba de un pedazo de zamarro, y fuíme por todo el pueblo
pregonando mi comedia. Como había gente en el lugar, acudieron muchos:
esto hecho, guardé el tamborino, quitéme la barba y fuíme á la huéspeda
y dije que ya venía mi mercaduría, que me diese la llave de la puerta
de mi aposento, porque quería encerrarla. Preguntóme qué era, y respondí
que especería. Diómela, yo tomo las sábanas de la cama, y descuelgo un
guadamecí viejo que había, y dos ó tres arambeles; y porque no me lo
viesen bajar, hago un envoltorio y écholo por la ventana, y bajo como un
viento. Ya que estaba en el patio, llamóme el huésped, y díjome: «señor
indiano, ¿quiere ir á ver una comedia de unos faranduleros, que han
venido poco há, porque es muy buena?» Díjele que sí, y yo con mucha
priesa salgo á buscar la ropa con que habíamos de hacer la farsa, porque
el huésped no la viera, y aunque me dí mucha diligencia, ya no pude
hallarla. Viendo la desgracia derecha, y que era delito para visitarme
las espaldas, corro á la ermita donde Solano cobraba, avísole de todo lo
que había, deja la cobranza y vámonos con la moneda. Considerad ahora
todos estos cómo quedarían, los unos sin mercaderes ni sábanas, y los
otros burlados y sin comedia: aquella noche anduvimos poco, y eso fuera
de camino, y á la mañana hicimos cuenta con la bolsa y hallamos tres
reales y medio, todo en dinerillos. Ya como veis, íbamos ricos, y no
poco temerosos, cuando á cosa de una legua descubrimos una choza, y
llegados á ella, nos recibieron con vino en una calabaza, con leche en
una artesa, y con pan en unas alforjas. Almorzamos, y fuimos aquella
noche á otro lugar, donde ya llevábamos orden para ganar de comer. Pedí
licencia, busqué dos sábanas, pregoné la égloga, procuré una guitarra,
convidé la huéspeda, y díjele á Solano que cobrara. Y al fin la casa
llena, salgo á cantar el romance de _afuera afuera, aparta aparta_;
acabada una copla, métome y quédase la gente suspensa; y empieza luego
Solano una loa, y con ella enmendó la falta de la música. Vístome una
sábana, y empiezo mi obra, cuando salió Solano de Dios Padre con otra
sábana abierta por medio, y toda junto á las barbas, llena de orujo, y
una vela en la mano, entendí de risa ser muerto. El pobre vulgo no sabía
lo que le había sucedido: pasó esto, y hice mi entremés de bobo, dije la
coleta del huevo, y llegóse el punto de matar al triste Abel, y
olvídaseme el cuchillo para degollarle, y quítome la barba y degüéllole
con ella. Levántase la chusma, y empieza á darnos grita; supliquéles
perdonaran nuestras faltas porque aún no había llegado la compañía. Al
fin, ya toda la gente rebelada contra el huésped, y dice que le dejemos,
porque nos quieren moler á palos. Con este divino aviso pusimos tierra
en medio, y aquella misma noche nos fuimos con más de cinco reales que
se habían hecho. Después de gastado este dinero, vendido lo poco que nos
había quedado, comido muchas veces de los hongos que cogíamos por el
camino, dormido por los suelos, caminado descalzos (no por los lodos,
sino por no tener zapatos), ayudado á cargar á los arrieros, llevado á
dar agua á los mulos, y sustentádonos más de cuatro días con nabos:
felizmente llegamos una noche á una venta, donde nos dieron entre cuatro
carreteros, que estaban allí juntos, veinte maravedís y una morcilla,
porque les hiciésemos la comedia.»
«Con esta vida penosa y esta notable desventura, llegamos al fin de
nuestra jornada, Solano en cuerpo y sin ropilla (que la había dejado
empeñada en una venta), y yo en piernas, y sin camisa, con un sombrero
grande de paja, con mucha ventanería y vuelta la copa á la falda, unos
calzones sucios de lienzo, y un coletillo muy roto y acuchillado.
Viéndome tan pícaro, determiné servir á un pastelero, y como Solano era
tan largo, no se aplicaba á ningún oficio; cuando estando en esto oímos
tañer un tamborino, y pregonar un muchacho: «La buena comedia de _Los
amigos trocados_ se representa esta noche en las casas de cabildo.» Como
lo oí, abriéronseme tantos ojos como un becerro. Hablamos al muchacho, y
como nos conoció, soltó el tamborino y empezó á bailar de contento.
Preguntéle si tenía algún dinerillo reservado, sacó lo que tenía en un
cabo de la camisa envuelto. Compramos pan, queso, y una tajada de
bacalao (que lo había muy bueno), y después de comido llevónos donde
estaba el autor (que era Martinazos); como nos vió tan pícaros, no sé si
le pesó de vernos. Al fin nos abrazó, y después de darle cuenta de todos
nuestros trabajos, comimos y dijo que nos espulgásemos, porque habíamos
de representar, y no se le pegasen muchos piojos á los vestidos. Aquella
noche, en efecto, le ayudamos, y otro día conciértase con nosotros por
tres cuartillos de cada representación á cada uno. Y dame con esto un
papel que estudié en una comedia de _La resurrección de Lázaro_, y á
Solano dale el _Santo resucitado_. El día que se hubo de representar
esta comedia, y siempre que se hacía, quitábase el autor en el vestuario
un vestido, y prestábasele á Solano, encargándole mucho que no le pegase
ningún piojo. Y en acabando volvíasele allí á desnudar y á poner el suyo
viejo; á mí dábame medias, zapatos, sombrero con muchas plumas y un sayo
de ada[286] largo, y debajo mis calzones de lienzo (que ya se habían
lavado), y con esto, y como yo soy tan hermoso, salía como un
brinquiño[287], con esta caraza de buen año.»
«Anduvimos en esta alegre vida poco más de cuatro semanas, comiendo
poco, caminando mucho con el hato de la farsa al hombro, sin haber
conocido cama en todo aqueste siglo. Yendo de esta suerte de un pueblo á
otro, llovió una noche tanto, que otro día nos dijo que, pues no había
más de una legua pequeña hasta donde iba, que hiciésemos una silla de
manos y que entre los dos llevásemos á su mujer; y él y otros dos que
había, llevarían el hato de la comedia, y el muchacho el tamboril y
otras zarandajas. Y la mujer muy contenta, hacemos nuestra silla de
manos, y ella, con su barba puesta, empezamos nuestra jornada...
Llegamos de esta manera al lugar hechos mil pedazos, llenos de lodo, los
pies llagados, y nosotros medio muertos; porque, en efecto, servíamos de
asnos. Pidió el autor licencia, y fuimos á hacer la farsa, que era la de
_Lázaro_. Púsose aquí nuestro amigo su vestido prestado y yo mi sayo
ajeno, y cuando llegamos al paso del sepulcro, el autor, que hacía el
Cristo, díjole muchas veces á Lázaro: Levanta, Lázaro; _surge, surge_; y
viendo que no se levantaba, llegaron al sepulcro, creyendo estaba
dormido, y hallaron, que en cuerpo y alma había ya resucitado, sin dejar
rastro de todo el vestido. Pues, como no hallaron el santo, alborotóse
el pueblo, y pareciéndole que había sido milagro, quedóse el autor
atónito. Y yo, viendo el pleito mal parado, y que Solano era ido sin
haberme avisado, hago que salgo en su seguimiento, y de la manera que
estaba, tomé hasta Zaragoza el camino, sin hallar yo en todo él rastro
de Solano, el autor de sus vestidos ni la gente (que sin duda
entendieron que se había subido al cielo, según se desapareció): en
efecto, yo entré luego en una buena compañía y dejé esta vida
penosa»[288].
En otro lugar describe así las diversas clases de compañías que en su
tiempo recorrían el país: «Habeis de saber, que hay _bululú_, _ñaque_,
_gangarilla_, _cambaleo_, _garnacha_, _boxiganga_, _farándula_ y
_compañía_.»
«El _bululú_ es un representante solo, que camina á pie y pasa su
camino, y entra en el pueblo, habla al cura, y dícele que sabe una
comedia y alguna loa, que junte al barbero y sacristán, y se la dirá
porque le den alguna cosa para pasar adelante. Júntanse éstos, y él
súbese sobre un arca y va diciendo: Ahora sale la dama, y dice esto y
esto; y va representando; y el cura, pidiendo limosna en un sombrero,
junta cuatro ó cinco cuartos, algún pedazo de pan y escudilla de caldo
que le da el cura, y con esto sigue su estrella y prosigue su camino
hasta que halla remedio.»
«_Ñaque_ es dos hombres; de entrambos estos, hacen un entremés: algún
poco de un autor; dicen unas octavas, dos ó tres loas; llevan una barba
de zamarro; tocan el tamborino, y cobran á ochavo, y en los otros reinos
á dinerillo (que es lo que hacíamos Ríos y yo): viven contentos; duermen
vestidos; caminan desnudos; comen hambrientos, y espúlganse el verano
entre los trigos, y en el invierno no sienten con el frío los piojos.»
«_Cangarilla_, es compañía más gruesa; ya van aquí tres ó cuatro
hombres, uno que sabe tocar una locura, llevan un muchacho que hace la
dama, hacen el auto de _La oveja perdida_, tienen barba y cabellera,
buscan saya y toca prestada (y algunas veces se olvidan de volverla);
hacen dos entremeses de bobo; cobran á cuarto, pedazo de pan, huevo y
sardina, y todo género de zarandaja (que se echa en una talega); éstos
comen asado; duermen en el suelo; beben un trago de vino; caminan á
menudo; representan en cualquier cortijo, y traen siempre los brazos
cruzados, porque jamás cae capa sobre sus hombros.»
«_Cambaleo_, es una mujer que canta y cinco hombres que lloran: éstos
traen una comedia, dos autos, tres ó cuatro entremeses, un lío de ropa,
que le puede llevar una araña; llevan á ratos á la mujer acuestas, y
otros en silla de manos; representan en los cortijos por hogaza de pan,
racimo de uvas y olla de berzas; cobran en los pueblos á seis maravedís;
pedazo de longaniza, cerro de lino y todo lo demás que viene aventurero
(sin que se deseche ripio); están en los lugares cuatro ó seis días,
alquilan para la mujer una cama, y el que tiene amistad con la huéspeda
dale un costal de paja, una manta y duerme en la cocina; y en el
invierno, el pajar es su habitación eterna; éstos, á medio día, comen su
olla de vaca y cada uno seis escudillas de caldo, siéntanse todos á una
mesa, y otras veces sobre la cama; reparte la mujer la comida, dales el
pan por tasa, el vino aguado y por medida, y cada uno se limpia donde
halla, porque entre todos tienen una servilleta, ó los manteles están
tan desviados que no alcanzan á la mesa con diez dedos.»
«Compañía de _garnacha_ son cinco ó seis hombres, una mujer que hace la
dama primera y un muchacho la segunda: llevan un arca con dos sayos, una
ropa, tres pellicos, barbas y cabelleras y algún vestido de la mujer de
tiritaña; éstos llevan cuatro comedias, tres autos y otros tantos
entremeses, el arca en un pollino, la mujer á las ancas gruñendo, y
todos los compañeros detrás arreando. Están ocho días en un pueblo,
duermen en una cama cuatro; comen olla de vaca y carnero, y algunas
noches su menudo muy bien aderezado. Tienen el vino por adarmes, la
carne por onzas; el pan por libras, y la hambre por arrobas. Hacen
particulares á gallina asada, liebre cocida, cuatro reales en la bolsa,
dos azumbres de vino en casa, y á doce reales una fiesta con otra.»
«En la _boxiganga_ van dos mujeres y un muchacho, seis ó siete
compañeros, y aún suelen ganar muy buenos disgustos, porque nunca falta
un hombre necio, un bravo, un mal sufrido, un porfiado, un tierno, un
celoso ni un enamorado; y habiendo cualquiera de estos, no pueden andar
seguros, vivir contentos, ni aun tener muchos ducados. Estos traen seis
comedias, tres ó cuatro autos, cinco entremeses, dos arcas, una con hato
de la comedia y otra de las mujeres. Alquilan cuatro jumentos, uno para
las arcas, y dos para las hembras, y otro para remudar los compañeros á
cuarto de legua (conforme hiciere cada uno la figura y fuere de provecho
en la chacona). Suelen traer entre siete dos capas, y con estas van
entrando de dos en dos como frailes. Y sucede muchas veces,
llevándoselas el mozo, dejarlos á todos en cuerpo. Estos comen bien,
duermen todos en cuatro camas, representan de noche, y las fiestas de
día; cenan las más veces ensalada, porque, como acaban tarde la comedia,
hallan siempre la cena fría. Son grandes hombres de dormir de camino
debajo de las chimeneas, por si acaso están entapizadas de morcillas,
solomos y longanizas, gozar de ellas con los ojos, tocarlas con las
manos y convidar á los amigos, ciñéndose las longanizas al cuerpo, las
morcillas al muslo, y los solomos, pies de puerco, gallinas y otras
menudencias en unos hoyos en los corrales ó caballerizas, y si es en
ventas en el campo (que es lo más seguro), poniendo su seña para conocer
dónde queda enterrado el tal difunto. Este género de boxiganga es
peligroso, porque hay entre ellos más mudanzas que en la luna, y más
peligros que en frontera (y esto si no tienen cabeza que los rija).»
«_Farándula_ es víspera de compañía: traen tres mujeres, ocho y diez
comedias, dos arcas de hato, caminan en mulas de arrieros, y otras veces
en carros, entran en buenos pueblos, comen apartados, tienen buenos
vestidos, hacen fiestas de Corpus á 200 ducados, viven contentos (digo
los que no son enamorados); traen unos plumas en los sombreros, otros
veletas en los cascos, y otros en los pies el mesón de Cristo con todos.
Hay laumedones de ojos, decídselo vos, que se enamoran por debajo de las
faldas de los sombreros, haciendo señas con las manos y visajes con los
rostros, torciéndose los mostachos, dando la mano en el aprieto, la capa
en el camino, el regalo en el pueblo, y sin hablar palabra en todo el
año.»
«En las _compañías_, hay todo género de gusarapas y baratijas, entrevan
cualquiera costura, saben de mucha cortesía y hay gente muy discreta,
hombres muy estimados, personas bien nacidas, y aun mujeres muy honradas
(que donde hay mucho, es fuerza que haya de todo); traen cincuenta
comedias, trescientas arrobas de hato, diez y seis personas que
representan, treinta que comen, uno que cobra, y Dios sabe el que hurta.
Unos piden mulas, otros coches, otros literas, otros palafrenes, y
ningunos hay que se contenten con carros, porque dicen que tienen malos
estómagos. Sobre éstos suele haber muchos disgustos. Son sus trabajos
excesivos, por ser los estudios tantos, los ensayos tan continuos y los
gustos tan diversos; y así es mejor dejarlo en silencio, que á fe, que
pudiera decir mucho.»
Verdad es que estos fragmentos contienen muchos detalles insignificantes
y superfluos, y por lo común resuelven á medias nuestras dudas; pero
como, por lo demás, son curiosos, y entre su fárrago se hallan á veces
datos importantes para conocer el teatro de aquella época, hemos querido
citarlos para solaz de los aficionados.
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CAPÍTULO IX.
Fundación y progresos de los teatros de Madrid.--Teatros de la Cruz
y del Príncipe.--Disposición interior de los teatros
españoles.--Nombres de diversos autores ó directores famosos de
teatros del año de 1580, que fueron también poetas
dramáticos.--Tragedias de Jerónimo Bermúdez.--Juan de la Cueva.--Su
dramaturgia.--Sus dramas.
Como la fundación y primeros progresos de los teatros de Madrid, lugar
en donde había de desarrollarse el drama principalmente, es muy
interesante para conocer la historia de la literatura dramática
española, nos será lícito exponer prolijamente el resultado de las
investigaciones practicadas hasta ahora acerca de este punto.
La ciudad de Valencia, y acaso también la de Sevilla, poseían ya en la
primera mitad del siglo XVI teatros regulares y fijos, no de esos
movedizos, que servían tan sólo para las representaciones de esta ó la
otra compañía[289]. Madrid, poco importante en esa época, no tenía
ninguno parecido; y sólo desde el año de 1561, en que esta villa se
convirtió en corte de los reyes, comenzó á aumentarse rápidamente su
población y riqueza, y atrajo á su seno muchas compañías errantes,
haciéndose sentir la necesidad de construir un edificio, destinado á
sus representaciones. Los primeros pasos, que se dieron para remediar
este inconveniente, están relacionados con objetos bien extraños á todo
esto.
En el año de 1565 formaron varios habitantes principales de Madrid una
hermandad, que se tituló de _La sagrada Pasión_, con el objeto de
alimentar y vestir á cierto número de pobres; pero poco después se
extendieron más sus atribuciones, cuando, bajo la protección del rey y
del Consejo de Castilla, se encargó de la dirección de un hospital para
mujeres pobres y enfermas. Para subvenir á los gastos de este hospital,
que se fundó en la calle de Toledo, concedió el cardenal Espinosa,
presidente de Castilla, un privilegio exclusivo á la cofradía de la
Pasión, de arrendar á los actores, que visitasen á Madrid, el local
necesario para sus representaciones. En España no debía parecer extraña
esta unión de diversiones públicas con fundaciones religiosas ó de
beneficencia, porque ya en Valencia existía desde 1526 un teatro
dependiente de un hospital, y aun hoy, con arreglo á la antigua
costumbre, corren también á cargo de los rectores de los hospitales las
corridas de toros, cuyos productos, deducidos los gastos, se aplican al
sostenimiento de estas fundaciones. La cofradía de la Pasión destinó
tres diversos lugares de Madrid á la representación de las comedias: un
corral en la calle del Sol; otro, que alquiló para este servicio, y era
propiedad de N. Burguillos, en la del Príncipe; y el tercero en la misma
calle, perteneciente á Isabel Pacheco. Según indican los datos más
antiguos, ya en el año de 1568 se dieron representaciones en estos
teatros. El alquiler pagado al principio por los directores de escena
fué muy escaso (seis reales por representación), pero subió tanto al
poco tiempo, que llegó á ser la renta más crecida del hospital, y sin
ella hubiesen faltado los recursos para atender á los enfermos.
En el año de 1567, á poco de haberse formado la cofradía de la Pasión,
se constituyó en Madrid otra, que, bajo la advocación de Nuestra Señora
de la Soledad, se propuso el mismo fin piadoso. Llevaba el nombre de una
imagen muy adorada de la Santísima Virgen. Su principal instituto era
salvar la vida, cuidar y educar á los niños expósitos, y con este objeto
fundó un hospital cerca de la Puerta del Sol. Aun cuando esta fundación
recibió diversos socorros, faltábale, sin embargo, disponer de una renta
segura y regular. Para obviar este inconveniente, creyeron sus
directores que el mejor medio era obtener para su establecimiento un
privilegio semejante al del otro hospital. Compraron con dicho objeto el
corral ya mencionado de Burguillos, sito en la calle del Príncipe, y
pidieron licencia para alquilarlo, con destino á representaciones
teatrales; pero como se oponía á su deseo el anterior privilegio, de que
ya disfrutaba la otra cofradía, sólo celebrando un acuerdo con ésta
podía alcanzar lo que anhelaba. Hízolo así, en efecto, en el año de
1574; y á consecuencia de esto, ambas presentaron una solicitud,
pidiendo que en adelante se les concediese la facultad de alquilar
unidas los locales que habían de servir para teatros, de suerte que un
tercio de los productos y rentas se aplicase á reparaciones, etc., de la
cofradía de la Soledad, y los otros dos quedasen á disposición de la de
la Pasión. La autoridad no se opuso á este pacto, y desde entonces
siguieron juntas, y ambas cofradías gozaron de las ventajas de este
privilegio en la forma indicada.
Los corrales, expresión que casi hasta nuestros días significó tanto
como teatro (para dar sólo una idea general de la índole de tales
edificios), eran patios traseros de casas, que sirvieron en un
principio, antes de consagrarse al último objeto, de almacenes de
madera. En el fondo estaba el escenario; la mayor parte de los
espectadores ocupaba el patio, y los asientos preferentes eran las
ventanas del edificio y de las casas inmediatas. Desde luego ofreció
pocas comodidades al público y á los actores: así el escenario como el
patio carecían de toldos, y por tanto no resguardaban del sol ni de la
lluvia, y si el tiempo era malo, se interrumpían las funciones ó se
mojaban los espectadores.
En el año de 1574 vino á Madrid una compañía italiana, dirigida por un
cierto Alberto Ganasa, y dió una serie de representaciones, que
merecieron general aplauso. Acostumbrados á los teatros de Italia, muy
superiores á éstos, quisieron mejorarlos y hacer en su construcción
útiles reformas. Gracias á una suma de dinero, que facilitó Ganasa, y á
algunos socorros de las cofradías, se edificó un techo en el corral de
Isabel de Pacheco, que resguardaba todo el escenario y parte del patio,
ocupado por los espectadores, pero de manera que el centro del mismo
quedaba siempre descubierto. Para evitar este inconveniente pusieron en
el patio un toldo de lona, que resguardaba del sol, pero no de la
lluvia. Los productos líquidos, que sacaban los hospitales de cada
representación, deducida la parte que tocaba á los actores, ascendían á
140 ó 200 reales, especie de derrama extraordinaria que pagaba cada
espectador además de la entrada.
Al principio sólo se verificaban las representaciones los domingos y
días festivos; pero á poco, y á causa de la creciente afición á ellas,
se hicieron también en los días de trabajo dos veces á la semana, los
martes y jueves, y los tres días de Carnaval. Cerrábanse los teatros el
miércoles de Ceniza, y no se abrían hasta la Pascua.
Para satisfacer los deseos de las compañías de comediantes, cuyo número
iba siempre en aumento, alquilaron las cofradías de la Pasión y de la
Soledad otros dos corrales, uno de los cuales pertenecía á la viuda de
Valdivieso, y el otro, sito en la calle del Lobo, á Cristóbal de la
Puente. Estos dos y el de Isabel Pacheco fueron los más frecuentados
desde el año 1574; en ellos representaron las compañías de Ganasa,
Alonso Rodríguez, Hernán González, Juan Granados, Alonso Velázquez,
Francisco Salcedo, Alonso Cisneros, Rivas, Saldaña y Francisco Osorio,
los más célebres que vinieron á Madrid desde aquel año hasta el de 1579.
En éste hubo nueva mudanza en los teatros de la capital, pues las
cofradías compraron otro corral en la calle de la Cruz, y en poco tiempo
lo habilitaron de tal modo, aprovechando los materiales del de Cristóbal
de la Puente, que sirvió ya al público en Noviembre del mismo año. Este
teatro de _la Cruz_ ó de _las Obras pías_ superó por su extensión y
comodidades á todos los demás, hasta tal punto, que sólo el de Isabel de
Pacheco compartió con él, aunque menos frecuentado, los favores del
público y de los actores. Los más famosos directores de compañías, que
alquilaron sucesivamente ambos locales en los tres años siguientes al de
1579, fueron Granados, Salcedo, Rivas, Quirós, Gálvez, Cisneros,
Velázquez y el italiano Ganasa. El corral de la calle del Sol y el de
Burguillos se fueron abandonando poco á poco, y en el de Cristóbal de la
Puente sólo se representó rara y excepcionalmente. Con los grandes
productos, que sacaron las cofradías del teatro de la Cruz, compraron en
el año de 1582 otro corral con sus accesorias en la calle del Príncipe,
y lo convirtieron también en teatro, tomando á aquél por modelo. Desde
entonces, los de Pacheco y la Puente se frecuentaron muy poco,
abandonándose enteramente antes de acabarse el siglo, y quedaron como
únicos teatros de Madrid los dos mencionados, pertenecientes, como hemos
dicho, á las cofradías.
La construcción de los teatros de la Cruz y del Príncipe, que, después
de haber sufrido diversas modificaciones, dura todavía, y que ha visto
representar en sus tablas lo más notable, que ha producido la musa
española, merece ser conocida. Haremos, pues, la descripción de aquella
parte, destinada á los espectadores, y más adelante, cuando llegue la
ocasión oportuna, trataremos de las restantes[290].