Alonso de la Vega, lo mismo que Lope de Rueda, fué director de compañía,

y compuso, como él, las piezas que representó ó hizo representar. Nada

se sabe de la vida de este poeta, sino que ya había muerto en el año de

1566, pues así consta de un soneto inserto en la edición de sus obras de

dicho año[261]. De las tres piezas de esta colección, _La Tolomea_, _La

Serafina_ y _La duquesa de la Rosa_, la primera desenvuelve el

argumento, tratado antes por sus más célebres contemporáneos en _Los

engaños_ y _La Medora_, si bien no es digna de alabanza por las

invenciones fantásticas y absurdas que la llenan. En ésta figuran, al

lado de personajes vulgares, un encantador, un duende, el dios Febo,

Cupido, Orfeo, Medea y un demonio. Obsérvase en las otras dos

composiciones de Alonso de la Vega cierta afición á lo fantástico y

romántico, mucho más pronunciada y fuerte que en Lope de Rueda,

censurable en _La Serafina_, y no del todo vituperable en _La duquesa de

la Rosa_. El argumento de esta comedia, fundado en una novela de

Bandelo, aunque sin seguirla servilmente, es como sigue: Enamórase una

princesa de Dinamarca del príncipe español Dulcelirio, que reside en la

corte de su padre, y le entrega, para memoria suya, una sortija al

despedirse para regresar á su patria. Cásase después con el duque de la

Rosa, noble francés; cae enferma, y promete, si se cura, hacer una

peregrinación á Santiago de Compostela. Ya restablecida, pasa por

Burgos, á la vuelta de su viaje, y se hospeda en aquella ciudad en el

palacio del príncipe Dulcelirio, quien le enseña la sortija, prenda de

su antiguo amor; ella, sin embargo, fiel á los deberes de su estado, no

se da por entendida, y retorna sin tardanza á la corte de su esposo.

Aquí enciende poderosa pasión en el pecho del mayordomo del duque, y

arrastrado por ella se decide al fin á declararse, recibiendo por

respuesta una rotunda y desdeñosa negativa. Quiere entonces vengarse el

desdeñado, y con este objeto persuade á un cortesano á ocultarse en la

habitación de la duquesa; despierta los celos de su esposo, le hace

dudar de la fidelidad de su esposa, y lo lleva al aposento en donde se

escondía su cómplice, á quien los dos matan. La duquesa es llevada á la

cárcel y condenada á muerte, si en el plazo de tres meses no se presenta

un caballero á defender su inocencia. Visítanla en la prisión la Verdad,

el Consuelo y la Salud: los mensajeros, que envía á Dulcelirio, regresan

trayendo respuestas evasivas; pero no tarda éste en presentarse, y

disfrazado de monje la confiesa, convenciéndose así de su inocencia,

por cuya razón la defiende, y vence á su calumniador. Para que esta

acción tenga un desenlace conveniente, es menester que muera el duque;

así sucede, en efecto, pues fallece de calenturas, y la duquesa y

Dulcelirio se casan ya sin obstáculo. Este argumento, comprendiendo

también su extraño desenlace, es de la misma especie que muchas comedias

posteriores de la época de Lope de Vega, y hasta se podría pensar, al

leerla, que es una de ellas, si no se opusiera á esta ilusión la prosa

en que está escrita, circunstancia que indica á las claras su mayor

antigüedad. Algunas otras particularidades demuestran también que

pertenece á la infancia del arte; pero á pesar de todos sus defectos,

puede sostener con ventaja la comparación con las mejores de Lope de

Rueda, y ningún crítico sensato podrá disputar su mérito.

Juan de Rodrigo Alonso (_Comedia de Santa Susana_)[262] y Francisco de

Avendaño permanecieron fieles á la forma métrica del drama. Una comedia

del último, cuyo título, á causa de su longitud, puede verse en la

nota[263], parece haber sido la más antigua, en que se halle la división

en tres jornadas, seguida después generalmente. Esta innovación, por lo

demás, no tuvo, sin duda, muchos imitadores, pues hasta pasados treinta

años no encontramos otras piezas que la ofrezcan.

La _Comedia Pródiga_, de Luis de Miranda[264], es la historia del hijo

pródigo, arreglada al país y al tiempo en que se escribió, y enriquecida

con algunas situaciones nuevas é interesantes. No puede decirse que sea

extraordinario su valor poético; pero las situaciones y caracteres son

fieles pinturas de la vida real, llenos de movimiento, y su forma y

redondillas, por lo que hace á su expresión, merecen nuestro aplauso.

La fábula es, en pocas palabras, la siguiente: Pródigo, á pesar de la

viva oposición de su padre, abandona su casa paterna, y se alista en una

banda de soldados para correr el mundo. Acompáñale Felicero, fiel

criado, á quien su padre encarga que lo cuide y asista; hácese pronto de

malos amigos, en cuya compañía gasta todo su dinero, y anda en tales

pasos, que al fin va á parar á la cárcel. Sólo le queda una pequeña

suma, con la cual soborna al carcelero y escapa de su prisión,

contrayendo amistad con una alcahueta, que le facilita la entrada en

casa de una bella, llamada Alcana. Felicero, que pierde la esperanza de

que se corrija su señor, retírase á un desierto para hacerse ermitaño.

Pródigo, mientras tanto, disfruta de su bella, hasta que una noche, al

bajar por la ventana, se resbala de la escalera y cae de bastante

altura, lastimándose y yaciendo en el suelo sin poderse valer,

circunstancia, que aprovechan la alcahueta y sus amigos, para despojarle

de sus vestidos y del poco dinero con que cuenta. Tan grande llega á ser

su miseria, que se ve obligado á ganar su sustento en las más humildes

ocupaciones, hasta que se arrepiente, busca á Felicero en su soledad, y

alentándole éste en su propósito de corregirse, torna al hogar paterno,

en donde su padre lo recibe con alegría.

[imagen]

CAPÍTULO VIII.

Juan de Timoneda.--Dramas religiosos, y su división en _autos_ y

_comedias divinas_.--Juan de Malara y otros poetas dramáticos de

Sevilla.--Perfeccionamiento del aparato escénico por Pedro

Navarro.--Noticia de las compañías errantes de _El viaje

entretenido de Agustín de Rojas_.

Los literatos señalan á Timoneda como á imitador de Lope de Rueda[265].

Cuando se examinan atentamente las obras dramáticas de este poeta,

célebre también en otros géneros literarios, se deduce que en distintos

períodos de su vida siguió diversos modelos dramáticos. La mayor parte

de sus piezas han sido escritas bajo el influjo de Torres Naharro, y

probablemente antes de la aparición de Lope de Rueda. Después, sin duda,

se dedicó Timoneda á imitar al último, sobre todo en algunos pasos. La

_Comedia Cornelia_, en nada parecida á las obras ya citadas, es una

imitación de _El Nigromante_ de Ariosto; y _Los Menecmos_, de la de

Plauto, que lleva el mismo título.--Bastan las indicaciones anteriores

para comprender que Timoneda no se distinguía por su originalidad, y

pasando aún más allá, podemos también decir que ni aun entre los

imitadores ocupa elevado puesto. Sus invenciones, siempre que no se

apropia las ajenas, son por lo general disparatadas, ya triviales hasta

el exceso, ya absurdamente fantásticas. En la _Comedia Aurelia_ edifica

un avaro una torre, con ayuda de un encantador, y encierra en ella todos

sus tesoros. Una sortija es la llave del encanto, y si se rompe,

desaparece al punto la torre. El viejo arroja media sortija á la mar, y

después se arrepiente de su precipitación, pues ya anciano, tiene dos

hijos, á los cuales, al morir, sólo puede dejar media sortija. Salucio,

uno de ellos, emprende larga peregrinación después de la muerte de su

padre, buscando la mitad de la sortija, que le falta. Sucédenle varias

aventuras románticas, y al fin tiene la dicha de encontrar un peregrino,

que, entre varios objetos curiosos, le enseña media sortija igual á la

suya. Salucio le habla de la torre encantada, y regresa á su casa

acompañado del peregrino. Sueldan entonces las dos piezas, y apenas

acaban esta operación, desaparece la torre con horrible ruido. El

peregrino, á quien los dos hermanos son deudores de este bien, recibe en

premio la mano de Aurelia, hermana de Salucio.

En la _Farsa Rosalina_ encontramos dos mercaderes llamados Leandro y

Antonio, que, cansados de las cosas del mundo, resuelven encerrarse en

un monasterio sin participarlo á nadie. Rosalina, hija de Leandro, sabe

por su tío Lucano la desaparición de su padre, y su pena es tanto mayor,

cuanto que también le afligen las persecuciones de un portugués, que la

ama, y de cuya importunidad sólo puede librarle un poderoso protector.

Mientras tanto se presentan en el convento los dos mercaderes; fíjase

la hora en que han de profesar; pero al aproximarse, se les aparecen el

Demonio, el Mundo y la Carne, y les aconsejan que no renuncien tan

locamente á los placeres terrenales. Antonio y Leandro se quedan

estupefactos; hacen la señal de la cruz, ante cuyo signo huyen los

fantasmas, y entran en el claustro. En las escenas siguientes, Lucano

participa á su sobrina este paso de su padre, y ambos resuelven seguir

su ejemplo, y dedicarse á la vida contemplativa. En esta fábula tan

pobre, abundan groseros chistes de los criados de ambos sexos[266].

El lenguaje de las comedias en verso de Timoneda es descuidado, y no

exento de afectación. Mejor es la prosa, especialmente la de los pasos,

que, por la gracia y naturalidad del diálogo, puede rivalizar con la de

su modelo, muy superior á él en _vis cómica_. Timoneda dió á alguna de

estas pequeñas farsas el nombre de _entremés_, que distinguió más tarde

á las parecidas á ellas.

Los escasos trabajos de otros poetas dramáticos de este tiempo, que han

llegado hasta nosotros, no tienen la suficiente importancia para tratar

de ellos aparte[267].

El auto ya citado de Timoneda, sencillo y poco notable bajo ningún

concepto, puede, sin embargo, servirnos de punto de partida para hablar

del drama religioso de este período. Muy escaso es el número de

producciones de este género[268], que ha llegado hasta nosotros, lo

cual no deja de ser extraño, aunque no por eso nos autorice á deducir

que las representaciones religiosas no fueron tan frecuentes en estos

años como en los anteriores. Hay, al contrario, documentos que lo

prueban, como un acuerdo del ayuntamiento de Carrión de los Condes, del

año de 1568, del cual se desprende que el día de Navidad habían de

representarse dos autos al menos[269], sacados de las Sagradas

Escrituras, y los cánones del concilio toledano de 1565 y 1566, que

casualmente confirman otros análogos del concilio de Aranda, celebrado

un siglo antes. Los dramas religiosos sólo pueden representarse, previa

la censura de la superioridad eclesiástica, y nunca en las iglesias al

mismo tiempo que se celebra el culto divino; prohíbense para siempre en

el día de los Inocentes; y por último, se dispone en ellos que, por

ningún pretexto, se encarguen los clérigos de representar cualesquiera

papeles de los mismos[270].

Un auto del Nacimiento, de Pedro Suárez de Robles (1561), nos ofrece

noticias interesantes para formar una idea exacta del estado de los

dramas religiosos. Dice así: «Han de salir los pastores en dos hileras

repartidos; delante de ellos el que tañe el psalterio ó tamborino: al

son irán danzando hasta en medio de la iglesia, y allí harán algunos

lazos, y tras de los pastores irán los ángeles con los ciriales, y si

hubiere aparejo ocho ángeles que llevan el palio del Santísimo

Sacramento, y debajo irá Nuestra Señora y San José, y llegarán hasta las

gradas del altar mayor, y allí estará una cuna á modo de pesebre, y allí

pondrán al Niño Jesús, y de rodillas Nuestra Señora y San José puestas

las manos como contemplando; los ángeles repartidos á un lado y á otro,

y mirando hacia el Niño, y estando de esta manera acabarán los pastores

de danzar; y luego saldrá un ángel al púlpito y dirá lo siguiente... y

los pastores, oyendo la voz, mostrarán espantarse mirando para arriba á

una y otra parte.» La acción del auto, al cual preceden estas

instrucciones para la representación, es como sigue: El ángel anuncia á

los pastores el nacimiento del Señor, y desaparece inmediatamente: los

demás entonan un villancico en alabanza del recién nacido, y los

pastores, al oirlo, resuelven buscar al Niño Dios; sigue después otro

villancico, que cantan alternando ángeles y pastores, y éstos se acercan

al pesebre, y cada uno de ellos ofrece al Niño un presente, y dice un

par de estrofas: San Juan les da las gracias, y la Santísima Virgen les

promete ser su intercesora[271].

Los cánones mencionados del concilio de Toledo, que confirmó el

compostelano hacia la misma época, y posteriormente otro toledano en

1582, no lograron, como se verá después, desterrarlos por completo de

las iglesias; pero sin duda contribuyeron á que poco á poco se fuese

aboliendo esta costumbre; de suerte que ya no sólo se aplaudían los

autos propiamente dichos, representados hasta entonces en tablados

erigidos con este objeto en diversas solemnidades religiosas, sino

también las _comedias divinas_, que tomaron posesión de los teatros,

destinados en un principio á dramas profanos. Por lo demás, tocamos

ahora un punto, relativo al desarrollo del arte dramático en España,

envuelto en cierta oscuridad, que apenas comienza á disiparse. No existe

drama alguno religioso, que corresponda al período comprendido entre

1561 y los últimos diez años del siglo, ni se hallan tampoco datos

históricos que nos ayuden á conocer los perdidos. Pero estas

prohibiciones eclesiásticas tan repetidas nos hacen pensar, que, según

parece probable, no todas las representaciones religiosas fueron tan

sencillas é inocentes como los autos impresos que conocemos, pues á ser

esto cierto, no hubiesen excitado ese celo contra ellas. Es de

sospechar, al contrario, que representaban la vida de los héroes del

Antiguo y Nuevo Testamento, la de los santos, etc., de la misma manera

que los misterios y moralidades francesas; que su acción era muy

complicada y numerosos sus personajes, y que abundaban en ellas las

alegorías y los rasgos licenciosos populares[272]. Pero, ¿cuándo se

desenvolvió la forma especial alegórica del _auto sacramental_, que

alcanzó después tan universal aplauso? ¿Sucedió acaso esto antes de la

época indicada? No puede negarse la posibilidad de que así sucediera,

pues hemos apuntado, al hablar de Gil Vicente, los gérmenes de esas

composiciones alegórico-religiosas; y aunque los autos españoles

propiamente dichos, examinados hasta ahora, no sean alegóricos, no por

eso hay razones bastantes para afirmar, que no fuesen escasos restos de

una literatura mucho más rica en un principio. ¿Cuándo, por último,

formaron las _comedias divinas_ una clase distinta de los _autos_? No

cabe hacer estas preguntas sin intentar, al menos, darles una respuesta,

aunque sólo se funde en presunciones. Si algún día se despierta entre

los españoles el mismo ardiente deseo de investigar los orígenes de su

literatura que entre los franceses, ingleses y alemanes modernos, se

rebuscarán, sin duda, los archivos de las iglesias y monasterios, y se

publicarán documentos, que arrojen alguna luz sobre este punto. Acaso

entonces no sea sólo una sospecha, sino una demostración evidente lo que

hasta ahora se desprende de los escasos vestigios que se conservan; á

saber: que los antiguos dramas religiosos, así en España, como en

Francia é Inglaterra, se dividen en dos clases principales: en

representaciones históricas de la Sagrada Escritura (misterios ó

representaciones de milagros), y en piezas morales alegóricas (ó

moralidades). A la primera corresponden las llamadas después _comedias

divinas_, y á la segunda los _autos_, en la significación estricta, que

tuvo más tarde esta palabra[273].

No son menos graves los obstáculos, con que tropieza el que escribe la

historia del teatro español, cuando intenta investigar los progresos del

drama profano bajo los inmediatos sucesores de Lope de Rueda; la

literatura dramática de este período, cuyos monumentos pudiera estudiar,

ha desaparecido casi por completo, y las escasas noticias, que acerca de

ella se conservan, únicos datos que existen, están llenas de singulares

contradicciones. Entre éstos se distinguen por su claridad los relativos

á los ensayos, hechos por algunos poetas de Sevilla. Esta ciudad,

floreciente ya desde muy antiguo, llegó después á su mayor altura cuando

se convirtió en el centro principal del comercio entre España y América,

ofreciendo al arte dramático un terreno muy adecuado á su desarrollo. De

aquí había salido Lope de Rueda, y aquí también se manifestó cierta

tendencia literaria, esencialmente diversa de la popular, á que se

consagrara aquel poeta. Una escuela erudita se propuso, como fin capital

de sus esfuerzos, la imitación de los modelos clásicos. Los orígenes de

esta escuela, según vemos en la _Poética_ de Juan de la Cueva, alcanzan

hasta la mitad del siglo XVI. Juan de Malara, natural de Sevilla y el

representante más notable de ella, había escrito una comedia en

Salamanca en el año de 1548, cuando estudiaba en su universidad, á la

cual tituló _Locusta_, y fué representada por estudiantes. Después que

regresó á su ciudad natal, escribió, según parece, multitud de comedias

á la manera de las antiguas, que se representaron en los teatros de

Sevilla. De una de ellas, que se representó en un convento de Utrera en

1561, dice un antiguo analista, que es una imitación de los cómicos

latinos, y que, contra lo hecho por Lope de Rueda, está toda escrita en

verso[274]. La Cueva llama á Malara el Menandro del Betis, y dice que

hacia este mismo tiempo eran famosos por sus comedias al estilo antiguo

los poetas Guevara, Gutierre de Cetina, Cozar, Fuentes y Mejía.

He aquí sus palabras:

«Ya fuimos á estas leyes[275] obedientes

Los sevillanos cómicos _Guevara_,

_Gutierre de Cetina_, _Cozar_, _Fuentes_,

El ingenioso _Ortiz_, aquella rara

Musa de nuestro astrífero _Mejía_,

Y del Menandro Bético _Malara_.

Otros muchos, que en esta estrecha vía

Obedeciendo al uso antiguo, fueron

En dar la luz á la cómica poesía.

Y aunque alcanzaron tanto no excedieron

De las leyes antiguas que hallaron,

Ni aun en una figura se atrevieron.

Entiéndese que entonces no mudaron

Cosa de aquella ancianidad primera,

En que los griegos la comedia usaron.

Ó por ser más tratable ó menos fiera

La gente, de más gusto ó mejor trato,

De más sinceridad que en nuestra era.

Que la fábula fuese sin ornato,

Sin artificio y pobre de argumento,

No la escuchaban con desdén ingrato.

El pueblo recibía muy contento

Tres personas no más en el tablado,

Y á las dos solas explicar su intento.

Un gabán, un pellico y un cayado,

Un padre, una pastora, un mozo bobo,

Un siervo astuto y un leal criado

Era lo que se usaba, sin que el robo

De la espartana reina conociesen,

Ni más que el prado ameno, el sauce ó pobo[276].»

También parece que ya se habían compuesto en Sevilla tragedias imitadas

de los clásicos. Del mismo Malara dice Juan de la Cueva, que ha llevado

al teatro _mil tragedias_, y que en este género intentó romper las

estrechas vallas del drama antiguo trágico, y que, en vez de imitar

servilmente la forma clásica, creó una nueva. Por lo demás, la palabra

_mil_ no debe tomarse aquí al pie de la letra, como ha hecho Signorelli,

sino en la significación ordinaria y general, que tiene en el lenguaje

común. Sólo se ha conservado el título de una de estas tragedias de

Malara, denominada _Absalón_ (_Juan de Malara, Filosofía vulgar_,

impresa en 1568), y no se sabe tampoco que se imprimiera nunca ninguna

de ellas.

En lo restante de España tuvo poco influjo la escuela dramática de

Sevilla, y el único, que la nombra expresamente, es el citado Juan de la

Cueva, natural de ella. Es dudoso que Agustín de Rojas aluda á las obras

de estos poetas ó á otras perdidas, cuando habla así de los progresos de

la comedia después de Lope de Rueda:

«Después, como los ingenios

Se adelgazaron, empiezan

Á dexar aqueste uso,

Reduciendo los poetas

La mal ordenada prosa

En pastoriles endechas[277],

Sin más hato que un pellico,

Un laúd, una vihuela,

Una barba de zamarro,

Sin más oro, ni más seda.

Y en efecto, poco á poco

Barbas y pellicos dexan,

Y empiezan á introducir

Amores en las comedias,

En las cuales ya había dama,

Y un padre que aquesta cela:

Había galán desdeñado,

Y otro que querido era;

Un viejo que reprehendía,

Un bobo que los acecha,

Un vecino que los casa

Y otro que ordena las fiestas.

Ya había saco de padre,

Había barba y cabellera,

Un vestido de mujer,

Porque entonces no lo eran

Sino niños.............»

Salta á los ojos que este autor se equivoca indudablemente en un punto,

puesto que el amor había sido la base de las comedias de Lope de Rueda,

y no era posible que sólo en las obras de los dramáticos posteriores

apareciese como el móvil principal de los sucesos. Por lo demás, la

descripción vaga y general, que hace de este linaje de espectáculos, nos

hace sospechar que acaso no eran bastante profundos y concienzudos los

estudios, á que se consagrara, acerca de la historia del teatro español.

Verdad es que sus errores no pueden refutarse concreta y cumplidamente,

aunque se sienta que existen en el fondo. Sólo la noticia, que pone á la

conclusión, se halla confirmada por otro documento, á saber: por una ley

de Felipe II, en la cual se prohibe á las mujeres salir á las tablas, y

se indica el medio de obviar este inconveniente, representando los niños

sus papeles. Sin embargo, esta ley, según parece, fué anulada en el

mismo reinado, hacia 1580[278].

Entre los autores, de quienes habla Rojas, por la fama que adquirieron

en el teatro, cuéntanse los toledanos Bautista, Juan Correa, Herrera y

Pedro Navarro[279]. No se sabe con certeza, si todos estos fueron á un

tiempo poetas dramáticos y directores de compañías. La primitiva

significación de la palabra autor, que comprendía en un principio ambas

funciones, degeneró después en la más estricta, que designó tan sólo á

los directores de compañías. Navarro, según indica la vaga expresión

usada en el _Viaje entretenido_ y en el _Catálogo Real de España_,

inventó los teatros, esto es, la maquinaria, escenario y decoraciones

movibles, aunque todo ello imperfecto y grosero[280]. Algo más explícito

es Cervantes acerca de este punto. Dice así:

«Sucedió á Lope de Rueda, Naharro, natural de Toledo, el cual fué famoso

en hacer la figura de un rufián cobarde. Este levantó algún tanto más el

adorno de las comedias, y mudó el costal de vestidos en cofres y en

baúles: sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro

público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno

representaba sin barba postiza; y hizo que todos representasen á cureña

rasa, si no era los que habían de representar los viejos ú otras figuras

que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramoyas, nubes, truenos y

relámpagos, desafíos y batallas[281].»

Otro autor, contemporáneo de los anteriores, esto es, de los que

vivieron hacia 1570, y que, según parece, tuvo también fama, fué el

granadino Cosme de Oviedo, inventor de la costumbre de anunciar por

carteles el título y los personajes de las comedias, que habían de

representarse[282].

Es probable que estos directores de compañías rodaban con ellas de un

paraje á otro, representándolas ya aquí, ya allí, según lo exigía la

ocasión; en aldeas y ferias, en teatros que se levantaban sin arte y

prontamente, ó en ciudades más principales, como Madrid, Sevilla y

Valencia, en donde existían perpetuos y mejores.

Antes que tratemos de la fundación y progresos del de la primera de

estas capitales, daremos algunas noticias curiosas acerca de la vida y

costumbres de estos cómicos errantes. Seguramente faltaremos así al

orden cronológico rigoroso, puesto que la única obra, de que podemos

aprovecharnos, es la tantas veces citada de Agustín de Rojas (_Viaje

entretenido_)[283], que pertenece á una época posterior, y sus

descripciones comprenden los últimos años del siglo XVI y los dos

primeros del XVII. Parécenos, no obstante, que conviene anticipar estos

datos, no sólo porque hay motivos para suponer que estas descripciones

se refieren en lo esencial á una época anterior, sino porque más

adelante, cuando nuestra atención se concentre en los teatros de las

capitales y en su arte dramático, no encontramos coyuntura favorable

para hablar especialmente de estos puntos aislados y concretos.

Agustín de Rojas Villandrando[284], nacido en Madrid hacia 1575, entró á

los diez y seis años en el servicio militar; estuvo seis años en

Francia, con las tropas de Felipe II, y preso bastante tiempo en el

castillo de la Rochela, y regresó á España después de haber sufrido

duros trabajos. Aquí ejerció diversos oficios y sirvió á diversos amos;

ningún Guzmán de Alfarache, ni Lazarillo de Tormes, dice, se vió en más

varias situaciones ni sirvió á dueños más opuestos. Como su suerte no

mejoraba, se hizo al fin cómico, para probar de todo, y escribió hacia

1602 su _Viaje entretenido_, cuya primera edición apareció impresa en

Madrid[285].

No se sabe cuánto tiempo fué Rojas actor; pero no hay duda de que en el

año de 1611, en que publicó otro libro, titulado _El buen repúblico_,

había abandonado el teatro y residía en Zamora, hecho ya notario

público.

El _Viaje entretenido_, cuyas cuatro ediciones consecutivas prueban el

aplauso y favor, que se les dispensó en su tiempo, y del cual, según

parece, tomó Scarrón la idea de escribir su _Román comique_, se compone

de muy diversos elementos, no fundidos y ligados todos entre sí con

igual felicidad. Desde luego diremos que su plan dista mucho de ser

regular. De sus recuerdos de la vida militar, y de lo que vió y observó

más tarde en su profesión de cómico, quiso Rojas componer su libro;

asimismo quiso también publicar varias _loas_, exornándolo todo con

ciertos conocimientos y rasgos eruditos, no siempre traídos con

oportunidad. Sirven de lazos, que traban el conjunto, unos diálogos

entre cuatro actores, que viajan buscando más numerosa compañía. Van de

Sevilla á Granada, y después á Toledo, Valladolid, etc. En las ciudades

más importantes se detienen más largo tiempo, aunque sus descripciones

de los espectáculos dramáticos, celebrados en ellas, no son tan prolijas

como deseáramos. Para entretener el tiempo, cuentan los cuatro viajeros

(Ríos, Ramírez, Solano y nuestro Rojas) varios sucesos de su vida, y dan

alguna que otra noticia de las poblaciones por donde pasan. En todo esto

hay muchas cosas insignificantes, y se hace alarde de árida é inútil

erudición; pero á pesar del escaso interés que excita, encuéntranse á

veces divertidos lances, y algunos datos curiosos para conocer el teatro

de la época. Sirva de ejemplo el pasaje, que copiamos á continuación:

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 15 / 26 段