Artesano de Sevilla, que, impulsado por su irresistible inclinación al

arte dramático, entró á formar parte de una compañía de cómicos, y no

sólo representó como actor, sino que se consagró también á la literatura

dramática. No se sabe el año, en que nació este famoso poeta; pero

ateniéndonos á los datos suministrados por Moratín, y dando entero

crédito á la conciencia con que escribe, lo cual hace suponer que bebió

tales noticias en buenas fuentes, puede fijarse la época de su aparición

en el año de 1544. Después que Lope de Rueda llegó á ser director de la

compañía, gracias á su extraordinario talento para representar, formando

largo tiempo las delicias de su ciudad natal, hizo una excursión por

toda España. En el año de 1558 lo encontramos en Segovia, á donde había

acudido mucha gente á disfrutar de las fiestas, que se hicieron para

celebrar la consagración de la nueva catedral, y por consiguiente un

público numeroso para asistir á sus representaciones[253]. Parece que en

los años siguientes hubo también de visitar las ciudades comarcanas.

Cuando cuenta Antonio Pérez que lo hizo representar en la corte[254], no

especifica si fué en Valladolid ó en Madrid, ni si antes ó después de

1560[255].

Nada más se sabe de la vida de Lope de Rueda, excepto que ya antes de

1567, en cuyo año aparecieron impresas sus obras por primera vez, había

muerto en Córdoba, en cuya catedral fué sepultado entre los dos

coros[256].

La fama de este hombre célebre y distinguido, como le llama Cervantes,

fué tan grande entre sus contemporáneos, y creció de tal modo después de

su muerte, que poco á poco hizo caer en olvido las obras de sus

predecesores. Así se explica que los escritores de la generación que le

sucedió, ya denominen á Lope de Rueda primer fundador de la comedia

española[257], ya al menos lo tengan por el primero, que sacó de sus

mantillas al arte dramático[258]. Más arriba indicamos suficientemente

el origen y causas de tales opiniones, y probamos también la falsedad de

la primera. La segunda sólo debe valer en cuanto se refiere únicamente

al arte de la representación, puesto que los esfuerzos de Lope de Rueda

para lograrlo, según consta de todos los testimonios, fueron en efecto

extraordinarios y nunca vistos en España, y pueden ser considerados como

el primer impulso que recibieron la mímica y el arte dramático para

llegar á su perfección. Muy de otra manera deben juzgarse las obras del

poeta; pues la crítica imparcial, si las aplaude al compararlas con las

mezquinas producciones, de que hablamos últimamente, ha de estimarlas

muy inferiores en valor poético á las de Gil Vicente y Torres Naharro, y

no superiores á ellas por su arte y forma dramática. Por este motivo es

no poco extraña la posición de Lope de Rueda, pues si es justo llamarle

reformador del teatro español, teniendo en cuenta las causas, que

contribuyeron á la decadencia del teatro en su tiempo, por otra parte es

preciso confesar, que, si se le equipara á sus famosos predecesores,

está á larga distancia de ellos.

Las producciones dramáticas de este poeta, al menos en cuanto se han

conservado hasta ahora por medio de la imprenta[259], se dividen en

tres clases: comedias, coloquios pastoriles, y los llamados pasos. En

todas estas composiciones aparece el autor como hombre de claro

entendimiento y vista despejada para apreciar la vida humana en sus

distintas fases, representándolas fielmente, con gracia y naturalidad,

aunque con poca poesía. De aquí proviene que resalte más su mérito

cuando se mueve sin salir de la esfera especial de su talento, y

describe en el lenguaje de la vida ordinaria sucesos comunes. En este

círculo limitado se presenta siempre con ventaja, ya por su espíritu

perspicaz y observador, ya por su ingenio y travesura, ya porque no hay

oposición alguna entre el asunto y la manera de tratarlo, ya, en fin,

porque la expresión cuadra perfectamente al objeto expresado. De aquí

también que sus _pasos_ sean los que más nos satisfagan. Daba este

nombre á una especie de pequeños juguetes burlescos, que precedían á

piezas más extensas, ó que se representaban de ordinario entre sus

actos, ó lo que es lo mismo, á los _entremeses_ de su tiempo. En cuanto

al plan, nada hay más sencillo y menos artístico que estos pasos; el más

insignificante suceso, cualquier motivo sacado de la vida ordinaria,

principalmente de la de las clases más bajas del pueblo, le ofrecía un

asunto bastante; y esto, aunque por sí de poca importancia, sabe

hacerlo agradable por la sencillez, fidelidad y naturalidad de la

exposición, derramando de paso tal y tan tranquila amenidad, que sólo es

dable lograrlo á los nacidos para eso. He aquí ahora algunas

indicaciones ligeras acerca de estos pasos. El labrador Toribio viene á

su casa, y cuenta que ha plantado un olivo; su mujer Águeda calcula,

que, dentro de seis ó siete años producirá el árbol de cuatro á cinco

celemines de aceitunas, y que con sus productos podrán plantar un

olivar; ella, pues, recogerá las aceitunas, su marido las llevará al

mercado en un asno, y Mencigüela las venderá. Suscítase una disputa

entre ambos cónyuges. Águeda dice que no venderá el celemín por menos de

dos reales, y Toribio cree que pueden venderse por catorce ó quince

cuartos. El padre y la madre, cada uno por su parte, dan sus órdenes á

Mencigüela acerca del precio, á que ha de vender las futuras aceitunas,

y ella promete á ambos cumplirlas. Así se enciende la cólera de ambos y

la descargan en ella á dicterios y golpes. Como el alboroto, que

promueven, va creciendo por momentos, acude un vecino á averiguar la

causa, y sabe que se trata del precio, á que se han de vender ciertas

aceitunas, que no existirán hasta que transcurran muchos años, y se

esfuerza en apaciguar tan ridícula disputa.--Otro paso refiere una

graciosa astucia de dos rateros. Mendrugo, pobre imbécil, lleva un

plato con comida á la cárcel, en donde está presa su mujer; encuéntranle

entonces los dos bribones, entablan con él conversación, y hablan entre

otras cosas del país de Jauja. Mendrugo quiere saber más de él; se

sienta en el suelo, y oye admirado los prodigios de esta tierra, en

donde hay ríos de leche, puentes de pan con manteca y árboles de

jamones, y no repara que mientras tanto se apoderan los rateros del

plato.--En otra piececilla de estas se refiere con mucho donaire la

manera, con que una mujer astuta se burla de su marido. Ha admitido en

su casa á un estudiante, que, según dice, es su primo, y se finge

enferma para solazarse con él á sus anchas. El pobre hombre tiene que

salir en busca de un médico, y hasta tomar la medicina que aquél

prescribe, puesto que su mujer se empeña en que sólo así producirá el

efecto deseado. Al fin se restablece su esposa con grande alegría de su

tierno compañero, y después se ausenta para celebrar una novena, que ha

prometido á un santo, si la cura, y como es de presumir, en compañía de

su estudiante.

De celebrar es, sin duda, la prosa magistral de todos estos pasos; ni

aun la de _La Celestina_ es tan fácil y elegante. En esta parte no fué

Lope de Rueda tan feliz en las obras más extensas, generalmente

escritas también en prosa, pues esforzándose en ellas en usar de un

lenguaje más elevado, degenera en hinchado y ampuloso.

Cuando se recuerdan lo variadas que son las combinaciones métricas de la

lengua española, y lo apropiadas á la expresión dramática; cuando se

recuerda el uso acertado, que hasta entonces se había hecho de ellas, se

podrá en todo caso aprobar que no se empleasen en esas breves

composiciones, que retratan la vida ordinaria; pero nunca que se

escribiesen en prosa obras más vastas y de más elevadas aspiraciones,

puesto que semejante pretensión es un error funesto. Ciertos críticos

deploran, sin duda, que el drama no hubiese conservado la forma

estrecha, que le imprimió en un principio Lope de Rueda; nosotros, al

contrario, nos congratulamos de que el teatro español se haya librado de

esta desdicha, y creemos que no ha sido el menor mérito de los poetas

posteriores el escribir en verso sus obras, y embellecerlas con sus

ricas y variadas modulaciones.

Las comedias y églogas de Lope de Rueda nos ofrecen pruebas indudables

de escaso talento poético, ya por las razones que acabamos de indicar,

ya por lo pobre y lo prosaico de sus asuntos. Los hilos de la trama,

que componen sus fábulas, son casi siempre los mismos, y jamás podrá

sostenerse que es delicada y bella su urdimbre. Y esta falta de

inventiva se muestra en toda su desnudez, no sólo porque no sabe

encubrirla con el brillo de la exposición, sino también porque sus

rasgos aislados poéticos no compensan esos defectos. Verdad es que en

sus obras más extensas no escasean escenas burlescas, análogas á las de

los pasos; pero también es cierto que generalmente no tienen enlace

alguno con la acción principal, y no merecen llamarse elementos

esenciales de ella. De otra manera no hubiese sido posible separarlas de

la obra principal sin perjudicar al argumento, é intercalarlas en otra

distinta, como, según parece, se hizo más de una vez en el teatro[260].

La _Comedia de los engaños_ y la _Comedia Eufemia_, son superiores á

todas las demás por su plan y composición. Esto se explica recordando,

que en ambas cosas siguió á los novelistas italianos: como dramático no

obtuvo el menor lauro, pues ni siquiera se tomó el trabajo de

modificarlas con arreglo á las exigencias de su arte. La fábula de la

_Comedia de los engaños_, proviene de la misma novela de Bandello, que

sirvió á Shakespeare en su _Twelfth night_, y á Calderón en la comedia

de _La española en Florencia_, que se le atribuye (_Novelli di

Bandello_. Lucca, 1554: tomo II, Nov., pág. 212). No hay duda que esta

novela reune condiciones muy favorables á la acción dramática.

Lope de Rueda no ha sabido utilizarla hábilmente en la parte, en que una

joven doncella se disfraza de hombre para sembrar la discordia entre su

desdeñoso amante y su nueva rival, y sólo Tirso de Molina demostró

después, de la manera más brillante, que con esta intriga podían

enlazarse las situaciones más dramáticas. Con más gusto se detiene

nuestro poeta en las equivocaciones, á que da origen la semejanza de

esta doncella con su hermano, y se funda en este motivo para trazar

algunas escenas divertidas, aprovechándose no sólo de la novela de

Bandello, sino también de algunas indicaciones, que le ofrecían los

_Menechmos_ de Plauto.

Su argumento es como sigue: Virginio, ciudadano de Roma, perdió á su

hijo Fabricio cuando la sitió y saqueó el condestable de Borbón, y pasó

después á Módena con su hija Lelia, hermana gemela del perdido. En dicha

ciudad contrae ésta relaciones amorosas con un tal Lauro, que la

abandona al poco tiempo, movido de su natural inconstancia, y enamorado

de otra dama, llamada Clavela. Por el mismo tiempo Virginio se encamina

á Roma á cuidar de ciertos negocios, y deja á su hija en un convento;

pero se escapa de él, y, disfrazándose de paje, entra al servicio de su

fiel amante, para apartarlo de sus amoríos con Clavela. Fabricio, á

quien se creía perdido, llega á Roma mientras tanto, y á consecuencia de

su semejanza con Lelia, logra sembrar la desunión que ésta desea; porque

Clavela nunca ha querido á Lauro, muy al contrario de lo que sucede con

el pretendido paje, á quien mira con amor, conceptuándose al fin dichosa

cuando Fabricio solicita su mano, obligando á Lauro á buscar otra vez á

su antigua amada, que abandona entonces su disfraz.

El argumento de la _Comedia Eufemia_ tiene chocante semejanza con el de

la _Historia de Bernabo y Ambrogiuolo_ de Bocaccio (_Decam._, día 2.

Nov. 9), seguida también por Shakespeare en su _Cymbelina_. Parece, sin

embargo, que Lope de Rueda no lo imitó directamente, sino más bien á

alguna otra narración basada en aquélla, pues del análisis de la comedia

y de su contextura general se desprende, que siguió paso á paso á alguna

novela. El asunto, expuesto sumariamente, es como sigue: Leonardo,

hermano de Eufemia, se despide de ésta para buscar fortuna en el

extranjero, y con este propósito se dirige á Valencia, en donde entra

al servicio del príncipe Valiano. Tanto celebra al príncipe la belleza y

la virtud singular de su hermana, que al fin se resuelve á llamarla á su

lado y casarse con ella. El servidor, que parte con esta comisión,

envidioso del favor, que su amo dispensa á Leonardo, y con el propósito

de deshonrar á Eufemia, enseña á su vuelta cierto vello que, según dice,

pertenece á un lunar que Eufemia tiene en un hombro. El príncipe se

enfurece entonces contra Leonardo, y lo condena á muerte, si no se

justifica en un plazo breve. Instruída Eufemia del peligro que corre su

hermano, y de la causa de su desdicha, corre á Valencia y quita la

máscara al calumniador, dueño de aquella carísima prenda por haber

seducido á una criada. Leonardo es puesto en libertad, decapitado su

enemigo en su lugar, y Eufemia se casa con el príncipe. Esta acción es

por sí sola muy interesante, y á pesar de la manera poco artística con

que se desarrolla en la comedia, no deja de hacer impresión; pero se

echan de menos en ella otras bellezas, que indudablemente la hubieran

realzado, si hubiese caído en las manos de un verdadero poeta.

_La Armelina_ es una comedia de magia y de espectáculo, y de un plan tan

extravagante, que basta por sí solo para dar una idea desfavorable de

la inventiva de su autor. Justo, hijo del herrero Pascual Crespo, ha

sido llevado á Hungría en su niñez por ciertos lances extraordinarios, y

adoptado por un grande, que se llama Viana, el cual ha perdido también á

su hija Florentina, robada por corsarios después de varios sucesos, y

vendida á un hermano de Pascual Crespo, residente en Cartagena, en cuya

casa vive con el nombre de Armelina. Viana hace un viaje á España en

compañía de su hijo adoptivo, y conoce en Cartagena á un mágico de

Granada, que le promete descubrirle el paradero de su perdida hija,

evocando con este objeto el alma de Medea. Justo, mientras tanto, se

enamora de Armelina, obligada por Crespo á dar su mano á un zapatero, y

tan desesperada por esto, que se encamina á la orilla de la mar para

lanzarse en ella. Así lo hace, apareciéndosele entonces el dios Neptuno,

que la hace volver á su casa, después de revelarle que ella y no otra,

es la buscada Florentina, y Justo, hijo de Pascual Crespo; y concluye

favoreciendo el casamiento de ambos.--Esta fábula, seca y desabrida,

manifiesta bien á las claras la falta de gusto de Lope de Rueda.

_La Medora_ repite casi en su totalidad el mismo argumento, tan

felizmente desenvuelto en _La comedia de los engaños_, y lo exorna con

algunos episodios cómicos, que pertenecen á la clase más ínfima de las

farsas burlescas. Sólo el personaje del fanfarrón Gargullo es digno de

alabanza.

No hay que esperar representación alguna de un mundo ideal de pastores

en sus _coloquios pastoriles_, puesto que su título proviene de la

condición de ciertos personajes, que figuran en ellos. En lo esencial no

se diferencian de las comedias, aunque atendiendo al objeto de su autor,

deben corresponder á un género poético más elevado. Verdad es que se

equivoca lastimosamente, porque su patético repugna por su hinchazón

afectada, agradándonos tan sólo sus intermedios cómicos burlescos.

Parécenos que es perder el tiempo exponer ahora el argumento de estos

coloquios pastoriles. Los de los dos, que se conservan (_La Camila_ y

_La Timbria_), se fundan en los mismos motivos, que sirven de base á las

comedias, y cuya frecuente repetición patentiza, sin género alguno de

duda, la pobreza de inventiva de su autor. La composición es desigual y

confusa en alto grado.

De las églogas en verso de Lope de Rueda, que tanto agradaban á sus

contemporáneos, sólo quedan escasos restos, á saber: un fragmento

intercalado por Cervantes en el acto tercero de sus _Baños de Argel_, y

un pequeño diálogo que se titula _Las prendas de amor_; lo cual no nos

autoriza para formar un juicio exacto de este género.

Son de invención peculiar de este poeta, y así choca al recorrer

rápidamente sus obras, ciertos personajes constantes. Repítense á menudo

en ellas, con los mismos rasgos de carácter, ya el viejo atrabiliario y

regañón, ya la bondadosa y locuaz negra, ya la astuta gitana, ya en fin,

el bufón ó bobo. La introducción de estos personajes no puede explicarse

recordando las máscaras italianas, estables de suyo, aunque se

reconozcan después sus ramificaciones en el drama español que le

sucedió.

Quien desee averiguar la opinión de los contemporáneos de Lope de Rueda,

ó de la generación que le siguió, ya considerado como poeta, ya como

actor, ha de recurrir necesariamente al prólogo de Cervantes _á las ocho

comedias y entremeses_. El pasaje, á que aludimos es tan importante y

decisivo por muchos conceptos, que vamos á copiarlo en toda su

extensión: «Los días pasados, dice Cervantes, me hallé en una

conversación de amigos, donde se trató de comedias, y de las cosas á

ellas concernientes; y de tal manera las subtilizaron y atildaron, que,

á mi parecer, vinieron á quedar en punto de toda perfección. Tratóse

también de quién fué el primero que en España las sacó de mantillas, y

las puso en toldo, y vistió de gala y apariencia. Yo, como el más viejo

que allí estaba, dixe, que me acordaba de haber visto representar al

gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el

entendimiento. Fué natural de Sevilla y de oficio bati-hoja, que quiere

decir, de los que hacen panes de oro. Fué admirable en la poesía

pastoril; y en este modo, ni entonces, ni después acá, ninguno le ha

llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer

juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en

la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad

lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito de prólogo,

pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo de este

célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se

encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos,

guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras, y

cuatro cayados, poco más ó menos. Las comedias eran unos coloquios, como

églogas, entre dos ó tres pastores y alguna pastora. Aderezábanlas y

dilatábanlas con dos ó tres entremeses, ya de _Negra_, ya de _Rufián_,

ya de _Bobo_, ya de _Vizcaíno_, que todas estas cuatro figuras, y otras

muchas hacía el tal Lope, con la mayor excelencia y propiedad que

pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de

moros y cristianos, á pie ni á caballo. No había figura que saliese ó

pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual

componían cuatro bancos en cuadro, y cuatro ó seis tablas encima, con

que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo

nubes con ángeles ó con almas. El adorno del teatro era una manta vieja,

tirada con dos cordeles de una parte á otra, que hacían lo que llaman

vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra,

algún romance antiguo.»

Esta cita no puede pasar sin hacer ciertas observaciones necesarias.

Cuanto dice aquí Cervantes de los teatros españoles se funda en los

recuerdos de su juventud; pues según parece, no conoció literariamente

las obras de Lope de Rueda. Es probable que sólo vió representar los

pasos y las églogas en verso, puesto que sólo á ellos se ajusta lo que

dice del drama de aquel tiempo, no á las _comedias_ y á los _coloquios_

en prosa, con su personal más numeroso y asuntos más variados. Tampoco

podemos admitir que el aparato escénico, necesario para representar las

últimas piezas, fuese tal como él lo describe; al contrario, nos

inclinamos á pensar muy al revés, pues que en ciertas comedias, como en

_La Eufemia_ y en _Los engaños_, de nada hubieran servido los trajes

pastoriles, y en _La Armelina_ hubiese sido imposible la representación

sin un aparato escénico mucho más complicado.

Es también de presumir, que mientras se cantaba el romance detrás de la

escena, se representaba la acción en el teatro con muda pantomima. El

testimonio de Agustín de Rojas, uno de sus contemporáneos, conviene

hasta cierto punto con el de Cervantes, cuando se expresa así en su

_Viaje entretenido_:

«Digo que Lope de Rueda,

Gracioso representante

Y en su tiempo gran poeta,

Empezó á poner la farsa

En buen uso y orden buena,

Porque la repartió en actos,

Haciendo _introito_ en ella,

Que ahora llamamos loa;

Y declaraba lo que eran

Las marañas, los amores,

Y entre los pasos de veras

Mezclados otros de risa,

Que porque iban entre medias

De la farsa, los llamaron

Entremeses de comedia;

Y todo aquesto iba en prosa

Más graciosa que discreta.

Tañían una guitarra,

Y ésta nunca salía fuera,

Sino adentro, y en los blancos,

Muy mal templada y sin cuerdas,

Bailaba á la postre el bobo,

Y sacaba tanta lengua

Todo el vulgacho, embobado

De ver cosa como aquella.»

Es excusado afirmar que carece de exactitud esta aserción de Rojas, al

atribuir á nuestro Lope la invención del introito, y tampoco hay

necesidad de repetir cuál haya sido su inventor. Ni merece entero

crédito lo que añade acerca de la división de sus dramas en actos,

puesto que no se encuentra en las antiguas ediciones, aunque puede

suceder muy bien, que semejante error sea sólo de imprenta.

Fácilmente se comprende, recordando la aprobación y aplauso, que

merecieron las composiciones de Lope de Rueda, que no faltarían

imitadores numerosos de su manera y estilo, si bien se conservan escasos

monumentos literarios que lo atestigüen. Únicamente podemos mencionar

algunos pasos de autores anónimos. Lo que resta de los dramáticos de

esta época, aunque en parte revele trazas de las imitaciones, que se

hicieron de aquéllas, no dejan también de distinguirse por ciertas

cualidades características.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 14 / 26 段